Los obrajes. Industria textil indígena en la América Colonial

La institución de los obrajes se extendió sobre todo a partir de la década de los setenta del siglo XVI y durante el siglo XVII, debido a la conjunción de diversos factores.

Los obrajes. Industria textil indígena
Los obrajes. Industria textil indígena

Los obrajes fueron pequeños talleres textiles que existieron en América desde la mitad del siglo XVI hasta principios del siglo XIX. Fueron centros dedicados a la manufactura de textiles de lana ovina (introducida por los españoles en América), de algodón (muy utilizada en América antes de las llegada de los españoles) o de lana de alpaca. Se situaron principalmente en centros mineros. Estaban controlados por los encomenderos españoles y trabajados por los indígenas. Fueron tremendamente importantes durante toda la edad colonial en América, tanto en el Virreinato de Perú como en el Virreinato de Nueva España. Es el segundo trabajo en este blog relacionado con la economía colonial española en América tras el realizado sobre la mita.

El primer obraje fue instaurado por Antonio de Ribera y su esposa Inés de Muñoz en el valle del Jauja, actual Perú, en el año 1545. A partir de ese año, los obrajes se multiplicaron con gran rapidez en los años siguientes en ambos Virreinatos debido a la gran demanda de vestimenta de distintas calidades (bayetas, jergas, frazadas, alforjas, medias, sombreros, costales) que tenían los cada vez más numerosos indígenas mineros, cuyo número había crecido mucho durante las décadas centrales del siglo XVI, cuando fueron descubiertas las minas de plata en el actual México y la mina de mercurio de Huancavelica, en Perú.

La institución de los obrajes se extendió sobre todo a partir de la década de los setenta del siglo XVI y durante el siglo XVII, debido a la conjunción de diversos factores: aumento de la población indígena tras décadas en claro descenso tras la llegada de los españoles; apogeo de la producción agro pastoril y una política de concentración de la población indígena por parte de la Corona española.

Para 1570, en el Virreinato de Perú se fundaron talleres en Cajamarca (donde llegaron a ser 35), Huamachuco, Huaylas, Conchucos, Paucartambo, Chongos-Alto, Páucar, Yanama, Vilcashuamán, Abancay y Cuzco. En el Virreinato de la Nueva España fueron principalmente instaurados en Ciudad de México, Puebla, y Queretano. También se desarrollaron mucho en Quito y alrededores, debido a que abundaba allí el ganado ovino y la mano de obra indígena.

Para 1604 había más de 114 grandes obrajes en el Virreinato mexicano, distribuidos en la ciudad de México, Xochimilco, Puebla (33 de ellos), Tlaxcala, Tepeaca, Celaya y Texcoco. Muchos otros se localizaban en Querétaro, Guazindeo (Salvatierra) y Valladolid; además de muchos pequeños obrajes que no se incluían en esta lista.

Los obrajes no pudieron expandirse comercialmente y no pasaron nunca de una producción artesanal para mercados locales debido al monopolio que tenía la Corona española de la introducción de productos en América a través de la Flota de Indias, lo que provocaba que estuviera prohibido el comercio legal de productos a gran escala entre dos o más lugares geográficos de América.

Además, los esfuerzos de los españoles en América durante la colonización de la misma nunca estuvieron centrados en la formación de una industria potente y desarrollada, porque eso hubiera ido en contra del monopolio comercial de la Corona española, y por tanto, las actividades económicas de los españoles en el Nuevo Mundo estuvieron siempre orientadas a la acumulación de metales preciosos más que al desarrollo de una importante industria manufacturera.

Esto provocaba que las manufacturas de lujo fueran fabricadas en Europa, en centros manufactureros de Francia y Holanda, principalmente, mientras se prohibía el desarrollo de una fabricación de textiles de calidad por parte de los comerciantes españoles y criollos asentados en América.

La seda, por poner un ejemplo, estuvo muy desarrollada en el Virreinato de la Nueva España en el siglo XVI, sobre todo en Cholula y Tlaxcala, pero como no podía fabricarse con ella ropa de primera calidad, ya que esos productos venían de China en el Galeón de Manila; ni exportarlas a la Península Ibérica, su fabricación en México estaba destinada al fracaso. En 1596 se prohibió plantar moreras en todo el Virreinato y en 1679 se destruyeron todas las moreras que todavía existían y se suspendió la fabricación de seda.

Obrajes

Por lo tanto, los obrajes vinieron a cubrir un vacío en el sector textil existente en todo el territorio y funcionaron perfectamente durante los siglos coloniales porque siempre tuvieron importantes pedidos por toda América para cubrir las necesidades de vestimenta y paños demandadas por la población que vivía en los centros mineros y en las ciudades.

Existieron distintos tipos de obrajes. Los obrajes enteros eran aquellas fábricas de mayor tamaño en las que podían operar 12 telares. Los obrajes medios eran aquellos que tenían entre 6 y 12 telares y tenían además un batán (máquina de piedra destinada a transformar tejidos abiertos en otros más tupidos y que funcionaba con la corriente de agua. Fueron muy habituales en España y en América hasta el siglo XIX), y un molino. Por último, se encontraban los denominados “Chorrillos”, que eran pequeñas fábricas con 6 telares o menos y que además carecían de batán. Los chorrilos eran generalmente mantenidos por un núcleo familiar y solo producían tejidos de la más baja calidad.

En un obraje típico se producían todas las fases manufactureras, desde la recogida de la lana hasta el producto final que salía para ser comercializado. Los obrajes estaban casi siempre en el interior de la hacienda, y si tenían batán, cerca de un río o alguna otra fuente de obtención de agua, para aprovechar la fuerza motriz del agua.

En las instalaciones del obraje, los edificios solían estar separados según funciones. Cada obraje tenía un patio frente a los edificios que servía para descargar la lana o el algodón. La lana o algodón, al llegar al obraje, era limpiado en una sala llamada mantecadero. Posteriormente, se pasaba a otra sala para el cardado de la lana y de ahí a la sala para el hilado, llamada emborrizo. El área principal y claramente la sala más grande era la de tejido, cuyas dimensiones variaban en función del número de trabajadores.

Existían también otras dos secciones dentro de las instalaciones de un obraje. Una sección con diversas estancias, que se utilizaban como bodega para guardar la comida, la cocina etc.; y ora sección que contendría el batán, en el caso de que el obraje lo tuviera.

Los propios trabajadores solían vivir casi siempre dentro de la hacienda donde estaba albergado el obraje, en unos edificios llamados Rancherías. También incluía el obraje un calabozo, ya que muchos indios se rebelaban contra sus patrones y eran castigados.

El objetivo de todo este entramado de instalaciones era tener toda la cadena de producción textil, incluidos los trabajadores, reunidos en unas mismas instalaciones.

Los obrajes eran siempre trabajados por mano de obra indígena, tanto hombres como mujeres y niños, en condiciones de trabajo muy duras, prácticamente en condiciones de esclavitud o semi esclavitud, con jornadas de trabajo de 12 horas de duración durante 312 días al año. Esta mano de obra indígena era mano de obra tributaria, bien por encomendaciones, o bien por trabajo relacionado con la mita.

Los jóvenes entraban a trabajar a partir de los 12 años y eran aprendices hasta los 17 años aproximadamente. La mano de obra era adquirida principalmente con indígenas que habían cometido algún delito o con indígenas que eran contratados y luego se les conseguía retener con la técnica del endeudamiento, que consistía en prestarles dinero o especies a un alto precio para completar su exigua alimentación, que los trabajadores no podían devolver después.

Era por tanto una forma de comercio muy rentable para los encomenderos españoles, ya que los costes eran muy bajos en relación a los beneficios. Se calcula en unos 150 mil pesos los ingresos medios anuales que ganaban los empresarios de los obrajes.

El negocio de los obrajes quedó en manos de unos cuantos encomenderos y hombres ricos castellanos que tenían el dinero suficiente para correr con los gastos iniciales para montar el obraje; tenían a su vez una cabaña ganadera suficiente para obtener la lana o el algodón necesarios; y además, contaban con una buena cantidad de indios que iban a trabajar para él en el obraje.

Los Virreyes Martín Enríquez de Almansa y Ulloa (¿Toro?, Zamora, Corona castellana, ¿1510? – Lima, Perú, 1583) en Nueva España y Francisco Álvarez de Toledo (Oropesa, 15 de julio de 1515 – Escalona, 21 de abril de 1582) en Perú, coetáneos en el tiempo, legislaron medidas para intentar paliar el abuso de los encomenderos sobre los indios en los obrajes. Estas medidas fueron en la mayoría de los casos del todo insuficientes y provocaron que la promulgación de este tipo de medidas se extendiera durante los siglos XVII y XVIII.

Por otra parte, la Corona prohibió en 1601 el trabajo indiano en los obrajes, intentando sustituirlo por mano de obra esclava. Fue imposible, debido a que la institución estaba en esos momentos ya muy arraigada en la sociedad colonial.

Durante el siglo XVIII los obrajes decayeron debido a una entrada masiva de productos textiles de baja calidad desde diversos puntos de Europa, principalmente desde Inglaterra, que inundaron los mercados locales con precios más bajos que la ropa que vendían los comerciantes locales. Finalmente, la Revolución Industrial terminó por darle la puntilla a esta forma de trabajo indiano.

Bibliografía

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Carabarín Gracia, A (1984): “El trabajo y los trabajadores del obraje en la ciudad de Puebla: 1700-1710. México: Centro de investigaciones Históricas y Sociales

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Ortiz de la Tabla Ducasse, J (1982): “Obrajes y obrajeros del Quito colonial”. Anuario de estudios americanos –nº 39: 341-365.

Pérez Murillo, M.D. (2010): “Introducción a la Historia de América: altas culturas y bases de la colonización española”. Cádiz. Servicio de Publicaciones de Universidad de Cádiz.

http://132.248.9.195/ptd2005/01062/0345693/0345693_A5.pdf

 

En la próxima entrada retomaremos nuestro serial sobre la mujer castellana en América en el siglo XVI. Nuestra protagonista será Aldonza Villalobos, Gobernadora de la isla Margarita, en el Caribe, durante la mayor parte de su vida.

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Master en archivística por la UNED. Licenciado en Historia por la Universidad de Cádiz.

Especialista en Paleografia y Diplomática.

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