El Perú necesita indignación e imaginación

Lo que necesitamos hoy más que nunca es indignación e imaginación. Indignación para enfurecer el pensamiento frente a tanta injusticia e imaginación para avizorar posibles salidas.

El Perú necesita indignación e imaginación
Indignación e imaginación

“Hay sin duda en el Perú muchas razones para rebelarse, muchas causas para ser inconformista y negador; pero ninguna para hundirse en el tedio o en el aturdimiento del goce”
Augusto Salazar Bondy

Si nuestra derrota en la Guerra del Pacífico, como diagnosticó Gonzáles Prada hace más de un siglo, se debió a nuestro espíritu de servidumbre. Pues nuestra columna vertebral tendía a inclinarse frente al opresor. Del mismo modo hoy nuestra derrota en la lucha contra la corrupción política, la desigualdad social, la pobreza se debe a que nuestro  pensamiento tiende a la genuflexión. Nuestros intelectuales, de los que se espera que dediquen parte de su tiempo vital a pensar los problemas de  nuestra realidad no lo hacen. Si la genuflexión intelectual en otros tiempos era un mal a corregir, hoy se ha tornado en una virtud a exaltar. Tan es así que el intelectual peruano, salvo excepciones, tiene como máxima aspiración  repetir del mejor modo posible las ideas de algún intelectual occidental.

Dialogar con las ideas de otros pensadores es inevitable si se tiene pretensión de honestidad. Pero no para repetirlas, sino para ayudarnos a comprender los problemas de nuestra realidad del mejor modo posible. Porque son los problemas de nuestra realidad los que deben indicar el itinerario de nuestro pensar. Porque si nosotros no pensamos nuestros problemas para buscar posibles salidas, nadie lo va a hacer por nosotros. Si los miles de niños que son condenados a vivir en los basureros de nuestras ciudades, si los ancianos que todos los días revuelven la basura con la esperanza de encontrar restos de comida en ella, si la madre que improvisa una canción en el bus con la ilusión de obtener una limosna de la señora caridad no nos interpela y nos indigna, es síntoma de que algo estamos haciendo muy mal.

Si no tenemos la sensibilidad para indignarnos frente a tanta  injusticia, sino cultivamos la sensibilidad aguda. Esa sensibilidad “capaz de escuchar a la yerba crecer”, que reclamaba Marx para el revolucionario, es imposible que podamos imaginar posibles salidas a nuestros problemas. Porque si como dice la canción, “todo me parece bonito”, la tarea del intelectual se reduce a hacer lo que Gianni Vattimo hoy aconseja: “pasear como un turista por el jardín de la historia”. Pero como podrá advertir cualquier compatriota con un poco de sentido común, la historia de nuestro país se parece más a una cárcel que a un jardín. De manera que hay que ser sádicos para hacer turismo entre el sufrimiento y dolor de la gente.

Lo que necesitamos hoy más que nunca es indignación e imaginación. Indignación para enfurecer el pensamiento frente a tanta injusticia e imaginación para avizorar posibles salidas. Los poetas sugieren que la indignación no es suficiente para generar trasformaciones, es necesaria que vaya acompañada de la imaginación. Manuel Scorza nos dijo que “ningún cambio, ninguna revolución son posibles sin indignación e imaginación”. Así como no se puede querer la justicia sin aborrecer la injustica, tampoco se puede conquistar la justicia sin antes acariciarla con la imaginación.

Esto lo tienen claro no solamente los poetas, sino también lo científicos y filósofos. Albert Einstein dijo “soy lo suficientemente artista como para dibujar libremente sobre mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación circunda el mundo”. Y José Carlos Mariátegui sentenció: “el progreso no sería posible si la imaginación humana sufriera de repente un colapso”.

Necesitamos salir del círculo trazado en nuestro horizonte de comprensión de la realidad, ese que nos impide ver, sentir, escuchar otras realidades y voces. Urge que nos arriesguemos a dibujar en nuestra imaginación otras formas de vivir y convivir, pero para eso necesitamos partir de otros horizontes de comprensión de la realidad, que tenga como ritual la celebración de la vida de todos. Pero para imaginar eso es preciso que los rituales de la celebración de la muerte nos indignen. Es decir, indignación e imaginación son las dos caras de toda actividad de pensamiento crítico con pretensión de justicia.

De aquí finalmente la urgente necesidad que tenemos en nuestro país del cultivo de la indignación y la imaginación a través de la enseñanza de las humanidades, para que podamos rebelarnos frente a la tiranía y la opresión, o como decía el sentipensante Eduardo Galeano, para “ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común”.