¿Qué pasa en el Perú?

Todo indica que estamos en una coyuntura de fuerte inestabilidad política donde resulta difícil deducir qué pasará.

Peruanos
Peruanos

Lourdes Murri 1Maestría en Estudios Latinoamericanos UNCuyo, Argentina/ Grupo de investigación Ciudadanía Activa y Participación-UNMSM, Perú.

 

En estos últimos meses la política peruana ha dado de qué hablar. Los ex-presidentes se han vuelto protagonistas en un escenario donde la democracia se muestra tambaleante y los partidos tradicionales quedan arrinconados mientras la voz popular clama “¡Vizcarra, cierra el congreso!”.

Para comprender un poco mejor el proceso que atraviesa hoy el país inca inevitablemente debemos remontarnos a la historia. Y no me refiero con esto a la larga duración (que seguramente nos brindaría interesantes explicaciones) sino más bien a la coyuntura de los últimos 50 años.

En la actualidad convergen distintas memorias sobre procesos por demás significativos. La crisis político-institucional viene acompañada de una revisión del sentido de la independencia dado el horizonte próximo al bicentenario. Tanto desde la academia como desde los medios de comunicación se ha instalado el debate en torno a la idea de nación. La pregunta se respira en el aire: ¿qué significa ser peruano hoy?

Peruanos

Por otro lado, este año se cumplieron cincuenta años de la promulgación del decreto n°1776 de Reforma Agraria del general Velasco Alvarado. Y aquí sí considero podríamos encontrar alguna de las piezas de este rompecabezas que es la actualidad de la política peruana: la que fuera una de las más grandes reformas en América Latina fue motivo de condena, censura y por supuesto desestructuración por parte de los sucesivos gobiernos. El proceso de reforma se interrumpió bruscamente por el “golpe dentro del golpe” perpetrado por el general Morales Bermúdez. La “primavera de Túpac Amaru” dio paso al consenso neoliberal. ¿Y qué vino después? Crisis, desempleo, dependencia hacia Estados Unidos y otro fallido intento de transformación social que merece un capítulo (o al menos un párrafo) aparte.

En 1980 comenzó el denominado “conflicto armado interno” dirimido entre los grupos armados Partido Comunista del Perú- Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru versus el Estado peruano. Este paso a la política en armas tuvo un alto costo social y político. Una sociedad entera afectada por la violencia directa durante veinte años es una sociedad con traumas. Qué tipo de traumas y cómo se canalizan es lo que deberíamos desanudar hoy para comprender un poco mejor la crisis actual.

Sendero luminoso

El período del conflicto (1980-2000) incluyó la mayor crisis económica e hiperinflacionaria del siglo XX en el Perú, lo cual generó gran inestabilidad política y un duro golpe a los sectores trabajadores con la implementación de políticas neoliberales que incluían despidos y privatizaciones a grandes escalas. Esto explica, en parte, los altos grados de violencia y la radicalización programática de los grupos armados.

Alberto Fujimori

Sendero Luminoso y el MRTA no tuvieron el mismo accionar durante los años del conflicto, como tampoco el Estado respondió de manera monolítica. Los gobiernos de Belaúnde Terry y Alan García reaccionaron de forma equivocada, violentando derechos humanos y generando “zonas de emergencia” donde se perdían las garantías constitucionales para quedar las poblaciones a merced de las fuerzas del orden. La escalada de violencia se incrementó y en este contexto ganó las elecciones Alberto Fujimori, dando inicio al “fujimorato”, década neoliberal per se, de lucha contra el “terrorismo”, de desestructuración de partidos, sindicatos y diversas organizaciones de las sociedad civil y de resquebrajamiento de las instituciones.

El fujimorismo resulta un actor imprescindible para pensar la crisis institucional actual. Recordemos que Alberto Fujimori realizó un “autogolpe” que disolvió el congreso, reformó la constitución a su antojo y ha sido acusado como responsable por la desaparición y asesinato de estudiantes y profesores de la universidad de La Cantuta (1992) y de la masacre de Barrios Altos (1991), entre otros. Aún permanece sin hacerse justicia por las más de 200 mil personas esterilizadas sin su consentimiento, en su gran mayoría mujeres, como forma de “reducir la pobreza” en el marco del Programa de Planificación Familiar que funcionó entre 1996 y 2000.

Si bien el colapso del fujimorato responde a la multicausalidad podemos identificar como detonantes los escándalos de corrupción y el fraude de la tercera reelección de Fujimori. Esto movilizó a grandes sectores de la sociedad que convergieron en su descontento en la Marcha de los Cuatro Suyus en el año 2000. A partir de aquí comienza un periodo democrático en el cual el Estado intentó saldar deudas tras los años de violencia, siendo un hito fundacional la conformación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2001). El informe final de la CVR se presentó en 2003 y reveló que las heridas y los daños eran más profundos de lo que el común de la gente pensaba. Establecer responsabilidades y reparaciones se volvió una prioridad ética y política.

Fujimori asesino

Pero ni todos los gobiernos tomaron en serio lo que afirmaba la CVR ni todos los sectores sociales se sintieron aludidos por su mensaje. En cuanto a políticas de memoria y justicia fueron los organismos de derechos humanos quienes se constituyeron en vanguardia y en canal para instalar su agenda en la sociedad. Un proceso lento, contra viento y medios, pero que ha ido sembrándose y está dando sus frutos.

En estos últimos diecinueve años nos encontramos con que las presidencias se sucedieron en un orden aparente entre Alejandro Toledo (2001-2006), Alan García (2006-2011) y Ollanta Humala (2011-2016). No carentes de inestabilidad y conflictos, el “orden” presidencial se mantuvo. Sin embargo entre 2016 y 2017 algunas piezas se corrieron y la estructura tambaleante comenzó a resquebrajarse.

Las elecciones presidenciales de 2016 evidenciaron la fuerte influencia que el fujimorismo tiene aún en la sociedad. Los dos principales contrincantes, Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski (conocido popularmente como PPK) pasaron a segunda vuelta, en la cual resultó electo el segundo con un ajustadísimo 50.12% frente al 49.88% de su rival. Al igual que en las elecciones de 2011 Fuerza Popular, el partido fujimorista, logró tener la mayoría en el congreso.

PPK no llegaba a cumplir los dos años de mandato cuando presentó su renuncia el 23 de marzo de 2018. ¿Qué ocurrió entre su asunción el 28 de julio de 2016 y ese día? Desde el principio, las relaciones entre el Legislativo y el Ejecutivo fueron tensas. Sin embargo, el factor desestabilizador vino de afuera. En diciembre de 2016 Estados Unidos dio a conocer un documento que revelaba que la constructora brasileña Odebrecht había otorgado coimas a cambio de concesiones a varios políticos latinoamericanos. Cuatro ex presidentes, Toledo, García, Humala y PPK fueron acusados de recibir dinero de forma ilegal, como así también gran cantidad de funcionarios, entre ellos Keiko Fujimori.

Así, en un clima de descontento popular el fujimorismo buscó proteger a su dirigenta que se encontraba próxima a la cárcel y desvió la atención hacia el presidente. Dos pedidos de vacancia liderados por Fuerza Popular precipitaron la crisis institucional y la caída de PPK. Salpicado por el escándalo de Odebrecht, Kuczynski intentó negociar su situación y así puede leerse el indulto a Fujimori la Nochebuena de 2017. Sin embargo tiempo después se conocieron unos videos que implicaban a funcionarios del gobierno, captando in fraganti negociados con sectores opositores. Tras esto, el 23 de marzo de 2018 Kuczynski envió su carta de renuncia al Congreso. Martín Vizcarra, su sucesor constitucional juró como nuevo presidente el mismo día.

En abril de este año otro ex mandatario fue noticia: Alan García intentó suicidarse cuando iba a ser detenido por el caso Odebrecht, disparándose en su habitación y muriendo a las pocas horas en un hospital. A principios de julio el ex presidente Alejandro Toledo fue detenido en Estados Unidos por la misma causa y actualmente se encuentra procesado.

El pasado 28 con el tradicional discurso presidencial Vizcarra comunicó la decisión de adelantar un año las elecciones previstas para 2021. Su mensaje fue contundente: se presentará proyecto para renovar tanto el congreso como el poder ejecutivo, “si nos tenemos que ir todos, nos iremos”; “no hay un solo lugar donde la gente no me diga “Vizcarra, cierra el congreso””. Los fujimoristas se mostraron indignados. Actualmente la puja consiste en definir cuál será la posición del congreso a la hora de votar esta modificación, dada la deslegitimación y profundo descontento de la sociedad para con la casta política.

Frente a este panorama poco común vale preguntarse entonces ¿qué está pasando en el Perú? Pareciera ser que la agenda anticorrupción salpicó a todas las fuerzas políticas. El APRA y el fujimorismo tienen a sus principales dirigentes presos o (mal) muertos por escándalos de corrupción y también de violación a los derechos humanos. Alternativas como la de Humala han sido descartadas si pensamos que el ex presidente corrió la misma suerte que el resto. Vizcarra propuso el adelanto de las elecciones, en un claro intento de timonear pero no gobernar en la tempestad.

Hay enojo, desilusión, falta de expectativas de la sociedad hacia los y las dirigentes políticos. Pero ¿hay construcción de nuevas formas de participación? ¿Hay sectores que se están organizando frente a una clara crisis política? Podríamos decir que sí, pero tenuemente. Aún no emerge un movimiento social que cope las calles y puede sentirse en el aire una fuerte despolitización en general. No en vano el neoliberalismo nos individualiza y aliena. Sin embargo la sociedad no está del todo pasiva. Las mujeres se están organizando desde el movimiento feminista con múltiples demandas en un país machista, violento e injusto. Expresiones artísticas, intelectuales, organizaciones, emergen desde distintos espacios con múltiples demandas donde convergen las opresiones de género con las de clase y raza. Intersecciones en un país diverso que el feminismo está captando.

Si bien hay espacios políticos nuevos, entre los que se destacan la propuesta de Nuevo Perú que llevó en su momento de candidata presidencia a Verónika Mendoza, no han sabido crecer políticamente y mantienen un electorado estanco. Quizás deberían pensarse nuevas estrategias para hacer llegar sus propuestas a sectores más amplios y visualizarse como una alternativa real.

Todo indica que estamos en una coyuntura de fuerte inestabilidad política donde resulta difícil deducir qué pasará. El Perú se ha convertido en una caja de resonancia para América Latina, teniendo todos sus ex presidentes desde el retorno a la democracia en prisión. Lo que preocupa – y debería ocupar a la izquierda y centro izquierda- es la imposición de una agenda norteamericana. Hoy la corrupción pareciera ser un problema más grave que la pobreza y la desigualdad. Pero la realidad dice otra cosa. Aún hay que derrumbar el mito del crecimiento económico.

Notas   [ + ]

1.Maestría en Estudios Latinoamericanos UNCuyo, Argentina/ Grupo de investigación Ciudadanía Activa y Participación-UNMSM, Perú

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