Solidaridad y civilización: las redes de apoyo en el contexto pandémico

¿Qué relevancia tiene la solidaridad con el proceso de civilización? Pregunta que innegablemente surge cuando retomamos la importancia de pensar en el otro. Para ello recurro a una vieja historia, que se caracteriza por su tiempo, pero también por su ambigüedad y fehaciencia. Esta pequeña y breve historia es muy conocida por los antropólogos, dado que la protagonista es una figura central de la Antropología contemporánea.

Solidaridad y civilización
Solidaridad y civilización

La pandemia ocasionada por el COVID-19, sin duda, se ha convertido en el acontecimiento más disruptivo de la actualidad. Utilizo la palabra acontecimiento porque lo entiendo como algo que sucede y que no necesariamente deriva de la acción predeterminada/intencionada de una persona que se ve involucrada indirectamente. De allí que sus efectos directos tienen un carácter contingente, es decir que pueden ocurrir o no, particularmente el contagio.

Quizás, sus efectos sobre las dinámicas sociales y las lógicas de producción y reproducción social son equivalentes a los cambios sufridos con la llegada de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC’s), específicamente Internet y la innovación ejercida sobre dispositivos tecnológicos como el celular/teléfono móvil y la computadora.

No obstante, detrás de esta disrupción y la potencial convergencia de actividades escolares, digitales y culturales, se ha desencadenado un factor indirecto que ha contribuido a reducir la incertidumbre: la solidaridad. Pero no es una solidaridad activa, sino más bien una de carácter soft, anclada a la acción individual con efectos colectivos; en otras palabras, tiene un sentido muy personal pero cuyos efectos se potencian en otras personas, mismas que se aglutinan en grupos sociales que producen y reproducen la vida social.

Este tipo de solidaridad soft se manifiesta a través, por ejemplo, del uso del cubrebocas, la aplicación de gel, la aceptación para medir la temperatura, la sana distancia, pero también ser el apoyo de aquellas personas que por este contexto han perdido su trabajo, su sueldo se ha visto reducido, que han perdido un familiar/ser querido o que han tenido problemas de salud mental derivadas del confinamiento. Las redes sociales, que no deben confundirse con las plataformas sociodigitales como Facebook, Twitter o Instagram, se forman en el devenir histórico del individuo. En dentro de la vida cotidiana en que las personas crean vínculos, fortalecen unos, modifican otros, pero existe de por medio una interacción de diferentes niveles que da paso a un vínculo entre dos o más personas.

En este caso, la solidaridad, entendida como un proceso de vinculación de apoyo que no necesariamente significa concordar con una misma finalidad, es un recurso que se ha manifestado en este contexto pandémico. Y es justamente esta solidaridad, el hecho de cuidarse para cuidar indirectamente a los demás, es lo que me parece un acto que no solo reduce la incertidumbre de la pandemia, sino que también permite mantener una esperanza sobre la sociedad que reluce este elemento como un acto de resistencia ante la ideología competitiva e individualista del sistema capitalista contemporáneo.

¿Qué relevancia tiene la solidaridad con el proceso de civilización? Pregunta que innegablemente surge cuando retomamos la importancia de pensar en el otro. Para ello recurro a una vieja historia, que se caracteriza por su tiempo, pero también por su ambigüedad y fehaciencia. Esta pequeña y breve historia es muy conocida por los antropólogos, dado que la protagonista es una figura central de la Antropología contemporánea.

Margaret Mead, en alguna ocasión fue interpelada (en el sentido althuseriano de este término) por un estudiante, quien le preguntó cuál consideraba que sería el primer signo de civilización. Ella, con toda la humildad y a la vez el conocimiento adquirido en su trabajo antropológico respondió de tal manera que el estudiante quedó perplejo: Mead indicó que un fémur sanado representaba, a su juicio, un indicio de civilización.

El estudiante pidió ser más clara dado que, seguramente, esperaba el nombre de algunas de las primeras civilizaciones de la humanidad, o alguna herramienta fundamental como una hacha, una piedra o una pintura rupestre. Mead aseguró que un fémur sanado era ,bajo su perspectiva un indicio de civilización, porque ello representaba un acto que reflejaba el pensar en el otro, es decir que había una presencia de socialidad de tal grado que encarnaba un vínculo.

En el mundo de lo no-humano, es decir la naturaleza y sus lógicas evolutivas que Darwin identificó con claridad, los entes lastimados terminaban pereciendo sea por la infección o la incapacidad de defensa, lo cual derivada en ser una presa relativamente fácil para otros entes. Pero un fémur roto/lesionado primero, y luego sanado, implica no solo un tiempo de recuperación, sino también un proceso que supone su cuidado por parte de otro, semejante o que comparte un vínculo más o menos recíproco.

De esta manera, tanto la historia, por breve que sea, sigue siendo tan útil no sólo por el poder enunciativo de una práctica que en la sociedad contemporánea pareciera insignificante, sino por su capacidad práctica de afrontar la realidad y sus contextos. Pensar en el otro, no solo es un acto contemporáneo de resistencia, sino también uno de los potenciales orígenes del sentido de comunidad que desde los inicios de la propia humanidad ha estado presente y que ha permanecido hasta estos momentos.

Finalmente, que la solidaridad se vea manifestada en estas redes sociales de apoyo durante la pandemia no solo indica que esta relación sigue estando presente, sino que sigue siendo un rasgo distintivo de nuestro ser, de nuestra historia y de nuestro tiempo. También es un rasgo que penosamente se encuentra en riesgo dado la ideología neoliberal que se promueve a través del libre mercado y la competencia como eje rector de las sociedades actuales. Por ende, ser solidarios en estos tiempos pandémicos y capitalistas no solo es acto de rebeldía, sino una lucha por no perder un elemento que forma parte de nuestra humanidad.

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Profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de México (UNAM)

Formado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e Ingeniería Agrónoma, Especialización en Sociología Rural en la Universidad Autónoma Chapingo (UACh).

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