Un mensaje a los profesores estadounidenses de ciencias sociales ante la llegada de la era Trump

(Nota del editor: este artículo es una modificación de un preámbulo de Peter McLaren en un libro de Wayne Ross, Rethinking Social Studies, Information Age Publishers, Charlotte, Carolina del norte).

Trump

Los profesores de ciencias sociales, que constituyen uno de los grupos académicos más críticos y activos políticamente, ocupan tradicionalmente un lugar y han jugado un papel destacado desde una postura cada vez más revolucionario dentro de la tradición crítica de la educación y se les tiene, con razón, en alta estima por parte de los docentes de mente crítica. Lo sorprendente es que al campo de las ciencias sociales no se le reconozca lo suficiente su contribución en la transformación de la educación. Esto se debe, sin duda, al hecho de que dentro de este campo ha surgido una gran controversia a causa de los conceptos contrarios y antagónicos sobre el papel y el propósito de la escolarización en una sociedad capitalista global. Esto es, según Wayne Ross, la materia escolar más “peligrosa” de todas. Por una parte es, como Ross manifiesta: “la sala de máquinas de las fábricas de ilusión cuyo objetivo principal es la reproducción del orden social existente” y, por otra parte, las ciencias sociales son un campo que teóricamente posee los medios para desmontar las mentiras del orden capitalista dominante, que están fundamentadas en el sufrimiento, la pobreza y la injusticia.

El edificio de nuestras tradiciones democráticas es inestable, cambiante e incierto: está al borde del derrumbe. Curiosamente, confundimos este estado tambaleante con la democracia porque hemos creado en el mejor de los casos “una versión de democracia superficial y no participativa”. Nuestras mentiras políticas, que vivimos en un país de personas libres en el que la justicia prevalece bajo el imperio de la ley, son, según Ross, las mentiras que les decimos a los estudiantes (por ejemplo: democracia, votar, ciudadanía democrática). Tales mentiras no son simplemente afirmaciones escritas con tinta invisible o lisonjas que se hacen circular por parte de los medios de comunicación social y corporativos, sino que están sustentadas por relaciones y estructuras de poder que se han introducido totalmente en el medio mundial del capital humano, es decir, en la lógica de las economías liberales administradas por medio de una macrofísica de poder métrica de mercado y un conjunto de tácticas de dirección que someten todo lo que encuentran a su paso a un proceso de monetización y eso transforma simultáneamente todo y a todos dentro nuestro universo social en una forma de objeto de consumo. Incluso ámbitos que en principio no generadores de riqueza como el aprendizaje, el cortejo o el ejercicio físico se someten a la tecnocracia del mercado mientras que toda la vida social y cultural se moldea de acuerdo con cuánto valdrá en el futuro; esto es, como remarca Wendy Brown, por su “valor determinado especulativamente” mientras se nos convierte en peones humanos para el capital en el gigantesco tablero de ajedrez de la autoinversión donde la clasificación de nuestra “marca” personal determinará nuestra supervivencia. Pero muchos se preguntan si esta supervivencia merece la pena en un mundo donde o haces jaque mate o te lo hacen a ti.

La tarde de pesadilla de Sturm und Drang del 11 de noviembre de 2016 marcó el momento en el que el origen de la demolición controlada de la democracia del presidente electo Donald Trump, personificada en su primitiva y racista llamada a Make America Great Again (hagamos de Estados Unidos un gran país de nuevo), entró en el inconsciente político de Estados Unidos como el eslogan oficial de una nueva era definida por el nacionalismo, el autoritarismo, el racismo, la supremacía blanca, la homofobia y la misoginia. La campaña de Trump parece ser eco de la de Texas Sen. Andrew Steel Jarret, el candidato presidencial ficticio en el libro Parable of the Talents publicado en 1998 por la gran escritora de ciencia ficción afroamericana Octavia Butler. Butler describe a Jarett como un demagogo, agitador de masas e hipócrita que llegó al poder con la ayuda de un grupo fanático de seguidores conocido como the Crusaders (los cruzados), con quienes Jarret intentó imponer su religión “América Cristiana” en toda la nación. Para incitar a sus seguidores, Jarett utiliza la elaboración de eslóganes carismáticos característica de Trump que, ominosamente, incluye lo que ha llegado a ser la frase distintiva de Trump Make America Great Again (hagamos de Estados Unidos un gran país de nuevo). Aunque es improbable que los seguidores de Trump lleguen a quemar herejes en la hoguera, como ocurre en la novela de Butler, existen hoy en día otras formas mucho más selectivas de aplicar castigos que van más allá de un simple tweet del presidente electo. Tendremos que esperar para ver cuáles son.

Las nuevas brigadas de Trump de fanáticos de millenials que son demasiado jóvenes para recordar la época de los derechos civiles, Nixon y la guerra de Vietnan le han dado una dura lección a la izquierda: que hay que descubrir caminos para forjar una alianza común que trascienda las divisiones raciales, étnicas y de género que puedan crear una movilización lo suficientemente fuerte como para rechazar  y desafiar las falsas banderas y el caos que se nos viene encima, un choque que podría desembocar en un derrumbamiento del sistema monetario a través del banco central y un colapso económico global como ningún otro que el mundo haya visto. La incapacidad de Trump de ser algo más que los hipócritas que él sostiene que odia es claramente evidente para los profesores de ciencias sociales que lo analizan. El presidente electo, que quiere llevar el país como si fuera si propio club privado, está rodeado de timadores  y traidores tan ansiosos de llevarle su coquilla dorada como si sus bolsas de golf. Con consejeros designados en el equipo de transición de Trump, como Kris Kobach, simpatizante de grupos nacionalistas blancos y el creador de la ley más racista en la historia moderna de Estados Unidos, la SB 1070, que se aprobó en Arizona en 2010, que concede a la policía el derecho a pararte, detenerte y pedirte pruebas de tu ciudadanía si tienes la piel oscura  y acento extranjero, con todo esto, las cosas no pintan bien para los latinos/as. Prepárense para que a continuación se den programas del tipo Bracero para aquellos agrocapitalistas que se aprovechan del trabajo indocumentado la recolección en el campo. Poco después de que se eligiera a Trump, se encontraron varios folletos creados por grupos de odio en el campus de la universidad de Texas. Uno de ellos ponía: “Ahora que nuestro Trump ha sido elegido y que los republicanos poseen el Senado y la Casa Blanca, es el momento de organizar grupos de “vigilantes” (parapoliciales y paramilitares) para alquitranar y emplumar, así como arrestar y torturar a aquellos líderes de universidad aberrantes que se dedican a escupir toda esa porquería sobre la diversidad”. Hablando de diversidad, la diversidad y pluralidad de todos los seres vivos se estancará del mismo modo que las especies biológicas seguirán desapareciendo con más rapidez que nunca bajo la presidencia de un Trump que niega el cambio climático. Quizás un destino parecido va a ser inevitable para la especie humana ante tal vacuo demagogo como Donald Trump. Pero hasta entonces, habrá muchos campos de golf que los ricos podrán escoger, mientras el planeta se hunde en el olvido.

Trump es, sin lugar a dudas, un astuto demagogo cuya tan cacareada popularidad entre sus bases se mantiene tan firme como su grandilocuencia y su exhibicionismo de macho alfa. Claramente, el ala de la derecha alternativa de su equipo no harán caso a las críticas de su líder supremo que ha elegido a día de hoy para su gabinete o puestos con rango de gabinete a 17 individuos (aunque aún faltan bastantes puestos por cubrir) cuyo patrimonio personal de alrededor de 9.5 billones de dólares refleja la alineación conyuntural de las fuerzas de clase en la sociedad hoy en día. Esta riqueza es, según Dan Kopf, “mayor que la de los 43 millones de hogares estadounidenses con ingresos mínimos tomada en conjunto, más de un tercio del total de 126 millones de hogares en Estados Unidos”. Conscientes de las críticas de Trump entre las bases republicanas, políticos otrora escépticos sobre Trump y preocupados por las bases electorales pro Trump se han dedicado a mimar al Leviatán Naranja. De acuerdo con los principios mediatizados por raza de la metrópolis burguesa neoliberal, no debería sorprender a ningún crítico que la mayor parte del gabinete de Trump esté formado por hombres blancos.

Es imposible pensar que Trump tenga conciencia de hasta qué punto la concepción neoliberal de derechas, que es el motor de su compresión del mundo, está exacerbando la desigualdad, agudizando las divisiones raciales mediante los más repugnantes esfuerzos de buscar siempre chivos expiatorios, volviendo a privatizar derechos públicos ganados a lo largo de la última mitad del siglo pasado, destruyendo la educación pública al introducir la mentalidad empresarial en todo el sistema en una carrera hacia “la falta absoluta de caridad”, eclipsando la democracia social, aumentando los cada vez más extendidos movimientos migratorios de personas, aumentando los conflictos armados dentro de los países, desestabilizando la seguridad nacional y despertando el espectro del fascismo que podría conducir a Estados Unidos a una guerra mundial. Una sofisticada industria de relaciones públicas, en la cual los amigos y asociados de Trump se han convertido en jugadores cruciales, está apropiándose de todos estos cambios que se producen de manera cada vez más intensa.

Betsy DeVos, la persona elegida por el presidente electo Trump como ministra de educación, es una filántropa de Michigan que, junto a su marido Richard DeVos, apoya la privatización de la educación y destaca por sus ataques hacia la comunidad LGBT, incluyendo el sabotaje de las leyes anti-discriminación que tanto costó conseguir en el estado de Michigan.

Betsy DeVos ha estado en la cabeza para hacer proselitismo para las escuelas privadas, una industria en desarrollo. Pero la creciente antipatía mostrada por sus pomposos abanderados hacia la escuela pública revela una amnesia voluntaria en lo que tiene que ver con la historia de la relación entre la historia de la educación pública y la expansión de la democracia en Estados Unidos. La salud del sistema de educación pública ha sido la base del proceso de crear y llegar a ser verdaderamente humanos, tanto en Estados Unidos como en la mayoría de los países democráticos.

Aunque no existe ninguna regla histórica que previera una victoria de Trump, sí que existen ciertas tendencias que señalan inequívocamente que gente sin trabajo, rota y desesperada (en la campaña de Trump la mayoría era blanca) va a intentar derribar lo que percibe como la élite de la clase política por haber destruido su vida. Uno de los muchos problemas de esta estrategia es que la clase blanca trabajadora ha escogido a un magnate billonario de la construcción para salvarlos. Su incapacidad para reconocer que el problema no reside solo en que quienes guíen la dirección de la clase capitalista transnacional sea la clase política o la élite gobernante, sino también en las relaciones sociales de explotación del propio capitalismo que injustamente expondrá a los pobres a una tragedia persistente y prolongada en el futuro próximo.

Una mirada más detallada a esta elección revela que no fue solo la clase trabajadora la que apoyó a Trump, puesto que la media de la base de Trump era mayor que la de los seguidores de Clinton y Sanders. Además, muchos de los seguidores de Trump eran personas que han recibido una educación, incluido el 23% de los graduados no blancos que apoyaban a Trump, y el 45% de mujeres graduadas que también apoyaron a Trump. Para los blancos adinerados que querían hacer de Estados Unidos un gran país de nuevo, el 25 de junio de 2015, la Oficina del censo de Estados Unidos emitió un informe sobre la demografía de los niños estadounidenses menores de cinco años. Comunicó que, por primera vez en la historia del país, la minoría de este grupo era blanca. Este informe apareció sólo una semana después de que Donald Trump anunciara su candidatura de Presidente de Estados Unidos.

El espectro de un futuro en minoría provoca sin duda miedo en la población blanca y aviva este miedo en la cámara de combustión de sus políticos. Para ello, su miedo no es principalmente la adquisición corporativa de sus vidas, sino la erosión del “sueño americano”, el sueño de una sociedad donde los blancos estarían de facto asegurados de la seguridad económica de la que se sienten titulares por su raza y su historia providencial, cuyas críticas se han reconocido como la historia de los colonos responsables de los actos más atroces de genocidio contra las poblaciones no blancas por toda América. Después de todo, estos fueron los “primeros benefactores” de la clase media, los que con tesón buscaron una cabeza de turco para la poca esperanza de sus familias.

Hasta la invención de la raza blanca en las plantaciones coloniales de Virginia, como un medio para que la clase dirigente mantuviera su poder de control social durante y después de la etapa de la rebelión de Bacon (1676-77) en la guerra civil, después de lo cual el término “blanco” apareció por primera vez en una ley de Virginia de 1961, a los blancos en Estados Unidos se les identificaba por los países europeos de los que procedían. Pero es importante subrayar que no solo los blancos apoyan a Trump. Tanto gente de color como blancos apoyan a Trump. Ellos también quieren un cambio en el sistema que sienten que está corrupto por políticos profesionales, aunque el cambio signifique escoger a un mentiroso compulsivo, autoproclamado depredador sexual y cóctel Molotov humano en el sistema. Pero la culpa no es solo de los republicanos o de la campaña de Trump que explota como una girándula con las diatribas más viles, racistas y misóginas que podamos imaginar.

Como un coro de actores griegos con máscaras sonrientes, los agentes del Partido Demócrata en Washington eran responsables del resultado de las elecciones. Después de todo, ellos no pudieron conseguir la victoria de un Bernie Sanders y, por lo tanto, la batalla por la presidencia no la pudo luchar una clase obrera que despertó de la ilusión que podría rescatar la era enmarcada por series de televisión como Father Knows Best, Leave it to Beaver o My Three Sons mediante un conjunto de estratégicas maniobras políticas y acuerdos comerciales. También impedía, al menos a corto plazo, el apoyo inequívoco de un camino hacia el socialismo, el único camino posible para liberar la prosperidad, el único camino capaz de conseguir una validez definitiva y duradera de la democracia. Si no luchamos por un sistema que plantea las condiciones necesarias para la dignidad, igualdad y justicia para los pobres y excluidos de este mundo, entonces la educación será acusada de complicidad y juzgada como irrelevante.

Es hora de que los profesores vuelvan a pensar en la naturaleza y en el objetivo de enseñar en Trumpalandia, sobre todo en esta particular coyuntura histórica en la que resulta obligado volver a crear nuestra categoría de educadores críticos y llevar nuestra lucha a nuevos niveles. Existe ya una urgencia apremiante por revisar la pedagogía crítica (una pedagogía para lograr justicia social y económica), la cual en las últimas décadas se ha visto domesticada por la educación liberal. Seguimos siendo buenos críticos de la educación neoliberal al condenar la adquisición por parte del capitalismo corporativo de la educación y la privatización de la escuela pública en forma de escuelas subvencionadas, una situación que trata a los estudiantes como “clientes consumidores”, los condena a tener deudas durante décadas y les ofrece unas pocas garantías en el nuevo mercado laboral después de su graduación. Somos muy hábiles a la hora de criticar los exámenes estandarizados y de alta exigencia que clasifican y castigan tanto a los estudiantes como a los profesores, y a las escuelas que reducen a los estudiantes a un conjunto de parámetros que enmascaran su potencial como seres humanos. Arrojamos una potente luz en la política de discriminación racial de la desigualdad educativa, sistemas injustos de financiación de escuelas y el canal escuela-a-cárcel que se crea en parte por la criminalización de estudiantes de raza negra o piel oscura.

Como educadores o futuros educadores, necesitamos liberar nuestras demandas patológicas a límites fragmentados, tóxicos y artificiales que nos separan en base a lo que percibimos como el valor de la humanidad. Necesitamos hacer más que simplemente romper nuestra codependencia como capital y nuestro “defensor interno”, el dios del dinero. Necesitamos trabajar juntos para crear un universo social alternativo, una sociedad socialista, libre de las ataduras del capital. Esto supone atar nuestra lucha por una alternativa al capitalismo a esfuerzos de reforma educativa que dan prioridad a la justicia racial y de género.

La reforma y la revolución no deben trabajar enfrentadas. La reforma y la revolución no se deben percibir como una disyuntiva conflictiva, sino más bien, dialéctica. Mediante pedagogías insurgentes, podemos luchar dentro del sistema en contra de las reformas educativas neoliberales y corporativas, como un plan de estudios reglamentado, burocráticos sistemas de rendiciones basados en resultados y objetivos educativos corporatizados, como parte de un movimiento de reforma tanto mundial como local. Este reto no podía llegar en otro momento de la historia universal sino ahora, en el que se está alzando un fascismo a nivel mundial. Mientras Trump puede estar comprometido a construir la infraestructura de los Estados Unidos, los educadores críticos deben del mismo modo comprometerse a cambiar la infraestructura de la educación, aunque con una visión muy diferente a la de Trump y, al hacerlo, plantear las condiciones necesarias para una nueva pedagogía de liberación, una que pueda trazar un nuevo camino hacia la libertad, un camino marcado por la esperanza, la compasión y la transformación social y de uno mismo.

Si las escuelas públicas fracasan en esta tarea, consideraremos que se trata de un fracaso en el diseño. Con esto quiero decir que las escuelas públicas seguirán deteriorándose y de manera crucial se verán sometidas a una reorganización socioespacial y a una intensificada ingeniería social y control ideológico. Se convertirán en campos de internamiento para la juventud del siglo XXI, en los que la supervivencia panóptica de un chico estudiante enclaustrado prevalecerá junto con una clase militarizada, con detectores de metales y guardias de seguridad armados, así como profesores armados, un plan de estudios programado al milímetro, poblaciones segregadas de nuevo dentro de las propias escuelas y una intensificación del canal escuela-a-prisión (véanse las muchas y brillantes obras de Henry Giroux en relación a esos temas).

El panorama político estadounidense bajo el neoliberalismo ha suscitado mucha rabia y reclama venganza: “¡Que la encierren!” “¡Levantemos el muro!”. La venganza es tan solo uno de los muchos implacables y sangrientos deportes donde tanto el trauma, ya sea personal, cultural, institucional, regional o nacional, como la crueldad hacen de guardaespaldas de una angustia, anomia y alienación ocultas. Cuando amainan los actos de venganza, los autores responsables pueden recibir oportunidades para desvelar los motivos de su odio y sacar a la luz el dolor emocional, que para muchos se ha vuelto insoportable por ocultarlo a simple vista, y que, cuando se reconoce que está dialécticamente sepultado dentro del sistema capitalista ofrece oportunidades de curación y transformación a través de la modificación de las relaciones sociales y económicas por las que producimos nuestra existencia diaria. Estas posibilidades se han vuelto evidentes, pero de ninguna manera garantizan una mayor transformación social a menos que generen una lucha colectiva.

En contra del concepto neoliberal “maestros de la humanidad” (por citar una frase a menudo empleada por Noam Chomsky), en el contexto de los estudios sociales los educadores pueden conducir no solo a alteraciones de sistemas capitalistas de explotación, sino a nuevos horizontes de imaginación donde podemos contemplar alternativas socialistas a un capitalismo que se ha vuelto más depredador y salvaje que en cualquier otro momento de la historia.

Necesitamos recordar que incluso en medio del acoso neoliberal a la educación pública, un leve potencial por volverse humano puede, en situaciones de autorreflexión crítica, conducir a un ser moral fuerte y con principios; lo bastante fuerte y con suficientes principios como para formar parte de movimientos ecosocialistas masivos del futuro necesarios para reclamar el planeta para la humanidad.

Traducido por: María José Vecino Puerto.
Marta Sánchez Hidalgo.

Fuente: http://www.truth-out.org/opinion/item/38926-a-message-to-social-studies-educators-of-america-in-the-coming-trump-era

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Autor

Doctor en Educación por la Universidad de Toronto, Canadá.

Docente Distinguido de Estudios Críticos, Universidad Chapman, Estados Unidos.