Misiones jesuíticas guaraníes

Inicialmente, las relaciones entre los jesuitas y el pueblo guaraní no fueron fáciles. Muchos misioneros pagaron con la vida su pretensión de una entrada pacífica entre los guaraníes.

Las misiones jesuíticas guaraníes, también llamadas reducciones jesuíticas, fueron un conjunto de pueblos fundados a partir del siglo diecisiete por la Orden Religiosa Católica de la Compañía de Jesús en Paraguay, norte de Argentina, sur de Brasil y norte de Uruguay, con el objetivo de reunir en esos pueblos a la población de indígenas guaraníes y pueblos afines para su evangelización y también para preservar a los indios del contacto masivo con el hombre blanco, ya que este les provocaba una serie de enfermedades infecciosas para las cuales su sistema inmunológico no estaba preparado, y si morían no podías tributar a la Corona española ni realizar trabajos para ellos.

La Compañía de Jesús fue fundada en 1534 por San Ignacio de Loyola y aprobada por el Papa Paulo III en 1540, por lo que sus miembros no participaron en la primera etapa de la conquista, ya que los jesuitas comienzan a llegar a América es en la segunda mitad del siglo dieciséis. Su tardía llegada al escenario americano provocó que encontrasen a la mayor parte de los indígenas que vivían cerca de los lugares clásicos de la colonización ya reducidos, bien por los encomenderos, bien por otras órdenes religiosas.

La primera misión jesuítica guaraní se fundó en el año 1609 en el actual territorio de Paraguay, siendo fundado el último pueblo en 1709. Fueron en total treinta pueblos o misiones los que existieron. Quince de ellos se ubicaron geográficamente en Argentina, de las cuales doce se ubicaron en la provincia de Misiones. Las otras tres reducciones de Argentina fueron en la provincia de Corrientes. Ocho se ubicaron en el actual Paraguay y siete se situaron en el suroeste de Brasil, que eran conocidas como Misiones Orientales, en un área que actualmente abarca el centro y el oeste del estado de Río Grande del Sur, y todo el norte del Uruguay. Todas las reducciones estaban dentro la zona delimitada por los ríos Paraná y Uruguay y los paralelos 25 y 30, aproximadamente, de latitud sur.

Las reducciones guaraníes pertenecían a las Gobernaciones del Paraguay y del Río de la Plata, que a su vez estaban dentro del Virreinato de Perú. En cuanto al estamento eclesiástico,  formaban parte de los Obispados de Buenos Aires y de Asunción e integraban la Provincia Jesuítica del Paraguay, la cual se estableció en 1604, independiente de la provincia jesuítica de Brasil y de Perú.

El Padre Diego de Torres fue el encargado de dirigir el nuevo territorio otorgado a los jesuitas. Para él, las reducciones y las encomiendas eran dos sistemas incompatibles. Debido a esto garantizó unas condiciones de autonomía de las misiones que iban a fundarse, para permitirlas un funcionamiento aislado de la sociedad colonial. Las reducciones debían así posibilitar el establecimiento de un nuevo orden social y cristiano, mucho menos represivo con el indígena si lo comparamos con sistema encomendero. Multitud de documentos denuncian la explotación abusiva de los nativos del Paraguay durante el siglo dieciséis por parte de los encomenderos allí asentados.

En el siguiente cuadro se puede observar las cifras de población del conjunto de reducciones jesuíticas guaraníes durante siglo y medio.

AñoPoblaciónAñoPoblaciónAñoPoblación
1641/164336.1901724117.164175095.089
164728.7141732141.2421755104.483
164830.5481733128.389175689.536
165737.4121734116.2501762102.988
166743.7531735108.228176585.266
166847.0881736102.721176788.796
167653.2981737104.473176888.864
167758.118173890.287177280.891
167855.12173981.159178356.092
168261.083174073.910178457.949
170086.173174176.960179144.677
170289.500174278.929179351.991
1717121.168174381.355180145.637

Si analizamos el cuadro podemos observar que la población que vivía en los distintos poblados jesuitas crece en unas cincuenta mil personas durante la segunda mitad del siglo diecisiete, alcanzando su máximo poblacional en 1732, con 141.182 habitantes. Desde entonces entran en una fase de decadencia en la que a duras penas sobrepasan los cien mil indígenas reducidos, para caer en picado a partir de 1772 debido a la disolución y expulsión de los jesuitas.

Las treinta reducciones guaraníes estaban situadas cerca de la frontera del imperio brasileño. http://iberoamericasocial.com/las-bandeiras/. Las misiones jesuitas fueron, durante bastante tiempo, una eficaz barrera que controlaba la hasta entonces irresistible expansión portuguesa.

Los habitantes de la ciudad de Sao Paulo, lugar de frontera en aquellos siglos, se dedicaban a perseguir a los indígenas para convertirles en esclavos que se enviaban a las grandes plantaciones del nordeste brasileño. Como señala Bartomeu Meliá, jesuita y estudioso del mundo guaraní: “ya  el único espacio de libertad posible que les restaba a los indígenas y a él se acogieron mayoritariamente fue la reducción”. Incluso desde el punto de vista interno de los indígenas, aquélla era la menos mala de las opciones posibles. Los jesuitas aprovecharon su influencia en la corte para conseguir un permiso especial y poder dotar con armas de fuego a los indígenas, algo totalmente prohibido por la Corona, para su propia defensa contra el bandeirante.

El ejército misionero-guaraní consiguió una contundente victoria sobre el ejército bandeirante el once de mayo del año 1641 en la batalla del río Mbororé, en la provincia de Misiones. A partir de ese día, la corona utilizó ese ejército guaraní para misiones de ataque a los bandeirantes, frenando así la expansión portuguesa en la zona.

Inicialmente, las relaciones entre los jesuitas y el pueblo guaraní no fueron fáciles. Muchos misioneros pagaron con la vida su pretensión de una entrada pacífica entre los guaraníes. Según el padre Ruíz de Montoya:

Los chamanes encabezaron la resistencia contra los jesuitas. Los demonios nos han traído a estos hombres –decía uno de estos dirigentes a su gente– pues quieren con nuevas doctrinas sacarnos del antiguo y buen modo de vivir de nuestros antepasados, los cuales tuvieron muchas mujeres, muchas criadas y libertad en escogerlas a su gusto y ahora quieren que nos atemos a una mujer sola.

Otro guaraní dijo:

Ya no se puede sufrir la libertad de estos que en nuestras mismas tierras quieren reducirnos a vivir a su mal modo.

Todos los pueblos se fundaban siguiendo criterios arquitectónicos similares, que se apartaban sustancialmente de la clásica cuadrícula colonial. La estructura de las poblaciones estaba dominada por las iglesias, cada vez más y más grandiosas, que ocupaban junto al colegio de los Padres y al cementerio uno de los lados de la gran plaza central. Las casas de los indígenas se extendían en hileras paralelas y regulares por los otros tres lados de la plaza y por el resto del pueblo. Todo ello construido con el estilo llamado barroco guaraní, único barroco autóctono que se desarrolló en América. El barroco guaraní tenía como finalidad atraer la atención y convertir a la fe cristiana a los indígenas guaraníes y se inspiraba en las imágenes de santos con rasgos indígenas y en la propia flora de la zona para los ornamentos religiosos.

En cada reducción existía un Cabildo que tenía poder para gobernar de manera local cada misión. Era dirigido por el Corregidor como autoridad principal del pueblo, conocido entre los guaraníes como parokaitara: el que dispone lo que se debe hacer. Su nombramiento recaía casi siempre en un Cacique del pueblo, para que los indígenas sintieran que sus instituciones ancestrales seguían existiendo en su nueva situación política, y era vitalicio. Tenía posteriormente que ser refrendado por el Gobernador.

Tras el Corregidor existía en la cadena de mando los Alcaldes de primer y segundo voto también llamados ivírayucu: el primero entre los que llevan vara. Ellos velaban por las buenas costumbres, castigando a los holgazanes y vagabundos. Esta autoridad se ejercía dentro del pueblo, junto con cuatro Alcaldes de barrio. Fuera de él había entre seis y ocho comisarios para los cuarteles. Una Veedora vigilaba a las mujeres, cuatro celadores a los niños y cuatro inspectoras a las niñas.

Además del Corregidor y los Alcaldes, el Cabildo estaba integrado por un Teniente de Corregidor, un Alguacil, cuatro Regidores, un Alguacil Mayor, un Alférez Real, un Escribano y un Mayordomo, del cual dependían los Contadores, los Fiscales y los Almaceneros. Los integrantes del Cabildo eran elegidos cada uno de enero. También tenían estos cargos que ser refrendados por el Gobernador. La vida colectiva, e incluso la privada, se encontraban perfectamente reglamentadas.

Las ocupaciones de cada uno estaban determinadas con claridad y los toques de las campanas de las iglesias indicaban el inicio y el fin de cada actividad. Solamente habitaban en cada reducción dos o tres jesuitas y entre tres mil a cinco mil guaraníes. Por tanto, la reducción de los guaranís en esos poblados era obviamente voluntaria y también lo era la compartimentación de su vida diaria de manera tan específica.

La economía de las distintas reducciones se basaba principalmente en la agricultura y la ganadería, existiendo la propiedad privada y las tierras colectivas, donde cada indígena debía trabajar unos días a la semana, y con lo recogido se mantenía a las viudas, niños y necesitados, se pagaba a los artesanos y los tributos reales y se almacenaban algunas cantidades, en previsión de plagas o escaseces. La venta de yerba mate fue el producto principal de las reducciones guaraníes y con los beneficios obtenidos por su venta los guaraníes pagaban el tributo anual a la corona.

Las misiones así organizadas gozaban de un bienestar material innegable, su agricultura se encontraba bastante desarrollada con una extensa variedad de cultivos y sus artesanos convertían a cada pueblo en una unidad prácticamente autosuficiente. También se consiguieron mejoras significativas en materia de leyes, destacando sobremanera la supresión de la pena de muerte contra el indígena, algo novedoso en la época.

Por otra parte, las reducciones guaraníes consiguieron grandes avances en educación, muy superiores a los existentes entre otros indígenas americanos. Los guaraníes sabían leer, escribir y algunas nociones de matemáticas. Se preservó la lengua guaraní que ha llegado hasta nuestros días y que es oficial junto al castellano en la República del Paraguay.

España y Portugal firman en 1750 el Tratado de Madrid para delimitación de sus fronteras en América. Este tratado obligaba a los jesuitas al abandono de los siete pueblos más orientales, cuyas tierras pasaban a depender del imperio portugués. Los veintinueve mil ciento noventa y un guaraníes que vivía allí tenían que quedarse y aceptar la soberanía brasileña, o marcharse a otras reducciones

Los guaraníes no aceptaron este tratado y se rebelaron y lucharon contra las tropas hispano-portuguesas en la llamada guerra guaranítica, ocurrida entre 1754 y 1756. Durante más de dos años, los guaraníes se enfrentaron a los ejércitos hispano-portugueses en un movimiento desesperado por intentar conservar su hogar. Fueron masacrados el diez de febrero de 1756 al pie del cerro Caibaté. La rebelión fracasó y las misiones orientales se despoblaron.

Posteriormente, el veintisiete de febrero del año 1767, Carlos III firmó una Real Orden por la cual los jesuitas eran expulsados de todos los dominios españoles. En el Río de la Plata esta medida se ejecutó desde el dos de julio de 1767, en que fueron arrestados los jesuitas de Buenos Aires, hasta el veintidós de agosto de 1768, cuando los últimos misioneros de las reducciones fueron sustituidos por sacerdotes seculares y enviados al exilio. La Corona creó la Gobernación de las Misiones Guaraníes para organizar los treinta pueblos guaraníes tras la expulsión de los Jesuitas. Los nuevos dirigentes del clero secular no eran bien visto por los guaraníes, que empezaron a emigrar hacia diversos lugares del norte argentino, así como hacia la campiña uruguaya y la selva. Además, en 1801, los portugueses ocuparon definitivamente las Misiones Orientales, dando por finalizadas las reducciones guaraníes.

Siete de las reducciones guaraníes han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Son las reducciones paraguayas de Santísima Trinidad del Paraná y Jesús de Tavarangué, situadas ambas en Encarnación, en el distrito de Trinidad en Itapúa; la reducción brasileña de São Miguel das Missões, en Santo Ângelo, Estado de Río Grande Do Sul; y las reducciones argentinas de San Ignacio Mini, Nuestra Señora de Santa Ana, Nuestra Señora de Loreto y Santa María la Mayor, todas en la provincia de Misiones.

El próximo mes publicaremos una triple entrada explicando las diversas teorías existentes para explicar el origen de la población en América. En la primera entrada hablaremos de las teorías consideradas “clásicas”, para posteriormente hablar de las teorías más novedosas al respecto llamadas teorías del poblamiento temprano. Finalmente, en la última entrada hablaremos de las teorías fantásticas o irreales que existen sobre este tema.

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Autor
Master en archivística por la UNED. Licenciado en Historia por la Universidad de Cádiz. Especialista en Paleografia y Diplomática.
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