Ojos

No soy bonito como actor de cine, ni feo como la soledad, pero si se lo que soy y lo quiero ser y eso creo que es más que suficiente.

Ojos

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Entonces me subí en el trufi. Una extraña maquinaria aquel aparato. Un gigante enano al que se conoce como transporte público y en el que apenas entran algo así como quince personas atrapadas como sardinas. Cosa rara en esta ciudad, donde el transporte público está adueñado por los propietarios privados.

Aquel carruaje debe medir de largo un poco más de cuatro metros y de ancho seguramente no pasa los dos. Demasiado pequeño para mí gusto. El peor tormento es que de alto también apenas debe traspasar el par de metros del suelo al techo, casi como cualquier vehículo de uso particular. Yo que mido como dos metros, debo pasar todos los días por un suplicio al hacer el abordaje, todo porque nací pobre y a la fecha ni trabajando a lomo de burro puedo comprarme un carrito de aquellos.

Todas las mañanas la rutina suele ser la misma… despertar, desayunar, vestirse de volada y a la carrera pescar uno de estos bochitos que me acercan al lugar donde debo trabajar.

Pero aquella mañana no, claro que no. Esa mañana fue diferente. Cogí el trufi de la misma esquina de donde siempre, y como siempre con mis percances lo aborde por su parte delantera que es donde está el conductor, y en el espacio donde solo dos personas más podemos habitar momentáneamente. Allí, aparte del conductor ya estaba otra persona, era una mujer que no debía de pasar los treinta años de edad, delgada y de una altura marcada por lo que pude ver, y es que sus rodillas chocaban con el tablero de aquel vehículo.

Desde siempre cuando tomo asiento en estos vehículos, tiendo a mirar a un costado para mirar el paisaje que rápido se ve transitar. Existe una relación interesante entre aquel que mira el paisaje sabiendo que este tan solo se va y que no se lo puede ni tocar.

Pero ya dije que esa mañana había sido diferente, y lo vuelvo a sostener, pues, mientras degustaba del paisaje y mi alucinación, sentí una especie de quebrantamiento en mi ser, aquella sensación que uno tiene cuando alguien lo está observando, y miré a un constado y luego atrás, pero las demás personas estaban perplejas sumidas en sus propios pensamientos. Entonces, no son ellos, me dije. Pero que fuerza tan macabra podía ejercer tal violencia sobre mí, pensé, mientras seguía escrutando los alrededores. Así, casi sin darme cuenta, y mientras mis ojos continuaban su paneo, sentí nuevamente aquella sensación que hizo que me achicara y retortije el corazón.

Mire a un costado y al otro, y entonces los vi, eran dos ojos que me miraban fijamente y que no pestañeaban una milésima. Era la mujer que estaba a mi lado. Ella, me miraba con un cierto desprecio difícil de explicar, como cuando uno toca algo sucio y sabe que no habrá agua para limpiarse por un buen rato. No comprendí lo que sucedió aquella mañana y no comprendo esa situación hasta el día de hoy.

Pasaron unos minutos, el móvil se detuvo, y recuerdo que antes de bajarse la mujer me dijo algo así como un “permiso” a regañadientes que a leguas se notaba actuado y con esfuerzo. Luego se bajó, y mientras continuaba mirándome de repente dio media vuelta y desapareció.

No soy partidario de aquella meritocracia que dice que tan solo por nacer uno ya es. Los méritos uno se los debe ganar a capa y espada, con esfuerzo y con sudor, de otra la vida de alguna manera no tiene sentido, pues donde se tiene todo es justamente donde puede ser que no se tenga nada.

Podría jurar que jamás hice nada para ofender a aquella mujer, y que nunca en mi vida la había visto. Pero aquella mirada es difícil de olvidar, son ese tipo de cosas que a uno le hacen recordar que este mundo es injusto porque las personas son injustas.

No soy blanco ni soy negro, pero estoy en un intermedio y creo que eso no me hace diferente, no soy mejor ni peor que otros, pero si soy alguien que quisiera ser mejor y cada día ser menos peor, soy alto y no soy bajo  creo que eso tampoco me hace diferente, no soy rico, ni tampoco me considero pobre, solo soy alguien que en todo lo que hace trata siempre de esforzarse, y eso no es ser diferente a los demás. No soy bonito como actor de cine, ni feo como la soledad, pero si se lo que soy y lo quiero ser y eso creo que es más que suficiente.

Pero aquellos ojos, aquella mirada, esa energía destructiva de aquella mañana, no se pueden borrar de mis recuerdos. Con cada día me levanto y así transito la jornada, pero aquella mañana algo de inocencia se perdió.

Todos los días, muchas de las personas suben a los trufis, y todos los días, muchas de ellas ven su vida pasar en la cotidianeidad, y seguramente muchas de ellas se sientan en asientos incorrectos que les muestran la otra cara de la realidad. Esa, que dice que ser buenos, no siempre se trata de ser justos, y que tampoco la maldad está en monstruos como a veces nos lo imaginamos, sino que también está en los que olvidan que no solo somos unidad, sino también diversidad.

Hoy miro a las personas a los ojos y de a poco descubro en algunos, aquella chispa de maldad, pero debo admitir que hasta el día de hoy afortunadamente, no me he topado con ojos parecidos a los de aquella mañana. No sé si el impacto sería el mismo, pues la vida me ha curtido de sobremanera. Pero de algo si estoy seguro, sé que tarde o temprano me volveré a topar con ojos endiablados como los de aquella mañana, y solo puedo decir algo… espero poderlos soportar.

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Autor

Licenciado en Sociología por la Universidad Mayor de San Simón de Bolivia.

Postgrados en Gestión e innovación educativa y Educación Superior por la Universidad de Ciencias Adminitrativas y Tecnológicas UCATEC.