Los campos de girasoles y la Teoría del Decrecimiento

Los grandes eventos suceden en la vida aunque uno no los perciba. Los grandes procesos históricos pueden estar sucediéndose mientras uno se toma un café tranquilamente entre los combatientes intelectuales y guerreros invisibles de las calles. Los eventos que se avecinan bien puede ser que nunca lleguen a ser o son tan lentos que una generación no los percibe.

Todos los días de mi vida conduzco en mi coche grandes cantidades de kilómetros. Por la mañana en un viaje solitario de ida y por la tarde de vuelta, sólo para asistir a mi oficina.

Por la ruta, a no más de cien kilómetros por hora, se puede y de hecho lo hago, disfrutar del paisaje. En esta época del año, en el hemisferio sur, en Argentina, se acerca el verano y se pueden observar las grandes extensiones verdes y amarillas de los cultivos de girasoles, también algo de soja, con ese verde tan profundo. Algunos árboles ocultando cascos de estancias, unos tractores, algunos camiones o autos que circulan en sentido contrario son parte del paisaje que hasta puede sonar bucólico.

Entonces uno se siente tentado a pensar que las cosas en el mundo no van tan mal. Pero es una gran falacia producto del recorte de mi observación, de mi sesgo de información, de mi visión localista, después de todo vivo en una ciudad de no más de setenta mil habitantes y trabajo en una pequeña ciudad de veinte mil almas. Desconozco lo que es vivir en megalópolis de varios millones de habitantes. Donde vivo todos nos conocemos.

Según algunas páginas web que he consultado tan sólo por ir y venir todos los días con mi coche mediano estoy depositando en el ambiente unos ocho mil kilogramos anuales de CO2. No es un dato menor si pienso que esas emisiones de dióxido de carbono pueden ser minimizadas si, por ejemplo, utilizo el servicio público de transporte, o me mudo más cerca de mi trabajo. No sé cómo se verían ocho mil kilos de algo contenidos en un cubo, parece algo así como cinco automóviles uno arriba del otro. Tal vez un elefante macho adulto y su pequeña cría suman casi lo mismo. Suena cuanto menos abismal. Pero qué es lo que puede salir mal si el amarillo de los girasoles hipnotiza.

De inmediato me remonto a Ulrich Beck y su Teoría del Riesgo, o a las consecuencias no deseadas de la modernidad de Giddens. El glifosato y todos los agroquímicos que se vierten en el ambiente generan también consecuencias no deseadas frente a los grandes rindes de producción que se gestan gracias a la ayuda de la modificación genética de las semillas y los avances en la lucha contra las plagas.

Y para colmo de males en el medio uno vive con la pandemia, con el COVID, que no ha hecho otra cosa que dar, de parte de la naturaleza, una cachetada a este ser humano tan hiper-tecnificado.

La naturaleza objeta nuestra estupidez plasmada, quizás, en la idea del progreso continuo, en que algo superador llegará de la mano de las ciencias y el capitalismo, y nos brinda la oportunidad si no es histórica, servida en bandeja, para ya no discutir sobre un modelo económico global super-capitalista sino para poner en marcha un nuevo estilo de vida que se vea reflejado en una mayor conciencia social, ecológica y económica.

La mano invisible del mercado debe ceder paso a algo más cercano a una vida en relación no agresiva con la naturaleza dejando de lado la obsesión paranoica del crecimiento económico de las naciones por el crecimiento económico mismo.

Una de las teorías que van por ese camino, y que viene a servir sobre todo para el debate, es la “Teoría del Decrecimiento”, y uno de sus impulsores es el filósofo francés Serge Latouche, que propone un cambio en los modos de producción y en los hábitos de consumo. Podría decir que hay dos adagios que van bien con esta teoría:

a) “La gente feliz no necesita consumir”,

b)“No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”.

Latouche, en su libro “La apuesta por el Decrecimiento”,  propone un sistema que contiene los ocho pilares del decrecimiento como solución, estos son:

  1. Revaluar y sustituir los valores globales.
  2. Reconceptualizar la naturaleza. La naturaleza no es una mercancía.
  3. Reestructurar el aparato productivo y adaptar las relaciones sociales a la nueva escala de valores.
  4. Relocalizar. Producir localmente.
  5. Redistribuir.
  6. Reducir o disminuir el impacto en el ambiente de nuestros modos de producir y consumir.
  7. Reutilizar
  8. Reciclar

En definitiva, considera Latouche que el consumo excesivo, casi pornográfico en el que estamos inmersos no es natural, es una necesidad impuesta por el sistema económico hegemónico capitalista. El despilfarro de energía y material al que estamos asistiendo, nos ciega en la ruta que nos conduce al desastre inminente.

Algunos lo tildan de anti capitalista, entiendo que es una cuestión de incorporar al concepto del capitalismo las variables ecológicas y sus valores. No es anti capitalismo, sería más bien, capitalismo ajustado por nuevas variables, que haga de este planeta una vida más equitativa y sustentable, para con nosotros y para el ambiente y todos los seres que lo habitan.

Caso contrario seguiremos transitando, ciegos, por una carretera hacia un abismo señalizado pero ignorado, aunque los campos de girasoles sean tan bellos y brinden un hermoso paisaje.

Continuaré…

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Abogado graduado en la Universidad Nacional del Litoral de Santa Fe, Argentina y Mediador de la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe, Argentina.

Magistrando en Ciencias Sociales y Bioética.

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