La rebelíon de los barrios de Quito – 1765

La revuelta de los barrios de Quito fue ante todo un problema entre los criollos  de esa ciudad y las autoridades coloniales, llamadas en el conflicto “Chapetones”.

La rebelión de los barrios de Quito, también conocida como la revolución de los Estancos, fue una revuelta ocurrida en 1765 en la actual capital de Ecuador cuando aún pertenecía  a la corona española. La revuelta fue una protesta de las élites quiteñas criollas (hijos de españoles nacidos en América) contra el gobierno español, debido a la subida de impuestos que el gobierno promulgó, sobre todo de los impuestos referentes al alcohol.

Este es el segundo trabajo sobre los movimientos criollos contra el gobierno español antes del movimiento independentista, tras el trabajo dedicado a la revuelta comunera de 1781.

La revuelta de los barrios de Quito fue ante todo un problema entre los criollos  de esa ciudad y las autoridades coloniales, llamadas en el conflicto “Chapetones”. El conflicto comenzó a fraguarse el año anterior, cuando el gobierno español determinó la administración directa del monopolio del aguardiente y la alcabala, así como la prohibición absoluta de la destilación particular de cualquier tipo de bebida alcohólica, y el establecimiento de nuevos impuestos.

La intención de la corona española era establecer una Fábrica Real de Aguardientes y una Casa de Aduanas en Quito destinadas a aumentar los ingresos de la corona hispana mediante la monopolización de la producción licorera y el control del contrabando en las importaciones mercantiles.

En Quito, la destilación y comercio de alcohol era uno de los grandes negocios de la ciudad y en él participaban distintos grupos de la sociedad quiteña. Por tanto, la prohibición de destilar alcohol por parte de las personas que habitaban Quito era un duro golpe para la economía local, principalmente para los criollos ricos de Quito, ya que eran los que controlaban la mayoría de estos negocios.

Estas reformas se complementaron con un censo de la ciudad de Quito con fines impositivos y unos repartimientos de lotes de tierras y artículos de primera necesidad que obviamente fueron rechazados por la sociedad quiteña al completo.

A esta cuestión puntual de la subida de impuestos hay que ponerla en situación. La Sierra norte de la Audiencia de Quito estaba viviendo ya desde décadas anteriores a 1765 un importante descenso económico debido a dos factores combinados: por un lado, una serie de desastres naturales, y por otro lado, el declive de la industria textil quiteña que había sido el motor de la ciudad y la región durante los siglos XVI y XVII.

El 14 de noviembre de 1764 la comunidad eclesiástica presionó y logró un cabildo abierto en el cual los criollos afirmaron representar los intereses de toda la comunidad quiteña. La élite criolla se pronunció en contra del monopolio estatal del aguardiente basada en las dificultades económicas de la región, mientras los eclesiásticos reclamaron la supresión de dicho monopolio por razones morales.

A pesar de estas acciones y peticiones, el 1 de marzo de 1765 las autoridades coloniales inauguraron el monopolio del aguardiente. A mitad de mayo de ese año, el visitador Díaz de Herrera emprendió el establecimiento de la administración reformada de la alcabala y, el 21 de mayo designó una delegación que procedió al registro de algunas parcelas de tierra en el barrio de San Roque para efectos fiscales.

Entonces, varios nobles criollos de la Real Audiencia de Quito estimularon el levantamiento de los barrios de la ciudad contra las autoridades peninsulares, debido a que estas medidas eran perjudiciales para los terratenientes y conventos que producían aguardiente y para más de un comerciante de la zona que solían contrabandear con esos productos para evadir impuestos. Además, el pueblo de Quito en general se vio perjudicado también debido a una subida de los precios del alcohol debido a su vez por la subida de impuestos.

El levantamiento popular se inició a las primeras horas de la mañana del 22 de mayo de 1765, cuando  en diversos puntos de la ciudad aparecieron pegados grandes cartelones que anunciaban para las 7 de la noche una airada manifestación en contra de las autoridades españolas, para reclamar por el monopolio estatal, aprovechando que se estaban celebrando los preparativos de la fiesta de Corpus, lo que provocaba todos los años una gran congregación de personas en las principales plazas y calles de la ciudad, lo que en parte permitió encubrir las intenciones de la misma.

Una vez que llegó la noche, la multitud fue convocada por el repique de campanas de la iglesia parroquial de San Roque y por los cohetes lanzados desde varios barrios quiteños. Una vez que la multitud fue reunida a las afueras de esa iglesia, marcharon hacia diversas iglesias de la ciudad hasta que fueron miles las personas congregadas. Entonces, se dirigieron a Santa Bárbara y demolieron la Casa de Aduana y el Estanco de Aguardiente sin que las fuerzas de la Audiencia pudieran frenar a los amotinados, quienes al grito de «Vi­va el Rey… mueran los chape­tones… abajo el mal gobier­no…”, quemaron los edificios.

Las élites quiteñas, las verdaderas perjudicadas con las reformas fiscales del gobierno español, manipularon a los pobres de Quito para que se alzaran contra el gobierno y pareciera una revuelta popular, aunque las élites estuvieran dirigiendo la misma desde la sombra. Les decían que la subida de los precios del alcohol era una estratagema de la corona española para matar a la clase pobre de la ciudad, las cuales en general eran grandes consumidores de alcohol. Que fuera asaltada y quemada esa noche la Casa de Aduana pero ninguna casa de las personas ricas de la ciudad confirma que los ricos criollos de la ciudad de Quito estaban en la organización y liderazgo del motín.

Una crónica de la época nos cuenta lo ocurrido esa noche:

En la noche del 22 de mayo entre la muchedumbre rebelde fueron reconocidos varios hombres decentes, con máscaras, que daban instrucciones y dirigían a los muchachos con un orden al que éstos no estaban acostumbrados.

(La América española y la América portuguesa. Siglos XVI-XVIII pp. 214)

El Corregidor de Quito, Manuel Sánchez Osorio ordenó a los diversos Aguaciles que fueran deteniendo y torturando a muchos de los que habían participado en el levantamiento. La represión organizada por el Corregidor de la ciudad contra los sublevados provocó una segunda insurrección, conocida como la “insurrección sangrienta” el día 24 de junio. Ese día, el Corregidor junto a un grupo de Chapetones dispararon a la multitud que se congregaba en el barrio de San Sebastián, muriendo 3 personas.

La respuesta no se hizo esperar y rápidamente las casas de los peninsulares fueron quemadas y además la multitud atacó la Casa de la Audiencia. A partir de ese día, el infierno se desató en la ciudad de Quito y durante aproximadamente un mes, los criollos y el pueblo quiteño iban por la ciudad buscando españoles peninsulares para atacarlos con palos, piedras y cuchillos. Incluso se les unieron indios de las poblaciones cercanas a Quito.

Además, durante varios meses existieron dos gobiernos simultáneos en Quito. Por una parte, seguía existiendo el gobierno de los Chapetones, aunque tenía que ejercer el poder refugiados en las haciendas e iglesias. Por otra parte, existía el gobierno que estaba en esos momentos ejerciendo realmente el poder efectivo liderado por los criollos, que habían sido designados por el pueblo.

Por otra parte, en el ardor de la rebelión, el pueblo quiso nombrar “Rey de Quito” a Manuel Guerrero Ponce de León, Conde de Selva Florida (Quito, 9 de abril de 1728 – Quito, 13 de octubre de 1799). Alcalde Ordinario y Maestre de Campo de la ciudad. Sin embargo, Manuel se negó varias veces a aceptar el cargo y mostró públicamente su fidelidad a la corona española.

Finalmente y viendo la gravedad y la duración de los incidentes, la autoridad colonia, encarnada en la figura de Pedro Messía de la Cerda y de los Ríos (Córdoba, 16 de febrero del 1700- Madrid, 15 de abril de 1783). 5º Marqués de la Vega de Armijo, Teniente General de la Real Armada y 5º Virrey de Nueva Granada, máxima autoridad colonial en la zona, tuvo que rendirse ante los criollos y negociar una tregua para que los disturbios finalizaran. Con la mediación del Obispo, ambos bandos se sentaron a negociar y el pueblo de Quito consiguió varias exigencias. Así, se promulgó un perdón para todos los que habían participado en las revueltas. Se expulsaron de la ciudad a todos los peninsulares solteros y se ratificó la supresión de los impuestos del estanco y la aduana. Además, los criollos consiguieron la expulsión de los jesuitas de la ciudad. Se requisaron las importantes posesiones que este grupo religioso tenía a las afueras de la ciudad y se utilizaron en ese momento como edificios públicos. Por último, los criollos consiguieron la expulsión de la ciudad de los chapetones solteros.

En definitiva, las élites criollas quiteñas consiguieron al liderar esta revuelta contra las autoridades coloniales españolas un mayor poder en el gobierno y liderazgo de la ciudad.

La verdadera importancia del movimiento criollo ocurrido en mayo y junio de 1765 en Quito no vino tanto por la revuelta en sí contra las autoridades gubernamentales, sino porque fue un movimiento que si bien era liderado por el grupo criollo, aunó en él a todos los grupos de la sociedad quiteña (trabajadores gremiales, indígenas etc.) en pos de una mejora de las condiciones de vida generales de la sociedad quiteña; y además, sirvió de “chispa”, de punta de lanza para posteriores movimientos independentistas. La rebelión de los barrios de Quito supuso la antesala de lo que después se conocería como la rebelión quiteña (1809-1812), dentro de la guerra de independencia latinoamericana de inicios del siglo XIX.

Historiadores que han estudiado detenidamente algunas otras revueltas populares  ocurridas en ciudades castellanas en América durante la segunda mitad del siglo XVIII, coinciden en afirmar que la unión de élite social americana y el pueblo llano viene determinada por un común sentimiento anti español o anti peninsular.

El historiador Sergio Serulnikov encuentra el mismo espíritu anti peninsular compartido entre élite criolla y plebe, en dos revueltas populares ocurridas en Charcas entre 1782 y 1785. En su análisis de estos motines, Serulnikov argumenta a favor de la emergencia de una conciencia criolla que resultó de un descontento de orden político surgido —como en Quito— de la percepción de una transgresión de los derechos de la ciudad y sus privilegios. Dice también Serulnikov que, conforme la brecha entre criollos y peninsulares se percibió como mayor que aquella entre patricios y plebeyos, se desarrolló un sentido de intereses y valores compartidos, que respondía a una toma de conciencia acerca de la subordinación de la comunidad local a la metropolitana

 

En el siguiente enlace podemos observar un pequeño documental animado sobre este tema:

Bibliografía

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http://www.pcmle.org/EM/spip.php?article5107

 

En la próxima entrada realizaremos una pequeña biografía de Mencía Calderón dentro de nuestro serial sobre la mujer castellana en América en el siglo XVI. Mencía fue la primera mujer que lideró una expedición desde España al Nuevo Mundo al fallecer su marido cuando la expedición estaba casi lista para partir y la única mujer que fue nombrada Adelantada de un territorio de la Corona española en América.

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Master en archivística por la UNED. Licenciado en Historia por la Universidad de Cádiz.

Especialista en Paleografia y Diplomática.

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