¿Y si la pandemia fuera producto de la vida urbana?

Es inevitable observar que el virus se expande con mayor velocidad en los espacios hacinados -siempre urbanos-, justo en donde nos sentíamos más a salvo del poder inconmensurable de ese “Otro”.

Pandemia y vida urbana
Pandemia y vida urbana

Sentencia Montesquieu: primero las personas hacen las leyes, luego las leyes hacen a las personas. Algo análogo puede decirse de la dinámica de la estructura urbana: primero, las personas construyen la ciudad y los edificios; luego, la ciudad construye a las personas, vale decir, determina su manera de pensar, sentir y actuar. (Corraliza, 2000)

Tendemos a pensar, a través del sentido común implantado por la modernidad/capitalista, que la pandemia que nos tiene paralizados es una contingencia de orden biológico que pronto pasará y que rápidamente podremos continuar con la vida como la conocíamos; que se trata tan sólo de un virus maligno que obedece a su naturaleza reproductiva, pero que nada tiene que ver con la civilización que hemos construido. Es más, pensamos que se trata de cosas completamente diferentes: por un lado, la contingencia natural que obviamente afecta la organización política y económica, y por el otro, el modelo civilizatorio que en ocasiones sufre percances, pero que hoy nos permite contrarrestar el azote de esta naturaleza despiadada. Creemos entonces que la interacción entre el modelo civilizatorio y la contingencia biológica simplemente no existe, o cuando menos, que intentar probar su relación es un esfuerzo que no conduce a ninguna parte.

Desde luego que pensar así, es consecuencia de una lógica que tiene por regla no mirar aquello que la fundamenta. Creo entonces que existe una ideología llamada “vida urbana” que más que una serie de prácticas sociales que estructuran la forma de la vida cotidiana, es toda un sistema de ideas y paradigmas casi imposible de cuestionar. Así que quisiera en este texto poner sobre la mesa algunos elementos que pueden contribuir a la reflexión a la que nos obliga la actual crisis sanitaria.

Para comenzar, es importante definir lo que entiendo como “vida urbana” porque en el uso común esta suele entenderse simplemente como la vida en la ciudad o como la experiencia que se obtiene de esta. Si bien la ciudad es la condición sine qua non de nuestra categoría, quisiera presentarla más como un discurso que como una práctica que funda un determinado tipo de vida social; entenderla como una narrativa que predispone a todos los que nacemos en ella a un cierto tipo de comportamiento, a un sentido común extendido y a un horizonte de vida específico. La vida urbana entonces tendríamos que entenderla como una ideología o un relato paradigmático que nos convence que la ciudad, su origen y reproducción, es la forma más acabada de la civilización humana, que es la única posibilidad de materializar aquello que llamamos “progreso”, y que desde luego, es la única forma posible de organizar nuestra supervivencia.

Pandemia fuera urbanaSi bien la vida en la ciudad nace como una práctica, esto es, como una forma de realizar ciertos procesos que resuelven las condiciones materiales de vida, paulatinamente se irá convirtiendo en una ideología capaz incluso, de definir lo humano. Se trata pues de toda una forma de pensar, de sentir y de experimentar la vida a través de una espacialidad fabricada ex profeso para ello.

En su artículo “Cultura, cultura urbana y cultura metropolitana”, la antropóloga Ángela Giglia (2012) nos explica que la ciudad es un fenómeno social que enlaza a las personas con un tipo determinado de espacialidad, del cual se obtiene un habitus o “(…) conjunto de actuaciones reiteradas que se convierten en automáticas” (pg. 17). Así pues, la vida urbana puede entenderse, por un lado, como un proceso de asimilación de los códigos que impone la relación de la vida social con el espacio de la ciudad, y por el otro, como un “texto” definido -y definitivo- que prescribe la forma de pensar y de actuar de las personas que ahí habitamos.

“En el proceso de formación del individuo occidental en cuanto ser civilizado (…) tienen una importancia fundamental la formación y cristalización de determinadas maneras, entendidas ya sea como sistemas codificados de comportamientos a seguir en determinadas circunstancias y también como técnicas del cuerpo, conjunto de posturas y aptitudes socialmente apropiadas en diferentes circunstancias.” (pg. 50)

Bajo esta óptica, nos es imposible imaginar la civilización sin el concepto de ciudad, sin la lógica del anonimato, de la proximidad, del contacto difuso pero perenne. Los que aquí vivimos, hace más de un siglo dejamos de imaginar -como colectivo- nuevas formas de organización y nos centramos en desarrollar un artificio que de manera especular, nos devuelve lo que queremos y deseamos ser. El espacio de la ciudad es en realidad un espacio virtual que ratifica la escisión con el mundo natural que fundó la modernidad capitalista y que desde entonces consideramos como lo “Otro”. Aquí nos sentimos a salvo y creemos que bajo este esquema la naturaleza no puede tocarnos o lastimarnos; la carencia desaparece y el orden espacial se vuelve un prueba cotidiana de nuestra superioridad intelectual.

Cuestionar entonces esta forma de vida, ha salido por completo de nuestro horizonte. Más bien, lo que pensamos es cómo mantenerla, como continuar viviendo en la ilusión de un dominio absoluto sobre el mundo. En efecto, imaginamos autos eléctricos o medios de transporte no contaminantes, ecotecnias constructivas amigables con el medio, sistemas energéticos renovables o reciclables, y un sin fin de estrategias que no sean tener que desarticular el espacio urbano o cuando menos cuestionarlo. Tal parece entonces que no podremos escapar de este artificio tan minuciosamente elaborado, fundamentalmente porque deviniendo ideología no podemos pensarlo.

Lo interesante del asunto es que la pandemia del COVID-19 nos confronta por fuerza con ello. Es inevitable observar que el virus se expande con mayor velocidad en los espacios hacinados -siempre urbanos-, justo en donde nos sentíamos más a salvo del poder inconmensurable de ese “Otro”. Nos envolvemos entonces, nos replegamos al confinamiento de la vivienda, aún sabiendo que estas cuatro paredes son un privilegio. No obstante, fingimos no darnos cuenta que una pandemia es al final un fenómeno urbano ocasionado por esta ideología que hemos llamado “vida urbana”. Como muchas otra enfermedades, el Covid-19 tiene como una de sus causas, y medio primario de expansión, el espacio hacinado de la ciudad, la cual transforma los ecosistemas por la construcción desaforada de nuevas carreteras, edificios y obras descomunales que ignoran el complejo y frágil conjunto de interacciones que son la Vida:

“Como nos recordó el Dr. King: Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados en una sola prenda de destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente. Podemos vincularnos en todo el mundo a través de la propagación de enfermedades como el coronavirus cuando invadimos los hogares de otras especies o cuando manipulamos plantas y animales para obtener ganancias comerciales y codicia y propagamos monocultivos. O podemos estar conectados a través de la salud y el bienestar para todos mediante la protección de la diversidad de los ecosistemas y la protección de la biodiversidad, la integridad y la autoorganización (autopoieisis) de todos los seres vivos, incluidos los humanos.” (Shiva, 2020)

Este razonamiento, que no sólo cuestiona de frente el planteamiento más acabado de la modernidad capitalista sino que socava los principios de la “vida urbana”, es un anuncio del traslape paradigmático que estamos viviendo. Es, además, la única forma de asumir la responsabilidad que tenemos como especie dominante de la creación de un virus que está provocando nuestra propia muerte y sufrimiento. No infiero desde luego que se trata de una creación de laboratorio, sino de un producto del sistema económico-político que tanto elogiamos y que tan indispuestos estamos a abandonar; un producto de la “vida urbana” que pretendemos mitigar y aniquilar con un poco más de vida urbana a través del confinamiento que nos proporcionan los muros que hemos levantado para protegernos de lo “Otro”. Una solución paradójica que continúa reproduciendo el mal.

El colmo es que únicamente la clase dominante podrá acudir al llamado de la cuarentena, porque el espacio de la ciudad está configurado para ella. En efecto, lo que aquí hemos llamado “vida urbana” es definitivamente parte de la ideología de la clase dominante, de aquellxs que pueden aislarse tras sus muros para protegerse y sobrevivir. Pero todxs lxs demás, los sentenciados y olvidados, los nadies que nombraba Eduardo Galeano y que paradójica e inútilmente intentan hacer valer esa ideología, quedarán flotando en un espacio contaminado, como hasta ahora lo han hecho. Los que temen, sin duda son los que han tenido el privilegio de vivir en la ciudad con todas las comodidades y certeza que esta forma de vida ofrece, pero sin querer asumir la responsabilidad de lo que ello implica. Espantados, desesperados, con sus tapabocas puestos mientras van encerrados en sus automóviles, pregonan y demandan con hastío que se vuelva pronto a la normalidad. Nos dice Gómez Liendo (2020) de forma contundente y certera:

“Volver a la ‘normalidad’, salir de esta ‘contingencia’, es el anhelo y la nostalgia de clases y grupos sociales socio-económicamente acomodados. Para las clases y grupos sociales depauperados, la ‘normalidad’ es una ‘contingencia extendida’. Es vivir al día, es cobrar un ingreso por hora, es evitar no enfermarse. Son migraciones y vejaciones; duelos y dolores a distancia; rabias y resentimientos. En suma, la existencia pendiendo de un hilo.”

Después de todo, la ciudad es la materialización de la zona del ser -aquella que Fanon construyó como un modelo ontológico y metafórico para entender la forma en que operaba el racismo-, y como tal, no hay forma de que todxs quepamos en ella. Recordemos que la ciudad justamente está hecha para diferenciar a los grupos, a las personas, a las formas de vivir y habitar. La “vida urbana” es -sin miedo a equivocarme- la representación más contundente del orden social que estratifica y jerarquiza a la humanidad en su conjunto. Así que por mucho que luchemos por hacer valer el derecho a la ciudad, o por querer que sea más incluyente y sustentable, tarde o temprano esta tendrá que ser aniquilada y sustituida por otras formas de habitar que incluyan a la biodiversidad en su conjunto. Entonces, o la destruimos nosotrxs, imaginando en colectivo un lugar en el que quepamos todxs y todo, o esta esfera azul que flota a la deriva en el espacio cósmico pronto nos dirá, ¡basta!, como parece estarlo haciendo.

Referencias:

Corraliza Rodríguez, José Antonio (2000), Vida urbana y exclusión social. Intervención Psicosocial, Vol. 9 No. 2 Pags. 169-183.

Gómez Liendo, Marx José (2020), Pensar la pandemia. Iberoamerica Social. Revista-red de estudios sociales. Consultado el: 9/04/20 en https://bit.ly/2y8eKaF

Giglia, Angela (2012), El habitar y la cultura. Perspectivas teóricas y de investigación. Anthropos Editorial: Barcelona

Shiva, Vandana (2020), De los bosques a nuestras granjas, a nuestro microbioma intestinal. La vaca. Revista electrónica. Consultada el 10/04/20 en https://bit.ly/2K16bkY

mm

Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Académico de tiempo completo

¿Qué te ha parecido?

(2 votos - Media: 5)