Parte III. Heterotopías y re-existencias espaciales

En esta última parte, pensamos hipotéticamente que las heterotopías pueden ofrecernos una ayuda importante en la comprensión de las estrategias utilizadas para hacerle frente al hecho capitalista. Basados en los ethos de la modernidad que construye Bolívar Echeverría, desarrollamos cuatro estrategias partir de las cuales el espacio puede ser significado para resistir y re-existir ante la imposición univoca del espacio moderno.

Parte III. Heterotopías y re-existencias espaciales
Heterotopía

¿Cómo explicar la forma en que los habitantes de las zonas urbanas periféricas resisten ante el embate del espacio capitalista/moderno? ¿Cómo explicar que a pesar de la “tiranía de la línea recta” las comunidades mantienen vivas sus producciones espaciales para re-inventarse día con día? Pensamos que el concepto de heterotopía que Michel Foucault trabajó en 1967, puede ser un buen punto de partida, ya que sienta las bases de un pensamiento político que hasta entonces estaba ausente en la forma y producción del espacio. Si bien no podemos negar que se trata de una categoría sumamente trabajada y explicada, nos parece que en el contexto de la decolonialidad espacial puede adquirir otros matices. Así que decidimos retomarla para proponer una herramienta de explicación -por el momento hipotética- de los profundos significados espaciales con los que se produce el entorno de los colectivos excluidos e invisibilizados.

Para Jorge León Casero y Julia Urabayen (2015) el concepto de heterotopía, ha sido utilizado en el medio arquitectónico de una forma totalmente inadecuada. En su ensayo Heterotopía y capitalismo en arquitectura, los científicos sostienen que el empleo equívoco de esta categoría no sólo distorsiona el análisis que Michel Foucault haría del espacio, sino que, además, “promueve aquello que dice evitar: la pérdida de la capacidad emancipadora de sus usuarios.” (p. 10). Esto es así según nuestros autores en primer lugar, porque la teoría arquitectónica muchas veces incorpora conceptos de otras disciplinas sin conocer los contextos en que se construyen; y, en segundo lugar, porque este desconocimiento permite hacer traslaciones conceptuales de tiempos y espacios sin prever las consecuencias teóricas de ello.

De esta manera, nos encontramos en un momento en que la heterotopía ha sido completamente integrada al discurso posmoderno y, por consiguiente, despojada de todo su sentido crítico:

“(…) el actual estado de la cuestión se caracteriza por una gran mayoría de arquitectos que defienden el empleo del concepto de heterotopía como lugares de relevancia política y social para el empoderamiento de los grupos minoritarios y los sub-grupos marginales a través del uso del espacio frente a una minoría que afirma que la heterotopía termina siendo un concepto inadecuado para analizar la diferencia espacial.” (León Casero y Urabayen, 2015, p.3)

El binomio posmodernidad-neoliberalismo, argumentan León Casero y Urabayen, ha creado un contexto completamente diferente al que Foucault tenía cuando concibió la potencia disruptiva de la categoría. El sistema disciplinar de poder, desarrollado fundamentalmente dentro de la política económica del Estado benefactor, quiso imponer, por un lado, una espacialidad de significado unívoco, es decir, que no existieran alternativas interpretativas de los edificios y espacios que el Estado construía; y por el otro, que estos espacios crearan un pensamiento homogéneo que le fuera útil en la reproducción de su legitimidad.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la arquitectura funcionalista desarrolló un esquema de planificación urbana con base en un Estado fuerte que concentraba todo el poder, dando como resultado, una espacialidad en la que los cuerpos -previamente clasificados según el orden social colonial- eran distribuidos y colocados bajo asignaciones específicas en el espacio de la ciudad.1Sería pretencioso afirmar que existió un plan deliberado para distribuir los cuerpos en el espacio urbano, esto es, localizarlos en espacios específicos a partir de su clasificación en el mapa social; más bien, apelamos a un proceso en el que, resultado de este último, los cuerpos se fueron construyendo en consonancia con la forma del espacio urbano. De esta manera la distribución se logró a partir de la creación de identidad de los diferentes grupos urbanos, y de su rol dentro del sistema de producción capitalista. La estética arquitectónica desplegada en este contexto denotaba orden y disciplina, racionalidad y utilidad2Si bien la mayoría de las ciudades en el mundo se han sometido a la lógica de la planificación urbana moderna, tal vez Brasilia y Chandigarh sean los ejemplos icónicos de esta corriente; espacialidades configuradas bajo el eje de la funcionalidad, que no han sido más que producciones que ayudan a acelerar el ciclo del capital. Aunado a ello, su lenguaje formal, materializa el paradigma del progreso y del desarrollo hacia la “utopía”., eficiencia y optimización de recursos que se sincronizaba perfectamente con el discurso dominante del progreso, de la sociedad utópica y del desarrollo del bienestar fundamentado en la incorporación de las máquinas a la vida cotidiana. Por ello, Foucault verá en las estructuras espaciales una técnica del poder por demás potente, no sólo para hacer difusa su circulación, sino principalmente para propagar veladamente los códigos hegemónicos que el Estado requería.

En efecto, las heterotopías, en el marco de la profusión de cárceles, hospitales, escuelas, museos y bibliotecas -todas estructuras utilizadas por las instituciones políticas para la regulación social- serán concebidas como “(…) ámbitos potenciales para el ejercicio de la libertad en la era disciplinar” (p. 4) o bien, como un producto de la resistencia que se ejerce en contra del disciplinamiento de la subjetividad; pero la heterogeneidad de sentidos que pueden producirse en el espacio, en contra desde luego, de la obsesión moderna del significado unívoco, hizo que la teoría y la estética arquitectónica construyeran entonces una categoría de emancipación que el entorno neoliberal reinterpretó bajo su óptica.

Es en este punto donde Casero y Urabayen señalan la impertinencia e inviabilidad del uso del concepto porque dentro de la teoría arquitectónica, las heterotopías han dejado de tener la condición crítica que las caracterizaba para pasar a ser promotoras de la espacialidad posmoderna. De esta manera, teóricos de la arquitectura como Rem Koolhaas o Colin Rowe, utilizan el término para definir espacios y edificios que según ellos producen por sí mismos el empoderamiento ciudadano (León Casero y Urabayen, 2015) y la resistencia al poder regulador de un Estado que -se les olvida mencionar- ha sido considerablemente sometido al poder financiero global.

Tenemos entonces que la resistencia al poder disciplinar en nuestros días quedó asimilada por un sistema que en lugar de invalidar los discursos a partir de uno que supone unívoco -la modernidad-, decide ahora integrar a todos en un crisol que los homogeniza bajo los paradigmas del colonialismo y del neoliberalismo. Así, por ejemplo, las producciones espaciales que cuestionaban las lógicas de explotación de los recursos naturales, construcciones sustentables que no se nombraban como tal, hoy son integradas al sistema y promovidas como parte de un nicho de mercado: la sostenibilidad, la cual se vende bajo los parámetros que el negocio impone absorbiendo simultáneamente su discurso contestatario. En efecto, tenemos una estética arquitectónica que es capaz de integrar cualquier elemento que le permita velar su condición hegemónica y evadir con ello los cuestionamientos que la colocan como instrumento de la homogeneidad cultural que pretende esparcir la globalización.

Tal vez, uno de los que mejor haya comprendido está facilidad con que la sociedad del consumo y el simulacro se hayan encontrado con las heterotopías sea el ya mencionado arquitecto holandés Rem Koolhaas, el cual a través de su estética de yuxtaposición y fragmento intentará justificar sus enclaves como heterotopías que le dan forma y salida a la libertad de la sociedad civil frente al Estado (2015).

Heterotopía

Esta visión tendrá como consecuencia que las heterotopías terminen por ser entendidas, primero, como producciones exclusivamente de resistencia, incluso si no tienen encima un poder opresor y por tanto se convierta en una mera resistencia discursiva; y segundo, como un concepto tan maleable y tan difuso, que se vuelve completamente inoperante.

Desde nuestra perspectiva, las heterotopías no son un producto exclusivo de la resistencia, como lo suponen Caser y Urabayen, o bien, como una forma de salida a la encrucijada ontológica que plantea el poder disciplinario, sino que pensamos se trata de una estrategia para hacer vivible lo invivible y de intentar resolver la contradicción insuperable del hecho capitalista (Echeverría, 2011):

“La realidad capitalista es un hecho histórico inevitable, del que no es posible escapar y que por tanto debe ser integrado en la construcción espontánea del mundo de la vida. (…) Alcanzar esta conversión de lo inaceptable en aceptable y asegurar así la armonía indispensable para la existencia cotidiana moderna, esta es la tarea que le corresponde al ethos histórico de la modernidad” (2011, p.168)

Por lo tanto, la heterotopía es una expresión espacial del ethos histórico que a decir del filósofo ecuatoriano se trata de un comportamiento social estructural que se repite una y otra vez a lo largo del tiempo siempre con la misma intención: constituir la forma de lo humano (2011). En este sentido “(…) el ethos histórico puede ser visto como todo un principio de organización de la vida social y de construcción del mundo de la vida” (p. 162). Suponemos entonces que la heterotopía reproduce este ethos a través de la configuración del espacio, a través de los significados que fluyen en este como parte de la reproducción cotidiana y como fundamento del principio de identidad que caracteriza a todo grupo social.

En el caso de la modernidad, como momento histórico que enfrenta una contradicción peculiar, a saber, la del hecho capitalista que consiste en la incompatibilidad de dos dinámicas distintas pero coexistentes -la del valor de uso y la de la valorización del valor abstracto-, produce un ethos que intenta adaptar o absorber dicha contradicción en las formas de vida singulares, ya sea por afinidad o rechazo, respeto o participación; métodos o estrategias que permiten internalizar el hecho capitalista como parte del mundo de la vida cotidiana y del sentido común.

Lo interesante es que Bolívar Echeverría escoge cuatro formas estéticas para describir las variables del ethos moderno, las cuales nos conectan, sin forzarlo, con la forma en que la estética arquitectónica opera. En este sentido afirmaremos que las variables heterotópicas de la modernidad capitalista responden a las estrategias de este ethos moderno planteado por Echeverría, y que por tanto producen, estéticas espaciales que son expresiones materiales de este momento histórico. En efecto, retomamos cada uno de estos ethos para reinterpretarlos desde la mirada espacial, lo cual nos permite construir una respuesta hipotética de la forma en que las comunidades re-existen a través de la configuración de su entorno inmediato.

La primera estrategia o ethos es el que Echeverría denomina “realista”, y que consiste en volver el hecho capitalista completamente inexistente. Esta actitud militante y en completa consonancia con la acumulación de capital, niega que exista una contradicción de facto y considera el valor de uso como parte intrínseca a la valorización del valor; por lo tanto, lo acepta sin dificultad. Se le denomina “realista” justamente porque esta estética afirma que el objeto de la representación está en las cosas mismas, y por tanto aspira a mimetizar la representación con lo representado.

Desde ahí, configuramos nuestra heterotopía realista como una estrategia que niega incluso la posibilidad de significar el espacio de distintas formas, aceptando sin resignación, la rigidez del uso y del sentido que impone el pensamiento dominante. En la heterotopía realista podemos aglutinar todas las correspondencias que se dan entre quienes diseñan el espacio y los usuarios que deciden usarlo y significarlo, siempre bajo los parámetros que imponen los primeros. Es aquí dónde puede comprenderse el estatuto contemporáneo de la arquitectura y de la configuración urbana.

La segunda heterotopía estaría basada en el ethos romántico, que al igual que el realista niega también el hecho capitalista, pero lo hace a través de la exaltación ficticia del valor de uso. La valorización del valor abstracto sobre este se ve como un paso necesario y se satisface pensando que un día el valor de uso dominará. Mientras tanto, la acumulación de capital se idealiza y se mira con optimismo. Se le denomina “romántico” porque su estética parte de un objeto de representación que no coincide con las cosas como son porque se le rescata de ellas mismas.

En este sentido, la heterotopía romántica acepta las producciones espaciales que percibe sin negar sus significados, pero opta por resignificarlos como una especie de mejora a lo que se impone. Desde luego, el romanticismo tenderá a idealizar o a considerar como una mejor opción el espacio producido por encima del significado impuesto. Aquí caben todas las espacialidades destinadas al consumo, pues las personas que en ellos pululan pretenden olvidar la realidad misma del espacio o del territorio y su contexto, sometiéndose completamente a la ensoñación producida tanto por los símbolos ahí presentados, como por aquellos los generados en la propia subjetividad. Tal vez un centro comercial sería un buen ejemplo, pues es este un espacio que se presenta como escenario de la libertad y en el que se reserva la admisión a la miseria que produce su misma existencia.

Heterotopía - 2La tercera estrategia espacial para enfrentar el hecho capitalista y su ideología de consumo será la que se basa en el ethos clásico, el cual sí reconocerá la existencia de la contradicción, pero sin que ello implique una identificación inmediata con la subordinación del valor de uso. Más bien lo acepta y lo asume viendo en ello la virtud del pragmatismo. En la estética clásica el ideal coincide con el objeto y existe una rendición nostálgica a una realidad que percibe como irremediable. Así, la heterotopía clásica percibe que el espacio puede ser diferente, pero decide no hacer nada y por tanto genera significados que se corresponden con lo impuesto. Produce entonces espacialidades desde la resignación o el acoplamiento a los dictados de la hegemonía, así que percibe contemplando las posibilidades que tiene el espacio, decide aceptar su significado unívoco. Pensemos, por ejemplo, en la sala o estancia de una casa unifamiliar de clase media urbana -componente esencial de la vivienda burguesa-, e imaginemos las enormes variedades de uso que se le da: espacio de conversación, de televisión, de reunión familiar o de juego infantil, pero al final, y pese al arreglo mobiliario que requiere hacerse para darle cauce a cada una de estas, la forma original de la estancia siempre regresa.

Finalmente, tenemos la heterotopía barroca, que, desde nuestra perspectiva, es la heterotopía que resiste a la imposición de la estética dominante, del espacio realmente producido, y a una espacialidad que pretende universalizar su significado. El ethos barroco reconoce la contradicción y pelea por su superación, aunque como ya expusimos, le sea más que imposible:

“No mucho más absurda que las otras, la estrategia barroca para vivir la inmediatez capitalista del mundo implica un elegir el tercero que no puede ser: consiste en vivir la contradicción bajo el modo de trascenderla y desrealizarla, llevándola a un segundo plano, imaginario, en el que pierde su sentido y se desvanece, y donde el valor de uso puede consolidar su vigencia pese a tenerla ya perdida.” (2011, p.171)

En efecto, la estética barroca se convierte en la estética de la teatralidad o de la puesta en escena, pues considerando el hecho capitalista como inevitable e insuperable, decide anularlo a través de la representación. No es como la estética romántica, que piensa que la representación perfecciona la realidad que imita; por el contrario, el barroco piensa la representación como la realidad en sí, como si a través de este acto la realidad se desdibujara y quedara subordinada al acto de simulación. Desde luego se trata de una contradicción, pero que suspende de alguna manera el flujo de la realidad insuperable que plantea la modernidad.

Heterotopía - 3

La heterotopía barroca, actuaría pues, en este sentido, en la idea de un espacio que puede ser significado como sea, incluso sobre la materialidad que se pretende imponer como univoca. Bajo esta estrategia, las comunidades marginales se reafirman como entidades existentes, como colectivos que reproducen la mismidad cultural que históricamente les ha negado la modernidad como sustento de sí misma. En consecuencia, este re-conocerse y re-presentarse implica un re-existir, que pensamos se extiende sobre la forma, configuración y sentido de la territorialidad vivida, concebida e imaginada. Adolfo Albán Achinte (2009) explica:

“Concibo la re-existencia como los dispositivos que las comunidades crean y desarrollan para inventarse cotidianamente la vida y poder de esta manera confrontar la realidad establecida por el proyecto hegemónico que desde la colonia hasta nuestros días ha inferiorizado. La re-existencia apunta a descentrar las lógicas establecidas para buscar en las profundidades de las culturas las claves de formas organizativas, de producción, alimentarias, rituales y estéticas que permitan dignificar la vida y re-inventarla para permanecer transformándose. La re-existencia apunta a lo que el líder comunitario, cooperativo y sindical Héctor Daniel Useche Berón “Pájaro”, alguna vez planteó: ¿Qué nos vamos a inventar hoy para seguir viviendo?” (p. 455)

Pensamos en consecuencia, que las comunidades de las mal llamadas colonias populares que se esparcen por todo el territorio de la Ciudad de México, poseen un potencial emancipatorio velado e invisibilizado por las formas urbano-arquitectónicas que promueve el Estado, el capital financiero global y las universidades; una experiencia y un vivir que mucho tiene que enseñar a todxs aquellxs profesionales y estudiantes que piensan que las edificaciones diseñadas en los gabinetes, son capaces de “liberar” y de redimir a las poblaciones excluidas que suponen carentes de re-presentación y de un pensamiento propio.

Por el contrario, habremos de insistir en que es desde los procesos internos de la vida comunitaria que se pueden desarrollar espacios de apropiación y estructuras que potencien la identidad, la memoria y el horizonte de sentido de las mismas comunidades. Sólo desde ahí, es posible trabajar en una estética arquitectónica que deje de mirar a un objeto inerte, fetichizado y vacío, pero sobre todo, que deje de invisibilizar las potencias que nos ofrece la diversidad de la producción espacial para lograr conformar un verdadero pluriverso arquitectónico.

Referencias

Albán Achinte, Adolfo, (2009) Pedagogías de la re-existencia. Artistas indígenas y afrocolombianos en Walsh, Catherine (editora) (2013). Pedagogías decoloniales. Prácticas insurgentes de resisitir, (re) existir y (re)vivir. Tomo I. Serie Pensamiento Decolonial. Quito: Abya Yala.

Echeverría, Bolívar (2011), La modernidad de lo barroco. México.: Ediciones Era.

León Casero, Jorge. y Urabayen, Julia (2017), Heterotopía y capitalismo en arquitectura. La función ideológica de las heterotopías como discurso propio de la disciplina arquitectónica en la era de la gobernanza biopolítica. Arbor, Ciencia, Pensamiento y Cultura. Vol 193-784, abril-junio 2017 a386.

Notas   [ + ]

1.Sería pretencioso afirmar que existió un plan deliberado para distribuir los cuerpos en el espacio urbano, esto es, localizarlos en espacios específicos a partir de su clasificación en el mapa social; más bien, apelamos a un proceso en el que, resultado de este último, los cuerpos se fueron construyendo en consonancia con la forma del espacio urbano. De esta manera la distribución se logró a partir de la creación de identidad de los diferentes grupos urbanos, y de su rol dentro del sistema de producción capitalista.
2.Si bien la mayoría de las ciudades en el mundo se han sometido a la lógica de la planificación urbana moderna, tal vez Brasilia y Chandigarh sean los ejemplos icónicos de esta corriente; espacialidades configuradas bajo el eje de la funcionalidad, que no han sido más que producciones que ayudan a acelerar el ciclo del capital. Aunado a ello, su lenguaje formal, materializa el paradigma del progreso y del desarrollo hacia la “utopía”.