¿Qué estamos aprendiendo en medio de una pandemia?

Esta situación ha puesto en perspectiva el papel del Estado en muchos escenarios, particularmente en comunidades marginalizadas en donde por ausencia de este, los paraestados decidieron hacer las veces de “protectores” de la gente a través de medios poco ortodoxos.

Aprendiendo en medio de una pandemia
Aprendiendo en medio de una pandemia

Mariana Meneses Muñoz.
Doutoranda em História na Universidade Nova de Lisboa.
mariana.munoz@campus.fcsh.unl.pt

 

En medio de la incertidumbre que se está viviendo por causa de la emergencia sanitaria y epidemiológica llamada COVID-19, que ha puesto en evidencia una serie de emergencias sociales, económicas y administrativas por parte de diferentes Estados, y que a su vez nos está cuestionando como individuos en términos emocionales, peros también como sujetos políticos y sociales; es necesario hacer un alto en la rutina de miedo y de la esquizofrenia que se han convertido en elementos cotidianos para preguntarnos: ¿Qué se está aprendiendo de todo esto?
Que estábamos en crisis, y que no queríamos verlo.

Que, aunque dicen que el Coronavirus no discrimina, el modelo social y económico ha condenado de manera inmediata a ciertos sectores de la población. Que la marginalización como forma de diferenciación social es una construcción torpe e innecesaria.

Que hemos estado conviviendo por un largo tiempo con las violencias: la violencia de género, la violencia machista, y la violencia del Estado. Que estas violencias se han incrementado por causa del encierro y las dinámicas de autoaislamiento que debemos adoptar, que por desgracia hemos aguantado demás convivir desde nuestro día a día, en nuestros espacios domésticos con nuestros agresores y verdugos. Que ser y no ser, que querer poder y tener que trabajar para sobrevivir, ojo, para sobrevivir, nos obliga a exponernos, pero eso no lo entienden los agentes del Estado, ni siquiera el Estado mismo. Que un subsidio no va a solucionar la brecha gigantesca que hay entre ricos y pobres, que la idea del “tele”, el teletrabajo, el telecolegio y del entretenimiento a la mano no aplica para todos. Que hay unos privilegiados, pero muchos otros que no lo son.

Hemos aprendido que de verdad hay grandes diferencias entre el primer y el tercer mundo, que la importancia de garantizar unos mínimos básicos que se traducen en bienestar social y buen vivir, no son ficciones del pensamiento socialista, pero que para lograr esto requerimos de una colaboración conjunta. Aprendimos que los estados no están preparados para una gran crisis, que hay líderes que de verdad se preocupan, y otros que luchan por no hundirse. Que la privatización en unos casos, la corrupción en otros y la negligencia en algunos muchos ha cobrado vidas, se han abierto heridas y ha dejado muertes de personas que tal vez se fueron antes de tiempo. También se aprendió que el conocimiento es importantísimo, que las ciencias “duras”, las artes, las humanidades, el pensamiento social y en conocimiento general de nuestro entorno es necesario, que no solo se sabe para producir, si no para ser, hacer y ayudar.

Aprendimos que la naturaleza es hermosa y que, a pesar de nuestros esfuerzos conscientes o inconscientes por acabarla en nuestros afanes capitalistas, por consumirla como su fuera de nuestra propiedad, ella se recupera, es más fuerte de los que imaginamos, y nos está demostrando una vez más su majestuosidad. Que nosotros como especie hemos sido devastadores, devoradores, autodestructivos, pero con una torpe capacidad de renovarnos.

También aprendimos que convivir con el otro es importante, conocer, escuchar y entender se ha vuelto fundamental para sobrellevar el encierro. Creo, que estamos aprendiendo a ser creativos de nuevo, a entretenernos y a entretener al otro con cariño, a compartir y a ser simples. También estamos aprendiendo que la calidad de vida no es un piso de 20 x 20 m. Que las “realidades” líquidas, los espejismos afectivos y las sociedades del cansancio se derrumban ante nuestros ojos, eso nos asusta y nos hace sentir solos y vacíos; que un like no siempre llena vacíos.

A su vez, estamos comprendiendo otras connotaciones de palabras cotidianas. Ya que hogar no siempre quiere decir adentro, y en muchas ocasiones casa es afuera.

Aprendimos que hay personas generosas, grupos generosos que de verdad se interesan por el otro, que quieren un cambio y han generado iniciativas chicas o grandes que devuelven la esperanza, eso demuestra que nos necesitamos, y que juntos tenemos más fuerza. Pero también esta experiencia ha demostrado que tan estúpidos podemos llegar a ser, ha mostrado cómo un consumo no crítico de la información mediática nos lleva a alimentar cadenas de miedo y de ignorancia; y cómo el fanatismo político nos puede poner en peligro. Esta situación ha puesto en perspectiva el papel del Estado en muchos escenarios, particularmente en comunidades marginalizadas en donde por ausencia de este, los paraestados decidieron hacer las veces de “protectores” de la gente a través de medios poco ortodoxos.

Ahora, ¿qué pasará cuando todo esto acabé de verdad?, ¿acaso seremos iguales otra vez?, ¿será que queremos ser iguales? Estábamos en crisis, pero no la queríamos ver. El egoísmo e individualismo nos daban una falsa sensación de bienestar, de estabilidad. Si no aprendemos nada de esto, si no cambiamos mucho de lo que está haciendo que mueran muchos, si no convivimos en armonía con la naturaleza, con los animales; sino nos relacionamos de manera más humana, ¡más humana!, amorosa y desde una cultura del cuidado. Si no dejamos de consumir sin sentido ni necesidad, solo para hacernos selfies o para llenar vacíos emocionales, entonces tantas muertes, tanta crisis y tanta preocupación no sirvieron para nada.

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