La puja entre narrativas y contra-narrativas en torno a los feminismos modernos. Un estudio sobre las tácticas de silenciamiento y estrategias para superarlas

Ser feminista no es un camino necesariamente fácil.

Mundos en movimiento y fuerzas instituyentes en Iberoamérica. Iberoamerica Social XVI
Mundos en movimiento y fuerzas instituyentes en Iberoamérica. Iberoamerica Social XVI

DescargarLuciana Wechselblatt.
Graduate Institute of International and Development Studies (IHEID), Ginebra, Suiza. Universidad de Buenos Aires (UBA), Buenos Aires, Argentina.
lulywech@gmail.com

Recibido: 23/03/2021 – Aceptado: 31/05/2021

 

Resumen: Este ensayo se propone problematizar sobre las disputas discursivas e identitarias que ocurren entre los feminismos y los movimientos detractores. Se resaltarán las principales tácticas de deslegitimación de los grupos opositores, entre ellas la instauración de narrativas anti-feministas y el uso de insultos, acoso y hostigamiento, que tienen por objeto silenciar e incomodar a las mujeres feministas en su activismo. Se hará con foco en los espacios digitales y las redes sociales, como el caso de Twitter, en base a datos obtenidos de otros estudios y casos puntuales ilustrativos. Asimismo, este ensayo se propone identificar el posible efecto disuasivo que puede tener el discurso opositor a los feminismos sobre personas que potencialmente podrían formar parte de sus filas. El objetivo final del estudio es el de proveer herramientas para afrontar los principales retos que tienen por delante los feminismos desde la perspectiva analizada, para contribuir a que sigan fortaleciéndose.

Palabras clave: feminismos, resistencias, silenciamiento, feminazi, espacio público.

The struggle between narratives and counter-narratives around modern feminisms. A study of silencing tactics and strategies for overcoming them

Abstract: This essay aims to raise the issue of the discursive and identity-based confrontations between feminisms and their main opposition movements. To this end, it will highlight the various tactics used by conservative groups to delegitimize feminisms, including the use of anti-feminist narratives as well as insults, harassment and intimidation which aim to silence and discomfort feminist women in their activism. This study will focus particularly on social media and digital platforms, building on other researches that analyzed Twitter as a case study. In addition, this essay aims to identify the possible deterrence of a group that could be part of the feminist movement if it were not for the discursive and narrative bids between the parties involved. The ultimate purpose of this study is to offer tools that can contribute to address the main challenges that feminisms face so that they can continue to grow stronger.

Key words: feminisms, resistances, silencing, feminazi, public space.

 

Introducción

En la actualidad se habla y teoriza respecto a una Cuarta Ola del feminismo. Con frecuencia la línea de comienzo se la toma en torno a la segunda década del s. XXI hasta la actualidad. Para identificar este inicio, se hace referencia a eventos históricos concretos utilizando distintos marcos geográficos: si se habla del caso argentino, se usa como disparador las marchas masivas de «Ni Una Menos» (Freire, 2018, p. 27) y el aumento exponencial en la participación del Encuentro Nacional de Mujeres (Garc, 2019); si se toma como referencia el caso estadounidense, han habido alusiones a «la Marcha de las mujeres americanas, al día siguiente de la toma de posesión de Trump» (Rubiales, 2018); también, (esta vez de manera genérica a nivel geográfico) se ha aludido al movimiento #MeToo1 que tiene como eje visibilizar el abuso sexual principalmente en la industria del espectáculo (El País, 2020); ha habido más ejemplos regionales, nacionales y locales refiriéndose a marchas específicas o agrupaciones emergentes que sirven para marcar una suerte de comienzo de esta nueva ola. Sin embargo, más allá de los ejemplos micro, lo que se teoriza respecto a la cuarta ola es con relación a su aspecto transnacional que ha adoptado dimensiones inusitadas.

Desde estos puntos de partida, se puede decir que los feminismos se encuentran atravesando un período de auge (Freire, 2018), con nuevas consignas y con una enorme y renovada participación de personas: mayormente jóvenes –aunque no solo– y sobre todo mujeres2 y adolescentes. Este avance de los feminismos puede identificarse a través del Paro Internacional de Mujeres3, de reformas legislativas y de marchas masivas en favor de los derechos de las mujeres, entre otras. Como resultado, los feminismos han comenzado a marcar, cada vez más, las agendas políticas, económicas, culturales y sociales tanto a nivel nacional como internacional.

Siendo este el caso, y pudiendo notar que los feminismos cuentan con una participación ampliada y un renovado poder de tracción, algunas preocupaciones aún permanecen vigentes. La irrupción de los feminismos en la vida cotidiana generó su masificación así como también su popularización (Banet-Weiser, 2018), y particularmente, este último aspecto ha provocado reacciones conservadoras y respuestas hostiles. Ante la creciente visibilidad de los feminismos en la vida pública, sus principales detractores han comenzado (o vuelto) a endosarle a los feminismos y a las feministas, caracterizaciones de corte misógino, producto de la cultura patriarcal en la que se despliegan (Banet-Weiser, 2018). Tales expresiones son de las más variadas yendo desde una oposición ideológica, pasando por denominaciones de connotación negativa, finalizando con insultos cargados de violencia.

A través de este ensayo me enfocaré en identificar algunas formas de caracterizar a los feminismos, proponiéndome analizar varios de los distintos adjetivos, términos y usos negativos que forman parte de los discursos opositores que estos enfrentan a diario. Sobre todo, me detendré en aquellos que se pueden hallar en la web, en concreto en las redes sociales –con especial atención en Twitter– como nuevos espacios de expresión y debate. Es de notar que estos universos digitales son mucho más desregulados que los medios tradicionales, por lo que el anonimato resulta más fácil, liberando también el uso de expresiones más nocivas. También me interesa el espacio digital por la capacidad de incursión de los feminismos en los medios de comunicación y redes sociales (Freire, 2018, p. 11), así como la respuesta que esto provoca. Tal es así que, como ha detectado Banet-Weiser (2018): «La visibilidad contemporánea del feminismo popular en red, disponible en múltiples plataformas mediáticas, ha estimulado una reacción, movilizando la misoginia que compite por la visibilidad dentro de estas mismas redes» (p. 4).

En el marco de este escrito, abordaré las caracterizaciones negativas, ridiculizaciones, caricaturizaciones y otros formatos respecto a los discursos antifeministas por provocar efectos deslegitimadores sobre quienes los reciben y por su potencial amedrentador o inhibidor en el público en general. Y esto puede traer aparejado que un universo de personas decida no acercarse a los feminismos u opten por sumarse a los desprestigios y volverse parte del grupo opositor.

Parto de la base de que la formulación de expresiones denigrantes apunta a inhibir, desacreditar y, en última instancia, desarticular los movimientos emancipadores y de igualdad, a fin de mantener el statu quo.

Asimismo, en este ensayo haré un apartado específico dedicado al término «feminazi», como caso de estudio entre las caracterizaciones negativas.

Por último, en la sección final me propongo proveer herramientas concretas para dar respuesta a las tácticas deslegitimadoras y contribuir a la revigorización de los feminismos, de cara a los nuevos desafíos que estos encuentran.

En líneas generales, este ensayo se propone proveer elementos de tipo exploratorio, descriptivo e inferencial para eventuales análisis más profundos. Se pretende iniciar un camino de reflexión en torno al estado del arte de la cuarta ola feminista –entendida en sentido amplio–, cuya problemática de interés es la puja que existe entre las narrativas que lo apoyan y las contra-narrativas que se oponen a su re-emergencia, tomando el espacio digital como uno de los principales lugares de intercambio y tensión. Cabe aclarar también que, a lo largo de este artículo se opta por hablar de los feminismos, por ser múltiples y no tratarse de un único bloque sin fisuras sino, más bien, de una «pluralidad de corrientes de pensamiento» (Bonilla Vélez, 2010). Sin embargo, excedería el marco de esta investigación identificar, distinguir y explicar sus distintas vertientes.

Contexto

Los feminismos instalaron conceptos que se han impregnado en las sociedades actuales –principalmente las latinoamericanas4– como: patriarcado, machismo, sexismo, igualdad de género, brecha salarial, techo de cristal, femicidio, tareas de cuidados, labores no remuneradas, violencia de género, masculinidades, deconstrucción y otros tantos más. Sin embargo, no todas las personas comparten este paradigma introducido por los feminismos, ni interpretan las sociedades y sus relaciones partiendo de esta cosmovisión. En tal desacuerdo, estos grupos han utilizado distintas formas para contrarrestar la perspectiva de género de los feminismos y han adquirido un nivel más alto de organización con el paso del tiempo en respuesta a la renovación de estos5.

Como resultado, encontramos al menos dos grupos que se pueden identificar con cierta facilidad: movimientos (re)emergentes –como los feminismos–; y reaccionarios o conservadores –opositores al feminismo–. Con relación al primero, me refiero al universo de personas (siendo las precursoras: mujeres adultas, jóvenes y adolescentes, pero alcanzando todo público) que componen los feminismos y que ponen en tela de juicio el funcionamiento de la sociedad basado en una desigualdad de género perpetuada culturalmente, en esencia, a través del patriarcado. Respecto al segundo, lo entiendo como aquel que entra en desacuerdo con el primero y las críticas sistémicas que este propone y, por lo tanto, reacciona contra las consignas feministas, haciéndolo algunas veces con cierta hostilidad. Resulta complejo identificar de manera prístina qué individuos y grupos componen este segundo conjunto, sin embargo, sí se puede afirmar que estas respuestas provienen desde la heteronormatividad y los roles de género tradicionales e históricos.

Si bien los niveles de desacuerdo entre estos grupos pueden variar, me enfocaré en el nivel más alto de tensión o discrepancia porque suelen mostrar características cristalizadas de los pensamientos que los sostienen, aunque en la práctica cotidiana no se reflejen únicamente de esa manera.

Igualmente, buscaré identificar un posible «tercer grupo» que es el que no se encuentra en ninguno de estos dos sectores más marcados (feministas/anti-feministas), que está compuesto por un numeroso grupo de personas indecisas, indiferentes o que no se involucran pública y abiertamente en esta puja, debido a las fuertes tensiones que hay entre las dos partes y porque la cuestión se ha tornado altamente contenciosa.

Los calificativos que reciben los feminismos y las feministas por parte de quienes lo y las condenan

Existen muchas tácticas utilizadas por los movimientos de contra-resistencia que tienen el objetivo de restar fuerza a los feminismos. Una de ellas es mediante el uso de expresiones insultantes, difamatorias, de uso común y llano, que terminan impactando en la experiencia y vida cotidiana de las personas con relación a sus feminismos, en reconocerse feminista y en los costos que puede implicar hacerlo.

Para abordar los calificativos negativos a los que se enfrentan los feminismos vale la pena recuperar las ideas del trabajo desarrollado por Sarah Sobieraj (2018), quien estudia la resistencia contra la visibilidad de las mujeres en el espacio digital. La autora teoriza respecto al uso de los insultos y, a lo largo de su análisis, explica que estos apuntan usualmente a la intimidación, humillación y desacreditación, y que refleja una nueva expresión de las dinámicas de poder pre-existentes (Sobieraj, 2018), esta vez en el plano virtual. Sobieraj indica, a su vez, que el género6 moldea la propensión de una persona a ser tanto atacante como blanco de ataque o, en otras palabras, que el género puede ser el centro del ataque en sí mismo.

En concordancia con eso, muchos calificativos, insultos y formas de acoso contra las feministas están relacionados con la diferencia de género y sexo. Es decir, las caracterizaciones están ancladas en el hecho de que las feministas son mujeres y esto implica atacarlas en base a estereotipos, modelos, creencias, expectativas y roles esperados. Para poder ilustrar esto, he recolectado una serie de formulaciones (por más extensa que sea la lista, resulta imposible hacerla exhaustiva) que iré exponiendo a continuación, provenientes de distintos ámbitos y procedencias, que darán cuenta de lo enunciado y reflejarán distintos niveles de hostilidad.

Para comenzar, se puede identificar una gran variedad de descripciones desprendidas del artículo «¿Feminismo o mujerismo?» de Magdalena Mayorga (2018) que, debo destacar, el nivel de mordacidad se encuentra más contenido por el tipo de publicación, ya que es de carácter académico. A través de su artículo, Mayorga – afiliada a la Universidad Central del Ecuador – se refiere a cierto tipo de mujeres a las que llama las «mujeristas» – término que usa para distinguir a un sub-grupo dentro del universo de las feministas – y las describe de la siguiente manera a lo largo de su artículo: tienen actitud arrogante, despreciativa y trato hostil; poseen «bronca» hacia los hombres; son revanchistas, desmerecedoras de hombres, agresivas; cuentan con una actitud de «desquite»; son provocadoras; se creen «superiores y dueñas de la verdad»; son fanáticas, hostiles, severas con los hombres; presentan actitudes intransigentes, despreciadoras, denigratorias, entre otras (Mayorga, 2018).

Relacionado con esto, una investigación llevada adelante por Gómez-Ramírez y Reyes Cruz (2008) que analiza las consecuencias que conlleva en una mujer proclamarse feminista, detecta que esto aún posee un costo alto porque se la «equipara a ser bruja, mala-madre, solterona, come-niños, odia-hombres, lesbiana». Sigue: «El rumor indica que las feministas son antihombres, abortistas, libertinas, amenazantes» (Gómez-Ramírez y Reyes Cruz, 2008) y como corolario «mujer corta-penes». Otro artículo de orden académico, que se basa en una crítica a una performance ocurrida en Brasil (Costa, 2017), directamente introduce en su título varios de los calificativos recibidos por las mujeres que participaron en esta iniciativa artística: «Mal amadas», «puercas», «feminazis», «sucias», «asquerosas», entre otras. Sin entrar en el contenido de la performance, el objetivo de ese artículo es el de analizar y desentrañar los discursos de odio desatados en una parte del público.

Estos artículos, de corte académico, o bien enuncian las caracterizaciones descalificativas, como es el caso de Mayorga (2018), aunque son los menos; o bien las analizan como objeto de estudio. De lo retomado precedentemente se desprende, a grandes rasgos, que el hecho de formar parte de los feminismos conlleva enfrentarse a una variedad de reacciones cargadas negativamente.

Ahora bien, fuera de lo académico, el plano más llano me es particularmente interesante de analizar por su poder abarcador. Al referirme a este plano, quiero decir las redes sociales, foros, blogs y chats, del que pocas personas jóvenes escapan a su consumo y quedan exentas de toparse con cuestiones ligadas a la deslegitimación de mujeres en línea. En este universo digital «los mensajes en tiempo real habilitados por las redes sociales actúan como amplificadores» (Almazor, Canteli y Cangosto, 2020) y así alcanzan a una mayor cantidad de gente comprendida, dada su gran masividad.

Para lograr conocer una mínima parte de los contenidos que circulan en el mundo virtual, traigo a colación un estudio de Gallegos Peralta (2017), desde la Universidad Autónoma Metropolitana (México), que se propuso capturar la representación de la mujer en el discurso online para lo cual su investigación se centra en Twitter7. La autora –al lanzar sus patrones de búsqueda– se encuentra con cierto tipo de insultos, propios de un espacio virtual, que reflejan desprecio, agresividad y no basados en fundamentos, a diferencia de los esfuerzos académicos que en alguna medida apuntan a razonar sus expresiones alejándose de la emocionalidad. Así, el estudio recorre distintos tipos de formulaciones y términos que aparecen en Twitter en ocasión de intercambios sobre diversos temas vinculados al género. Ante esto, se encuentra con las siguientes alusiones: que las mujeres deben arder en el infierno, que son inferiores, histéricas, viejas, bipolares, fáciles de hacer enojar (vinculado con la etiqueta de mujer impulsiva/emocional), entre muchas otras. Y luego, dentro del mismo estudio, se encuentran otros insultos igualmente vulgares como de uso común respecto a las mujeres, entre ellos: que son repudiables, celosas, necesitan un hombre que las guíe y proteja, deben ser golpeadas y violadas, merecen morir, no deben ser provocativas (y lo son), deben lavar la ropa y limpiar la cocina, que por su culpa ser hombre es sinónimo de violencia de género y –como corolario– que son unas «feminazis» (Gallegos Peralta, 2017, p. 116-124). A modo de interpretación de por qué existe este nivel de hostilidad en Twitter, el estudio de Almazor et al. (2020) indica que «demonizar al feminismo es el tema más popular para tuiteros y re-tuiteros» (p. 234) de este rubro, en concordancia con la tendencia de esta red a la exageración y distorsión como forma de aumentar la propagación de mensajes.

Ciertamente, el catálogo de vulgaridades y amenazas no está cerca de haber sido agotado. Resultaría imposible abarcar la totalidad de las expresiones que circulan en Twitter. A su vez, cabe recordar que hay otras redes sociales masivas, como Facebook e Instagram que no se han analizado, de la misma manera que también he dejado por fuera los medios tradicionales de comunicación, donde sigue habiendo espacios de denostación y ninguneo.

En función de lo expuesto, la intención no es mostrar un catálogo detallado de caracterizaciones, sino más bien dar un paneo de lo que circula en el mundo digital buscando mostrar que los insultos, calificativos negativos, descripciones, ridiculizaciones, caricaturizaciones y demás tácticas, hacen parte de un entramado de contra-resistencia a la voz de las mujeres feministas y su visibilidad (Sobieraj, 2018). Merece la aclaración, además, que crece el uso de estas formulaciones y su hostilidad en situaciones específicas: mujeres con alta exposición (por ejemplo, en la elección de 2016 de Hillary Clinton contra Donald Trump, por haber sido la primera candidata mujer para la presidencia del país) o en momentos históricos que propician el debate sobre las temáticas vinculadas al género y las mujeres (Horan, 2020) como lo es el tratamiento de leyes específicas, iniciativas o marchas, y que por lo tanto, hallan también la ocasión para el rechazo de nuevas sinergias.

Como resultado de esto, muchas mujeres se ven obligadas a buscar y encontrar estrategias para hacerse camino en el espacio público, ya sea físico o digital, desde la incomodidad y el miedo que implica habitarlo (Sobieraj, 2018).

Considero importante destacar que muchos de los insultos circulando son de singular interés para analizar de manera pormenorizada, por ejemplo, aquellos referidos al cuerpo, aquellos que apelan a la feminidad (o falta de), a las expresiones que se formulan desde lo que se espera de una mujer y contra aquella que se desvía de las expectativas sociales, así como las expresiones que se refieren a la amenaza de violencia sexual. Sin embargo, por razones de espacio no puedo abordarlos todos en detalle. Lo que sí quiero dejar en claro es que el catálogo que expuse deja a relucir el «campo minado» en el que deben moverse las mujeres que desean hacer escuchar su voz, sin importar el nivel que sea.

Caso de estudio: la «feminazi»

Previamente he mencionado el adjetivo «feminazi» como una de las tantas formulaciones que han adquirido fuerza contemporáneamente a la hora de socavar a las feministas. Se trata de un concepto híbrido o compuesto (llamado también portmanteau en francés) por estar formado de dos partes que pasan a ser una nueva palabra. La parte relativa a «femi» tiene que ver en principio con los feminismos o las personas feministas (o, según quien lo emite, un sub-grupo8 de entre ellas). Y la parte «nazi» se vincula con el nazismo. Este término, por consiguiente, posee una fuerte carga y ataduras históricas.

El uso de la palabra «nazi» ha mutado con el paso del tiempo. Ha pasado de referirse específicamente al nacional socialismo alemán a tener un uso más metafórico, o tal como indica el Oxford English Dictionary (2020), un uso hiperbólico o de exageración, buscando lograr un efecto magnificador. Esta utilización fue principalmente desarrollada en inglés y exportada mundialmente por la influencia de este idioma9.

Es de destacar que el análisis de «nazi», en tanto adjetivo ligado a ser radical o extremista, se hace rápidamente popular como insulto, por exceder culturas e idiomas y ser comprendido transversalmente a través de sociedades, dándole un efecto mayor en razón de ese transnacionalismo. Si bien sus orígenes se han ido desdibujando con el tiempo y su uso se fue popularizando en una dirección distinta, el insulto se beneficia del significado original para lograr tal efecto de exageración, de entendimiento generalizado y de rechazo.

Según estudia Geraldine Horan (2020), cuando retoma el análisis hecho por Karina Korostelina en 2014, existen seis categorías distintas de insultos: insulto de identidad, insulto de poder, insulto de legitimidad, insulto de proyección, insulto de divergencia e insulto relativo. De estas seis categorías, la expresión «nazi», como adjetivo calificativo endosado a una persona o grupo, según su forma de pensar o actuar en cuanto a una temática, suele responder a las primeras tres. El insulto de identidad, porque «nazi» apunta a destruir la autoestima de la persona o grupo insultado; el de poder, porque etiquetar a alguien como «nazi» es una táctica para ganar control por medio de un fundamento moral (nadie querría apoyar a alguien etiquetado de esa manera); y el de legitimidad, porque el insulto «nazi» posee el efecto de minar la legitimidad de la persona o grupo y de ubicarlo en un lugar de tabú (Horan, 2020).

El término «feminazi» fue acuñado en el año 1992 cuando Rush Limbaugh, un locutor de radio del partido Republicano de los Estados Unidos, utilizó la palabra «feminazi» en un libro de su autoría (DigirólamoL, 2020). Limbaugh relacionó el feminismo con el nazismo por comparar el derecho al aborto con una suerte de holocausto moderno (La Silla Rota, 2020). En la actualidad, el término ya no está ligado a la alusión inicial y sus acepciones se multiplicaron, mientras que se fue tornando mediático y de uso generalizado entre las personas opositoras a los feminismos.

Es así como en el 2021, dicha terminología se encuentra vigente y opera como una táctica sancionadora en contra de las mujeres percibidas como «extremas» a las que se les atribuyen características específicas y todas ellas tienen objetivos comunes, principalmente: identificar a un grupo (las feministas), atribuirle cualidades, deslegitimarlo y, en última instancia, estigmatizarlo para provocar su marginación. A su vez, la mujer «feminazi» viene a encarnar muchos de los insultos o expresiones derogatorias como las descriptas previamente, sin necesidad de emitirlas de manera abierta, utilizando la técnica tabú.

Es de interés el vínculo histórico-político de este portmanteau con el nazismo por la habilidad de demonización que tiene dicha conexión. No sólo por el aspecto histórico, que es el que hace posible la creación de una percepción pública negativa y automática de los feminismos facilitando su socavación, sino porque también esta expresión contribuye a la trivialización de la historicidad del término «nazi». Tal es así que UNESCO recientemente ha expuesto su preocupación sobre la «disminución de la conciencia histórica sobre la Shoah» (Clarín, 2020) y a su vez desarrolla líneas de trabajo específicas relativas a la educación sobre el holocausto y la prevención de genocidios10. Otro aspecto que se ha puntualizado a través de una nota de un blog feminista es que este concepto híbrido no solo banaliza sus componentes, sino que también: «se ha utilizado tan livianamente, que se ha tornado en un insulto para muchas personas que quieren un rápido bloqueo del debate con un bajo nivel de compromiso» (Writing From That Sekaram Girl, 2019).

En línea con varios de estos sentidos, la utilización del concepto híbrido «feminazi» (también aplicable a otros descalificativos) posee efectos específicos y con un significativo costo democrático: uno, que muchas mujeres se alejen de determinados espacios públicos de debate por miedo a ser llamadas así, resultando en el silenciamiento de un grupo de personas y en su exclusión del espacio cívico. En una segunda instancia, para las mujeres que deciden mantenerse en el espacio público, se vean envueltas en un debate poco genuino en el que su contraparte recurre al acoso, rechazo, costos reputacionales, amenazas y demonización.

Fuera del caso específico de «feminazi», las tácticas de clausura de debates en temáticas de género y feminismo eluden un intercambio constructivo y contribuyen a no tomar seriamente a las mujeres u otras personas referentes en el espacio público.

“Gendertrolling”: el plano digital

Como ya se ha adelantado, el lugar de intercambio más prolífero actualmente, tanto de visibilidad de los feminismos como de sus principales detractores, ocurre en línea.  Las pujas discursivas se amoldan a los nuevos escenarios, y las tácticas y estrategias se reinventan para poder adaptarse a los desafíos que suscitan los avances tecnológicos y nuevos espacios de debate. Por lo tanto, hoy, más que nunca11, hacer foco en el plano digital se torna imperativo.

Existen estudios que se han enfocado en figuras como el trolling y el abuso online en tanto artefacto para el silenciamiento de mujeres y grupos conexos. El trolling, se define comúnmente como el acto de dejar un mensaje insultante en internet a los fines de molestar o perturbar a alguien (Cambridge Dictionary, 2021) . Dentro de este término, la academia –por ejemplo, a través de la obra de Karla Mantilla(2015)– ha acuñado una sub-especie: el “gendertrolling”. Se lo ha distinguido como una variante por «interrumpir o apropiarse de las interacciones en línea» (Lumsden y Morgan, 2017) bajo una motivación específica: dirigirse sistemáticamente a las mujeres (Mantilla, 2016). Según Women’s Media Center, el «trolling general» suele tener como objetivo el mero entretenimiento derivado de molestar o hacer enojar a otra persona; en contraste, los trolls en temas de género –o gendertrolls– poseen fervientes convicciones acerca del tema en cuestión. De hecho, es posible pensar que su objetivo es efectivamente generar miedo bajo el formato de amenazas y críticas groseras para así contribuir a producir incomodidad y silenciamiento en la temática de género, y desactivar el debate.

De esta manera, si bien los universos virtuales permiten la visibilización de numerosos grupos y voces disidentes –que vale decir, de otra forma no tendrían un espacio de expresión de gran alcance–, es cierto también que los nuevos formatos digitales de los medios pueden ser proclives a exacerbar ambientes poco seguros y violentos para las mujeres, incluso más velozmente dadas las características virales de lo digital. Este poder simbólico de los medios, utilizado de la manera descripta, puede «resultar en la masculinización heteronormativa del espacio virtual» (Lumsden y Morgan, 2017).

Las redes sociales, como Twitter, Instagram, blogs, foros, son plataformas clave para acceder a la información y para expresarse públicamente, sobre todo para las nuevas generaciones. Por lo tanto, el trolling o gendertrolling posee fuertes impactos negativos.

El primero está vinculado a la sensación de malestar, incomodidad, vulnerabilidad y miedo que produce para quienes directamente lo reciben, usualmente mujeres. A los fines de ilustrar esto, se puede tomar el caso de Ofelia Fernández, la legisladora más joven de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que, posicionándose como una de las voces que representan los movimientos de lucha, emancipación y derechos de las mujeres, ha sido víctima numerosas veces de este tipo de accionar. Recientemente, ha confirmado en una nota al diario Time (2020), que:

tener un lugar al frente del progresismo en las políticas en Argentina, la han hecho blanco de ‘trolls en línea’. Ella comparte regularmente mensajes misóginos, gráficos y amenazadores que le son enviados en los medios sociales y en junio, 4.000 funcionarios y figuras culturales firmaron una declaración condenando el abuso contra ella como violencia política (Nugent, 2020).

Ciertamente esto muestra que el trolling tiene consecuencias políticas tangibles, y que puede causar un enorme impacto sobre quien lo recibe, buscando cancelar sus contenidos y voz.

Un segundo efecto, en consonancia con lo anterior, es que el gendertrolling además puede minar la credibilidad y legitimidad de la persona que lo sufre. Reinstaurando un ambiente hostil en el que se valida el escrutinio del cuerpo, o en el que esta recibe amenazas de violencia sexual u otros actos violentos. Se busca conseguir la sumisión de la mujer, devaluando su subjetividad (Lumsden y Morgan, 2017) y el valor de sus mensajes.

Desde un tercer aspecto, siguiendo con el caso de la legisladora Ofelia Fernández, están los efectos del gendertrolling sobre las personas que no lo sufren directamente pero que lo ven ocurrir. Según palabras de la legisladora:

tengo que recordarme a mí misma que están haciendo esto no sólo para que renuncie, sino también para desanimar a cualquier chica que me vea y se sienta inspirada a dar un paso adelante y a involucrarse en el activismo estudiantil o en los sindicatos o en la política (Nugent, 2020).

Concluye: «Así que tengo que resistir» (Nugent, 2020). En ese sentido, el ejemplo deja de manifiesto que el gendertrolling opera como una táctica inhibidora y de disuasión en otras personas que, producto de ver esta práctica en otro individuo, deciden no involucrarse en caminos como el activismo y las resistencias y, en definitiva, son disuadidas de habitar el espacio público abiertamente. En otros términos, tiene un efecto inhibidor en personas que, siendo potencialmente adeptas a determinadas ideas, no quieren comprometerse con ellas para evitar la exposición que conlleva.

Hacia los (falsos) binarios

Hasta el momento, he mostrado que una porción de los grupos que se oponen a los movimientos feministas lo hacen con cierta hostilidad. Una táctica utilizada para hacerlo es la de realizar divisiones convenientes sobre el universo de mujeres, para permitirse utilizar calificativos negativos, hostigamiento e insultos de un modo particular.

En el caso de las mujeres, se crea la idea de separación entre aquellas «sensatas» y las feministas modernas (potencialmente equiparadas a las «feminazis» –las que se pueden repudiar) (Horan, 2020). Así, el feminismo es retratado como: «un movimiento moderno que ha perdido su camino, y ahora persigue campañas radicales y engañosas» (Horan, 2020) y esto permite al grupo de mujeres «sensatas» posicionarse en un lugar de crítica sin dejar de autoproclamarse feministas. En consecuencia, se habilitan a sí mismas la posibilidad de recurrir a la estigmatización «desde adentro», validando expresiones hostiles, que contribuyen a cancelar el debate y excluir a las percibidas feministas radicales (tomado desde un lado de adjetivación y no desde la corriente feminista). A modo de ejemplo, se podría decir que ese fue el posicionamiento del artículo de Mayorga (2018), mencionado previamente.

Con relación a los hombres12, estas tácticas también sacan de aprietos a muchos de ellos mediante la división del universo de mujeres. A través del uso de la misma distinción (mujeres sensatas vs. mujeres extremas), los varones que son sexistas ambivalentes (Glick et al., 1997), es decir, que en ocasiones tienen actitudes positivas hacia las mujeres mientras que en otros casos poseen actitudes netamente negativas, diferencian a las mujeres en sub-grupos. Eso los habilita a utilizar expresiones y formulaciones condenatorias y hasta agresivas, contra aquel sub-grupo que perciben como «malo» y merecedor de actitudes hostiles, a la vez que se permiten tratar con benevolencia a las demás. Esto les facilita adoptar ambos comportamientos para con las mujeres, sin entrar en fuertes contradicciones o conflicto interno (Glick et al., 1997), avalando un accionar hostil e incluso misógino, cuando lo estiman adecuado.

Sin embargo, trazar esta línea divisoria, en definitiva, una vez más viene a habilitar conductas dañinas contra determinados grupos disidentes o críticos. Además, vale resaltar que muchas de estas divisiones se encuentran sustentadas en falsos binarios porque lo cierto es que la realidad es un entramado más complejo, menos homogéneo y las líneas divisorias no son tan simples de demarcar. Más aún si el resultado de esta delineación, en última instancia, valida algún tipo de hostilidad contra determinados segmentos.

Asimismo, a causa de estas divisiones, muchas personas, y particularmente mujeres, resultan disuadidas y desmotivadas de pronunciarse a favor de ciertas consignas feministas básicas (por ejemplo, igual salario por igual trabajo; o contra la violencia de género) y eslóganes fundamentales (como el aludido Ni una menos o #MeToo) con los que es difícil estar en desacuerdo siendo mujer. Sin embargo, producto de estas disputas, prefieren no ser parte (o ser percibidas como parte) de todo lo que se encuentra en torno a los feminismos. En última instancia, el efecto de dividir también es el de restar fuerza al movimiento de mujeres y a sus mensajes de emancipación e igualdad.

El efecto amedrentador

Llegado este punto, he evidenciado que las mujeres que se expresan abiertamente respecto a su feminismo y a cuestiones de género tienden a exponerse a fuertes reacciones opositoras y de lo más variadas. A su vez, en la medida que una mujer feminista tiene un perfil más alto, corre el riesgo de que esas reacciones aumenten en cantidad y escalen en agresividad.

Lo resultante de esta dinámica es un efecto amedrentador sobre las demás mujeres que viéndose envueltas en un campo de batalla discursivo o «campo minado», opten por alejarse. El efecto general de la inhibición entonces se hace lugar como un antídoto que viene a evitar la incomodidad, el malestar y las etiquetas negativas. Tal es así que muchas mujeres en cambio prefieran seguir «encajando» en la sociedad en la que viven, lo cual no solo es más fácil, sino que trae beneficios explícitos (seguir siendo parte de los parámetros y expectativas esperadas, no enfrentarse a la incertidumbre, la pregunta, evitar las potenciales ridiculizaciones, entre otras).

Las autoras Gómez-Ramírez y Reyes Cruz (2008) detectaron e indicaron que resulta inquietante que «muchas jóvenes se nieguen a reconocerse como herederas de las luchas feministas y, aún más, que cedan ante la apariencia de que la igualdad entre hombres y mujeres ha sido lograda». Aseverando que: «el distanciamiento de las jóvenes obedece además al desprestigio, el ridículo y la estigmatización asociada a las posiciones feministas» (p. 389). Y también «las jóvenes que se llegan a reconocer como feministas se encargan siempre de dejar en claro que ellas no caen en los “extremos” y que son “moderadas”. La palabra “feminismo” sigue produciendo mucha oposición» (p. 392).

Otra de las formulaciones «a medias tintas» ha sido identificada por Zúñiga Añazco (2009) a través de uno de sus artículos, en un pasaje que dice: «no soy feminista pero creo en la igualdad de género». Según la autora, las razones para que suceda esto radica en la mismísima noción de género. Su análisis prosigue indicando que «En la década de los 80 la voz género (gender) eclosiona y se populariza al punto de ingresar al lenguaje normativo, particularmente en el nivel internacional»13 y que, por consiguiente «el término género parece haberse desembarazado de la carga semántica negativa de un pasado ideológico-militante para adquirir un reconocimiento científico que a la teorización feminista, en cambio, le ha sido esquivo» (Zúñiga Añazco, 2009). Es por esto por lo que la autora señala que la formulación de «creer en la igualdad de género» se presenta aparentemente como más neutra y parece escapar exitosamente a las etiquetas negativas de los feminismos y de la militancia.

Por su parte, un artículo de la revista Anfibia también detectó algo similar: muchas mujeres han preferido no definirse abiertamente como feministas, para eludir el rechazo inicial de la otra persona y para tratar de hacer llegar su mensaje a más gente (Martelotte y Rey, 2016). Y, claro está, este rechazo ha sido alimentado por medio de las tácticas de los movimientos de contra-resistencia ya descriptas.

Estos ejemplos y análisis muestran que hay personas que, siendo potencialmente adeptas a consignas ligadas al feminismo, optan por ocultar o deshacerse de la identificación «feminista» para evitar el estigma y malestar. Esta es una cuestión que los movimientos feministas no pueden dejar de ver como una amenaza a su propio poder de tracción y de incorporación de participantes.

Una vía posible: ¿El post feminismo?

Habiendo señalado este punto crítico, bibliografía reciente lo aborda y se aboca a problematizar el llamado post-feminismo e incluso el post-post feminismo, entre las nuevas vertientes y alternativas que circulan o que se teoriza que podrían circular. Resulta interesante ver cómo operan estos nuevos espacios en torno a los feminismos y si dan respuesta al punto recién planteado.

Rosalind Gill (2016) investiga para la City University en Londres e indica que ya se puede identificar un post-feminismo, que se trata de una «nueva generación de feminismo en el que éste se significa como “cool”» (canchero, bacán o guay). En esencia, en su artículo señala que hubo un momento en la sociedad británica en que el feminismo pasó de ser una «identidad ridiculizada y repudiada entre las mujeres jóvenes para convertirse en una identidad deseable, con estilo y decididamente a la moda» (p. 611). Lo que la autora detecta, es que este llamado «post-feminismo» a medida que se fue popularizando también se fue «lavando», «diluyendo» o «edulcorando». Encontrándose mercantilizado y potenciado por las grandes revistas de moda, este pasa a venderse en un pack en el que están las cualidades de ser «alegre», «positiva», «no enojada», «no difícil», «con humor», características que, se supone, las feministas tradicionalmente no supieron reflejar.

Sin embargo, en línea con lo desarrollado por la autora (Gill, 2016), esta tendencia proclama una suerte de feminismo apolítico, carente de demandas, y – como corolario – ajeno a los cuestionamientos de las relaciones sociales existentes. Básicamente, un post-feminismo que invita a las mujeres a alinearse con una versión consumible y complaciente del feminismo. Además de una mercantilización del concepto –que tiene su nicho, su mercado y por ende un valor económico que es explotado– lo que también subyace en esta propuesta es una invitación a muchas mujeres a hacer parte de un post-feminismo «relajado» que se desembaraza de estigmas. Esto provee una salida respecto a las actitudes corrosivas que los feminismos generan porque el «post-feminismo» no las despierta. Pero el costo es alto: quedó vaciado de contenido.

En concordancia con lo identificado con Rosalind Gill (2016), ante la emergencia de estas propuestas, se torna necesario recuperar el valor de las consignas del feminismo político para que este no pase a ser una mera moda.

El caso latinoamericano, a mi entender, no se encuentra en ese estadio o al menos no aún de manera generalizada, aunque pueda haber pequeños focos de post feminismos. Sin embargo, la tendencia está latente, dado que vivimos en un mundo globalizado y mediatizado por las redes sociales que superan fronteras. Tal es así que se deben hacer esfuerzos por evitar emprender un camino semejante y buscar otros tipos de respuesta, desde los feminismos, que impliquen contar con herramientas ante las dificultades a las que estos se enfrentan en términos de tensiones entre narrativas y relatos, desacreditación y estigma sin que se desdibuje su contenido y anclaje principal. Asimismo, porque los feminismos hoy en día sirven como motor de lucha por otras causas: el cambio climático, la ecología, los colectivos LGBTIQ+. Despojarlo de esto es sustraerlo de sus aspectos más identitarios.

Dicho esto, que los feminismos se vayan diluyendo con el paso del tiempo y sean cooptados por el mainstream no es la única salida a las batallas discursivas señaladas. Definitivamente hay otras vías posibles que pueden tanto desmembrar como revigorizar a los feminismos. Una serie de herramientas y caminos alternativos serán esbozados en el siguiente y último apartado a modo de consideraciones de cierre.

Recapitulación y aproximaciones finales

A través de este artículo me he abocado a señalar que existe una multiplicidad de desafíos que circulan en torno al movimiento de mujeres, a los feminismos y a las feministas.

Como primer punto conclusivo, se desprende la idea de que ser feminista no es un camino necesariamente fácil. Por el contrario, tiene repercusiones en la propia persona y en la forma de representarse en el mundo, y a su vez, impacta sobre cómo es percibida desde afuera, «pudiendo traer costos personales y familiares» (Gómez-Ramírez y Reyes Cruz, 2008, p. 393) en la vida de las feministas. En ese sentido, se trata de un proceso que requiere la suscripción e identificación con ciertas ideas, dado que empuja a la persona a exponerse a nuevas circunstancias, dilemas y debates en su entorno social.

Otro elemento para resaltar es que, si bien evité adentrarme en definiciones o cuestiones más disciplinarias de la teoría feminista, sostengo que los feminismos son múltiples y, en caso de involucrarse activamente, es deseable hacerlo consciente y reflexivamente para encontrar el lugar propio dentro de este universo, teniendo en mente que, en definitiva, los feminismos enarbolan una propuesta política, anclada en el empoderamiento de las mujeres y el desbaratamiento del sistema patriarcal.

En otra línea, y dado que el grueso de esta investigación ha tratado las tácticas deslegitimadoras que adoptan los grupos de contra-resistencia, considero que se torna necesario ofrecer algunas herramientas para hacer frente a estas dinámicas y sus efectos. Particularmente, porque expresar abiertamente las convicciones feministas en los espacios públicos y digitales puede tornarse en lo que he llamado un «campo minado» por tener numerosos obstáculos y pasos en falso. Por eso, esbozaré algunas líneas de acción posibles para navegar estas aguas, no siendo un catálogo cerrado ni estático.

Por empezar, escuchar abierta y activamente. Para diferenciar cuando hay críticas razonadas de cuando se recurre al insulto, la deslegitimación o la difamación como fin en sí mismo. Por un lado, para conocer al interlocutor y sus intenciones subyacentes. Por el otro, para detectar si hay algún camino común o de aprendizaje, o si se está ante una reacción de choque. Si bien en este artículo me he enfocado en este segundo supuesto, también existen puntos de tensión desde donde un camino común puede ser explorado.

Si se está ante un escenario donde la contra-resistencia no razona su oposición y se limita a la crítica destructiva, difamación y desacreditación, la vía a seguir es la de desarticular las tácticas que se utilizan. Ante esto, es importante detectar la actitud subyacente en el accionar de la contraparte: ¿Busca cerrar el debate y no comprometerse seriamente? ¿Apunta a reinstaurar un ambiente hostil contra las feministas? ¿Pretende crear una imagen demonizada de las mujeres feministas para deslegitimarlas? Si las respuestas son positivas, esto debe ser puntualizado para mostrar que no se está ante un intercambio constructivo sino más bien ante discursos de exclusión y silenciamiento.

Otra de las cuestiones para tener en cuenta, tal como indica Jain en su nota para Feminism in India (2017) –un medio digital inter-seccional originado en dicho país– es que muchas mujeres «no necesitan ser radicales para ser llamadas “feminazi”. Ellas simplemente tienen que cuestionar la desigualdad de género» (Jain, 2017). Así, sigue el artículo, «feminazi» se erige como «un término para mantener el statu quo y la distribución patriarcal del poder» (Jain, 2017). Tener esto en mente también aporta claridad y sirve para el desbaratamiento de las tácticas y expresiones sancionadoras, mostrando que la idea de ir contra las supuestas feministas radicalizadas se usa para la afrenta discursiva y no desde el conocimiento de las vertientes de los feminismos. Asimismo, se realiza desde el lugar de la auto-afirmación de quienes emiten la formulación, que hablan desde una estructura –que en este caso es el patriarcado y el statu quo– y desde el rol que este centro de poder les provee.

En estas líneas, agudizar la lectura en los intercambios con las voces provenientes de las contra-resistencias es necesario para así detectar desde dónde vienen sus enunciados, qué objetivos persiguen y las maniobras subyacentes. Luego, eso debe explicitarse para volver a ganar el espacio público que entra en disputa ante las estrategias corrosivas. Es menester instalar versiones con perspectiva de género, evidenciar las tácticas y evitar entrar en altos costos democráticos por no hacerlo.

También se puede dar respuesta a estos embates de otra manera. Esencialmente, entrando en una dinámica proclive a la educación en derechos y en género, sobre todo para la niñez y próximas generaciones. Y respecto a las personas adultas, resulta positivo tender puentes y explorar posibles lugares que podrían tener dentro de las propuestas de los feminismos, inclusive para quienes se oponen a algunas de sus consignas.

Retomando lo que indica bell hooks en su libro El feminismo es para todo el mundo (2017), no debería descartarse la opción de pensar cuál es el rol de los varones en el universo de los feminismos para hacerle frente a la opresión patriarcal. En efecto, muchos de los ataques y afrentas contra los feminismos y las feministas vienen del género masculino y posiblemente una de las formas de contrarrestarlo pueda ser reflexionando sobre el espacio que ellos pueden tener. Para esto, es positivo salirse de la lógica exclusiva opresor/oprimida para dar lugar a que también, en conjunto, se cuestione y critique la masculinidad que el patriarcado les ofrece a los varones para imaginar otras más liberadoras (hooks, 2017). A su vez, permite salirse del razonamiento de suma cero, donde la situación que beneficia a una parte perjudica a la otra, y viceversa.

Desde otra perspectiva, no debe dejar de tenerse en cuenta cuáles son las eventuales tensiones que puede haber al interior de los mismos feminismos. Si bien no ha sido el eje de este análisis, existen conductas potencialmente dañinas entre mujeres feministas: la deconstrucción es un camino complejo y sobre todo personal, que puede acarrear costos familiares, materiales y de otros tipos. Que exista al interior de los feminismos una suerte de adoctrinamiento de cómo se es una «buena feminista» es algo que se debe evitar. El aprendizaje y la apertura también deben ser de carácter interno.

El catálogo no es exhaustivo, pero estimo que proporcionar estas estrategias puede aportar herramientas de utilidad para las mujeres feministas que diariamente entran en polémicas y buscan desarticular conductas patriarcales y obsoletas. Y que, a su vez, realizan intercambios entre mujeres para seguir el camino de la deconstrucción. Además, estas tácticas y lecturas son aplicables tanto online como offline, más allá de las particularidades de cada intercambio según de qué manera ocurra.

Considero que los feminismos son una gran apuesta cultural y política, una experiencia compleja, con potencia des-naturalizadora, generadora de proyectos, ideas, consignas y una vía hacia la libertad y la ampliación de derechos (Feldman, 2020). Resulta un camino deseable que las personas que componen los feminismos –con un perfil de aprendizaje en base a experiencias presentes y pasadas– tomen las lecciones aprendidas y adopten posturas empáticas, maleables, activas y abiertas. Y, si bien no se puede negar que entrar en el gran universo de los movimientos feministas implica aceptar un cierto grado de incomodidad, el costo definitivamente lo vale14.

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Notas

Notas
1Para información pormenorizada sobre el movimiento, sus aspectos emancipadores y sus contracaras, por favor consultar la columna de Sarah Banet-Weiser para Los Angeles Review of Books “Popular feminism #MeToo”.
2Desde este ensayo, se hará referencia primordialmente a las mujeres cis, aunque se tiene en cuenta que existe un universo mucho más diverso de mujeres y de géneros no binarios.
3Huelga Nacional de Mujeres. Ver «quiénes somos»: https://womensglobalstrike.com/es/who-we-are/
4Debo hacer una salvedad: Este trabajo se encuentra anclado en el devenir de los movimientos feministas (como formato de resistencia) y sus contra-resistencias en el marco de la región latinoamericana y, en ocasiones, extendiéndome al caso estadounidense. Sin limitarme a la sociedad argentina que es la que conozco más a fondo por ser mi país de procedencia, muchos otros países de la región han experimentado fenómenos semejantes. Por lo tanto, lo descripto se encuentra vinculado directa o indirectamente a mis conocimientos ligados a esta zona a pesar de hacer limitadas alusiones específicas, a modo de ilustración o de ejemplos.
5Tomemos el ejemplo de los derechos sexuales y reproductivos, tal como indica Vaggione «Los 90 son un momento clave en el que se condensa la obsesión política del Vaticano con lo sexual, en gran medida como reacción frente al avance del feminismo en foros transnacionales (tales como las conferencias internacionales de las Naciones Unidas de El Cairo y Pekín).» Vaggione, J. M. (2013). El límite sexual para una política posible. Pobreza y cuerpo. Debate Feminista, 48, 285-291.
6Sin entrar en detalles respecto a la definición, que ha merecido bibliotecas enteras, deseo dejar en claro que mi entendimiento de género es que se trata de una construcción o determinismo de carácter cultural (que a su vez contribuye a construir expectativas y roles esperables), a diferencia del sexo que está ligado a lo biológico/genital/hormonal.
7Este estudio define a Twitter como un servicio de microblogging, que es un espacio dedicado a la publicación constante de opiniones, experiencias, noticias, con su límite de caracteres conocido.
8Por un tema de eficiencia discursiva, no me referiré a las vertientes o sub-grupos de los feminismos. Aun así, me parece importante no perder de vista que en ocasiones no se refiere a la totalidad del movimiento.
9El artículo de Geraldine Horan se refiere también a otros ejemplos como brestfeeding nazi e incluso corona nazi (vinculado al COVID-19).
10UNESCO digital, Educación sobre el Holocausto y la prevención del genocidio: una guía para la formulación de políticas, ver: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000258766
11Considerando que este artículo fue escrito en épocas de COVID-19, donde la movilidad en el espacio físico y público se encuentra limitada y el medio digital cobra dimensiones inusitadas como lugar no físico de expresión de ideas.
12En este caso no me refiero los hombres que se autodefinen feministas, activistas o aliados a los feminismos, sino más bien a aquellos que se encuentran en el extremo contrario.
13Se refiere, por ejemplo, a convenciones internacionales abogando por la igualdad de género, como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer o su análoga regional, la Convención Belém do Pará.
14Gracias especiales a Romina Yabra por la inspiración y apoyo; y a Daniela Braverman por sus valiosas contribuciones.

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