La participación política más allá de las elecciones

Se trata de tomar las riendas de la comunidad política para alcanzar mejores condiciones de vida para las mayorías sociales, de constituirnos como sujetos políticos y trascender la estructura de clases que obstaculiza la potencialidad humana.

La participación política más allá de las elecciones
5 (100%) 1 voto

Participación política

Inevitablemente, cuando se trata de reflexionar sobre la participación política “más allá de las elecciones” nos lleva a poner en el centro de la discusión lo que comprendemos por democracia. Por lo tanto, el tema nos conduce a polemizar con las realidades y los mitos relacionados con el régimen político implantado y legitimado en la gran mayoría de los Estados nacionales a nivel mundial. Entonces, se trata de abordar un objeto de estudio sobre el cual existen consideraciones de carácter normativas e idealizadas. Es por ello que en nuestra comprensión y lectura se confunden las prescripciones en torno al deber ser de la democracia y sus ciudadanos, en donde entran en juego las ideologías, los discursos y mitos enraizados en la historia política de una formación social, y lo que efectivamente es. Se crea un peligroso dualismo que impide pensar críticamente la cultura e institucionalidad política de un país, en el que se empareja cualquier observación contraria a los ‘valores democráticos’ como una posición amenazante de la propia identidad antes que un punto de partida para debatir en torno a la comunidad política que hemos sido y queremos ser.

En el nivel de la teorización que nutre a la filosofía y la ciencia política, esa dualidad típica del pensamiento liberal se suele traducir en el antinomia democracia versus dictadura, que reduce al absurdo las opciones de organización de las instituciones políticas dentro de una sociedad y deja de lado la experiencia histórica de la humanidad. Muchas de las hoy llamadas democracias son el mejor favor para que las oligarquías y sus élites políticas sigan acumulando sobre la base de la represión, la violencia y la desigualdad social. El caso de los países centroamericanos es paradigmático en esto, pero en toda Latinoamérica existen ejemplos de cesarismos democráticos. Con ello, espero que tampoco se me encasille como un enemigo del país o de la democracia. Todo lo contrario, cualquier aspiración de una sociedad racionalmente organizada que pretenda la auto-realización de sus individuos debe cumplir estándares que garanticen la participación del conjunto en la toma de decisiones de la comunidad política y controles que vigilen el accionar de quienes ocupan puestos de elección popular. Pero una cosa es establecer los parámetros de la sociedad por construir a partir de las condiciones actuales y la otra es hacerla pasar por los hechos. En el fondo, de lo que se trata es del ejercicio del poder en una sociedad, y el poder “aunque se vista de seda, poder se queda”. Ya lo dice el dictum de Acton, “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La democracia que tenemos hoy se fue forjando a través de luchas sociales, primero contra el Antiguo Régimen y luego a favor de la mayor inclusión de clases y capas sociales en la vida política. La originaria democracia liberal “no era más que un requisito lógico de la gobernación de individuos conflictivos e inherentemente egoístas”1Macphearson, C.B. “La democracia liberal y su época”. Madrid: Alianza Editorial, 1981, p. 56., nunca se consideró como un modelo ideal de sociedad, sino como una forma de organizar las estructuras elititistas existentes, de mejorar el gobierno de los ricos sobre las clases bajas, y el objetivo de un gobierno responsable no era otra que la protección de los individuos y de la propiedad privada. Este modelo de democracia se estableció con el avance de la revolución industrial como momento histórico del capitalismo. Se trató de una gobernabilidad negativa, fundada en la no intervención del Estado en el libre desarrollo del individuo, que situado en su contexto concreto, se trató y aun se trata del individuo burgués o empresario.

Con el avance de la organización de los partidos y movimientos de la clase obrera, las exigencias a los gobernantes por mejorar las condiciones de vida obligaron a ampliar el sufragio hacia los hombres de las clases y estratos bajos. Luego, con las luchas del movimiento de mujeres el voto se convirtió en un sufragio universal aunque con restricciones conocidas de edad, nacionalidad, etc. Con esto, la interacción ciudadana y las aspiraciones legítimas de una libertad positiva, que fomente el desarrollo de las capacidades sociales e individuales en lugar del individuo egoísta del liberalismo contrastaron con la solidificada estructura de clases del capitalismo. La desigualdad y las brechas sociales han persistido más allá de las reformas sociales del Estado de bienestar que expresó, por un lado, el avance de los grupos subordinados organizados y, por otro, el temor de los sectores dominantes ante el ascenso de alternativas que amenazaban su posición privilegiada. Además, en la medida en que los avances democráticos se empezaban a constituir en una amenaza a la reproducción del orden establecido, durante todo el siglo XX, las transformaciones a lo interno de las estructuras de los Estados estuvieron orientadas a mitigar el avance de los sectores populares y sus iniciativas. Ya desde la monarquía parlamentaria inglesa el parlamento era bicameral, entre un congreso que expresaba más fielmente las contradicciones sociales y los grupos representativos de las clases medias y bajas y un senado bajo el control de las clases dominantes, con poder de veto sobre el primero. En otros países se reforzó el poder del ejecutivo sobre el poder legislativo con el fin de restar el impacto de los grupos progresivos dentro de la dinámica legislativa, sin dejar de lado que el último bastión del poder estatal, como lo es el poder judicial, permanece ajeno a la institución electoral, por no decir que tiene un marcado rasgo antidemocrático.

Así, la democracia se ha constituido en un elemento clave del proyecto modernizador, acompañado de la economía capitalista. Con el deterioro de la Unión Soviética y su restrictivo modelo del partido único, la democracia liberal se legitimó aún más. El politólogo Francis Fukuyama, en su célebre ensayo “El fin de la historia”, argumentó que “la democracia liberal constituye el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la forma final del gobierno humano”2Fukuyama, F. “The end of history”. USA: The Free Press, 1992, p. xi.. Con las crisis sociales y económicas de las últimas décadas, hace un año el mismo autor señaló que “la clase social se ha convertido en la fractura social singular más importante de innumerables países industriales y países de mercados emergentes” y por lo tanto en la principal amenaza de la aspiración democrática. De forma que el anhelo y sentido de superioridad o garantía de bienestar para las mayorías parece desvanecerse con el progresivo avance del proyecto globalizador y la estrategia de acumulación neoliberal. El mismo Thomas Piketty ha señalado que “en una democracia, la igualdad de derechos profesados contrasta bruscamente con la desigualdad real de las condiciones de vida”3Piketty, T. “Capital in the 21st Century”. USA: Harvard University Press, 2014, p. 422.. Esto nos lleva a reconsiderar aquello de que, en condiciones de desigualdad estructural, la igualdad de derechos favorece al más fuerte.

Sin embargo, hay condiciones intrínsecas de esta forma procedimental de democracia que impide un verdadero ejercicio del poder por el colectivo. La carga valorativa impide ver que se trata de una democracia históricamente condicionada que merece ser adjetivada de acuerdo a la sociedad en la que se desenvuelve y el Estado en el que se implanta. En una sociedad productora de mercancías y de cosificación de las relaciones sociales, el Estado aparece como una entidad supraindividual, por encima de la sociedad, que la gobierna y regula. El Estado, los partidos políticos y los resultados del proceso electivo de la ciudadanía aparecen como formuladores y representantes de agendas y políticas ligadas a una entidad abstracta llamada pueblo o nación, que por ser un universal-abstracto desdibuja la singularidad de los grupos y clases sociales y se desprende de su situación social concreta. Además, según el politólogo alemán Joachim Hirsch “la especificidad del Estado se expresa con esto, en que hay una serie de barreras institucionales que impiden la conducción directa por parte de la ‘voluntad popular’ de los procesos estatales decisivos”4Hirsch, J. “Rasgos fundamentales de la teoría materialista del Estado”. En: Ávalos, G. & Hirsch, J. “La política del capital (107-204)”. México: UAM, 2007, p. 151.. Esto sugiere que en la medida en que pasamos de los intereses ciudadanos hacia la concreción de esa voluntad en agendas y políticas públicas, existen una serie de mediaciones institucionales que los distorsionan o desvían en nombre del “pueblo soberano” hacia opciones solubles para las jerarquías sociales y su reproducción, y evita debatir sobre la conveniencia o no de mantener instituciones sociales nodales para la reproducción del antagonismo de clases y la marginalidad de grandes sectores de la población.

De manera que la democracia liberal, a pesar de incluir criterios republicanos de deliberación y participación ciudadana, se mantiene como una democracia procedimental. En la medida en que nos alejamos de una visión normativa de la democracia y nos acercamos a una descripción realista, nos damos cuenta que la democracia realmente existente es un conjunto de técnicas y procedimientos para garantizar la competencia electoral entre élites políticas, en otras palabras, es una democracia entre élites. En Centroamérica, mi contexto más inmediato, esta cercanía entre el poder económico y el poder político pasa por mecanismos tanto formales (financiamiento de campañas, sindicatos empresariales, etc.) como informales. Por ejemplo, Segovia señala que los grandes empresarios centroamericanos tienen “derecho de picaporte”, es decir, que con sólo una llamada al presidente pueden modificar una decisión presidencial o ministerial que no les beneficia5Segovia, A. “Integración real y grupos de poder económico en América Central”. San José: Fundación Friedrich Ebert, 2005..

No sólo esto, el momento decisorio del sufragio está fuertemente condicionado por estructuras sociales y de poder. La creciente marketización de las sociedades contemporáneas, es decir, la intensificación e interiorización de los valores del mercado y el poder social privilegiado de las corporaciones dentro del sistema social, producen y canalizan lealtades partidarias. Mientras la democracia formal y procedimental le dice al ciudadano que puede votar por el blanco o el negro, el mercado constantemente nos interpela para señalarnos que “podemos votar por el blanco o el negro siempre y cuando quede el negro”. En caso de que la decisión sea contraria, habrá fuga de capitales, desinversión, desempleo, menor puntaje en las calificadoras de riesgo, etc. Ello constituye un vaciamiento de la autonomía y el poder del votante de definir su propio proyecto de acuerdo a sus necesidades. También conlleva a reducir las opciones partidarias, no en términos cuantitativos sino cualitativos. Por eso algunos analistas opinan que hablar de izquierda y derecha ahora no describe a la perfección el sistema de partidos en las democracias contemporáneas. De acuerdo a mi perspectiva, ello no se debe a que las demandas legítimas de igualdad formal y real, así como la superación de la pobreza, la explotación y las opresiones se hayan cumplido o estén fielmente representadas por la derecha partidaria, sino porque el conjunto de mecanismos de control del capital sobre el sistema o régimen político constriñen las posibilidades de alternativas fuera de sus espectro político-ideológicos. Las opciones se reducen todavía más desde que los partidos de izquierda o socialdemócratas, una vez que llegan al poder, aplican las mismas políticas de austeridad y golpean el valor de los salarios al igual que sus pares de derecha.

Frente a este escenario crítico, y en un contexto social de aumento de las brechas sociales, de tensionamiento y conflictividad que mina las pautas de convivencia, es imperativo ir más allá de las elecciones, con la premisa de que no hay mayor fuerza y motor de la historia que la colectividad humana, la organización colectiva. En la medida en que las jerarquías sociales, económicas y políticas aumentan y se profundizan, se corre el riesgo de que las necesidades sociales queden desatendidas, como sucedió en la burocracia estalinista, debido a que se produce un distanciamiento mayor entre la ciudadanía y quienes dirigen el Estado. La participación política en organizaciones sociales, populares, estudiantiles, sindicales y/o asociaciones barriales, la participación y el debate en asambleas en lugares de trabajo e incluso en partidos políticos no es ni debería ser un mero acto de buenas intenciones, sino un proceso de auto-realización personal y colectivo, no construida sobre el egoísmo individualista del liberalismo clásico, sino sobre la solidaridad como vínculo entre nosotros los ciudadanos. Se trata de tomar las riendas de la comunidad política para alcanzar mejores condiciones de vida para las mayorías sociales, de constituirnos como sujetos políticos y trascender la estructura de clases que obstaculiza la potencialidad humana.

Eso sí, no existe una solidaridad emancipadora si se reproduce la exclusión por criterios irracionales como los que se derivan de las opresiones o por estigmatizaciones sociales como las que se viven actualmente. Ello también implica organizarse por la superación de estructuras excluyentes como por ejemplo el patriarcado, el racismo y la xenofobia. De manera que el avance y progreso hacia una democracia real, realizadora antes que formal y procedimental no es ajeno al contenido de lo que se promueve. Por ejemplo, entre los grupos neofacistas que emergen en las economías avanzadas también aplican solidaridad entre sí y también se organizan “más allá de las elecciones”, pero para promover una agenda regresiva en materia de derechos humanos y sociales, sin poner en cuestión o entredicho las causas del malestar y el deterioro social. Hay también solidaridad entre los narcotraficantes o entre los políticos corruptos. Por el contrario, la solidaridad progresiva o realizadora busca la unidad de aquellos, “los olvidados y excluidos de la tierra”, para construir una alternativa que mejore sus condiciones de vida y con ellos, del conjunto social.

 

  • Últimos posts
mm
Autor

Politólogo y Máster en Sociología por la Universidad de Costa Rica.

Estudioso crítico del Estado y sus vínculos con las élites empresariales.

Notas   [ + ]

1.Macphearson, C.B. “La democracia liberal y su época”. Madrid: Alianza Editorial, 1981, p. 56.
2.Fukuyama, F. “The end of history”. USA: The Free Press, 1992, p. xi.
3.Piketty, T. “Capital in the 21st Century”. USA: Harvard University Press, 2014, p. 422.
4.Hirsch, J. “Rasgos fundamentales de la teoría materialista del Estado”. En: Ávalos, G. & Hirsch, J. “La política del capital (107-204)”. México: UAM, 2007, p. 151.
5.Segovia, A. “Integración real y grupos de poder económico en América Central”. San José: Fundación Friedrich Ebert, 2005.