Parte III. La perspectiva: El punto de vista colonial

Las relaciones de poder se esconden tras la construcción de una realidad que paulatinamente será reducida a los pares oposicionales, y que, como tales, estarán ahí sustentando la pertinencia de este proceso para justificar la supuesta superioridad civilizatoria europea.

Parte III. La perspectiva: El punto de vista colonial

La colonialidad espacial es parte de la “metáfora” vertida en la perspectiva; ahí yace representada la utopía moderna que niega tácitamente la producción heterotópica. De ella brotará, en consecuencia, un espacio arquitectónico que intentará constantemente materializar la forma en que esta “metáfora” lo representa.

En la entrega anterior introdujimos el concepto de colonialidad espacial como una categoría que intenta dar cuenta del proceso de transformación que sufrió la noción de espacio dentro del flujo de la trialéctica espacial: de ser un concepto enlazado con la reproducción de las condiciones materiales y simbólicas de la vida social, a considerarse una estructura rígida que las soporta y las contiene. Pero también como una forma de nombrar al proceso de imposición que subsume e invisibiliza las nociones espaciales que considera diferentes, o sea, todas aquellas que no conciben el espacio como una estructura estática y escindida de la materia y la vida. Expliquemos esto con más detalle para exponer el papel desempeñado por la perspectiva cónica en estas transformaciones.

Antes del Renacimiento europeo, podemos constatar, en el desarrollo cultural de muchos pueblos y civilizaciones, un vínculo esencial con el espacio. No era -ni es, en ciertas culturales marginadas del proceso moderno- una estructura diferente al cuerpo humano ni a las acciones ejecutadas por éste; mucho menos una sustancia cercenada de la interacción social o un producto resultante de ello. Por el contrario, el espacio era parte consustancial de la vida, y no se percibía como un soporte sobre el que se realizaba el mundo: era en sí mismo “el mundo”. De esta manera, podemos concluir que el espacio sólo puede existir durante la acción social, mediante la realización intersubjetiva y la reproducción de las condiciones que hacen posible la vida. Posteriormente detallaré lo que esta realización significa e implica, pero por el momento, nos basta con establecer que el espacio es un acto-en-sí que se produce y reproduce a través del flujo permanente de la trialéctica espacial y que será resignificado en un interesante proceso en el que se funde el proyecto de la modernidad capitalista con la aparición de lo que De Sousa Santos (2012) denominó, la razón metonímica.

Se trata pues, de una conjunción en la que la parte política de este proyecto encuentra una racionalidad que le sirve y desde la que justifica la pertinencia de su moción. Así que, para el sociólogo portugués, la razón metonímica surge como una lógica respuesta de un Occidente que con el transcurso de los años había terminado por concebirse como una excentricidad, y como una forma cultural diferente a la matriz oriental en la que irremediablemente se miraba. Su posterior disgregación manifestada durante el Renacimiento producirá una paradójica autonomía centrada en el reconocimiento de su propia dependencia ontológica a dicha matriz, o, en otras palabras, se reconocerá como europeo sólo en la medida en que no se reconoce como oriental. Tal vez, en esa dirección, podamos aventurarnos a relacionar esta escisión histórica con la forma que paulatinamente adquirió la razón metonímica1Me refiero a que este corte o separación con Oriente, sea simultáneamente la causa de la característica fundamental de la razón metonímica, según la cual, las partes sólo existen referidas a la totalidad; muy probablemente, esta razón se anidaba en el sentido común del ser-europeo premoderno..

De Sousa la definirá entonces, como una racionalidad que “(…) obcecada por la idea de totalidad bajo la forma de orden” (p. 103), concebirá las particularidades como componentes de un todo que no poseen existencia por sí mismas, sino que dependen de la totalidad para reconocerse. Así, la razón metonímica “(…) no es capaz de aceptar que la comprensión del mundo es mucho más que la comprensión occidental del mundo.” (p. 104) y será una racionalidad exhaustiva, exclusiva y completa, que no admitirá racionalidades diferentes a ella; tanto las que no se ajustan a la lógica dicotómica, como aquellas que simplemente pretenden reconocerse como totalidades en sí mismas.

Pero en este proceso, no puede soslayarse el proyecto político antes mencionado. Las relaciones de poder se esconden tras la construcción de una realidad que paulatinamente será reducida a los pares oposicionales, y que, como tales, estarán ahí sustentando la pertinencia de este proceso para justificar la supuesta superioridad civilizatoria europea. Como puede inferirse, la totalidad se convertirá en una de las partes, de tal modo que la simetría insinuada dentro del par será simplemente una forma de velar la jerarquía o el diferencial de poder que contiene cada uno de estos. Por ejemplo, en los binomios Norte/Sur, blanco/negro, hombre/mujer o rico/pobre, podemos reconocer de qué lado se concentra el poder y cómo, a partir de éste, se define el término contrario.

Si bien la lógica dicotómica no será un rasgo exclusivo del proyecto moderno, sí hemos de argumentar que éste le dará un carácter distintivo que no poseía dentro de la matriz oriental; la otredad que referida a ésta podía ser considerada como alteridad, se transformará en mismidad 2En su libro 1492, Enrique Dussel distingue conceptualmente entre invención, descubrimiento, conquista y colonización para comprender las experiencias existenciales que le dieron sustento a la construcción de Abya Yala. La primera figura, que es la que aquí nos ocupa, es definida como producto pre-figurativo del imaginario renacentista que comenzaba a referirse en la alteridad del ser-oriental. Dussel lo define de la siguiente manera: “El <ser-asiático> -y nada más- es un invento que sólo existió en el imaginario, en la fantasía estética y contemplativa de los grandes navegantes del Mediterráneo. Es el modo como <desapareció> el Otro, <el indio>, que no fue descubierto como Otro, sino como <lo Mismo> ya conocido (el asiático) y sólo re-conocido (negado entonces como Otro): <en-cubierto>”. (Dussel, 1994:31)  con el “descubrimiento” de Abya Yala (Dussel, 1994). El asunto es verdaderamente interesante, no sólo porque es el eje de la colonialidad espacial que aquí estamos intentando construir, sino también porque forma lo que a mi parecer es la contradicción fundacional de la arquitectura moderna.

Tenemos entonces, un sujeto europeo verdaderamente convencido de que su ser y estar en el mundo es excéntrico: es consciente que representa una pequeña parte de la totalidad de espacios y tiempos que el pensamiento Oriental comprende (De Sousa, 2012); y una otredad -representada por el indígena mesoamericano- que le niega su pretendida universalidad. Así que, en un acto de arrojo intuitivo, el ser-europeo no permitirá que esta aparición sea representación de la diversidad, y paradójicamente pasará a convertirlo en la mismidad con el que el pretendido sujeto universal justificará su grado civilizatorio. En efecto, esta nueva subjetividad (la indígena) no se presentará como una alteridad con particularidades culturales diferenciadas, sino que representará el atraso civilizatorio que demostrará la potencia “racional” de la modernidad europea. Una forma elocuente en la que operó la razón metonímica. En palabras de Enrique Dussel (1994):

“Europa ha constituido a las otras culturas, mundos, personas como ob-jeto: como lo “arrojado” (-jacere) “ante” (ob-) sus ojos. El “cubierto” ha sido “des-cubierto”: ego cogito cogitatum, europeizado, pero inmediatamente “en-cubierto” como Otro. El Otro constituido como lo Mismo. El ego moderno “nace” en esta autoconstitución ante las otras regiones dominadas.” (p. 36)

Este acto de descubrimiento-colonización que se dio de manera simultánea, no sólo será la base con la que el ser-europeo legitimará la dicotomización epistémica del proyecto moderno, sino que además compondrá todo el aparato simbólico que determinará el sentido común y la estructura de la vida social de la modernidad capitalista. Es en este sentido que las producciones simbólico-objetuales que realiza este sujeto “universal”, contienen siempre la metáfora del dominio, la aniquilación y la sustitución de eso otro que le impide consolidarse como el ojo observador de “Dios”.

La Trinidad de Masaccio

La Trinidad de Masaccio es considerada una de las primeras obras en las que se experimenta con la perspectiva cónica.

Ahora bien, esta tensión que fluctúa siempre entre la desaparición de uno de los polos y la estabilidad del binomio yace contenida en la metáfora de la perspectiva, ese invento renacentista que además de sentar las bases para la concepción del espacio moderno, fue un testimonio gráfico de la suspensión heterotópica que estaba ocurriendo durante el nacimiento de la modernidad. Se trata pues, de una metáfora que por un lado expresa la dicotomización ontológica que ocurría en el susodicho ser-europeo y por el otro, la forma en que el espacio se vuelve parte del proceso general de producción de la “realidad”.

Para explicar estos dos aspectos, primero definamos lo que es la “metáfora” contenida en la perspectiva cónica. Si partimos de la idea según la cual, ésta es un dibujo bidimensional que representa o simula la profundidad y la posición de los objetos en el espacio, observaremos que en ello se vierten otras cargas simbólicas que por lo general se omiten; infiero que cuando uno observa una perspectiva, lo que se mira es la tridimensionalidad representada, y nunca aquello que damos por sentado y que de cualquier modo se encuentra ahí. Por ejemplo, sabemos que la imagen que vemos es una abstracción de un punto de vista, pero ¿el punto de vista de quién? ¿A través de quién vemos la imagen? ¿Por qué quién mira no está dentro de la imagen? Qué es lo que miramos, la realidad que pretende ser objetiva o el universo simbólico de quién ve.

La diversidad de respuestas es lo que llamaremos la “metáfora”, pues al final todo el artificio de la perspectiva cónica es en realidad la representación de un momento en el que el ser-europeo comenzaba a erigirse como un supuesto sujeto “universal” que necesitaba desvincularse de la localización que lo amarraba a la subjetividad. La consecuencia fue una escisión tan radical, que este sujeto abstracto -masculino, blanco y burgués- pronto dejará de formar parte de un mundo diverso y de un tiempo sin tiempo.

Tenemos pues, en consecuencia, la imagen que muestra el punto de vista de un sujeto abstracto que ahora percibe el mundo “tal cual es”; al menos esa era la idea que se perseguía y la que finalmente se impuso en todo el orbe como “totalidad”. Un mundo objetivo e inmutable que no puede ponerse en duda porque el sujeto que observa -y que no está presente en la imagen- es el único que puede hacerlo. Ello implica que el espacio objetivado adquiere su sustancia a partir de un referente que se vuelve su contraparte, tal como ocurre con la lógica dicotómica; espacio y sujeto quedan enlazados, se nombran mutuamente y al mismo tiempo conservan su singularidad. Bien podríamos decir que el ego cogito cartesiano tiene aquí su origen, pues el ser pensante (el observador) no puede dudar de su propio pensamiento porque es éste el que genera la duda. Lo mismo ocurre con el observador: no puede mirarse porque no puede abandonar el punto de observación que requiere para hacerlo; no puede dudar de lo que ve porque significaría también dudar de sí. Así, espacio y observador se vuelven figuras dogmáticas dentro de un esquema positivo cerrado y fundamentalmente dicotómico.

Fox Keller (1994) argumenta que esta es justo la paradoja de la representación sobre la que se produce la ciencia moderna: lo que conocemos no es objetivo, puesto que siempre hay alguien que observa, y que ratifica una observación particular. De lo que se sigue que aquello que llamamos “objetivo”, es siempre una descripción subjetiva. Así que la idea de omitir al observador es toda una operación política del régimen de verdad moderno, pues quién controla lo que se conoce y lo que se dice acerca de ello, impone su punto de vista. Esto forma parte, desde luego, del proceso de universalización del ser-europeo y de su disgregación con el mundo material que le rodea.

Pero volvamos a la imagen; recordemos que la metáfora posee otro aspecto trascendental. Se trata de la construcción de la “realidad”, es decir, de la forma en que ésta se produce y el lugar que ocupa el sujeto en ella. Es, a todas luces, una “realidad” escindida, fragmentada, puesto que por un lado está el mundo que se observa y por otro el mundo de quién ve, una escisión que llegará a profundizarse tanto, que la “realidad” adquirirá estatuto de verdad por sí misma. De hecho, con el tiempo irá prescindiendo de la mirada que la enuncia hasta convertirse en una entidad autónoma con existencia propia; algo que como vimos, hizo el ser-europeo respecto de su alteridad oriental. Aparece así la “realidad” que el sentido común moderno nos configura y que pocas veces relacionamos con lo que pensamos, sentimos o imaginamos, es decir, con nuestro propio universo simbólico. Se tratará, además, de una “realidad” entendida como aquello que percibimos físicamente y que yace fuera de nuestro ser.

Es importante tener presente que esta idea de “realidad” fue la que cimentó el edificio epistémico de las ciencias naturales, fundamentalmente porque soslayó todo lo que tenía que ver con la subjetividad y el pensamiento simbólico. De hecho, nos dicen los profesores Prono y Aimino (2011), “El camino de la racionalidad moderna ha sido el de desubjetivizar el conocimiento científico hasta el punto de hacer reposar la objetividad del mismo en los procedimientos reglados que lo producen” (p.93).

La perspectivaComo podrá inferirse, a esta construcción de la “realidad” le subyace la transformación de la noción espacial. La imagen ofrecida por la perspectiva es al final -siempre- espacio objetivado, esto es, espacio fijo y cuantificable; un tipo de espacialidad que le permite al sujeto escindido reafirmar su poder con total naturalidad sobre sí y sobre lo demás. Por lo tanto, “realidad” y espacio se tratarán exactamente igual, pues se les concibe como reductos dominado por un sujeto capaz de medirlos, predecirlos y dominarlos.

La colonialidad espacial es parte de la “metáfora” vertida en la perspectiva; ahí yace representada la utopía moderna que niega tácitamente la producción heterotópica. De la misma, brotará en consecuencia un espacio arquitectónico que intentará constantemente reproducirla. Por ello, arquitectura moderna y colonialidad espacial se vuelven parte del complejo estatuto que se produce a partir del uso extensivo de la perspectiva cónica, que más que representación, será productora de la “realidad” que hoy -pensamos- trasciende a nuestra propia conciencia.

Con todo, es importante notar que de cualquier forma es imposible mantener intacto el discurso de una “realidad” fija; las heterotopías, aunque limitadas por el momento, son indetenibles e imposibles de invisibilizar, por más que el discurso del espacio estático domine el flujo de la trialéctica espacial. Las producciones espaciales que soslayan la rigidez del espacio cuestionan sin quererlo esta “metáfora” absurda, y paulatinamente introducen la heterotopía como forma básica de resistencia espacial, algo que veremos, está presente en la forma en que los pueblos de Abya Yala están produciendo y concibiendo su propia espacialidad.

Referencias

De Sousa Santos, Boaventura. (2012). Una epistemologia del sur. La reinvención del conocimiento y la emancipación social. México: Siglo XXI Editores.

Dussel, Enrique. (1994). 1492 : el encubrimiento del otro : hacia el origen del mito de la modernidad. La Paz: UMSA. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación Plural Editores

Fox Keller, Evelyn (1994), La paradoja de la subjetividad científica, en Schnitman, D. (ed.) (1995): Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad. Buenos Aires: Paidós

Prono, María Inés & Aimino, Matías (2011), El juego de los tuertos. Miradas críticas sobre la perspectiva renacentista y la ciencia moderna. Polis. Revista de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad Nacional del Litoral. Año 14. No. 13

Notas   [ + ]

1.Me refiero a que este corte o separación con Oriente, sea simultáneamente la causa de la característica fundamental de la razón metonímica, según la cual, las partes sólo existen referidas a la totalidad; muy probablemente, esta razón se anidaba en el sentido común del ser-europeo premoderno.
2.En su libro 1492, Enrique Dussel distingue conceptualmente entre invención, descubrimiento, conquista y colonización para comprender las experiencias existenciales que le dieron sustento a la construcción de Abya Yala. La primera figura, que es la que aquí nos ocupa, es definida como producto pre-figurativo del imaginario renacentista que comenzaba a referirse en la alteridad del ser-oriental. Dussel lo define de la siguiente manera: “El <ser-asiático> -y nada más- es un invento que sólo existió en el imaginario, en la fantasía estética y contemplativa de los grandes navegantes del Mediterráneo. Es el modo como <desapareció> el Otro, <el indio>, que no fue descubierto como Otro, sino como <lo Mismo> ya conocido (el asiático) y sólo re-conocido (negado entonces como Otro): <en-cubierto>”. (Dussel, 1994:31)