La Resurrección (segunda parte)

Nunca es tarde para dar un giro a la vida, y yo, ese giro ahora lo estoy dando.

La resurrección

Tremendos carruajes avanzaban con sus colores deslumbrantes, el brillo y las lentejuelas se veían por doquier. Hordas de hombres y mujeres desplegaban toda su alegría, mientras cientos de brillos fotográficos marcaban todo el escenario. Adelante como estrellas del show, gigantes y hermosas mulatas envueltas en brillantes y multicolores ropajes, mostrando la belleza del curvilíneo cuerpo carioca. Era el carnaval de Brasil que se mostraba en su máximo esplendor en una tremenda pantalla de 42 pulgadas.

De pronto una voz grita: ¡Hey! cambien de canal, algunos queremos ver las noticias. Una señora bonachona entrada en edad, se acerca al televisor y del costado de aquel coge un control remoto y sin pensarlo dos veces cambia la frecuencia de tv para complacer el pedido recibido. ¡Listo! dice, allí están sus noticias, confirma la situación, mientras hecha una mirada vivaracha a los que están en el lugar, y termina arremetiendo; seguro ahora comerán calladitos ¡verdad! Los presentes terminaron soltando una pequeña carcajada. Era doña Zulema, la dueña de la pensión “sabrosito”, un lugar bastante pequeño pero por demás acogedor, las personas que iban a comer allí, sabían que por un precio módico podrían darse un buen atracón con las delicias que la dueña del lugar preparaba.

En una de las esquinas, allí en el fondo, en una mesa redonda de plástico color blanco, tatuada en su parte plana con el anuncio de una marca de cerveza, se encontraba un hombre de semblante apagado, bastante desaliñado, un trapiche en comparación con los demás lugareños. Era Juan, el hombre que solo hace unos meses había perdido su empleo, y a quien ahora solo bastaba con mirarle el rostro para darse cuenta que no le había ido nada bien, porque parecía que sus meses de retiro se habían convertido en años de tormento, por lo menos así se notaba en el nevado de su cabeza.

Doña Zulema se le acerca y le dice: Juan que te vas a servir, a lo que él responde; lo que haya en el menú doña Zulemita, usted sabe que con eso no tengo problemas, comer es comer, y nada más. Ella le responde: ¡Ay Juan! seguro que ayer también te fuiste de parranda, con razón vienes con tu mal humor, ya estoy aburrida de ti. Desde que no tienes trabajo lo único que sabes es traer esa mala vibra a mi negocio. Te has convertido en un parásito y no haces nada de provecho y seguro de a poco te estas comiendo los pocos ahorros que tenías. Y mientras limpiaba la mesa, terminó diciendo: ¡sabes Juan! ser joven es la parte más linda de vivir y seguramente por eso dura tan poco, seguro por eso muchos no la sabemos aprovechar y después andamos quejándonos del tiempo perdido. Yo por ejemplo, acotó, daría todo por volver a ser joven, porque así podría enmendar muchas cosas de las que hoy me arrepiento, y de manera contundente dijo; pero lastimosamente sé que eso no va a pasar. Y mirando de frente a Juan dijo de forma puntual: pero sabes, cuando eres joven puedes caerte una y otra vez, y con seguridad te podrás volver a levantar, pero cuando ya somos viejos mi querido Juan, es muy difícil levantarse y darse una segunda oportunidad. Yo soy una persona ajena a ti, pero te reclamo como amiga que soy, porque a veces a los viejos lo único que nos queda son las buenas compañías, y tú eres una buena persona, aunque ahora parezcas de lo peor. Juan la miró con agradecimiento, y no dijo palabra alguna, porque sabía que el personaje aquel tenía razón. Así que solo atinó a mover la cabeza en señal de afirmación. Además, sabía del carácter de doña Zulema y problemas con ella no quería tener.

La mujer sin decir más palabras se retiró de la mesa de Juan, unos minutos después retornó con una charola cuadrada acerada en la que traía un platillo pequeño y dos platos grandes con sus guarniciones. En el primero, se notaba una ensalada bastante coqueta rodeada de un pedazo de pan retostado en aceite y que todavía estaba humeando, y en los otros dos, una sopa blanca hecha de maní molido que por encima estaba adornada con pedazos diminutos de orégano y perejil, y para terminar, un plato con papas cocidas y retostadas, cortadas en pedazos y acompañadas de un arroz blanco y esponjoso, con un tremendo pedazo de carne untado con pan molido y apanado en batán. Juan esperaba con ansias el aterrizaje de la mentada charola y cuando esta llegó no tardó ni un segundo en picarle al diente.

Mientras comía Juan, notó que doña Zulema no se movía de donde había llegado y esta no dejaba de mirarle. Juan preguntó: ¿pasa algo? A lo que doña Zulema contesto; ¡no pasa nada Juan, tu sigue comiendo! y diciendo estas palabras se posesionó de la silla que estaba frente a él. Doña Zulema déjese de vueltas dijo Juan, y mientras degustaba aquel delicioso caldo acotó; ya sé porque se ha sentado, pero de antemano le digo que esta es mi vida y nadie me puede juzgar. La mujer con tono firme respondió: Un momentito Juan, aquí nadie te está juzgando y sería bueno que apuntes tus cañones a otra parte. Entonces dígame, repuso Juan, y con tranquilidad acotó, yo la escucho. Doña Zulema se puso más seria y dijo: Juan yo no sé qué cosas te han pasado en la vida, pero es de seguro que todas ellas te han convertido en lo que hoy eres, un hombre triste y sombrío, de caminar melancólico y débil respirar. Hace un tiempo atrás, cuando venías a comer a mi fonda, solías hablarme de grandes proyectos para tu vida y tu futuro. Hoy te miro cada vez que entras a este lugar y veo un hombre vacio de esos sueños que dan vida a los demás.

Sé que tu esposa ya no está, y que tus hijos son desconocidos para ti. Pero esa no es razón para dejarse llevar por la quimera. Uno, sabiéndose en el fondo, debe reponerse y salir a flote, porque es conocida la frase: “Cuando tocas el fondo, solo te toca subir”. Y continuó alegando; Juan, quizás tu eres de los pocos amigos que una mujer como yo puede tener. Sabes, yo nunca pude tener hijos y tampoco pude retener hombre a mi lado, hice los intentos como cualquier otra, pero la vida es como un buen caldo, si lo sazonas mucho no gusta, y si no lo sazonas, se arruina. Por eso a la vida hay que sazonarla de a poco y en el momento oportuno. Juan cortó la charla y dijo: no entiendo lo que estás diciendo, y tampoco tengo humor para escucharte, y calló mientras continuaba con la comilona.

La señora Zulema hizo un movimiento como queriendo decir que se acomodaba mejor en la silla en la que se encontraba, y respirando profundamente afirmó: usted señor es un cobarde, dijo con mirada firme sobre Juan, ¿Cómo? dijo este. Sí, cobarde, eso es usted, dijo ella mientras su mano se convertía en puño, y así arremetió: pues no hay peor cosa que verse a uno mismo morir, y de paso, de una forma ridícula. Juan respondió: yo no quiero morirme como usted dice, es solo que algunas cosas han perdido significado para mí y creo que mientras no encuentre otro rumbo a mi vida poco podré hacer.

Un silencio invadió la mesa, luego de unos segundos doña Zulema nuevamente increpó: Juan, ya deja de lamentarte por lo sucedido, sabes, a todos nos vienen fracasos en esta vida y casi la mayoría de esas veces no podemos hacer nada, pero de eso se trata la vida, de luchar mientras uno tenga fuerzas, para que así al final de los tiempos, uno por lo menos tenga los recuerdos. Sabías que uno pude vivir de los buenos recuerdos, ellos nos hacen volver a sentir momentos de una cierta felicidad, pero si no acumulas sueños y recuerdos, me temo que terminarás tirado en alguna calle ahogado en alcohol o muerto por la depresión.

Pamplinas, dijo Juan, mientras sujetaba la cuchara totalmente cargada, y prosiguió: doña Zulema usted cree que yo no puedo reponerme y yo aquí en estos momentos y en este lugar le digo que yo no voy terminar mi vida como usted dice. La mujer sonrió con desconfianza, y agarrando la mano izquierda de Juan le dijo; tú me recuerdas a un hombre que fue mío en el pasado, sabes, él siempre reaccionaba cuando yo le reclamaba alguna cosa, al igual que tú lo haces en este momento. Y suspirando por el recuerdo continuó; espero de verdad que salgas adelante y que tengas las fuerzas suficientes para levantarte en este momento en el que los malos augurios te están persiguiendo. La mujer se levantó y terminó diciendo: ya nos estaremos viendo en el tiempo Juan, el será quien acomode la baraja, pero no lo olvides solo nosotros decidimos la jugada que vamos a hacer. Y sin más palabras, se alejó.

¿Qué había sido aquello? Juan se preguntaba. Como era posible que aquella mujer le hable de tal manera. Pasaron unos minutos, mientras él terminaba de comer, los pensamientos lo interrumpían, su infancia, de la que poco se acordaba, su juventud, trabajando todo el tiempo, y ahora su vejez, arrugado y encorvado.

No puedo terminar así, se dijo. Mi padre, a quien nunca conocí, según los chismosos del barrio, decían que murió como un alcohólico y en la indigencia. Pues yo, afirmo Juan, no moriré como mi padre.

Al día siguiente bien temprano, Juan despertó, estiró los brazos con todas sus fuerzas y dando unos aplausos fuertes se dijo: muy bien, ahora comienza otra vida, ahora el tango lo bailaré yo. Decididamente se acercó al velador que estaba cerca y del segundo cajón sacó varios fajos de billetes e hizo una rápida contabilidad con ellos. Luego de unos segundos se dijo: no es mucho el dinero que tengo ahorrado ¡maldita sea! si no hago algo, me quedo en la calle. Y hablando en voz baja y con cautela se dijo: ahora separaré una parte para el alquiler, porque si no pago, mejor me olvido de un techo. Con el resto debo hacer algo para no terminar muriéndome de hambre.

Juan salió a la calle y vio que el mundo era demasiado grande, y en tono serio se dijo: en ningún lugar de esta ciudad van a contratar a alguien tan viejo como yo. Los nuevos tiempos hacen que solo la mano de obra joven sea importante y a los mayores nos echan a la basura, como diciendo que somos inservibles. Pero todos están equivocados, pues los mayores podemos seguir aportando a la sociedad aunque sea con solo un poco de nuestro demacrado esfuerzo. Ser viejo no es un delito, se dijo, y quieto en la calle se puso a pensar: Todas las personas miran a los viejos como si fuéramos solo una sobra de algo que estaba y ya no está. Yo que ya no gozo de la juventud, comienzo a darme cuenta de que ser viejo no es malo, aunque a veces los viejos nos sentimos humillados, por el simple hecho de sentirnos añejados por la vida.

Mi realidad seguramente no es diferente a la de muchos, y también seguramente muchos se encontraron en el predicamento en el que me encuentro yo hoy. Cuando era joven podía reírme de muchas cosas, pero hoy no lo puedo hacer, porque mi realidad es seria y mi pellejo está en juego si fracaso.

Juan sacó el dinero que tenía y un brillo invadió sus ojos, era la idea que se le había asomado. Entonces se dijo: ¡Eso es! ya no puedo ofrecer mis fuerzas como antes, pero si puedo ofrecer algún servicio a los demás. No tendré un sueldo, pero ahora mi subsistencia dependerá de mi trabajo en el día a día. Fue a una cerrajería y sin pensarlo dos veces negoció el precio de la construcción de un carro metálico pequeño en forma de cajón, reforzado con llantas de bicicleta y con su mango para su manejo, luego fue al abasto a preguntar por el precio de las naranjas que se vendían por cantidad, y de paso compró una exprimidora manual para procesar el jugo de las naranjas. Así Juan se fue a su dormitorio y en el comenzó a tramar toda una larga lista de estrategias que ahora emprendería para lograr la venta del jugo de las naranjas.

Al día siguiente por la madrugada Juan se levantó apresurado y se puso en marcha con rumbo hacia el abasto. Compro una carga de naranjas de las más grandes y jugosas y de paso empezó a inmiscuirse en el mundo de los negocios y el regateo de las verduras y frutas. Cogió un taxi y pudiendo sin poder cargo el talego de cítricos, la exprimidora y una docena de vasos de cristal que le servirían para su nuevo emprendimiento. El mismo día por la tarde, fue donde el cerrajero para confirmar la construcción de su carro en forma de cajón y allí mismo hizo el pago del cincuenta por ciento en calidad de compromiso con el cerrajero. Luego se retiró del lugar y a paso firme fue a descansar, aunque la impaciencia y la emoción no le dejaban marchar con normalidad.

A la mañana siguiente de volada cogió taxi y en el cargo las frutas y sus herramientas y se fue donde el cerrajero, cancelo el restante de la deuda y unos instantes después estaba saliendo del lugar con un hermoso carro en forma de cajón color rojo fuego, con sus llantas negras y con sus aros niquelados. Acomodó las naranjas en el carretón nuevo y junto con ellas acopló la exprimidora en una esquina y los vasos de cristal en un soporte especialmente fabricado y colocado en su carro a plan de soldadura.

Eran más o menos las nueve de la mañana y Juan estaba varado en un costado de la vereda junto a su carrito de metal provisto de naranjas. Nunca en su vida se había animado a vender cosa alguna y aunque ya había visto cómo funcionaba el negocio, no era lo mismo ser ahora uno mismo el vendedor.

Se puso a pensar en todas las cosas que hasta ese momento le habían pasado, su mujer enterrada en el cementerio, sus hijos lejos en la distancia y asilados en el olvido, el trabajo que ya no tenía y al que se había aferrado por tanto años y del que nada bueno había sacado, el tiempo que ahora se le estaba yendo, sus fuerzas que ya no eran las de antes. Se miró a si mismo con resignación y se dijo en voz baja: Haga lo que haga ya no puedo dar marcha atrás y mi presente y mi futuro es el que estoy apostando en esta jugada. Es cierto, yo mismo soy quien decide como terminara la historia de mi vida, y diciéndose esas palabras, cogió con ambas manos los mangos de su carrito y lo comenzó a empujar con rumbo al abasto que era el lugar donde por ser día de feria la venta de los productos era masiva.

Juan, mientras caminaba, empezó a sentir una confianza al saberse en una nueva aventura en su vida, él, quién pensaba que ya todo había terminado, ahora se daba cuenta que otro reto se le ponía en frente y estaba dispuesto a confrontarlo. Cargo los pulmones con todo el aire que pudo y con una cierta alegría comenzó a gritar: jugo de naranja, jugo de naranja casero. Sírvase su jugo de naranja al paso, y así fue repitiendo el coro cuantas veces la emoción le indicaba cantar. Poco a poco los clientes se fueron acercando y de uno en uno los pedidos iban creciendo. Juan no podía creer lo que veía, a las personas poco les importaba si él era viejo o no, ellos solo querían refrescarse y luego de lograr su cometido, le pagaban y hasta le agradecían.

Para Juan todo aquello fue un suceso, ya que solo hace unas horas atrás estaba contando sus pocos ahorros y ahora estaba viendo como nuevamente podía valerse por sí mismo, trabajando y ganando su propio dinero. Se lanzó a la vorágine del abasto dispuesto a enfrentar todos sus miedos, aquellos que ya no le atemorizaban. Para el medio día Juan vio como toda su mercadería se esfumaba y sentía en sus bolsillos el fruto de su esfuerzo. Estaba cansado, sudoroso y retostado por el sol, pero sentía una gran satisfacción por el nuevo amanecer. Y sentándose en el pretil de la vereda se dijo: Juan, viste que la cosa no era tan difícil, al final todo esfuerzo cuenta cuando uno se lo propone y está dispuesto a arriesgarse. Yo que de alguna manera todo lo perdí, ahora me siento con el valor suficiente de volver a empezar. Nunca es tarde para dar un giro a la vida, y yo, ese giro ahora lo estoy dando. Los ojos de Juan se pusieron cristalinos y sacando el pañuelo del bolsillo izquierdo de su pantalón secó el sudor y sonó la nariz, agachó la cabeza y levantándola nuevamente se lanzó a sí mismo una sonrisa llena de una satisfacción que solo él sabía cómo disfrutar. Ahora debo terminar la jornada, se dijo, mientras miraba pa todos lados y en todos ellos veía la oportunidad. El gentío era inmenso en el lugar, pero de entre todas, Juan logro distinguir a una en especial, era doña Zulema que estaba por allá y que también estaba de compras en el abasto, Juan la miró detenidamente mientras ella se acercaba, y mirándola con una cierta contemplación se dijo, ¡es doña Zulema! qué extraña coincidencia. Creo que esta noche iré a cenar a su pensión, pero esta vez no me sentaré en la mesa del fondo, esta vez me sentaré en una mesa cerca del televisor, de seguro mostrarán las imágenes del carnaval porque solo de eso se habla estos días, pero también es de seguro que alguien reclamará, y seguramente doña Zulema le callará, pero esta vez y después de mucho tiempo, no veré la escena desde atrás.

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Autor

Licenciado en Sociología por la Universidad Mayor de San Simón de Bolivia.

Postgrados en Gestión e innovación educativa y Educación Superior por la Universidad de Ciencias Adminitrativas y Tecnológicas UCATEC.