Una pequeña reflexión distópica.

El género distópico, dentro de la literatura de ciencia ficción y de las artes cinematográficas, se encuentra de moda por razones obvias en el presente, aunque  en verdad está vigente desde hace unos años y tiene muchos adeptos.

Para algunos es un género bastardeado por considerarlo propio de adolescentes, tal vez llamado “género distópico juvenil”. Es un argumento que encuentra amparo en la experiencia de taquilleras películas o novelas tales como “Divergente”, “The maze runner” o “Los juegos del hambre”.

Sin embargo el género va mucho más allá de ese lucrativo negocio publicitario. Dentro de este género podemos encontrar, en un ejercicio de clasificación por subgéneros, grandes obras literarias ya clásicas como contemporáneas. Así podemos encontrar obras catalogadas de Bio-distopías (“La chica mecánica” de Paolo Bacigalupi), Cyber-Punk (“Neuromante”, de W. Gibson), retrofuturismo, ucronías (“El hombre en el castillo” de Philip K. Dick), o los clásicos archiconocidos como “1984” o “Un mundo feliz”.

La actual coyuntura pandémica no ayuda a ver con optimismo el fin del mundo tal como lo conocíamos hace un poco más de dos año. Todos los conflictos que observamos, tanto de las personas que pudieron encerrarse en sus casas como así de los que tuvieron que seguir luchando para sobrevivir contra la presión de los gobiernos por cerrar actividades y la vida en sociedad misma, tendieron al rompimiento de algunas de las relaciones sociales tal como las concebíamos. Hay desordenes, actos miserables de egoísmo al saltarse el lugar en el orden de vacunación, bajezas tales como el discurso único acallando las opiniones divergentes, negacionistas opositores y el aumento y/o desabastecimiento intencionado de productos por pura especulación y vuelta a una idea de “retorno a lo natural” un tanto utópica merced al desabastecimiento de cosas altamente suntuarias.

Es que toda puesta en escena distópica en el arte en general es una representación, el lado de atrás del espejo de nuestra sociedad, el mirror; es una mera proyección del presente, de nuestros miedos de hoy, disparados hacia el futuro y aumentados en su dimensión.

¿Qué nos presenta el género distópico actualmente? Que el fin del mundo está ocurriendo ineludiblemente, pero, siempre hay un pero, no lo percibimos seriamente como tal, construimos mecanismos de autodefensa emocionales para evadir la responsabilidad que nos cabe al respecto como generación del antropoceno 1.

La gran pregunta que me surgió fue camino a mi trabajo, y me dije, qué pasaría si al supermercado de mi barrio dejan de llegar alimentos, qué sucedería si hubiera desabastecimiento de combustibles. Sería el caos total en siete días, o menos tal vez. ¿Cuánto alimento hay en nuestras alacenas? ¿Podremos pasar de la comodidad del gas natural o la electricidad con un mero “clic” a la leña o carbón como único medio de generación de energía en forma particular? ¿Cuánto combustible hay en el tanque de nuestros vehículos? ¿Cuál es la reserva de remedios o drogas para un enfermo crónico? Un mes, quince días, tal vez menos. ¿Y luego qué?

Las cadenas de abastecimiento son muy complejas y por ende propensas a las fallas y a estar encadenas con eslabones muy débiles. El sálvese quien pueda estaría a la orden del día. Es la complejidad de nuestra modernidad líquida según Z. Bauman.

De estos posibles panoramas se nutre la contemporánea literatura y cine distópicos, del horror filosófico que nos genera, que nos llena de angustia. Es la angustia del retorno al estado de naturaleza de Hobbes en donde el hombre es lobo del hombre, homo hominis lupus.

La ilusión del orden que nos impera. Nuestro tipo de orden es puesta en cuestión por el rompimiento de las ataduras sociales más elementales. Si se rompen los más básicos lazos sociales todo se cae a pedazos como un castillo de naipes.

La secuencia inicial del fin del mundo ya se ha iniciado solo que no nos hemos dado cuenta. Los sistemas expertos pueden fallar con la más mínima interrupción eléctrica o de internet. Y de ahí a caerse los sistemas,  todo será nada en cuestión de poco tiempo. Parece el argumento de una película, es la realidad llevada a niveles de especulación no tan extremos.

Si en los años ’70 y ’80 del siglo pasado el miedo al colapso nuclear por la guerra fría estaba presente en las cabezas de nuestros abuelos hoy la idea de un colapso social-ecológico-biológico está en nuestras mentes.

Y si nuestro colapso, el de nuestra generación se produce por la explosión de la naturaleza, por una nueva y más devastadora pandemia, es obvio que la solución viene por el lado de la naturaleza, de un retorno a lo natural. El grado o intensidad que apliquemos a esta idea será nuestra tabla de Carnéades.

Es dable esperar que se opine que no podemos volver a épocas pre industriales. Pero tal vez un decrecimiento ordenado y progresivo pueda ser una solución plausible, aunque el principal escollo somos nosotros mismos, nuestros gobiernos, los seres humanos y en especial nuestra particular visión acumuladora-capitalista de occidente que se apoya en el falso Dios del eterno progreso.

 

 

 

[1]https://www.bbc.com/mundo/noticias-37220892.

Notas

Notas
1 https://www.bbc.com/mundo/noticias-37220892.

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Abogado graduado en la Universidad Nacional del Litoral de Santa Fe, Argentina y Mediador de la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe, Argentina.

Magistrando en Ciencias Sociales y Bioética.

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