Pensar la Corrupción

El conocimiento nace de la necesidad de solucionar algún problema y vuelve a él para comprenderlo e intentar solventarlo.

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Fuente: Boletín del Centro de Documentación e Investigación del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social N° 02, julio de 2016.

En el Perú nuestra derrota en la lucha contra la corrupción se debe, entre otras cosas, a que nuestro pensamiento tiene como síntoma la genuflexión. El cual es consecuencia del colonialismo mental que nos atraviesa. Y es una droga que, como cualquier otro narcótico, paraliza. Nos mantiene en estado de somnolencia, inconsciencia y ceguera frente a los problemas que ocurren en nuestras narices. En otras palabras, nos impide quitarnos las gafas de color rosa y abrir los ojos a la luz clara y dura de nuestra realidad.

Nuestros intelectuales de los que se espera que dediquen parte de su tiempo vital a pensar a fondo nuestros problemas, no lo hacen. Y si lo hacen —salvo algunas excepciones— parten de marcos teóricos conceptuales en los cuales no están contenidos los problemas de nuestra realidad. Es decir, comprenden nuestra realidad desde marcos teóricos conceptuales que presuponen una visión de país ajeno al nuestro. Lo cual nos sugiere que nuestra derrota en la lucha contra la corrupción política no sólo es en la práctica, sino también, en la teoría con la cual pretendemos comprenderla para combatirla.

Pensar es el punto de partida para intentar solucionar cualquier problema. Esto es así porque se necesita pensar para conocer, conocer para comprender y comprender para tomar buenas decisiones y actuar. En la acción se une pensamiento y realidad (Marina, 2021). En suma, el conocimiento sustenta y orienta la acción. En consecuencia, del conocimiento que se tenga sobre la corrupción política depende, en gran medida, que las medidas de lucha que se adopten sean o no eficaces para combatirla.

El conocimiento está expresado principalmente en conceptos, los mismos que vienen a ser una especie de lentes a través de las cuales se pretende comprender un determinado problema. Algunos neurólogos sugieren que no vemos la realidad con los ojos, sino con el cerebro (Ramachandran, 2012), el cual alberga esas representaciones mentales de la realidad que llamamos conceptos. Vale decir, pensamos mediante conceptos (Gardner) que hemos asumido consciente o inconscientemente. Los cuales no son neutrales, sino que llevan la impronta del espacio y tiempo en que fueron construidos.

De ahí la necesidad someterlos a evaluación antes de ser utilizados. Pongamos un ejemplo: actualmente el Banco Mundial conceptualiza la corrupción como “el uso indebido de servicios públicos para beneficio personal”. Dicho concepto depende de que exista una clara distinción entre la esfera pública y lo privado. Distinción que recién se empezó a desarrollar en el siglo XVIII. Antes los gobiernos (reyes y príncipes) se consideraban propietarios de los territorios que gobernaban (Fukuyama, 2016). Por lo tanto, desde el concepto de corrupción sugerido por el Banco Mundial, antes del siglo XVIII todos los gobiernos europeos nos aparecerán como libres de corrupción.

En fin, lo que queremos decir es que son los problemas de la realidad de cada lugar y tiempo los que nos deben estimular a pensar para producir conocimiento o a recrear lo ya producido. El conocimiento nace de la necesidad de solucionar algún problema y vuelve a él para comprenderlo e intentar solventarlo. Si no, ¿qué sentido tiene el conocimiento frente a un niño que muere por falta de atención oportuna en un hospital como consecuencia de la corrupción? Si no pensamos la corrupción con la finalidad de producir conocimiento para comprenderla y combatirla, nadie lo va a hacer por nosotros. Si de luchar contra la corrupción se trata, es conveniente seguir el tradicional consejo del autor de El arte de la guerra: conoce al enemigo.

Sin embargo, para conocer la corrupción, es necesario comenzar a pensar la corrupción. La razón es la siguiente: no hay conocimiento sin actividad de pensamiento.

Referencias bibliográficas

Fukuyama, F. (2016). Orden y decadencia de la política. Desde la revolución industrial hasta la globalización de la democracia. Barcelona: Deusto.

Gardner, H. (2004). Mentes flexibles. El arte y la ciencia de saber cambiar nuestra opinión y la de los demás. Barcelona: Paidós.

Marina, J. A. (2021). Biografía de la inhumanidad. Historia de la crueldad, la sinrazón y la sensibilidad humanas. Barcelona: Ariel.

Ramachandran, V.S. (2012). Lo que el cerebro nos dice. Los misterios de la mente humana al descubierto. Barcelona: Paidós.

 

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Egresado de la maestría en Derecho Constitucional y Derechos Humanos (UNMSM-Perú). Abogado. Bachiller en Filosofía.

Director del Centro de Estudios Disenso.

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