Proteger a los justos de la justicia moderna

Lo que se criminaliza o se prohíbe, como lo anunció Baudelaire, es no hacer del lucro el criterio de nuestras relaciones sociales.

Justicia moderna Perú
Justicia moderna Perú

Nos proponemos reflexionar sobre un problema concreto que actualmente está ocurriendo en el Valle de Tambo, ubicado en la provincia de Islay, departamento de Arequipa, Perú: la imposición del proyecto minero Tía María a la población. La conclusión a la que arribamos es que dicho problema es consecuencia de otro más profundo: el criterio crematístico como fin supremo. El cual condensa el Estado de derecho moderno y se expresa en el modo de solventar los conflictos sociales al subordinar los intereses de la soberanía popular a los intereses de la soberanía del mercado.

La modernidad: al principio fue el oro

En primer lugar diremos que la modernidad es la narrativa triunfante de una visión de la realidad. La cual, sin duda, ha producido grandes logros a la humanidad. Pero esto solo es un lado, porque tiene un lado no victorioso, el cual ha sido encubierto: la colonialidad. La cual es “constitutiva de la modernidad: sin colonialidad no hay modernidad” (Mignolo, 2015, p. 26). Y en segundo lugar definiremos el Estado como “una relación social”. La condensación institucional de las relaciones sociales que expresa cómo se han solventado los conflictos sociales en cada momento de la historia (Jessop, 2014, p. 19). La modernidad dio origen un tipo de Estado, es decir, a un modo de resolver los conflictos sociales: Estado moderno. ¿Cuál es el criterio de solución de los conflictos sociales del Estado moderno? Esta es la pregunta que intentaremos responder en lo que sigue.

Ahora bien, para saber cuál es el criterio a partir del cual solventa los conflictos sociales el Estado moderno es necesario indagar, aunque de manera somera, sobre el inicio de la modernidad, porque el Estado actual se sustenta teóricamente en ella. Al respecto, la invasión de América – decía José C. Mariátegui – es el principio de la modernidad: “Todo el pensamiento de la modernidad está influido por este acontecimiento”. La reforma, el Renacimiento, la Revolución liberal aparece impulsada por este hecho histórico (Mariátegui, 1988, p. 163). Idea que luego será desarrollada y defendida por el filósofo de la liberación Enrique Dussel, para quien “1492 será el momento del “nacimiento” de la Modernidad como concepto, el momento concreto del “origen” de un “mito” de violencia sacrificial muy particular y, al mismo tiempo, un proceso de “en-cubrimiento” de lo no- europeo” (Dussel, 2008, p. 9).

La modernidad, entonces, se inicia con la apertura de Europa al atlántico en 1492. Si es así, es razonable suponer que “la más grande y fructuosa de las cruzadas”– según José C. Mariátegui –, se inaugura con las siguientes palabras pronunciadas por Cristóbal Colón: “¡Cosa maravillosa es el oro! Quien tiene oro es dueño y señor de cuanto apetece. Con oro, hasta se hacen entrar las almas en el paraíso” (Marx, citado por Hinkelammert, S/F, párr. 10). En otras palabras la modernidad como proyecto histórico cultural, pero sobre todo político y económico, tiene como principio lo crematístico y, todo el pensamiento que orienta el modo de vida y fundamenta las instituciones del Estado moderno, será disciplinado por dicho principio.

Entre los pensadores europeos que justificaron argumentativamente el principio crematístico, incluso sobre la vida humana, tenemos a John Locke, Montesquieu y Georg W. Friedrich Hegel. Veamos brevemente lo que ha dicho al respecto cada uno de ellos.

Locke, Montesquieu y Hegel: lo crematístico como criterio de humanidad

John Locke (Inglaterra 1632-1704), fundador del liberalismo y considerado uno de los padres de los derechos humanos, sostenía que la preservación de la propiedad es el fin principal de la sociedad civil. La propiedad – según Locke – da carta de ciudadanía, es decir, habilita para participar en los asuntos públicos (Locke, 2006). Este argumento le serviría para justificar su incursión como accionista en la Royal African Company, la principal compañía dedicada al comercio de esclavos en ese momento, nos dice Domenico Losurdo en su Contrahistoria del liberalismo, y para defender los trabajos forzados a los que eran sometidos los nativos del continente americano, de quienes opinaba, que están muy cercanos a las “bestias salvajes”.

Montesquieu (Francia 1689-1755) es famoso por su teoría de la separación de poderes. Le disgustaba la esclavitud, pero solamente la que era practicada contra algunos pueblos. En su libro Del espíritu de la leyes, por un lado, argumenta la inutilidad de la esclavitud en los pueblos europeos porque eran de zonas frías. Por otro lado, se muestra de acuerdo con la esclavitud contra los pueblos de zonas cálidas. Porque estas personas – argumenta – “por efectos de su flojedad han sido esclavos casi siempre”. En cambio, “los de pueblos que viven en zonas frías se han mantenido siempre libres”. La esclavitud para los pueblos de climas cálidos, entre los que está los pueblos africanos y americanos, es una consecuencia derivada de causa natural, según nuestro autor. ¿Era el clima cálido la razón por la que Montesquieu admitía la esclavitud? No. Decía: “La razón exige que el poder del amo alcance más que a lo concerniente a su siervo. Es necesario que la esclavitud sea para la utilidad y no para el deleite” (Citado por Ordini, 2017). Es decir, la utilidad, la ganancia, el lucro es una exigencia de la razón (moderna). En consecuencia, lo que no es funcional a la utilidad será tenido como irracional.

Georg W. Friedrich Hegel (Alemania 1770-1831), considerado el último filósofo moderno va a decir que “comprender lo que es, es la tarea de la filosofía, porque lo que es, es la razón” (Hegel, 1955, p. 35), pero, ¿qué es lo racional? “Lo racional es que Yo poseo propiedad” (Ibíd., p. 76) asevera. Para el autor de Fenomenología del espíritu la propiedad privada otorga racionalidad, y solamente los que ejercen la razón podían ser libres. Al respecto, Juan J. Bautista Segales, quien ha trabajado de manera sistemática la obra de Hegel, en el VI Encuentro internacional de Pensamiento crítico, de 21 de julio de 2019, decía que la idea de ser humano presupuesta en la Filosofía del derecho de Hegel es “el individuo burgués propietario”. Es decir, “aquello que hace que un ser humano sea humano es la propiedad privada”. Con Hegel lo crematístico ya no sólo es el criterio de ciudadanía, como en Locke; ni de racionalidad, como en Montesquieu; sino de humanidad.

En suma, cuando Locke, Montesquieu y Hegel se declaran, por un lado, defensores de la libertad y, por otro lado, se muestran condescendientes con la esclavitud y hasta implicados directamente en el negocio de esclavos, como es el caso de Locke, no es que se están contradiciendo. Lo que hacen en la práctica es lógicamente coherente con lo que dicen. De acuerdo al razonamiento moderno la libertad es un atributo de todo ser humano. Pero en el contenido de ser humano está presupuesto lo crematístico. Los negros e indígenas americanos no poseían propiedad privada. Por lo tanto, no podían entrar al reino de la libertad moderna. Este prejuicio de la modernidad fue encubierto de tal manera que terminó siendo impuesto a toda la humanidad.

Reproducir el defecto del defecto

Todo indica que los teóricos latinoamericanos al abrevar de los teóricos de la modernidad, se tragaron también el principio que lo sustenta, el cual exige la subordinación de la praxis social al aumento de la tasa de ganancia. Schopenhauer (1788- 1860) acusó a sus predecesores diciendo que “Spinoza tiene en común con todos los filósofos anteriores a Locke el gran defecto de partir de conceptos sin haber investigado previamente su origen” (Schopenhauer, 2013, p. 705). Si es así, nuestros teóricos que tomaron los conceptos sin haberlos investigado, de quienes a su vez lo tomaron de otros que hicieron lo mismo, lo que hicieron es reproducir el defecto del defecto.

Con toda razón Juan J. Bautista Segales dice:

Alain Touraine, el sociólogo francés que formó a muchas generaciones de cientistas sociales latinoamericanos y de tercer mundo decía el 2005 en la UNAM (…) que después de una larga evaluación él se había dado cuenta de que la ciencia social del siglo XX había pensado la realidad del siglo XX con categorías del siglo XIX, en cuyos contenidos nunca había estado problematizado o tematizada América Latina como problema. Es decir, que en el contenido presupuesto en la formalización de los conceptos y categorías con los cuales la ciencia social piensa o tematiza los problemas, nunca había estado la realidad latinoamericana, sino solo la realidad europea, norteamericana o del primer mundo” (Bautista Segales, 2012, p. 44).

En ese sentido, Bautista Segales, a nuestro juicio, uno de los filósofos más atentos y sensibles a los problemas de América Latina, sostiene que el problema al que tenemos que enfrentarnos, es a construir un marco categorial que nos permita entender nuestra realidad (Bautista Segales, 2014). Y advertir por ejemplo que la miseria e injusticia al que sigue siendo sometida la inmensa mayoría de seres humanos en nuestro margen latinoamericano y, concretamente en el Perú, no es el resultado del incumplimiento de la ley o de la Constitución, sino de su propio cumplimiento. Por eso, con toda razón se ha dicho que “hoy vivimos la amenaza de que la humanidad y la naturaleza serán destruidas cumpliendo el derecho” (Hinkelammert, 1998, p. 44). Porque en los conceptos y categorías con los cuales pensamos, interpretamos y aplicamos el derecho está contenido lo crematístico como fin supremo.

Críticas a la riqueza como criterio

La modernidad, ni bien iniciada, subordinó la práxis social a lo crematístico. La colonialidad que es su cara oculta, no es un fin en sí mismo, refiere en última instancia a lo crematístico. No es casual que desde bien iniciado el proyecto moderno se hayan desplegado afiladas críticas en su contra. Así por ejemplo el 1 de julio de 1550, Domingo de Santo Tomas escribe desde Chuquisaca: “Habrá cuatro años que para acabar de perder esta tierra, se descubrió una boca del infierno por la que entra cada año gran cantidad de gente, que la codicia de los españoles sacrifica a su dios, y es una mina de plata que se llama Potosí” (Citado por Dussel, 2008, p. 51). Desde Europa Giordano Bruno (1548-1600) por su parte se queja: “la sabiduría y la justicia empezaron a abandonar la tierra en el momento en que los doctos organizados en sectas comenzaron a usar su doctrina por afán de lucro”. Más tarde el agudo poeta Charles P. Baudelaire (1821-1867) pronosticaba: “Y mientras que todo será objeto de crítica y condena, salvo el dinero, cualquier cosa que se asemeje a la virtud será considerada inmensamente ridícula”. Incluso “La justicia prohibirá la existencia de aquellos ciudadanos incapaces de enriquecerse” (Citado por Ordini, 2017).

La profecía de Baudelaire será confirmada un siglo después por el gran escritor peruano Manuel Scorza (1923-1983), quien con valentía dedicó su pluma a denunciar las injusticias ocasionadas a los campesinos por parte de las compañías mineras, pero tuvo que modificar ciertos nombres de personajes de su novela “con la finalidad de proteger a los justos de la justicia”, nos advierte en Redoble por Rancas. Se refiere a la justicia legal, sin duda.

La justicia legal en el Estado moderno prohíbe la existencia de personas incapaces de enriquecerse. No lo prohíbe de manera expresa, claro está, lo hace criminalizando toda conducta que no sea funcional al aumento de la tasa de ganancia. Criminalizando a los que defienden sus tierras de la contaminación minera, por ejemplo. Desde la perspectiva del Estado moderno, lo civilizado, lo racional y justo es impulsar el proyecto minero porque eso genera utilidad. No importa a costa de que: el dinero es lo que salva. Es el que hace “entrar las almas en el paraíso”, dijo el inaugurador de la modernidad. De manera que quienes organizan su vida en función de otros criterios distintos al dinero, son considerados bárbaros y opositores al desarrollo. Desde este punto de vista matar, violentar y encarcelar a quienes defienden sus tierras de la contaminación minera, es visto como un bien para el desarrollo del país.

A modo de conclusión: proteger a los justos de la justicia

El problema principal no es la minería. Lo que está ocurriendo en el Perú con el Proyecto Minero Tía María, y como ocurre en muchos lugares de nuestra América, es consecuencia de un problema mucho más profundo: el lucro como fin supremo. Si la venta de papas produjera más ganancias que el oro, la plata o el cobre es muy probable que ya se habría acuñado el calificativo de “terrorismo antipapero” para criminalizar a quienes en vez de papas prefieren sembrar camotes. En el fondo lo que se criminaliza o se prohíbe, como lo anunció Baudelaire, es no hacer del lucro el criterio de nuestras relaciones sociales. Mejor dicho, lo que se castiga es llevar una forma de vida no funcional al aumento de la tasa de ganancia. Eso es lo que aterroriza al Estado moderno.

Al respecto nos dice Eduardo Galeano:

Suena raro esto de que la naturaleza tenga derechos, como si fuera persona. En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de los Estados Unidos tengan derechos humanos. Y los tienen, por decisión de la Suprema Corte de Justicia, desde 1886. Si la naturaleza fuera banco, ya la habrían salvado (Galeano, 2012, p. 55).

Lo que nos sugiere el autor de Las venas abiertas de América Latina, es que el problema consiste en poner el lucro como criterio de nuestra existencia. Y eso tiene que ver con un modo de vida y de relación social, con un horizonte cultural de comprensión de la realidad que presupone la propiedad, la ganancia, el lucro, el dinero como fin supremo para el ser humano. Ese horizonte cultural que presupone el lucro como fin supremo de toda práxis social, tal como hemos argumentado, al parecer es la modernidad.

Si es así, el caso concreto del Proyecto Minero Tía María autorizado por el gobierno del Perú, sin contar con el consenso de la población y de sus autoridades locales, debe ser enmarcado dentro del horizonte de comprensión de modernización del Estado peruano. De aquí que la soberanía popular reconocida en nuestra Carta Constitucional tenga una función meramente ornamental. Es lógico que desde la perspectiva del Estado de derecho moderno el pueblo – dice Franz Hinkelammert – tenga que subordinarse a la soberanía del mercado. Vivimos en el “totalitarismo del mercado. Del mercado capitalista como ser supremo para el ser humano” (Hinkelammert, 2018). El capitalismo es el sistema económico de la modernidad, el liberalismo su sistema político y el positivismo jurídico su marco normativo. Frente a esta soberanía de lo crematístico o del mercado toda práxis económica, política y jurídica que no se subordine, será considerada inferior, irracional, ilegal, irracional. En una palabra: bárbara. “No hay modernidad sin bárbaros” (Dussel, 2008, p. 27). No hay Estado moderno sin ciudadanos bárbaros o de “segunda categoría”, como dijo un expresidente del Perú.

Finalmente, respondiendo a la pregunta que nos habíamos formulado al inicio: ¿cuál es el criterio de solución de los conflictos sociales del Estado moderno? En base a lo expuesto, sostenemos que el criterio de solución de los conflictos sociales en el Estado de Derecho moderno es el crematístico. El asesinato y la violencia que ejerce el Estado moderno a los que disienten con dicho criterio, se lleva a cabo dentro de un marco jurídico legal. Porque “El criterio del Estado de derecho [moderno]1Agregado. es: el crimen que se comete tiene que ser cumpliendo la ley” (Hinkelammert, pp. 96-97). Y como para el derecho moderno (positivismo jurídico) el cumplimiento de la ley es sinónimo de justicia, se termina viendo a la víctima en el culpable y al culpable en la víctima, al justo en el injusto y al injusto en el justo. Por lo tanto, frente al Derecho del Estado moderno, necesitamos pensar y producir un nuevo Derecho, que sea capaz, como deseaba Scorza: de “proteger a los justos de la justicia” vigente.

Referencias bibliográficas

Bautista Segales (2014). ¿Qué significa pensar desde América Latina. Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental. Madrid: Akal.

Bautista Segales (2012). Hacia la descolonización de la Ciencia Social Latinoamericana. La Paz: Rincón.

Jessop, Bob (2014). “El Estado y el poder”. Utopía y Práxis Latinoamericana, Vol. 19, N° 66, 19-35. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=27937089004. Consultado el 11 de julio de 2019.

Dussel, Enrique (2008 a). 1492 El encubrimiento del otro. Hacia el origen del “Mito de la modernidad”. La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

Dussel, Enrique (2008 b). Marx y la modernidad. La Paz: Rincón.

Galeano, Eduardo (2012). Los hijos de los días. Madrid: Siglo XXI.

Hinkelammert, Franz (2018). Totalitarismo del mercado. El mercado capitalista como ser supremo. México D.F: Akal.

Hinkelammert, Franz (2010). La maldición que pesa sobre la ley. San José: Arlekín.

Hinkelammert, Franz (2006). El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido. Caracas: El perro y la rana.

Hinkelammert, Franz (S/F). “La crítica de la religión neoliberal del mercado y los derechos humanos”. Disponible en https://www.pensamientocritico.info/index.php/articulos/articulos-de-franz-hinkelammert/espanol/391-la-crisis-de-la-religion-neoliberal-del-mercado-y-los-derechos-humanos. Consultado el 20 de julio de 2019.

Hegel, Guillermo F. (1955). Filosofía del derecho. Buenos Aires: Claridad.

Losurdo, Domenico (2007). Contrahistoria del liberalismo. Mátaro: El Viejo Topo.

Locke, John (2006). Segundo tratado sobre el gobierno civil: un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del gobierno civil. Madrid: Técnos.

Montesquieu, (2007). Del espíritu de las leyes. Madrid: Tecnos.

Mignolo, Walter (2015). Habitar la frontera. Sentir y pensar la descolonialidad (Antología, 1999-2014). Barcelona: CIDOB y UACJ.

Ordini, Nuccio (2017). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.

Schopenhauer, Arthur (2013). El mundo como voluntad y representación II. Madrid: Trotta.

Notas   [ + ]

1.Agregado.
mm

Abogado y Filósofo. Universidad Nacional de San Agustín.

Director del Centro de estudios Disenso.

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