¿Escribimos por encima de nuestras posibilidades? La productividad científica desenfrenada en los tiempos del Big Data

Hace no mucho, al terminar mi doctorado, me entró la curiosidad por ver que tal iban mis publicaciones en cuanto a difusión. Sobre todo, el primer trabajo escrito, al que guardo especialmente cariño, pues me sirvió de base para aprender mucho de lo que soy hoy en día.

Mi primera publicación en una revista especializada data de junio de 2015. Tras dos años de tener el manuscrito en circulación legítimamente (revisado y aprobado según los cánones científicos) intento mantener un cierto control sobre la cantidad de lecturas que ha tenido. Según la web de la propia revista, 259 visitas ha tenido desde entonces; mi perfil de academia.edu me dice que fueron 54 las personas interesadas en este texto, y mi triste perfil de researchgate 48.

La reflexión sobre estas cifras es agridulce ¿Son satisfactoriamente muchas las lecturas para un texto tan especializado? ¿O son pocas para la cantidad de horas de trabajo que tiene detrás?

Supongo que es cuestión del espíritu de cada uno, agarrarse a la visión que más acompañe a tus expectativas y forma de ser. Esto llevó a preguntarme sobre si mi material era genuino o relevante (para quien lo creo, claro que lo es) y por ello busqué material relacionado en estas bases de datos. La lista se hizo infinita. Los textos que se desplegaban frente a mi (de los cuales, muchos, ya conocía) parecían no tener fin, en el último año habían aparecido muchos manuscritos interesantes que rozaban o profundizaban lo que trabajo.

Ahí es cuando comencé a recordar cuanto me decepcionó leer tanto material realizado con poco amor, despiezado de otras obras, modificados ligeramente para ser republicables, auto-plagios o inspiraciones demasiado parecidas. También la cantidad de manuscritos deformes (microespecializaciones sin contexto, resúmenes y textos inconexos, evidentes introducciones a trabajos mayores, trabajos no auto-conclusivos, etc.) cuya publicación se ve que es una concatenación de despropósitos nacida de la necesidad de producir de los académicos con el afán de publicar de las revistas.

Ya no solo es que la lógica capitalista de la producción a bajo coste y en masa haya entrado en la producción académica, es que lo ha hecho también el de la cultura intoxicada de información basura del Big Data. En esta lucha de egos por la supervivencia entre los poderosos apoltronados y los precarizados que se despellejan por las migajas que caen de la mesa, todos quieren ofrecer quienes son sin dar espacio al dialogo que debe primar en este mundillo. Al igual que las redes sociales y sus discusiones a gritos de odio y bilis para sordos, en el mundo académico lo importante es publicar, escribir, escribir y escribir. La lectura sirve para escribir, las ponencias sin escuchar para escribir y el debate, tras lamer las botas de quien deben ser lamidas, también.

Se demuestra como inútil el seguir denunciando el imperio de las revistas de doble ciego con índice de impacto competitivo que marcan los ritmos absurdos de esos indicadores dictatoriales y exclusivistas de citación. Hay que empezar a pensarnos a nosotros mismos pensadores, como intelectuales, activistas del conocimiento, y de cómo nos hemos doblegado ante esta situación absurda de tiranía de cifras. Quienes han tenido la oportunidad han dejado que este sistema se atrofie, al punto de que es más importante citarse que leerse, es más importante el contubernio productivista que el debate sano. El academicismo carece de la rebeldía que le debería caracterizar y buscar el cambiar las lógicas de la competitividad y productividad que avocan a la banalización de la propia ciencia.

Es cierto que vivimos tiempos de celeridad, pero no podemos escudarnos completamente en este loco devenir histórico y bajar los brazos argumentando la falta de herramientas para combatir la fugacidad de la atención humana sometida al estrés de la era digital.

Si pasamos la vida y basamos nuestro trabajo en comprender la naturaleza y el comportamiento de las sociedades ¿Por qué no el repensarnos y entender porque los congresos y las conferencias basadas en viejos conceptos de elitismo intelectual están vacías de oyentes? ¿Por qué se crean eventos endogámicos hechos solo para justificar la supervivencia de un programa de posgrado a los que nadie asiste y en las que los propios ponentes no escuchan a sus compañeros al abandonar la sala tras exponer? ¿Por qué no invertimos apenas tiempos en buscar nuevas formas de divulgar nuestro trabajo, para que sirve si nadie lo conoce? ¿Por qué las webs y las redes sociales dedicadas a la difusión de la ciencia, siguen siendo anticuados e ineficaces?

Podríamos empezar por aceptar de una vez por todas que no somos leídos y que no leemos a los demás, al menos no de la forma que deberíamos hacerla. Este artículo titulado “Prof, no one is reading you” hace referencia a estudios que afirman que el 82% de los papers del área de humanidades, no son citados jamás. Y de aquellos citados, solo el 20% son realmente leídos. Esto arroja una incómoda luz, señalando que incluso dentro del exclusivista mundo académico, la inmensa mayoría de las publicaciones tienen un peso insignificante.

Este otro artículo reflexiona sobre este mismo tema. Señala que alrededor de 1.800.000 de artículos son publicados en más o menos 28.000 revistas especializadas, y de ellas (según un estudio de 2007, seguramente hoy esta situación se agrava) la mitad solo es leída por los evaluadores/editores que publicaron el trabajo, y el propio autor. Y que, por desgracia, jamás pasa de esa barrera ¿Para qué sirve, entonces, esa cantidad de producción de conocimiento?

Manejando estos datos, podría discurrir sobre dónde y cómo se publican esos trabajos, el tráfico del poder epistemológico y la producción económica que generan, prisioneros de la dinámica capitalista; pero prefiero centrarme en mi posición como académico (ahora desempleado) y en mi responsabilidad ¿Para qué tanto texto? ¿Será que seguimos como borregos la lógica de publicar “a carajo sacao” (que dirían en mi tierra) simplemente para demostrar que eres productivo? ¿Cuánto hay de verdadera productividad, cuanto de miedo y cuanto de ego? Las cifras solo valen para demostrar que produces, cifras que esgrime tu universidad, esa que no ha leído tu trabajo y a la que solo le interesa que los numeritos de impacto y los índices de estupidez, para demostrar que son los más y mejores y que deben seguir en el negocio por ello.

Es muy triste averiguar que he trabajado entre 3 y 6 meses investigando y escribiendo para un trabajo de unas 25 páginas, y que tras pasar un proceso opaco y angustioso que demora como mínimo (siendo optimistas al límite de la idiotez, pues la norma suele rozar el año, no siendo extraño el año y medio, o dos) seis meses para ver la luz (el trabajo de un año siendo especialmente optimistas), para que luego solo sirva como un puntito más en mi currículo académico y un indicador más para mi centro de investigación ¿Dónde del proceso académico, de la creación de un conocimiento que ayude a la humanidad a comprenderse a sí misma y a aquello que tiene a su alrededor?

Académico, deja de escribir, aparca la pluma que alimenta este monstruo voraz en el tintero de la reflexión, y lee a tus colegas, habla con ellos, repiénsate.

¿Será que en la actualidad nos sobran datos y nos falta reflexión? Sorpresivamente los problemas parecen evidentes, se nos muestran delante de nuestros ojos, tenemos millones de datos que lo confirman y a pesar de ello seguimos sin reflexionar sobre eso, de forma colectiva, para buscar sanamente posibles estrategias. El ser humano tiene ese gran hándicap, el de la reflexión colectiva, es algo que viene con la madurez cultural que nace del contacto lento y pausado de la convivialidad. Parece que los ritmos acelerados que nos han tocado vivir, está matando los aspectos de la convivialidad que nos llevan a pensar colectivamente, y cuanto más conectados estamos más separados individualmente, recelando del vecino, nos colocamos ¿Será que de esta competitividad, celeridad, aislacionismo individualista y falta de capacidad para reflexionar en común también afecta a la ciencia? Todo apunta a que sí, estamos inmersos en una carrera suicidad que no nos permite pararnos a echar una ojeada a nuestro alrededor, las voces críticas son apagadas por esos ritmos locos mientras los espacios de reflexión son vendidos a precio de likes y shares irreflexivos.

‘Todo esto es muy desafortunado. Idealmente, las grandes mentes académicas de la sociedad deberían poner su trabajo al servicio del bien de la sociedad, en su construcción y en la solución de sus problemas. En vez de ello, la mayoría de los académicos occidentales de hoy en día están usando su capital intelectual a responder preguntas que nadie ha preguntado en páginas que nadie lee.

Que desperdicio’. [traducción propia]

Why professors are writing crap that nobody reads