Las heridas del racismo: Efectos psicosociales de la discriminación racial en las personas afrodescendientes en América Latina

Racismo, endorracismo y xenofobia en Iberoamerica
Racismo, endorracismo y xenofobia en Iberoamerica

DescargarEsther Pineda G.
Socióloga, Magister Scientiarum en Estudios de la Mujer, Doctora y Postdoctora en Ciencias Sociales egresada de la Universidad Central de Venezuela.
estherpinedag@gmail.com

Recibido: 26/08/2018 – Aceptado: 15/10/2018

 

Resumen: La racialización, deshumanización y esclavización de la población africana durante el proceso de colonización europea en América, sentó las bases de la discriminación racial contra las personas afrodescendientes que persiste hasta la actualidad. Pese a la existencia de la narrativa del mestizaje que desconoce e invisibiliza la experiencia concreta, desigual y vulnerada de las personas afrodescendientes, estas siguen siendo víctimas de discriminación racial, la cual ha encontrado formas cada vez más sutiles e imperceptibles a través de las cuales realizarse. Este hecho no es inofensivo, el racismo tiene efectos psicosociales para quien lo vive, pero ¿cuáles son esos efectos del racismo? ¿Cómo reaccionan las personas afrodescendientes ante el racismo? ¿Cómo enfrentan la discriminación racial? Ante esta problemática se propone esta investigación para la cual se consultó a través de la técnica del cuestionario electrónico a cien personas afrodescendientes de América Latina, sometiendo posteriormente sus testimonios al método del análisis crítico del discurso.

Palabras clave: Afrodescendientes, racismo, endorracismo, efectos psicosociales, América Latina.

 

Abstract: The racialization, dehumanization and enslavement of the African population during the process of European colonization in America, laid the foundations of racial discrimination against people of African descent that persists to this day. Despite the existence of the narrative of miscegenation that ignores and invisibilizes the concrete, unequal and violated experience of people of African descent, they continue to be victims of racial discrimination, which has found increasingly subtle and imperceptible forms through which to perform . This fact is not harmless, racism has psychosocial effects for those who live it, but what are these effects of racism? How do people of African descent react to racism? How do they face racial discrimination? In view of this problem, this research is proposed for which one hundred people of African descent in Latin America were consulted through the electronic questionnaire technique, subsequently submitting their testimonies to the method of critical discourse analysis.

Key words: Afrodescendants, racism, endorracism, psychosocial effects, Latin America.

Introducción

El proceso de colonización europea en América sentó las bases para la emergencia del racismo. Contrario a los imaginarios transmitidos y difundidos en las diferentes etapas del proceso histórico social, el racismo no es una causa sino una consecuencia de los intereses económicos expansionistas y expoliatorios de los colonos europeos, quienes instalaron la diferenciación, racialización e inferiorización de los sujetos con una función social específica: justificar el proceso de invasión europea en América, justificar el genocidio indígena como respuesta a la resistencia ejercida, y justificar el secuestro según Reid Andrews (2004) de entre 5 y 10 millones de africanos entre los siglos dieciséis y diecinueve, para su sometimiento y esclavización como mano de obra gratuita en los territorios invadidos y expoliados. Es decir, los pueblos originarios de América y África fueron diferenciados, convertidos en otredades, considerados inferiores, salvajes, amenazadores, para justificar su dominio y explotación.

No obstante, Según Pineda (2017) posterior al proceso de abolición de la esclavitud el racismo en los Estados Unidos se caracterizó por su manifestación explícita y segregacionista; mientras que en América Latina el racismo cobró un carácter simbólico. Este racismo simbólico latinoamericano se concreta en una narrativa europea colonizada que despoja de capacidades éticas, intelectuales, morales, relacionales y organizativas a los sujetos previamente racializados.  Este pensamiento se instaló en el imaginario colectivo,  ha sido transmitido y reproducido transgeneracionalmente a través de los distintos agentes de socialización, se manifiesta en diferentes ámbitos de acción e interacción social, y de acuerdo al Banco Mundial (2018) con base a los datos censales más recientes de 16 países, afecta a más de 133 millones de afrodescendientes que hacen vida en América, es decir, cerca del 24 por ciento de la población latinoamericana total. Pero esta presencia de los afrodescendientes en América Latina como bien lo señala el informe Afrodescendientes en América Latina. Hacia un marco de inclusión, es altamente desigual, más del 91 por ciento están concentrados en Brasil y Venezuela y un 7 por ciento adicional en Colombia, Cuba, Ecuador y México, además:

Los afrodescendientes están representados de manera desproporcionada entre los pobres. En Brasil, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Uruguay combinados, los afrodescendientes representan el 38 por ciento de la población total, pero constituyen alrededor de la mitad de las personas que viven en pobreza extrema. También tienen menos años de educación y son víctimas del crimen y la violencia con mayor frecuencia. A pesar de su creciente visibilidad, aún están asombrosamente subrepresentados en las posiciones de toma de decisiones, tanto en el sector privado como en el público. Asimismo, tienen menores oportunidades de movilidad social, en tanto que son 2.5 veces más propensos a vivir en condiciones de pobreza crónica. (Banco Mundial, 2018, p. 14).

No obstante, pese a los altos índices de presencia de la población afrodescendiente en América Latina, la región se caracteriza por ser históricamente racista y endorracista, donde además, existe una tendencia muy arraigada a negar la existencia de la discriminación racial, a reproducir la narrativa del mestizaje, de la diversidad étnica, pero sobre todo, de la armonía racial. Según Dulitzky (2000) en la región latinoamericana se resalta con pomposidad la existencia de supuestas “democracias raciales”, y la vivencia de la experiencia étnica en el contexto de los “crisoles de raza” y en “armonías raciales”. Este hecho contribuye a invisibilizar y diluir en el imaginario colectivo las desigualdades y formas de discriminación fundamentadas en la pertenencia étnica, pero también por supuesto, sus efectos.

Aunque algunos países latinoamericanos se ha reconocido constitucionalmente a la población afrolatinoamericana, se ha intentado contabilizar su población a través de la incorporación de variables étnicas en los censos de población, y en algunos se ha intentado prevenir, atender y sancionar las múltiples formas de discriminación contra ellos cometidos a través de la tipificación del delito de discriminación racial y la creación de unidades para su atención; en la vida cotidiana de América Latina poco se habla del racismo, y cuando se hace, esto despierta grandes oleadas de polémica. El enardecimiento y la indignación de aquellos que de manera vehemente niegan la existencia del racismo y, la condena una vez más al ostracismo de aquellos que osaron a denunciarlo, que se atrevieron a evocar los “fantasmas del pasado”. Esta situación ha favorecido la sistemática invisibilización de los efectos psicosociales del racismo pues, el tema no forma parte de la narrativa de quienes han sido victimizados por su racialidad, como tampoco forma parte de la producción académica en el ámbito de la discriminación racial.

Los antecedentes de la psicología del racismo

En 1897 fue el sociólogo William Edward Burghardt Du Bois quien puso en discusión la psicología del racismo cuando en el texto Strivings of the Negro People cuestionó: “¿Cómo se siente ser un problema? … Uno nunca siente su dualidad, —un estadounidense, un negro; dos almas, dos pensamientos, dos luchas irreconciliables; dos ideales beligerantes en un cuerpo oscuro, al cual le previene desgarrarse solamente su terca fuerza…”. Sobre este aspecto volvería nuevamente en 1903 al afirmar “esta sensación de vernos a nosotros mismos siempre a través de los ojos de otras personas, de medir nuestras almas con la vara de un mundo que nos contempla con divertido desprecio y lastima” (Du Bois en Young, 2000, p. 104); sin embargo, nunca dedicaría una obra completa a este asunto, concentrándose por el contrario en las inequidades de la educación, la justicia y el tema hasta entonces tabú del matrimonio interracial pues, como el mismo afirmase: “Mi intención era introducir el método científico en la sociología estudiando las condiciones de vida de mi propio grupo. Quería estudiar los hechos, todos aquellos hechos referentes a los negros americanos y sus problemas y dificultades” (Du Bouis en Macionis & Plummer, 2007, p. 277).

Uno de los pocos trabajos sobre los efectos del racismo de los que se tiene referencia es el texto denominado La marca de la opresión: exploraciones en la personalidad del negro estadounidense, publicado en 1951 por los psicoanalistas Abraham Kardiner y Lionel Ovesey. En este texto afirmaban que la experiencia de la opresión y segregación racial han dejado “cicatrices psicológicas” destructivas en el afroamericano, por lo cual sus personalidades se muestran profundamente perturbadas, con múltiples manifestaciones de la psicopatología que se encuentran en individuos neuróticos, así como, hostilidad contra los blancos y contra su propio grupo. Esta situación se presenta con independencia de la pertenencia de clase de los sujetos; al respecto los autores afirmaron categóricamente que los conflictos dominantes del afroamericano provienen de su situación racial y que los de clase son secundarios, hecho que evidenciaron en el estudio realizado con veinticinco afroamericanos de clases bajas y altas que vivían en la ciudad de Nueva York.

En el año 2005 las teorías sobre los efectos psicológicos de la esclavitud en la población afroamericana cobraron relevancia con la publicación del texto Síndrome de Esclavo Postraumático: Legado Americano de Lesión y Sanación Duraderas, de Joy DeGruy. En este libro su autora afirma que los africanos y sus descendientes sufren del síndrome esclavo post-traumático como consecuencia de la opresión multigeneracional experimentada durante siglos de esclavitud. Este síndrome se manifiesta en:

  • Un desarrollo insuficiente de la estima primaria, junto con sentimientos de desesperanza, depresión y una perspectiva autodestructiva general.
  • Una marcada propensión a la ira y la violencia.
  • Sentimientos extremos de sospecha. Violencia contra uno mismo, los bienes y otros, incluidos los miembros del propio grupo, es decir, amigos, parientes o conocidos.
  • Una socialización racista y (racismo internalizado).
  • Incapacidad aprendida, privación de la alfabetización, auto concepto distorsionado, antipatía o aversión por: a) Los miembros de su propio grupo cultural o étnico. b) Las costumbres de quienes se identifican con un determinado patrimonio cultural o étnico. c) Las características físicas de su propio grupo étnico.

No obstante, si bien es cierto que la discriminación racial al igual que otras formas de discriminación, desigualdad y violencia genera efectos en quienes las experimentan, considerar que las afectaciones psicoemocionales que padecen los afrodescendientes son una consecuencia psicogenética heredada de sus predecesores esclavizados, contribuiría a reproducir y legitimar los argumentos biologicistas y deterministas sobre los cuales históricamente se fundamentó el racismo.

La subjetividad de los afrodescendientes no es un problema genético, su condición psicoemocional es el resultado de un entramado sociocultural que los somete en los diferentes procesos e interacciones de su vida cotidiana a múltiples y repetidas formas de estereotipación, prejuicios, discriminación, violencia y desigualdad. Los afrodescendientes no tienen reminiscencias psicológicas de los traumas y experiencias vividas por sus predecesores esclavizados, afirmar esto sería legitimar la idea de que el racismo en la actualidad ha desaparecido, por lo cual no existen motivaciones contemporáneas capaces de generar los referidos efectos; pero además de ello, esta teoría contribuye a desproveer al racismo de su carácter social, para inscribirlo de manera exclusiva en la dimensión psicológica de la víctimas, al afirmar que estos poseen problemas que no han podido sanar, es decir, para patologizarlo.

Metodología

Para la realización de esta investigación, se hizo necesaria la aproximación a la subjetividad de las personas afrodescendientes de América Latina, es decir, a sus emociones con respecto a sus experiencias de discriminación racial. Para lograr el objetivo, se diseñó un instrumento de tipo cuestionario, el cual incluyó ocho preguntas abiertas1En el cuestionario se consultaron aspectos generales como género, edad, nacionalidad, nivel educativo de los participantes, y categoría étnica con la cual se reconoce: (negro, negro y afrodescendiente, afrodescendiente u otro, y ¿Por qué?), seguidos de ocho preguntas abiertas, entre ellas: 1.- ¿Sabe usted lo que es el racismo y el endorracismo? ¿Puede definirlos? 2.- ¿Ha sido víctima de racismo o endorracismo en algún momento de su vida? ¿Puede contar al menos una experiencia?, 3.- ¿Considera que el racismo y el endorracismo ha tenido efectos psicoemocionales en su vida? ¿Cuáles?,  4.- ¿Cómo se ha sentido al ser víctima de racismo o endorracismo?, 5.- ¿Cómo ha reaccionado al ser víctima de racismo o endorracismo?, 6.- ¿Cómo reaccionan otras personas cuando les habla de la problemática de la discriminación racial o cuando usted les comenta que ha sido víctima de discriminación racial o relata alguna de esas experiencias?, 7.- ¿Ha buscado algún tipo de apoyo para enfrentar los efectos del racismo o el endorracismo? Por ejemplo: terapia psicológica, grupos de apoyo, movimientos afrodescendientes, familiares o amigos., 8.- ¿Cuál considera es la mejor forma de lidiar con el racismo y el endorracismo?. La selección de la muestra fue de tipo no probabilística y para su aplicación el cuestionario fue difundido a través de las redes sociales para que quienes se sintieran interesados y convocados por el tema participaran en el mismo2El cuestionario se realizó en la plataforma Google Forms y se difundió en redes sociales como Facebook, Twitter, Google+ y Linkedin bajo el título “Cuestionario sobre los efectos psicosociales del racismo en afrodescendientes de América Latina”, el cuestionario se mantuvo activo entre el 12 de enero de 2018 hasta el día 27 de enero de 2018 al haber superado el límite propuesto de 100 testimonios., pero se alertó expresamente en la presentación del cuestionario que los participantes debían ser personas afrodescendientes nacidas en algún país de América Latina. Se seleccionaron los testimonios de cien (100) informantes afrodescendientes pertenecientes a los siguientes países: Colombia (39), Venezuela (27), Brasil (11), Ecuador (9), Uruguay (5), Puerto Rico (3), República Dominicana (3), Argentina (2) y México (1). El 63% de los informantes del cuestionario fueron mujeres3Las respuestas de las mujeres en el cuestionario contaron con más información, con relatos más extensos y con mayor propensión a exponer su experiencia personal y su emotividad con respecto a los hombres participantes, lo cual puede atribuirse a las desigualdades de género existentes en nuestras sociedades y la socialización diferenciada en la cual a los hombres se les impone la represión de su emotividad como condición intrínseca de la masculinidad., 35% hombres y 2% Transgéneros, con una media de edad de 29 años. El nivel educativo de las personas afrodescendientes a quienes se les aplicó el instrumento del cuestionario electrónico es de Postgrado 19%, Universitario 44%, Técnico Superior Universitario 17%, Secundaria 15%, Primaria 3% y Ninguno 2%. Posteriormente se sistematizaron los testimonios de los cien informantes y se procedió a su análisis desde la perspectiva del análisis crítico del discurso (ACD).

Los efectos psicológicos del racismo en los afrolatinoamericanos

Cuando alguien es discriminado por su pertenencia étnica, sea de forma explícita o solapada, esto tiene un impacto, social, económico, político y cultural, pero también tiene un impacto en la subjetividad de quien lo experimenta. Es decir, el racismo tiene efectos psicosociales. Sin embargo, este no es un efecto del pasado, los afrodescendientes sufren el racismo que experimentan en la cotidianidad de la sociedad actual. En el caso latinoamericano, -aunque en menor medida- los afrodescendientes se enfrentan al racismo explicito manifiesto en ofensas, insultos, humillaciones, burlas, rechazos e incluso agresiones físicas, las cuales pueden ser individuales o colectivas; sin embargo, como ha señalado Pineda (2016) su expresión más frecuente ha sido y continúa siendo la solapada. En la región la discriminación racial suele ejecutarse a través del lenguaje, chistes, refranes, apodos, los gestos, la evitación, la duda, la sospecha, la ridiculización, la condescendencia, el cuestionamiento, la omisión, la invisibilización, la desatención, la desmoralización, la minimización; entre otras prácticas, discursos y representaciones estereotípicas naturalizadas y cotidianizadas que en ocasiones pasan inadvertidas, lo cual favorece que este tipo de discriminación se realice con total impunidad.

Esta forma de discriminación racial se expresa en las distintas situaciones, escenarios y procesos interactivos de los cuales participan los afrodescendientes como: preguntas incisivas sobre su origen, la desconfianza en los espacios públicos pero también privados, burlas y descalificación por el color de su piel, herencia étnica y aspecto físico; la puesta bajo sospecha y requisas injustificadas por parte de los órganos de seguridad, la folklorización, trivialización y ridiculización de su cultura, exclusión de la conformación de grupos sociales ya sea para juegos, actividades escolares o extracurriculares, laborales, entre otras. Se realiza en el trato diferenciado por parte de maestros y empleadores, pero también a lo interno del grupo familiar; así como, en las dificultades para el establecimiento de relaciones afectivas ya sean de carácter interracial o endorraciales bajo la promoción y exhortación a “mejorar la raza”.

¿Pero como se sienten y cómo reaccionan los afrodescendientes ante estas formas de discriminación racial? La narrativa cinematográfica y televisiva estadounidense (la más consumida en América Latina) presenta a los afrodescendientes –ante la ocurrencia o no de formas de discriminación racial- como personas hostiles, iracundas, violentas, predispuestas, paranoicos, frustrados, quienes viven molestos, resentidos por la historia de la esclavitud y la experiencia de la negritud. Estos discursos se han instalado en el imaginario de la sociedad en general, no obstante, la evidencia muestra que la actitud de los afrodescendientes no coincide con estas representaciones.

De acuerdo a Maria Lúcia da Sìlva (2004) en su ensayo Racismo e os efeitos na saúde mental, producto de la falta de oportunidades, perspectiva para el futuro, y la ocurrencia de repetidas experiencias de exclusión y desvalorización de la auto-imagen difundidas tanto por las instituciones como por las relaciones interpersonales en el mundo hostil de la elite dominante; los afrodescendientes generalmente internalizan los atributos negativos que le han sido imputados, instalándose en ellos un sentimiento de inferioridad que causa vergüenza en la relación con sus pares y favorece la aparición de comportamientos de aislamiento, entendidos, frecuentemente, como timidez o agresividad. Así lo muestran algunos testimonios recogidos en el cuestionario electrónico aplicado para los fines de esta investigación, donde las personas afrodescendientes de América Latina consultadas afirmaron que, al ser víctimas de discursos y prácticas racistas se sintieron ofendidos, agredidos, excluidos, vulnerados, discriminados, humillados, dolidos, inferiorizados, molestos y decepcionados.

“Devastada no sólo como ser humano sino como mujer, profesional, madre, ciudadana. Y frustrada porque nunca es suficiente para ganarte con tus méritos un espacio digno y respetable en la sociedad sin que se juzgue primero el color de tu piel” (Mujer, 31 años, Argentina).

“Duele mucho vivir en una sociedad con tantos prejuicios” (Mujer, 23, Puerto Rico).

“Me he sentido impotente, triste y sin saber qué hacer, confundida e infravalorada” (Mujer, 40 años, República Dominicana)

“Mal, incluso he llegado a pensar que la culpa podría ser mía” (Mujer, 22 años, Brasil).

Las reacciones más frecuentes de los afrodescendientes ante los discursos y prácticas racistas no suelen ser la rabia, la ira o la violencia contra quien lo agrede, por el contrario, es la inacción, la impotencia, la pasividad. Aunado a ello, una de las reacciones más comunes ante la discriminación racial es la vergüenza; la victima del racismo al igual que la víctima de violación siente que la discriminación de la que ha sido víctima es su culpa, esto le genera vergüenza, le hace bajar la mirada y mantener silencio ante el insulto o la agresión; situación que además de impedirle reaccionar ante el ataque, le impide contarlo.

“Nunca he sabido que responder” (Hombre, 21 años, Colombia).

“De niña reaccionaba quedándome en blanco, en silencio, avergonzada de ser negra, muy triste. De un tiempo para acá he aprendido a responder con ironía, aunque en ocasiones aún me quedo en blanco, ya no avergonzada, sino paralizada, al no esperarme, a estas alturas de mi vida, esas situaciones” (Mujer, 28 años, Venezuela).

“Me mantengo calmado pero muriendo por dentro” (Hombre, 31 años, República Dominicana).

“Con mucha tristeza la verdad. Muchas veces lloré” (Mujer, 33 años, Uruguay).

De este modo, el racismo es una experiencia que se vive en soledad, que se mantiene en silencio pues nadie quiere contar que ha sido discriminado, es decir, reconocerse victimizado. Este hecho apenas ha empezado a cambiar en los últimos años con la emergencia de las redes sociales, donde algunas personas han empezado a denunciar sus experiencias de victimización racial, pero principalmente esas generadas desde las instituciones o comercios, por ejemplo: al momento de solicitar un documento de identidad, para ingresar a algún edificio gubernamental, para obtener una beca o una posición laboral, para acceder a algún producto o servicio en algún local comercial o lugar de esparcimiento, entre otras; sin embargo, la mayoría de los afrodescendientes continúan reservándose esas experiencias familiares e íntimas -y por tanto más dolorosas-, en las que el color de la piel sigue siendo determinante.

“Reacciono defendiendo mis derechos y hablando de los mecanismos existentes en mi país” (Mujer, 49 años, Uruguay).

“La mayoría de la veces me quedaba callada, pero en este punto ya me cansé y estoy enfrentando las actitudes racistas, preguntando al agresor el porqué de su actitud” (Mujer, 23 años, Colombia).

“En la niñez y la adolescencia no respondía y como creía que era un problema mío hacia lo posible por encajar. Hoy respondo a las ofensas racistas, grito ¡eso que usted está diciendo /haciendo es racismo!” (Mujer, 37 años, Venezuela).

Tras la ocurrencia de estos hechos, los afrodescendientes experimentan distintos efectos y estados psicoemocionales, algunos a corto plazo, mientras que otros persisten a mediano y largo plazo; entre ellos es posible considerar: Estrés, inseguridad, ansiedad, aislamiento, desconfianza, sensación de no pertenecer, dificultades y temor de hablar en público,  minimización de la presencia, depresión, infravaloración personal y de su grupo social, el desarrollo de una personalidad retraída, extrovertida y solitaria; síndrome de pánico ante situaciones de interacción o evaluación social, la vulneración y resquebrajamiento de la identidad, endorracismo, la internalización de las ideas de la inferioridad y la hipersexualización, y, en casos extremos, el suicidio. Para Maria Lúcia da Sìlva (2004) los afrodescendientes al estar inmersos en una dinámica compleja, viven en un estado de tensión permanente, de angustia y de ansiedad, con rasgos momentáneos de trastornos de conducta y de pensamiento, lo que los inquieta y los hace sentir culpa. Esta situación según la especialista, además de los trastornos psicológicos ya señalados, causa diversos trastornos físicos que incluyen taquicardia, hipertensión arterial, ulcera gástrica, alcoholismo, entre otros.

De las personas consultadas que afirmaron haber sido víctimas de racismo, cuando se consultó si esta forma de discriminación ha tenido efectos psicoemocionales en su vida el 98% afirmo que sí. La mayoría afirma que el racismo les ha dejado baja autoestima, sentimientos de frustración y tristeza, los ha convertido en personas muy sensibles sobre el tema, con dificultades para relacionarse social, afectivamente y sexualmente. Con frecuencia se sienten inseguros y ansiosos. Además las personas afrodescendientes se presionan y auto exigen mucho para intentar romper con los estereotipos y la expectativa social que de ellos se tiene.

“Nunca me sentí bella o atractiva por ser negra, por mi cabello, por mis labios gruesos; así que busqué afirmación siendo buena estudiante, comportándome bien, siendo «chévere», buena amiga” (Mujer, 28 años, Venezuela).

“Me fijo mucho en mi imagen, me sobre exijo para destacarme porque siempre se parte de la creencia de que por ser afro no tendré un buen desempeño, me siento observado cuando voy a diferentes espacios públicos y siento cuestionada mi palabra en diferentes ámbitos” (Hombre, 45 años, Colombia).

“Baja autoestima, depresión, frustración y temporalmente rencor” (Mujer, 35 años, Ecuador).

“Uno termina creyendo que está mal ser negro” (Hombre, 23 años, Colombia).

“Por ser mujer y negra en mi trabajo y estudio me exijo un 200%, siento mucha presión, me acepto como soy pero no me permito errores” (Mujer, 29 años, Colombia).

“Durante muchos años soñaba con ser blanca y tener mi cabello lacio. Me sentía avergonzada, me ha tomado mucho tiempo amar mi nariz, mi cabello y mi color de piel” (Mujer, 33 años, Venezuela).

“En la infancia se me dificultó aceptarme, odiaba mi color de piel y me sentía desdichada por no ser como el resto” (Mujer, 34 años, Puerto Rico).

“Me siento cohibido e incómodo en espacios sociales donde hay mucha gente y temo ser rechazado” (Hombre, 27 años, Brasil).

Esta situación se profundiza cuando el afrodescendiente visibiliza la problemática de discriminación racial o socializa su experiencia. Con frecuencia el afrodescendiente se encuentra solo ante esta experiencia, no cuenta con redes de apoyo y ante la denuncia de su ocurrencia contra su persona o su grupo social se enfrenta a la revictimización; manifiesta en el desconocimiento de la problemática o la desestimación de su experiencia. Quienes no son afrodescendientes y por tanto no han experimentado el racismo, es decir, no han sido ni serán en ningún momento de su vida victimas de discriminación racial, con frecuencia ante el comentario de alguna persona afrodescendiente sobre la existencia, manifestación o características del racismo responden que el racismo no existe; a otros les resulta inverosímil y otros optan por minimizar el fenómeno en “solidaridad”, afirmando que la discriminación racial es producto de ignorancia, por lo cual no debe dársele importancia. Es decir, los argumentos de los afrodescendientes en lo que refiere a los procesos de racialización con frecuencia son desestimados, minorizados y descalificados.

Para Ariel Dulitzky (2000) de todas las formas de negación del racismo y la discriminación racial, una de las formas más perniciosas en América Latina es la responsabilización de la víctima por su situación o la invisibilización de las víctimas del racismo y la discriminación racial. Esta práctica se hace más frecuente y explícita cuando el afrodescendiente expone alguna experiencia personal de victimización racial; aquellos sujetos no racializados con los que interactúa con frecuencia optan por responsabilizarle de la discriminación experimentada, por lo cual se desplaza la atención del hecho en cuestión, por lo cual el problema deja de ser el racismo para ser la víctima.

Además de ello, añade Dulitzky (2000), cuando un sujeto racializado denuncia las prácticas de discriminación racial, se la considera una víctima de complejos sin fundamentos, pero nunca como una víctima de discriminación racial. Con frecuencia quienes son víctimas de racismo, al hacer referencia a ello, son acusados de victimizarse, de ver racismo en todas partes, de tener complejo de inferioridad, baja autoestima, traumas, de ser susceptibles, sensibles y paranoicos. Otros ante la visibilización del racismo por parte de quien lo experimenta, reaccionan con gestos y palabras de lástima o condescendencia. Por su parte los más extremistas e intolerantes cuando un afrodescendiente denuncia la discriminación de la que ha sido víctima, los califican de dramáticos, se les acusa de estar exagerando, llamando la atención o de pretender hacer un espectáculo.

“Dicen que soy una exagerada, que me falta autoestima, sensible, acomplejada, que vivo irritada” (Mujer, 40 años, Venezuela).

“Lo ven como exageración, como un chiste” (Hombre, 25, Puerto Rico).

“No me creen o minimizan el problema” (Mujer, 36 años, Argentina).

“Defienden actitudes racistas y consideran que los negros somos exagerados que el racismo es sólo un estado mental de la gente afro para esconder su frustración y fracaso en la vida” (Mujer, 35 años, Ecuador).

“La mayoría de personas dicen que exagero y que las expresiones y tratos microrracistas no son con el fin de ofender, que solo son parte de la cultura popular” (Mujer, 23 años, Brasil).

“Dicen que soy un exagerado, que veo racismo en todos lado, soy acomplejado, que mi autoestima es baja” (Hombre, 23 años, Colombia).

“A la gente que no lo ha padecido no les importa” (Mujer, 24 años, República Dominicana).

“No creen piensan que uno es un resentido” (Hombre, 60 años, México).

Las consecuencias de la discriminación racial. Acciones y reacciones de los afrolatinoamericanos para enfrentar el racismo

Estos hechos de discriminación racial, anteriormente descritos, aíslan física, psicológica y socialmente a los afrodescendientes. Pero, ante este escenario la pregunta crucial es ¿Qué hacer? ¿A dónde y a quién acudir? ¿Es la ayuda psicológica profesional la respuesta ante esta problemática? Ante la ocurrencia del racismo, para la mayoría de los afrodescendientes la terapia no ha sido una opción porque:

  • En América Latina persisten los estigmas y criterios de patologización en torno a la terapia, pensamiento predominante en los países que concentran el mayor número de afrodescendientes de la región como Colombia, Brasil y Venezuela.
  • Debido a la persistente subrepresentación de los afrodescendientes en el campo de la psicología; en primer término como consecuencia de los menores índices de profesionalización de la población afrodescendiente en América Latina, pero también, ante la poca oferta académica en ámbitos de profesionalización y producción de conocimiento como lo es el colonialismo, la etnicidad, la multiculturalidad y la discriminación racial. Como lo ha señalado Francisco Javier Grossi Queipo (2004), el racismo ha tendido a ser un área marginada dentro las líneas de investigación de la psicología, citando a Delacampagne (1983) afirma que, el racismo no se estudió más porque no molestaba a nadie, pues después de todo la inteligentsia jamás habría de sufrir sus estragos.
  • Algunas personas afrodescendientes que acuden al psicólogo por motivos de victimización racial han sido revictimizados por estos profesionales de la salud psicoemocional. Un ejemplo de ello es el caso relatado por Jarid Arraes (2015) en el artículo titulado Meu psicólogo disse que racismo não existe; en este la escritora expone el caso de una mujer afrobrasileña y profesora universitaria de 38 años, quien al acudir a terapia con una psicóloga, esta le afirmó que “se victimizaba y transformaba acontecimientos normales en racismo”.

Por ello, ante la ocurrencia de la discriminación racial, son otras las opciones y reacciones por las que opta el afrodescendiente. Entre estas podemos señalar:

a) La aceptación del estigma:

En este contexto la persona estigmatizada y en este caso, racializada, se asume consciente de ser un sujeto estigmatizado y discriminado, pese a lo cual,  como ha señalado Goffman (2006), mantiene la sensación de ser una «persona normal», un ser humano como cualquier otro, un individuo que, por consiguiente, merece una oportunidad justa para iniciarse en alguna actividad. Pese a ello, afirma el autor, es posible que este sujeto estigmatizado perciba, por lo general, con bastante corrección, que cualesquiera que sean las declaraciones de los otros, estos no lo «aceptan» realmente ni están dispuestos a establecer un contacto con él en «igualdad de condiciones».

Esta aceptación del estigma parece ser preponderante en la región latinoamericana pues, cuando se le consultó a las personas encuestadas para esta investigación cómo se reconocen, el 69% se identificó como parte de un grupo étnico racializado y tradicionalmente discriminado. Este hecho nos permitió verificar que en la región no existe consenso en cuanto a la denominación étnica; algunas personas apuestan por reconocerse como afrodescendientes, afrodescendientes y negras, o como negras. Sin embargo -pese a que la mayoría expresaron conocer la carga valorativa negativa que le ha sido atribuida al término “negro”, como consecuencia de la introducción e imposición por parte del colono esclavista para descalificar y desmoralizar a la población africana y sus descendientes en América-, con independencia de la categoría empleada o asumida, el autorreconocimiento étnico se presenta para gran parte de los sujetos racializados y víctimas del racismo como un medio para la construcción y afirmación de la identidad; el rescate de la historia, la vindicación de la herencia africana, como mecanismo de resistencia frente al racismo.

“Dignidad, significa lucha política, conciencia del mi ancestralidad, proyecto presente y futuro. Para mí lo afrodescendiente referencia una construcción política existencial, tanto ontológica como epistemológica, que promueve alianzas anti-coloniales, de-coloniales, anti-racistas, anti-clasistas, anti-capitalistas, anti-sexistas. Elemento común para crear, re-crear, fortalecer (y re-significar) la conciencia colectiva de las poblaciones de la diáspora africana” (Mujer, 32 años, Colombia).

“Orgullosamente negra y afrodescendiente. Negra porque es un sentir, es la manera inconsciente de mantenerme cerca de mi madre África, porque me hace recordar a los miles de hermanos y hermanas africanas que les tocó vivir la deshumanización, la violación de sus mujeres, de sus derechos, la perversidad del colono, porque me hace recordar que la lucha continúa, que ese nombre que nos dieron fue para ellos descalificador para nosotros es permanencia, resistencia y respeto. Afrodescendiente porque soy afro, soy ley, soy visible, soy una historia bien contada” (Mujer, 42 años, Venezuela).

“Me reconozco afrodescendiente y negra porque considero que soy descendiente de nuestros ancestros africanos; y no me avergüenza decir que soy negra, me siento parte de un origen y una cultura afro que reivindica el ser negro o negra, no sólo por nuestro color de piel que nos hace hermosos y hermosas sino también por todo lo que representa nuestros ancestros de siempre. Siento que mi piel, mi pelo afro, mis rasgos y mi contextura me muestran el orgullo de resistencia de nuestros afrodescendientes” (Mujer, 38 años, República Dominicana).

“Negra porque tengo los rasgos físicos, mi piel morena, mis labios, mi nariz gruesa, el cabello rizado; tomando el término sin su connotación o sentido despectivo e ideológico. Afrodescendiente porque con orgullo mis antepasados o ancestros son del primer pueblo fundado por negros libres; siendo algo que forma parte de mi identidad” (Mujer,  44 años, Colombia).

b) El endorracismo:

Otra de las principales y más frecuentes respuestas del sujeto discriminado ante el racismo es la vergüenza del estigma. Esta según Goffman (2006) se origina cuando el individuo percibe uno de sus atributos como una posesión impura de la que fácilmente puede imaginarse exento. Es probable que la presencia inmediata de los considerados “normales” refuerce esta disociación, por lo cual, el individuo también puede llegar a odiarse y denigrarse a sí mismo cuando está solo frente a un espejo.

Esta vergüenza del estigma, en el caso que nos ocupa se manifiesta en América Latina principalmente a través del endorracismo, el cual puede definirse de acuerdo con Pineda (2013) como el racismo desde dentro, una auto discriminación emanada del sujeto que sufre y experimenta el prejuicio por su pertenencia étnico-racial. Desde esta perspectiva, el endorracismo no es una causa sino una consecuencia del desprecio externo por estar vinculado a una raza considerada inferior; esto ejerce una presión tal, que introduce en el propio individuo el desprecio al que está expuesto, es decir, un autodesprecio instigado donde el sujeto racializado por “otro” autoconcebido como “superior”, acepta mirarse a sí mismo con los ojos del amo como consecuencia de la coacción racista. De este modo, el sujeto racializado, en este caso el afrodescendiente, internaliza como propia la discriminación que se le ha impuesto y la reproduce sobre sí, como también sobre aquellos pertenecientes a su grupo étnico y racial.

Siguiendo a Goffman (1963), es posible considerar como una práctica común del endorracista el intento de corregir lo que considera el motivo de discriminación, o en todo caso, hacer un gran esfuerzo para restringir la exhibición del estigma, es decir, que este no se destaque demasiado. Por ejemplo, cuando una persona afrodescendiente intenta borrar de sí su herencia africana para lograr mayor aceptación social y por tanto evitar el racismo; para ello, puede optar por el aclarado de la piel, someterse a cirugías estéticas para modificar los rasgos físicos que visibilicen su herencia étnica, la realización de tratamientos capilares como el desriz de cabello, la ocultación de familiares con características y fenotipos racializados en el relato de su biografía, el rechazo al autorreconocimiento étnico dentro de alguna de las categorías históricamente discriminadas, entre otras.

Sin embargo, la más de las veces las personas afrodescendientes desconocen la existencia del endorracismo, el significado de la categoría; cuando incurren en esta práctica pocas veces tienen conciencia de estar legitimando la racialización, el estigma y la discriminación contra sí mismos y contra su grupo étnico. Así lo quedó en evidencia en la encuesta realizada a cien informantes para esta investigación, en la cual sólo el 66% afirmó saber que es el endorracismo. La mayoría de los encuestados encontraron dificultades para definir el endorracismo, quienes lo hicieron le atribuyeron el carácter de racismo endógeno, persona sin identidad o que siente vergüenza de esta, autoexclusión, autorrechazo, discriminación a lo interno del grupo étnico al que pertenece, automutilación identitaria, odio a sí mismo, y desprecio al origen.

“La práctica racista hacia el interior de comunidades o grupos que suponen una identidad étnico/racial común” (Hombre, 55 años, Colombia).

“Es la internalización y el reforzamiento del maltrato recibido mediante la reproducción de conductas discriminatorias contra sí mismo” (Mujer, 35 años, Ecuador).

“Es el rechazo, violencia simbólica y agresión dentro de un grupo a algunos de sus individuos que réplica en ellos las exclusiones y discriminación a la que es sometido el grupo entero por quienes ostentan el privilegio blanco (mestizo). Racismo interiorizado por los oprimidos” (Mujer, 41 años, Colombia).

Pese a ello, el 35% de las personas afrodescendientes encuestadas afirman haber experimentado el endorracismo, es decir, ha sido víctima de discriminación racial por parte de alguna persona perteneciente a su grupo étnico.

“Mientras iba en el transporte público una mujer hablaba a mi lado sobre el cabello afro natural y fue muy despectiva, siendo ella negra y con el cabello afro (aunque alisado)” (Mujer, 23 años, Colombia).

“En mi niñez fui endorracista ya que no me gustaban mis rasgos y mi cabello, pero hoy día sé que fue por haber sido víctima de burla” (Mujer, 55 años, Venezuela).

“He visto en mi familia afro como tratan distinto (muy mal) a miembros de la familia que son más oscuros de piel” (Mujer, 41 años, Colombia).

“He tenido amigos que dicen no ser ni negros ni afrodescendientes, dicen ser  cafecitos, coloraditos o cualquier apelativo que sugiere no hacer parte de la misma cultura, cuando es obvio que provienen de ella” (Mujer, 21 años, Colombia).

Vale la pena destacar que este endorracismo en la población latinoamericana con frecuencia suele ejercerla el sujeto racializado contra sí mismo, mediante:

  • La descalificación de sus rasgos y el color de su piel considerada como la fuente del estigma.
  • La aceptación y reproducción de los argumentos esgrimidos por otros para discriminarle por su condición de racialidad.
  • Los intentos de blanqueamiento, es decir, de modificación física y actitudidal para evitar ser estereotipados y discriminados.
  • La incapacidad de autorreconocimiento e identificación étnica.

Según Moya (1996) estas formas de discriminación favorecen que estas personas acaben asumiendo y encarnando la visión negativa que se tiene de ellas. Es decir, si de un determinado grupo piensa que sus miembros son vagos, poco inteligentes, propensos a delinquir y mentirosos, posiblemente muchos de los integrantes de este grupo acaben creyéndose que ellos realmente son así. Este efecto de acuerdo a Moya se manifiesta de dos maneras: 1) Los individuos asumen el estereotipo del grupo. 2) Es probable que los miembros de grupos que son víctimas de la discriminación desarrollen una menor autoestima y una imagen negativa de sí mismos.

Esta discriminación racial y étnica hacia los “otros” también racializados, ejercida por parte del sujeto estigmatizado, supone el rechazo a su condición y todo aquello que lo vincula o ha generado el estigma. Aunado a ello, se presenta según Goffman (1963) mediante la estratificación de sus pares según el grado en que sus estigmas se manifiestan y se imponen; por ejemplo la persona afrodescendiente que asume una actitud de discriminación contra aquellos que poseen rasgos más acentuados y un color de piel más oscura, lo cual le coloca en condición de privilegio respecto a este último. De este modo el sujeto puede adoptar con aquellos cuyo estigma es más visible que el suyo las mismas actitudes que los racializadores, estigmatizadores y discriminadores asumen con él.

c) La incorporación a los movimientos sociales:

Pero la persona estigmatizada también habrá de encontrarse con otros escenarios capaces de trascender la aceptación del estigma o el alejamiento y discriminación del propio grupo étnico. El sujeto estigmatizado puede encontrarse ante un grupo benevolente, que según Goffman (1963) serán aquellas personas quienes comparten su estigma. Este grupo ignominioso, deshonrado y desacreditado igual que él a condición de su pertenencia étnica y su consecuente racialización en los procesos interactivos de la vida cotidiana, le permite al sujeto estigmatizado -en este caso a la persona afrodescendiente- la creación de comunidad, su integración a ella, así como, la incorporación a movimientos sociales que hacen vida en función de los intereses y necesidades de su grupo en cuestión. Este hecho permite según Goffman (1963) la agrupación de los sujetos estigmatizados frente a los “otros” estigmatizadores, como mecanismo de resistencia ante el racismo.

“Me incorpore al movimiento motivada por la posibilidad de generar respuestas contundentes que provoquen impacto y generen cambios sociales desde lo individual. También el hecho de conocer y profundizar mucho más en las experiencias ajenas y comunes, esas que de alguna manera pensé eran únicas en mi vida y que de a poco fui descubriendo su frecuencia, así como de otras historias mucho más dolorosas e injustas” (Mujer, 37 años, Venezuela).

No obstante,  cuando se les consultó a las personas afrodescendientes distintos países de América Latina si han buscado algún tipo de apoyo para enfrentar los efectos del racismo o el endorracismo, el 31% respondió que se ha incorporado a algún movimiento social que luche por los derechos de la población afrodescendiente, lo cual les ha permitido conocer a otras personas con experiencias similares, afirmar su identidad y crear comunidad.

d) La profesionalización del estigma:

Finalmente, el estigma -en este caso el estigma racial- también puede ser un medio para la transformación social, pues otra de las reacciones del sujeto estigmatizado como mecanismo de resistencia frente al estigma mismo, puede ser la profesionalización del estigma. En este caso, el sujeto estigmatizado por su condición de racialidad puede colocar su profesión al servicio del grupo estigmatizado, es decir, hacer uso de sus conocimientos, formación y experiencia  para contribuir a desarticular, erradicar o al menos minimizar el estigma en cuestión y la discriminación contra su grupo.

Afirma Goffman (2006) que, los miembros de una categoría estigmatizada pueden disponer, por ejemplo, de una oficina o de una antecámara desde la cual promueven sus casos ante el gobierno o ante la prensa. Otra de sus tareas habituales es la de aparecer como «oradores» ante diversas audiencias, así como, quienes tienen un estigma particular patrocinan algún tipo de publicación que expresa sentimientos comparticos, consolidando y estabilizando en el lector la sensación de la existencia real de «su» grupo y de su vinculación con él. En estas publicaciones se formula la ideología de los miembros –sus quejas, sus aspiraciones, su política-. Sin embargo, afirma Goffman, la representación pública y profesional del estigma por parte del sujeto racializado, en este caso la persona afrodescendiente, requiere que este posee la conciencia del mismo, pues considera “difícil que la representación pueda provenir de quienes no prestan atención a su estigma o son relativamente analfabetos” (Goffman, 2006, p. 40).

No obstante, esta reacción o mecanismo de resistencia del sujeto racializado ante la discriminación que experimenta es una de las que encuentra menores probabilidades y realizadores; en primer lugar como consecuencia de los menores índices de profesionalización de la población afrodescendiente en América Latina, pero también, ante la poca oferta académica e interés en ámbitos de profesionalización y producción de conocimiento como lo es el colonialismo, la etnicidad, la multiculturalidad y la discriminación racial.

Conclusiones y recomendaciones

De acuerdo con el Banco Mundial, en América Latina hacen vida más de 133 millones de afrodescendientes, los cuales se encuentran principalmente concentrados en países como Brasil, Colombia, Cuba, Ecuador, México y Venezuela, donde son sistemática y repetidamente victimas de racismo. Este proceso de inferiorización y estigmatización de los sujetos racializados heredado del colonialismo tiene consecuencias, no solo políticas, educativas, laborales, económicas, culturales que pueden ser más notorias como la ausencia y poca representación de los sujetos racializados en los diferentes ámbitos de poder, decisión y producción social, sino que además el racismo tiene significativos efectos psicológicos; sin embargo, el racismo ha sido una problemática tradicionalmente obviada y desatendida desde las ciencias sociales y humanísticas, más aun específicamente desde la psicología.

En lo que refiere a los efectos psicológicos de la discriminación racial en las personas afrodescendientes no hay estudios que den cuenta de esta problemática, pudiendo ser solamente mencionadas las someras aproximaciones de autores como William Du Bois (1897), Abraham Kardiner y Lionel Ovesey (1951), María Lúcida da Silva (2004) y Joy DeGruy (2005). Este hecho pone en evidencia que la subjetividad de los afrodescendientes no parece importarle a casi nadie, lo cual ha favorecido que una cantidad importante de esta población ante la vivencia de la discriminación racial experimente estrés, inseguridad, ansiedad, aislamiento, depresión, síndrome de pánico, resquebrajamiento de la identidad y en casos extremos, el suicidio.

En respuesta el afrodescendiente ha buscado formas de enfrentar el racismo, algunos han optado por la aceptación del estigma, es decir, el autorreconocimiento étnico; mientras que otros se han dirigido al endorracismo, esto es, el desconocimiento, negación, desprecio y alejamiento de su herencia étnica. Por su parte, otros se ha incorporado a los movimientos sociales afrodescendientes, mientras que algunos han elegido la profesionalización del estigma, es decir, poner sus conocimientos al servicio del proceso de desarticulación y deconstrucción de la discriminación racial.

Pese a ello, y aunque estos mecanismos sin duda se constituyen como fundamentales para enfrentar y minimizar el impacto negativo del racismo en la psique de los afrodescendientes producto de la racialización y las sistemáticas y repetidas formas de estereotipación, discriminación y violencia, la realidad es que la dimensión psicoemocional continúa estando desatendida. La terapia psicológica sigue siendo la última opción para las personas afrodescendientes, esto debido a los prejuicios aún asociados a ella, la subrepresentación de afrodescendientes en este campo, y las experiencias de revictimización vivenciadas durante la terapia. Ante ello es posible recomendar grosso modo como políticas e iniciativas necesarias, imprescindibles e impostergables a implementar y promover en materia de discriminación racial en América Latina:

  • Abordar la problemática de la discriminación racial de los afrodescendientes desde una perspectiva psicosocial.
  • Profundizar en investigaciones sobre la psicología racial y el efecto de la discriminación en la población afrodescendiente.
  • Promover e incentivar una mayor incorporación y profesionalización de afrodescendientes en la disciplina psicológica.
  • Sensibilizar en materia de discriminación racial de los profesionales de la psicología no racializados.
  • Brindar acompañamiento y atención psicológica a las víctimas de racismo.

Bibliografía

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Kardiner, A. & Ovesey, L. (1953). The mark of oppression: A psychosocial study of the american negro. Social Forces, 31(3), 295–296.

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Moya, M. (1996). Efectos psicológicos frente a las víctimas del prejuicio. En F. Morales y S. Yubero (Ed.), Del prejuicio al racismo: Perspectivas psicosociales (pp. 37-60).  Cuenca, España: Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.

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Young, I. (2000). La justicia y la política de la diferencia. Madrid, España: Ediciones Catedra.

Notas   [ + ]

1.En el cuestionario se consultaron aspectos generales como género, edad, nacionalidad, nivel educativo de los participantes, y categoría étnica con la cual se reconoce: (negro, negro y afrodescendiente, afrodescendiente u otro, y ¿Por qué?), seguidos de ocho preguntas abiertas, entre ellas: 1.- ¿Sabe usted lo que es el racismo y el endorracismo? ¿Puede definirlos? 2.- ¿Ha sido víctima de racismo o endorracismo en algún momento de su vida? ¿Puede contar al menos una experiencia?, 3.- ¿Considera que el racismo y el endorracismo ha tenido efectos psicoemocionales en su vida? ¿Cuáles?,  4.- ¿Cómo se ha sentido al ser víctima de racismo o endorracismo?, 5.- ¿Cómo ha reaccionado al ser víctima de racismo o endorracismo?, 6.- ¿Cómo reaccionan otras personas cuando les habla de la problemática de la discriminación racial o cuando usted les comenta que ha sido víctima de discriminación racial o relata alguna de esas experiencias?, 7.- ¿Ha buscado algún tipo de apoyo para enfrentar los efectos del racismo o el endorracismo? Por ejemplo: terapia psicológica, grupos de apoyo, movimientos afrodescendientes, familiares o amigos., 8.- ¿Cuál considera es la mejor forma de lidiar con el racismo y el endorracismo?
2.El cuestionario se realizó en la plataforma Google Forms y se difundió en redes sociales como Facebook, Twitter, Google+ y Linkedin bajo el título “Cuestionario sobre los efectos psicosociales del racismo en afrodescendientes de América Latina”, el cuestionario se mantuvo activo entre el 12 de enero de 2018 hasta el día 27 de enero de 2018 al haber superado el límite propuesto de 100 testimonios.
3.Las respuestas de las mujeres en el cuestionario contaron con más información, con relatos más extensos y con mayor propensión a exponer su experiencia personal y su emotividad con respecto a los hombres participantes, lo cual puede atribuirse a las desigualdades de género existentes en nuestras sociedades y la socialización diferenciada en la cual a los hombres se les impone la represión de su emotividad como condición intrínseca de la masculinidad.
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Socióloga, Magister Scientiarum en Estudios de la Mujer, Doctora y Postdoctora en Ciencias Sociales egresada de la Universidad Central de Venezuela.

Fundadora de EPG Consultora de Género y Equidad. Escritora y columnista en diversos medios de comunicación venezolanos y extranjeros.

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