¡Levantemos la vida! Habitemos.

La persistencia difusa de los ámbitos de subsistencia.

Hace algunos años, durante una reunión de mi colectivo de arquitectura en la descomunal urbe de México – ese monstruo de mucho más de 20 millones de habitantes – con l@s compas triquis de MAIZ (Movimiento de Artesanos Indígenas Zapatistas), se armó un diálogo en triqui entre las personas de la comunidad, al finalizar nuestra exposición sobre la “vivienda” y “conjunto” que les proponíamos como parte de su camino de lucha por un hogar digno en la ciudad. Por supuesto, nosotros hispanohablantes no entendíamos. Al finalizar, uno de los compañeros nos explicó la conclusión de sus valoraciones. Palabras más, palabras menos, nos dijo de manera directa y cordial al mismo tiempo: “Les agradecemos su propuesta, está mejor que la ves pasada [en aquella ocasión habíamos llegado con unas torres de apartamentos para ganar m² de superficie exterior para uso común, que fueron rechazados pues no concebían el modo de vivir unos sobre otros y lograr definir en asamblea quien iría arriba, quien abajo y quien en medio], ya se va pareciendo más a lo que imaginamos, pero tenemos una pregunta ¿dónde va a caber ahí el lugar para el telar y nuestros bordados, dónde es su lugar para el trabajo de la platería y demás labores que hacemos? ¿dónde podemos sembrar? No lo vemos.” Cabe decir, que en MAIZ la mayoría de las familias viven monetariamente de su hacer artesanal, el que ofrecen en plazas públicas que han ido ocupando a través de esas formas comunitarias tan recurrentes en el mercado llamado “informal”; vida económica que se entrecruza con la extramonetaria donde entran el cultivo y crianza para la salud, el embellecimiento y la alimentación familiar.

En esa frase y esa pregunta que nos lanzaron, respetuosas y directas a una vez, la comunidad nos puso frente a nuestros sesgos de-formativos, nos enseñó un espejo para mirarnos y una ventana para mirar el mundo con otros ojos. Nos mostró lo que estaba detrás de sus palabras, ese lugar antiquísimo donde han morado tantos pueblos y tantas humanidades hasta antes de la entronización de la modernidad capitalista y que aún persiste, difuso, poco notado, pero concreto y presente. Ese lugar en que nosotros también habíamos morado en nuestras infancias. El lugar de las civilizaciones campesinas y al que, a decir de Pasolini, pertenecen las colectividades urbanas que aún viven orientadas – como los mundos campesinos – a la recreación de su sustento; esa particular forma de vivir corporalmente la existencia, de habitar, tan vilipendiada por la academia, los estados, los “planificadores” de urbes y viviendas y las Onges del desarrollo: el llamado despectivamente en arquitectura “cuarto redondo”, como si una casa no compartimentada en áreas especializadas y unilaterales tal como la vivienda urbana hegemónica, fuese sinónimo de atraso, de falta de urbanidad, civilidad y desarrollo social.

El “cuarto redondo”, esa arquitectura vernácula creada para dar cabida en su interior a la multiplicidad de actividades de una vida colectiva no desgajada aún entre los espacios netamente productivos en términos moderno – capitalistas, destinados a la realización de labores exclusivamente económico – mercantiles, y los espacios específicamente reproductivos donde se dan el alimento, el descanso, el aseo o la recreación, en las palabras del capital, la reproducción de la fuerza de trabajo.  Un lugar en el que definir dónde inician y dónde terminan lo productivo y lo reproductivo de la vida es bastante difuso y donde, además, las labores suelen realizarse en colectivo, incorporando a sus integrantes en la creación del sustento conjunto y entretejiendo estas labores con la convivencia cotidiana. Razón por la que siempre ha sido necesario poder disponer de un lugar libre, flexible y compartido que dé cabida a una conjunto diverso de actividades incluso de forma simultánea.

A través de esa mirada adquirían otro cariz y cobraban sentido, miles, millones de lugares habitacionales de los mundos populares que en las urbes de la hoy llamada América – y me atrevo a decir, del mundo – son. Múltiples formas de habitanza y de organización de la tectónica popular que suelen ser desvaloradas por su falta de modernidad, entremezcladas con las ansias de superación materializadas en el uso del concreto y materiales “elegantes” en la construcción: los amplios patios de tierra de las casas en las barriadas, las salas al interior de los hogares que se perciben demasiado grandes para el mobiliario que las completa, el tejaván al ingreso que a simple vista no tiene un uso muy claro, la persistencia de la cocina amplia donde no nada más se come, sino donde se despliega el grueso de la convivencia colectiva cotidiana. Todos, lugares destinados a un uso múltiple (o a múltiples usos) que en ellos pueden desenvolverse. Puede ser recibir a las amistades y con unas cubetas y unos bancos, estar al abierto conversando, puede ser reparar alguna maquinaria o herramienta, puede ser poner y levantar un taller temporal de carpintería para armar o reparar un mueble; puede ser tejer, guizar comida en grande para un festejo, convocar a una reunión; cuidar las plantas de la casa o criar animalitos para la compañía o el alimento, velar a un muerto de la familia. Todos, ámbitos materiales de la existencia orientados a construir comunidad y que forman parte, la mayoría de las veces, de un tejido más amplio que se extiende hacia las calles que podemos considerar como ámbitos público – comunitarios, poniendo en crisis la mirada dicotómica que fragmenta la habitanza social en el par excluyente de público o privado, estigmatizando el uso reproductivo, lúdico y no mercantilizado que la gente hace de los ámbitos comunes en pueblos y ciudades más allá de la morada.

La pretendida imprecisión de los “espacios” populares, su aparente falta de pulcritud, su supuesto atraso y falta de definición, no son sino los efectos en el juicio colectivo y personal de una concepción del mundo y la existencia convencida de que el mundo urbano, moderno y capitalista, higienizado, de la familia únicamente nuclear aislada de la comunidad, fragmentada bajo los ritmos y espacios de la productividad, el trabajo asalariado y las relaciones contractuales, es el único posible y debe ser el horizonte generalizado de nuestro deseo. Todo lo demás es, pues, atraso y subdesarrollo con miras a ese futuro de plenitud y bonanza. Es decir, es el efecto de la colonización de la cosmovisión colectiva por el mundo del Estado y del Capital.

Sin embargo, en aquella reunión a quienes exponíamos nuestras bienintencionadas propuestas, nos mostraron con esas palabras sencillas la lógica de una existencia en donde el lugar de la morada no está fragmentado aún en espacios compartimentados porque la dinámica económica aún sigue integrada y subordinada al sustento de la existencia colectiva y, aún más importante, donde esa forma de vida es aún deseable y buscada. Donde esa forma de vida se realiza cotidianamente en autonomía y sin permiso de nadie, lo que le otorga capacidad de formar a la persona y su colectivo con dignidad.

Las compañeras y compañeros de MAIZ no buscaban cambiar de horizonte de existencia en aras del progreso y el desarrollo del mercado, buscaban materializar la dignidad de su existencia, obtener lo que por principio les pertenece, un hogar donde poder vivir sin penurias su modo de ser, en el que se conjuntaran el tiempo y el lugar de su modo encarnado de vivir, de habitar.

 

Al final llegamos a crear en conjunto una propuesta de morada y de “barrio” que resultó bueno para la vida de la comunidad.

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Arquitecto desprofesionalizado. Investigador independiente.
Profesor itinerante. Doctor en Sociología por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y maestría y licenciatura en arquitectura por la Universidad Autónoma de México.

Ha realizado trabajo académico, comunitario y colectivo en torno al habitar en distintas regiones de México y participado en distintos proyectos de investigación, cuyo objetivo en común ha sido reconocer o poner en práctica alteridades a la hegemonía capitalista.

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