No hay justicia social sin justicia cognitiva

No hay justicia social sin el derecho efectivo a la igualdad para vivir desde las posibilidades mentales que nos proporciona nuestra cultura, esto es, sin derecho a la justicia cognitiva.

justicia cognitiva
justicia cognitiva

La frase que hemos puesto a manera de título de nuestra breve reflexión le pertenece al sociólogo Boaventura de Sousa Santos. La justicia social es un valor fundamental. En el siglo XX John Rawls le otorgó prioridad absoluta y la entendió como la primera virtud de las instituciones sociales (Rawls, 1995). Lo sabemos y, es irrefutable. Sin embargo, decir que la justicia es un valor esencial es una cosa en el que todos estamos de acuerdo.  “Decir en qué consiste la justicia es otra cosa muy distinta” (Miller, 2011, p. 111).  El problema radica, entonces, en ponernos de acuerdo sobre el contenido de lo que llamamos justicia o, como dice Miller, en qué consiste la justicia.

Lo que se entiende por justicia se ha ido construyendo a lo largo de la historia. Si juzgamos desde el punto de vista actual el concepto de justicia de Platón o Aristóteles, por ejemplo, el cual era compatible con la esclavitud, nos parecerá un absurdo. Del mismo modo, si examinamos el concepto de justicia de John Locke, quien denunciaba la esclavitud política que suponía vivir en una monarquía absolutista, sin embargo, tenía sólidas inversiones en el comercio de esclavos como accionista de la Royal African Company (Losurdo, 2007); o  el concepto de justicia de Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de la Independencia de los EE.UU y James Madison, el apodado padre de la constitución estadounidense, quienes tenían a su servicio cientos de esclavos (Fieser, citado por Castillo Flores, 2017), nos parecería un despropósito.

Lo que queremos decir con lo anterior es que el concepto de justicia es complejo y polémico. Como diría Miguel Reale (1976): “revolotea, tal como un pájaro asustado y sin encontrar sosiego, por todos los ámbitos de la Filosofía Jurídica” (p. 21). Se ha discutido a lo largo de la historia y en especial en siglo XX, y se sigue discutiendo en el presente siglo, porque siempre que encontramos una respuesta también encontramos muchas preguntas. Sin embargo, como quiera que sea definido lo que es la justicia, en lo que todos actualmente coincidimos es en que un elemento básico de toda sociedad justa es la igualdad.  Pero esta no es un fin en sí mismo, sino que vale por referencia a la justicia. Pero ¿igualdad de qué y para qué?

Al respecto se han ensayado muchas respuestas, sin embargo, sólo indicaremos algunas de ellas. Igualdad de bienes primarios: libertad de pensamiento, de conciencia, de asociación, sostuvo John Rawls (1995). Igualdad de recursos, va a decir por su parte Ronald Dworkin (2014), específicamente de recursos impersonales: renta, educación, salud, entre otros. Igualdad de capacidades dicen actualmente Amartya Sen (2010) y Martha Nussbaum (2007). De otro lado, pensadoras como Nancy Fraser (2008), sostiene que la justicia es un concepto complicado que comprende varias dimensiones interconectadas: la igualdad de distribución de recursos, el reconocimiento, la representación y participación política paritaria.

Igualdad sí, pero ¿es suficiente con la igualdad civil, económica, política o jurídica? Sin duda, no es suficiente. Al menos para los países de América Latina, que hemos empezado a buscar nuestro lugar en la historia oficial, como diría Sousa Santos: “no habrá justicia social sin justicia cognitiva”.  No todo, sin duda, se resuelve con la economía, con la política, con el mercado, pero tampoco con el derecho. Sin embargo, es irrefutable que en todos ellos se requiere pensar para solventar los problemas de la injusticia y la desigualdad. En otras palabras, si el pensamiento que es el instrumento a través del cual nos dotamos de conocimiento para resolver nuestros problemas está en todo, entonces todo empieza por aquí.  Necesitamos pensar para conocer, conocer para comprender y comprender para tomar buenas decisiones y actuar (Marina & Rambaud, 2018). Es aquí, en consecuencia, donde tenemos que poner principalmente la atención.

Es el pensar, entonces, el punto de partida. Pero no se puede pensar sin conceptos. Dicen los epistemólogos que, así como no se puede dibujar sin líneas ni pintar sin colores, tampoco se puede hablar sin palabras ni pintar sin conceptos (Mosterín & Torretti, 2002). Si bien, estamos pensando nuestros problemas, la cuestión es ¿qué conceptos estamos usando? ¿Sabemos cuál es su origen? ¿Sabemos qué contenido de realidad está presupuesto en los conceptos que usamos? Esto lo entendió muy bien Hegel (2004), cuando dice que “la filosofía es su tiempo aprehendido en pensamientos” (p. 19). Es decir, que los conceptos no son neutrales, llevan la impronta del tiempo en el que se gestaron.

En efecto, todo pensar es un pensar en situación, no sólo en el tiempo, sino también, como apunta Colmenares (2014) interpretando a Hegel, pero yendo más allá de él, es un pensar en el espacio cultural, social y geopolítico. En definitiva, lo que queda claro es que pensamos desde nuestra cultura. Veamos un ejemplo para ilustrar lo dicho. Boaventura de Sousa Santos (2009) cuenta que una mañana una alumna indígena se le acercó llorando, porque estando en un curso de Derecho Civil, el profesor al usar el concepto propiedad solo se refería a la propiedad privada individual. Por lo que la chica, que era de origen indígena, se había levantado y expresado que en su comunidad no hay propiedad individual, que la propiedad de la tierra es colectiva. Seguidamente, la alumna le explica al profesor que no existe propiedad privada porque son las personas las que pertenecen a la tierra, no la tierra a las personas. El profesor le contesta que él enseña el código civil, y que lo demás no le interesa.

Sin duda, el profesor tiene razón, nuestras instituciones están siendo gestionadas solamente con el conocimiento que interesa, ¿pero que interesa a quién? A los blancos, a los varones, a los ricos, al aumento del capital a costa de lo que sea. El resto de conocimiento, al parecer, no importa, porque no es funcional a los intereses de los tres grupos mencionados. Pero el problema no es que se deseche el conocimiento de gran parte de a humanidad, al cual Sousa Santos denomina epistemicidio, el problema radica en que al eliminar parte del conocimiento que no es concordante con el conocimiento hegemónico, como la propiedad privada individual, por ejemplo; a gran parte de la humanidad se le impide vivir desde las posibilidades mentales que su cultura les proporciona, como es el caso de la alumna indígena.

Decía Nicholas Rescher que sin analogías no se puede hacer buenas conjeturas. Siguiendo el consejo del filósofo de la ciencia, se podría decir análogamente que, esto que pasa con el concepto de propiedad, sucede también con el concepto justicia, y con otros muchos conceptos fundamentales, tales como los de libertad, democracia, entre otros. Esto es así porque los conceptos son históricos, son representaciones mentales de una determinada porción de la realidad. Es decir, llevan la impronta espacio temporal, socio histórica y cultural del sujeto cognoscente. En tal sentido, aunque todos estemos de acuerdo con lo importante que es la justicia, el contenido del concepto de justicia no es el mismo para todos. Así, por ejemplo, en el contenido del concepto propiedad, no cabe la propiedad privada para la alumna indígena, porque por su experiencia histórica, que es la forma más humana de conocimiento, la propiedad es comunitaria, no le pertenece a nadie, sino que más bien la persona le pertenece a la tierra.

En fin, la conclusión provisional a la que arribamos es que, no hay justicia social sin el derecho efectivo a la igualdad para vivir desde las posibilidades mentales que nos proporciona nuestra cultura, esto es, sin derecho a la justicia cognitiva. En tal sentido, es urgente despatriarcalizar, desracializar, desmercantilizar el conocimiento hegemónico. Nuestras instituciones jurídicas y políticas tienen que ser puestas en cuestión, porque condensan un tiempo de relación social en el modo de solventar los problemas, la cual es avalado por un tipo de saber, en el que las mujeres, los pueblos originarios, los negros, los pobres, entre otros, son tenidas como personas de segunda categoría, cuyos conocimientos no interesan. Por eso no es casual que en la mayor parte de nuestras universidades no se enseñe a pensar, sino a repetir lo pensado.

Referencias bibliográficas

Dworkin, Ronald (2014). Justicia para erizos. México: Fondo de Cultura Económica.

Castillo Flores, Alonso (2017). “Mitos y perlas de la democracia liberal”. Democracia: ¿consenso o conflicto? Revista Disenso, Año II, N° 2.

Colmenares, Katya (2014). ¿Hacia una ciencia de la lógica crítica? Elementos para una crítica de la razón trans-ontológica. Tesis de Doctorado. México: Universidad Autónoma Metropolitana.

Fraser, Nancy (2008). Escalas de la justicia. Madrid: Herder.

Hegel, F. (2004). Principios de filosofía del derecho. Buenos Aires: Sudamericana

Losurdo, Domenico (2007). Contrahistoria del liberalismo. Mátaro: El Viejo Topo.

Miller, David (2011). Filosofía política. Una breve introducción. Madrid: Alianza.

Mosterín, Jesús &. Torretti, Roberto (2002). Diccionario de lógica y filosofía de la ciencia. Madrid: Alianza.

Marina, J. Antonio & Rambaud, Javier (2018). Biografía de la humanidad. Historia de la evolución de las culturas. Barcelona: Ariel.

Nussbaum, Martha (2007). Las fronteras de la justicia. Barcelona: Paidós.

Rawls, John (1995). Teoría de la justicia. México: Fondo de Cultura Económica.

Reale, Miguel (1976). Fundamentos del derecho. Buenos Aires: Depalma.

Santos, B. Sousa (07 de 05 de 2012). No hay justicia social global sin justicia cognitiva. Obtenido de Telediario: https://www.telediariodigital.net/2012/05/comienza-el-encuentro-universidad-movimientos-sociales-y-nuevos-horizontes-del-pensamiento-critico/. Consultado el 30 de noviembre de 2018.

Santos, B. Sousa (2009). “Entrevista”. Spring. Revista de arte, literatura, lingüística y cultura, N° 6, 422-428.

Sen, Amartya (2010). La idea de justicia. Madrid: Taurus.

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Egresado de la maestría en Derecho Constitucional y Derechos Humanos (UNMSM-Perú). Abogado. Bachiller en Filosofía.

Director del Centro de Estudios Disenso.

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