Brasil y el macho alfa ante el abismo

Apoyar al cuñado de barra de bar (en este caso de boteco tijucano) más avispado, canalla, “enterado” que todo lo sabe y cuyas propuestas siempre son simplistas, violentas, mal formuladas y cuya falsa critica al sistema curiosamente siempre ataca al más débil o al diferente, está mostrando un suicidio colectivo que por primera vez puede ser literal.

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Caricatura de Bolsonaro
Image by José Augusto Camargo from Pixabay

Fuente original

En los últimos años lo político y lo social de Occidente se está refugiando en ciertos discursos de extrema derecha como reacción a, por un lado, la crisis perpetua y progresiva de precariedad y explotación al que el capitalismo ha condenado a casi todas las regiones del mundo y, por otro, a los avances en derechos, concientización y representatividad de segmentos de la población tradicionalmente marginalizados como es el feminismo, el antirracismo, el activismo LGBT, el ecologismo, etc.

Esta ofensiva ultraconservadora está obteniendo un relativo éxito en el mundo occidental. La capacidad de medrar gracias a explotar sentimientos primarios, como el odio o el miedo, se han mostrado especialmente eficaces para despreciar cualquier análisis crítico, así como emociones consideradas “débiles” tal que la cooperación o la empatía.

A pesar del consenso entre estudiosos, observadores e instituciones internacionales de la peligrosidad de este tipo de ideología, la realidad es que han dominado el pulso político de los últimos años arrastrando a la derecha tradicional y acorralando a la izquierda, desprovista de reacción frente a las tácticas de acoso y violencia del fascismos más clásico, aupado por una revolución digital que ha llegado demasiado rápido para que las legislaciones se blinden y la educación prepare a las sociedades a lidiar con ello.

Y si la historia nos ha enseñado algo es que la concatenación de crisis lleva al auge y consolidación de movimientos políticos basados en lideres acusados de una masculinidad tóxica. Masculinidad caracterizada por un mesianismo violento, emotividad reaccionaria, miedos imaginarios, odio a la diferencia y orgullo autodestructivo. Hoy en día vivimos una coyuntura, una pandemia mundial, contra la que tenemos que lidiar en medio al éxito de esta ofensiva ultraconservadora.

Los efectos se han hecho patentes, la minimización de los efectos de la enfermedad y la defensa a ultranza de un darwinismo social cruel ha llevado al desastre a sociedades como la británica, cuyo presidente asumió la muerte de sus ciudadanos como necesaria para no parar la economía acabando el mismo en cuidados intensivos; o la estadounidense, actual foco principal de la pandemia con el mayor número de víctimas e infectados, y cuya infraestructura y administración pública, dependiente del capitalismo más salvaje, se encuentran indiscutiblemente desamparadas.

En este sentido, Brasil se está mostrando como el cóctel explosivo más peligroso de todos para enfrentar este desafío, pues se aúnan los problemas estructurales y sistémicos históricos del país con una sociedad fuertemente marcada por un heteropatriarcado patrimonial y violento que ha aupado al poder al que posiblemente sea la máxima expresión de este populismo de derechas liderados por machos tóxicos: Jair Messias Bolsonaro.

Pasando de largo por su extenso historial de personaje público en el que fue expulsado del ejercito por insubordinación y comportamiento agresivo, su filiación con milicias paramilitares de Rio de Janeiro, su defensa de la tortura, el asesinato, el racismo, la homofobia, la desigualdad y la negación de la dictadura militar; su gestión de la crisis está demostrando los inmensos peligros de votar al más idiota de la clase por desesperación, protesta, rabia o por un pueril boicot a lo “políticamente correcto”. Apoyar al cuñado de barra de bar (en este caso de boteco tijucano) más avispado, canalla, “enterado” que todo lo sabe y cuyas propuestas siempre son simplistas, violentas, mal formuladas y cuya falsa critica al sistema curiosamente siempre ataca al más débil o al diferente, está mostrando un suicidio colectivo que por primera vez puede ser literal.

A pesar del caos que el covid-19 estaba trayendo al mundo, Bolsonaro sigue testarudamente que es una fantasía, una histeria propagada por los medios de comunicación y que el verdadero peligro es descuidar la economía. Para reforzar su posición como macho alfa ha dejado claro que solo es una “gripezinha” y que su “trayectoria como atleta” (sic) le protege, es más, nada sentiría.

Su posicionamiento pueril y errático le ha llevado a contradecir no solo a la OMS y a las evidencias de lo que está pasando en el resto del mundo, si no a abandonar cualquier intento de control de la crisis, teniendo que tomar la iniciativa los gobiernos estatales, los municipios y hasta sus propios ministros de forma independiente. Entrando conflicto con todos ellos en una estrategia esquizofrénica que cada vez lo aísla más en su mesianismo, llegando incluso a destituir al Ministro de Sanidad en medio de una crisis sanitaria mundial.

Al no poder admitir errores y ni siquiera dar un paso atrás en su posición, ha seguido animando a sus simpatizantes más ultras a manifestarse contra el aislamiento, en su habitual táctica del todo vale, arrasando con las relaciones de cordialidad con China, apoyando el que iglesias protestantes sigan abiertas argumentando que “Dios está con nosotros”, animando a los brasileños a continuar trabajando y discutiendo toda evidencia científica sobre la conveniencia del aislamiento.

Esas características que tanto rédito electoral le trajeron, está revelando sus consecuencias más extremas. Bolsonaro no puede dar marcha atrás, no puede mostrar raciocinio, no puede ceder ante la evidencia. Él está ahí para demostrar que todo y todos están equivocados, que el sistema es corrupto y débil, y que él es quien va a arreglarlo todo con la ayuda de Dios. Suscribiendo las palabras de Lula, está guiando a Brasil hacia el matadero, en una inercia que hasta los militares, tan dispuestos a asumir muertes mientras se mantenga el “orden” que mas les interesa, se comienzan a preocupar.

Pero la realidad es que la actitud imparable de Bolsonaro es completamente lógica según los parámetros que defiende. En el conservadurismo capitalista más cruel la idea de que quien no produce, quien no puede protegerse a sí mismo o pagar por protección, los pobres, los viejos, los indios atrasados, los racializados, los favelados, los divergentes, los “buenistas”; desaparezcan arrasados por el virus, está justificada, en una versión extrema y neoliberal del darwinismo social más burdo y crudo.

El desastre que tristemente se vaticina, y que realmente ya está pasando en Brasil, va a ser la demostración al mundo que la política del líder fuerte, macho y autoritario solo lleva a la muerte, la destrucción del contrato social y el rompimiento de solidaridades. Terminando con toda divergencia, sea la ciencia, el conocimiento, el pensamiento critico, el respeto a los mayores y al diferente, los lazos comunitarios, el apoyo a los desprotegidos, etc. Todo es cuestionado y ridiculizado como “buenista”, débil y cobarde.

¿Servirá este ejemplo para que aprendamos que la solidaridad y la empatía (tradicionalmente vistos como frágiles características femeninas) es la única vía para que podamos sobrevivir en un mundo cada vez más exhausto? O, por el contrario, como se teme, se afiance este camino de autodestrucción autoritaria.

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Investigador postdoctoral en la Universidad de Santiago de Compostela.

Doctor por la Universidad Federal de Bahía en Brasil y la Universidad Pablo de Olavide en España.

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