El nuevo paradigma comunicativo: entre la multifonía y el caos

Si la Revolución Industrial en el siglo XIX, fue un detonante que modificó las relaciones de producción y las formas de organización obrera en tanto que el capital formaba máquinas más eficientes que desplazaban al homo sapiens, la actual revolución tecnológica se ha convertido en el parteaguas de las relaciones sociales entre los individuos que conforman la sociedad.

En el fin del siglo XX y el comienzo del XXI, las relaciones sociales se han visto modificadas en tanto que el medio para establecerlas se ha desplazado a dispositivos “smart” que se han convertido en los coyotes de la socialización. Es decir, ahora, pareciera que es necesario uno de estos dispositivos para poder establecer relaciones sociales con los otros. Dichos dispositivos juegan una doble función: la primera es en el discurso establecido por las grandes compañías en el que defienden la inclusión y la libre expresión de cada individuo en el mundo (siempre y cuando posea un dispositivo), la segunda función justamente es la exclusión de aquellos individuos afectados por la “brecha tecnológica” que se vive en diferentes países y que convierte la tecnología en recurso que excluye a aquellos que no estén dispuestos a modernizarse. Así, la tecnología se ha convertido en un elemento que ejerce la modernización forzada.

Sin embargo, estas modificaciones han dado una nueva discusión en términos comunicativos sobre los alcances, las limitaciones, bondades y riesgos de esta aparente libertad de expresión que se vive a nivel nacional e internacional.

Por un lado, intelectuales, grupos minoritarios e investigadores alaban la nueva apertura en términos de voces que se hacen escuchar: hablan de una multifonía de voces distintas que permiten visibilizar a grupos, posturas y propuestas que hasta hace poco se habían mantenido en el anonimato por falta de oportunidades.

Por otro lado, intelectuales, investigadores y ciertos grupos han denunciado el caos creado a partir de dar más que una multifonía, una suerte de torbellino comunicativo que va transformando transgrediendo los pilares de la sociedad. Además, se habla de caos desde el momento en que cualquiera puede hacer valer su opinión respecto a cualquier tema.

Y es que ciertamente, el problema de esta apertura es justamente su uso: mientras que el primer grupo alaba el dar la voz a quien no la tenía, el segundo grupo denuncia la destrucción de los grandes relatos en los que el mundo social basaba su forma de explicarse su Das sein. Los mundos culturales, ideológicos e históricos se están cuestionando a partir de conocer las otras propuestas de explicación, no obstante, el problema al que se alude no sólo es el de reconstrucción de las bases sociales, sino también la deconstrucción de la estabilidad en los ámbitos sociales.

Dar la voz al pueblo, como diría Armand Mattelart, es importante, sin embargo, el problema que reside en dar la voz a las minorías es que ellas no siempre tienen una propuesta alternativa, sino una radicalización de las posturas que ya se permean en la sociedad. A esto se refieren el grupo que denuncia el caos: ante una reconfiguración debe haber una alternativa lo suficientemente consistente que permita el desplazamiento uniforme de los “grandes relatos”, ya que, si no se hace, no sólo puede haber un anquilosamiento de los relatos mencionados, sino el amalgamamiento con posturas radicales que pueden recrudecer las posturas entre las formas de ver y explicar el mundo.

En fin, este nuevo debate trae a colación la participación de los dispositivos electrónicos, las nuevas tecnologías y sobre todo, los medios de comunicación masiva en la conformación de las relaciones sociales entre los individuos.