Sin indignación no hay combate a la corrupción

Estamos sufriendo una crisis y por eso somos afortunados. La crisis que estamos sufriendo es la política, derivada de las elecciones presidenciales de 2021. Y somos afortunados porque toda crisis es una ocasión para revisar nuestras prácticas personales e institucionales.

No hay mayor dificultad que pensar un problema en el momento en el que está ocurriendo, mucho más si quien piensa tiene la vida puesta en esa realidad problemática. Sin embargo, que sea difícil no significa un obstáculo, sino más bien un estímulo para intentarlo. Al fin y al cabo, en la filosofía que intentamos practicar —filosofía de la liberación—  no tenemos la verdad, sino la pretensión de verdad. La cual, como enseña el maestro Enrique Dussel, se pone a prueba al exponerse y discutirse. Esto es así porque si aceptamos que el pensamiento solamente consiste en estar seguros de la verdad, olvidamos que la filosofía y la ciencia han avanzado por las grietas de la de la incertidumbre y la intuición.

Estamos sufriendo una crisis y por eso somos afortunados. La crisis que estamos sufriendo es la política, derivada de las elecciones presidenciales de 2021. Y somos afortunados porque toda crisis es una ocasión para revisar nuestras prácticas personales e institucionales. En este caso, nuestras prácticas relacionadas a la política, con la finalidad de conocer sus patologías para comprenderlas y corregirlas. Jorge Luis Borges sugería que “lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas”. Siguiendo a nuestro autor podemos decir que lo importante no es lo que aprendemos, sino lo que hacemos con lo que aprendemos. ¿Qué es lo que hemos aprendido de la crisis política derivada de las elecciones presidenciales de 2021?

Lo que hemos aprendido da que pensar. Y lo enunciamos de la siguiente manera: el problema del Perú no es la corrupción, sino la impunidad social. Hemos sido testigos que la candidata del partido político Fuerza Popular, quien está siendo procesada por presuntos delitos de crimen organizado, lavado de activos, obstrucción a la justicia y falsa declaración en procedimiento administrativo ha tenido respaldo de gran parte de la población.  Sin embargo, el pensar se ahonda si se tiene en cuenta que dicho respaldo no solo fue de quienes se ven beneficiados por la corrupción, lo cual es comprensible. Sino de quienes son sus principales víctimas: los miles de personas que no tienen acceso a la salud pública, a la educación, al agua potable, etc., por causa de la corrupción.

¿Por qué decimos que el problema principal no es la corrupción, sino la impunidad social? Porque la corrupción se debe en gran medida a la tolerancia que tenemos las personas a la misma (Ariely, 2013). Lo cual constituye un grave problema para la convivencia humana. La corrupción —es sabido— daña la economía, impide que se garanticen los derechos fundamentales, socava la democracia; en suma, impide el desarrollo del país. Sin embargo, la impunidad social anula toda posibilidad de luchar contra la corrupción. Es decir, si la corrupción es tolerada por la sociedad, cualquier intento de lucha estaría perdido antes de haberse iniciado. Por ejemplo: ¿Qué sucedería si en el Perú nadie se indignara y protestara frente a la venta de sentencias y de cargos públicos, de contratos sobrevalorados, de elaboración de leyes para favorecer al empresariado?

Si, lo visto es cierto —como pretendemos que es—, entonces, ya no se trata solamente de luchar contra la corrupción, sino también, de combatir la impunidad social.  ¿Cómo hacerlo? No lo sabemos exactamente. Sin embargo, lanzaremos una sospecha de conocimiento. Algunos neurocientíficos sugieren que, sin importar la cultura, edad, clase social o religión, el ser humano es corrupto por naturaleza: piensa primero en el bien propio y luego considera reglas morales y sociales (Manes, 2016).  Si la corrupción es natural, por lo tanto, el combate a la corrupción es cultural. La idea de cultura está relacionada con la educación, y  educar nos dice Lledó (2018) es crear posibilidades: cultivar la mente.

El pensamiento orienta nuestras prácticas. El combate a la impunidad social y, en consecuencia, a la corrupción, pasa necesariamente por cambiar la subjetividad de las personas, en una frase: la mentalidad. La cual tiene que ver con un modo de pensar y sentir. Si no se cambia la mentalidad tolerante que tenemos con la corrupción, poco se puede hacer para combatirla. Afortunadamente las investigaciones en el campo de la psicología y la neurociencia cognitiva sugieren que es posible modificar nuestra mentalidad (Gardner, 2005; Davidson y Bagley, 2012).  Pero, ¿qué es lo que debemos cambiar? Sobre ello reflexionaremos en nuestra próxima columna.

 

Referencias bibliográficas

Ariely, D. (2012). Por qué mentimos, en especial a nosotros mismos. La ciencia del engaño puesta al descubierto. Barcelona: Ariel.

Davidson, R. y Begley, S. (2012). El perfil emocional de tu cerebro. Claves para modificar nuestras reacciones y mejorar nuestras vidas. Barcelona: Destino.

Gardner, H. (2005). Mentes Flexibles: El arte y la ciencia de saber cambiar nuestra opinión hacia los demás. México: Paidós.

Lledó, E. (2018). Sobre la educación. La necesidad de la literatura y la vigencia de la filosofía. Barcelona: Ariel.

Manes, F. (10/06/2016). El cerebro corrupto. Disponible en https://elpais.com/elpais/2016/05/03/ciencia/1462289605_959427.html. Consultado el 01 de julio de 2021.

 

 

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Egresado de la maestría en Derecho Constitucional y Derechos Humanos (UNMSM-Perú). Abogado. Bachiller en Filosofía.

Director del Centro de Estudios Disenso.

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