La responsabilidad del peso de la evolución para los seres humanos

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DescargarClaudia Leclérc Vargas
Máster en comunicación social de la investigación científica, Universidad Internacional de Valencia, Valencia, España. Investigadora independiente.
cmleclerc@claudialeclerc.cl

 

La extensión del tiempo geológico (Tarbuck et al., 2005) que toma la evolución de las especies dificulta la contextualización de la situación en la que se encuentran los seres humanos dentro del proceso evolutivo. Mientras existe una autopercepción triunfalista debido al progreso que ha alcanzado la humanidad (Morín, 2011); la opinión de muchos investigadores en la actualidad es que es posible considerar que la especie está en pleno proceso de extinción (Ripple et al., 2017; Ripple et al., 2020; Gee, 2021).

Las especies aparecen, se desarrollan y muchas se extinguen al cabo de un tiempo, se conocen solo unas pocas que se han mantenido a través de la historia evolutiva superando diversos eventos de extinción y que han llegado hasta la actualidad sin muchas variaciones en su constitución genética y fenotípica (Méndez y Navarro, 2014; Maldonado, 2019).

Aquellas que se han extinguido han sido víctimas ya sea de eventos catastróficos como cambios climáticos, erupciones volcánicas, etc., o no han conseguido dar con las mutaciones necesarias para adaptarse a los cambios de su medio. En este segundo caso, probablemente su desaparición no ha sido tan rápida, al menos no tanto como si les cayera un meteorito encima, sino más bien, han sufrido un proceso progresivo de penurias debidas a su falta de adaptación que poco a poco han dejado de ser capaces de superar, hasta que han llegado al punto en el que el último individuo muere sin dejar descendencia (Méndez y Navarro, 2014).

Pues bien, la propuesta que aquí se expone considera que las mutaciones a través de las que el ser humano obtuvo sus habilidades superiores, entre las que se destacan la capacidad de elaborar y manejar herramientas complejas y, especialmente, el desarrollo de la conciencia (Beorlegui, 2011), en principio, lo han situado por encima del resto de los animales, por lo cual son consideradas beneficiosas, pero que estas son, en realidad, mutaciones anómalas dentro de su proceso de evolución.

Esta idea se basa en el hecho de que el ser humano es el único animal que ha desarrollado dichas mutaciones y es, también, el único que ha alcanzado la capacidad de destruir su entorno, al resto de los animales y a sí mismo. Ningún otro animal cuenta con las habilidades tan desarrolladas del ser humano y, sin embargo, todos ellos viven y mueren en armonía con su medio y con el resto de los seres vivos. Y está claro que ello implica estar a merced de enfermedades o ataques letales, pero aun estos sucesos son parte del equilibrio natural del ecosistema.

Por otra parte, llama la atención que las mutaciones que en el ser humano permiten la capacidad de elaborar y usar herramientas y la de tener conciencia implican, en algunos aspectos, complicaciones que atentan contra su natural bienestar o sobrevivencia, como es el caso de la dificultad en los partos debido al tamaño del cráneo del recién nacido, necesario para contener un cerebro inteligente y consciente (Sagan, 2015; Beorlegui, 2011).

En la misma línea, la capacidad de «adaptación» del ser humano puede ser cuestionada dado que este no posee en realidad una estructura física adaptada para la sobrevivencia en su ambiente. Ni corre rápido, ni tiene oído, vista u olfato agudo, no tiene pelo o grasa para aislarse del clima, ni camuflaje o caparazón. Es más, no se encuentra adaptado a ningún ambiente específico.

El ser humano ha debido hacer lo contrario que hacen los animales al adaptarse a su hábitat, ha debido modificar su entorno para adaptarlo a sus necesidades y con esto ha roto el equilibrio natural entre seres vivos y medioambiente. Ha escapado de la dinámica natural alterándola, ello le ha permitido sobrevivir varios milenios, pero a un costo sumamente alto para el medioambiente que ya no puede sostener la existencia de este animal fuera de lo común (Meadows et al., 2012).

La pregunta es, entonces, es el ser humano un animal en la cima de la evolución o es más bien el resultado de mutaciones que han alterado su conducta animal, provocando que tenga un tremendo poder de destrucción a través de su capacidad de modificar su entorno y de su profunda conciencia de sí mismo, la que lo lleva a buscar el máximo beneficio personal en desmedro del medioambiente.

Desde un punto de vista humano, estas habilidades han sido consideradas positivas porque han facilitado la sobrevivencia de la especie más allá de lo que pudiera haber sobrevivido contando solo con sus características físicas, no obstante, desde un punto de vista más amplio, medioambiental, natural, planetario o, hasta, universal, el ser humano parece una anomalía que atenta contra toda la constitución de la naturaleza de la Tierra.

Incluso desde una perspectiva universal, el hecho de que en la actualidad se esté pensando en construir bases en la Luna y en Marte (Prado, 2020), o se esté mirando con interés la constitución mineral de algunos asteroides para la explotación minera, solo permite prever el mismo nivel de alteración destructiva para cualquier territorio fuera de la Tierra que el ser humano sea capaz de conquistar pensando en su beneficio y supervivencia futura.

Finalmente, lejos de ser una visión pesimista, lo que se pretende transmitir aquí es un análisis realista que sirva para llamar la atención de la población general ante la necesidad de que el ser humano utilice estas habilidades singulares que ha desarrollado para ser capaz de reorientar su rumbo y evaluar nuevas formas de relacionarse con el medioambiente. Y es necesario que esta enmienda en su conducta como especie implique reconocer el derecho de todos los seres vivos a ocupar este planeta sin verse amenazados por ningún desequilibrio provocado de manera artificial.

Ser la única especie (hasta donde sabemos) con un nivel tan profundo de conciencia, le impone a la humanidad la responsabilidad de hacerse cargo de sus acciones y de las consecuencias de estas y si, de alguna manera es superior al resto de los seres vivos, esta superioridad debería implicar el deber de comprender el equilibrio del que depende la naturaleza y protegerlo, tanto por la sostenibilidad ecológica del planeta como por la sobrevivencia del propio ser humano.

Referencias

Beorlegui, C (2011). La singularidad de la especie humana. Deusto

Gee, H. (2021). Humans are doomed to go extinct. Scientific American. https://www.scientificamerican.com/article/humans-are-doomed-to-go-extinct/

Maldonado, C. (2019). Evolución, teoría de las extinciones, complejidad. Acta biológica colombiana. 14 S, 283 – 300.

Meadows, D. H., Meadows, D. I., Randers, J. (2012). Los límites del crecimiento. Buenos Aires: Taurus

Méndez, M. y Navarro, J. (Eds.). (2014). Introducción a la biología evolutiva. Sociedad Chilena de Evolución – Europena Society for Evolutionary Biology.

Morin, E. (2011). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa Editorial.

Prado, E. (2020). Sobre la exploración, explotación y utilización de los recursos naturales en la luna. Tiempo de Paz, (136), 8-16.

Ripple, W., Wolf, C., Newsome, T., Galetti, M., Alamgir, M., Crist, E., Mahmoud, M., Laurance, W. (2017). World Scientists’ Warning to Humanity: A Second Notice. BioScience, 67 (12),1026 – 1028. DOI: 10.1093/biosci/bix125

Ripple, W., Wolf. C., Newsome, T., Barnard, P., Moomaw, W. (2020). World Scientist’ Warning of a Climate Emergency. BioScience, 70 (1), 8 – 12. DOI: 10.1093/biosci/biz088

Sagan, C. (2015). Los dragones del edén. Crítica

Tarbuck, E., Lutgens, F. y Tasa, D. (2005). Ciencias de la Tierra. Pearson Prentice Hall

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