La (no) disolución de (ciber)fronteras

Es una cuestión básica: la filosofía social de un tejido en red diluye la posibilidad de implementación de fronteras.

La (no) disolución de (ciber)fronteras
Carlos escano

DescargaLos gobiernos derivan sus justos poderes del consentimiento de los que son gobernados. No habéis pedido ni recibido el nuestro. No os hemos invitado.

No nos conocéis, ni conocéis nuestro mundo. El Ciberespacio no se halla dentro de vuestras fronteras. No penséis que podéis construirlo, como si fuera un proyecto público de construcción. No podéis.

Declaración de Independencia del Ciberespacio (Barlow, 1996).

Tales palabras asumían el romanticismo de la explosión mundial de la web. Palabras cargadas de un sentido desiderativo más que profético, aunque existían actores de peso empeñados en convertirlas en realidad, pero de una manera distinta a lo que John Perry Barlow, cofundador de la Electronic Frontier Foundation (EFF) y firmante de la declaración, pretendía para sus anhelos cibernéticos. Efectivamente, la hibridación internacional es un hecho en la red. La infraestructura técnica del ciberespacio superó el obsoleto concepto de fronteras nacionales. Es una cuestión básica: la filosofía social de un tejido en red diluye la posibilidad de implementación de fronteras. En el artículo “As we may think” de Vannervar Bush, en 1945, ya se desarrollaban los conceptos tecnológicos sustanciales de la interconexión del conocimiento como base natural del desarrollo humano, suponiendo así la cimentación de los pilares de lo que años más tarde la evolución técnica posibilitó y denominó como Internet: un funcionamiento similar a la red neuronal, la cual produce y reproduce el pensamiento, alejado de parcelas y compartimentos estancos segmentados por fronteras. Pero algo que parecía un logro descomunal y utópico se reconvirtió en distopía real: el pensamiento hegemónico cultural sobre la red, es decir, el tipo de paradigma dominante impuesto como norma social aceptada, prescribió esa disolución de fronteras nacionales, e internet para los usuarios fue concebida sin que su naturaleza de interconexión cultural e internacional escapase a la definición de la misma. Pero tales fronteras nacionales se trocaron por fronteras mediático-corporativas: empresas ―concebidas “casualmente” en su mayoría desde el occidente cultural― ubicadas en la red con vocación y acción de sinécdoque. Partes que pretenden ser todo (Internet) para sus usuarios. Ahí emerge la distopía (en realidad nunca se hundió, siempre estuvo ahí). Fue el momento en el que las palabras del cofundador de la EFF se convirtieron rápidamente en una falacia. En el ciberespacio el dibujo de las fronteras no depende de representantes institucionales de los estados nación, estos están subyugados a los intereses de los hacedores de ese gigantesco cibermapa (prácticamente como sucede en el mundo analógico off line). Y claro que nos conocen, sr. Barlow, conocen perfectamente nuestro mundo, quiénes somos, dónde somos y cuándo somos.  Nuestras fronteras digitales no están determinadas tanto por la geografía sino por el big data y su control es ejercido por las corporaciones mediáticas, dueñas de extensos latifundios de la red que habitamos de manera mayoritaria. No han pedido nuestro consentimiento, no era necesario, se lo hemos regalado. Una última falacia más: los gobiernos no derivan sus poderes del consentimiento de los que son gobernados. Cuestión que no necesita mucha explicación en la era de la post-verdad y el largo reinado de la Troika. Con todo, parece que finalmente pueden, han podido: el Ciberespacio ya se halla dentro de sus fronteras, pero no de aquellas nacionales, claro está. La disolución de fronteras se convirtió en negocio porque prácticas de interdependencia han sido convertidas en modos y modelos de negocio. Hace poco Amador Fernández-Savater lanzaba una provocadora reflexión en la segunda edición del congreso internacional Move.net en Sevilla, evento centrado en la reflexión sobre movimientos sociales y tecnologías digitales. Fernández-Savater cuestionaba sobre cómo las estrategias neoliberales habían usurpado las prácticas de compartir información y cultura, reivindicaciones propias de los movimientos de cultura libre y antagónicos al proceder capitalista. Es decir, señalaba cómo los omnipotentes social media, servicios de redes sociales, habían entendido que en la conversación colectiva cultural hay negocio. Ahí es cuando la interdependencia y la intercreatividad se cosifican y sirven a intereses paradójicos. La web de los 90 fue momento para creernos que el net.art y la cibercultura combatiría la enajenación capitalista de lo inmaterial, que la acción libertaria vencería por una vez. Una primera web cargada de ilusión y transformación social. Ya en el siglo XXI la web 2.0 paradójicamente visualiza la descomposición de la web libre y sin fronteras: los cibercontextos se transforman en campos de cultivo de la mercantilización más intensa con la explotación de nuestros pensamientos, ideas, gustos, emociones, relaciones sociales…, el nuevo petróleo, el big data, implica una enorme producción informacional realizada por los propios usuarios, trabajando sin remuneración, pero generando ingentes beneficio para esas nuevas petroleras.  Controlar esta producción es controlar las nuevas fronteras. Una producción forjada en espacios social media acotados por tales macroentidades mediáticas (con Facebook y Google ―con sus extensos tentáculos― como perfectos ejemplos paradigmáticos). Una época en el que la eliminación de fronteras internacionales ha dado paso a fronteras intercorporativas es el tiempo más pertinente (y urgente) para repensar la red en sus prácticas y potencialidades de intercambio e intercreatividad libres, reimaginar su propia naturaleza en red. En el 2001 con el cierre de Napster, la primera gran red p2p, hubo quien pensó que la red había sido domesticada en sus posibilidades de intercambio cultural. Se equivocaron. Una década más tarde, con la pretensión de acabar con prácticas de compartición digital gratuita, tuvieron la idea de cerrar el servicio de alojamiento de archivos con más afluencia e influencia en el tráfico cultural desde su creación en 2005, Megaupload. Se equivocaron. La estrategia del capital varió absorbiendo dinámicas del intercambio y Facebook, Twitter, Youtube, etc. se agigantaron gracias a dinámicas de intercambio de material sociocultural. Rompieron fronteras e impusieron las suyas a través de códigos privativos y capital. Es el momento de hacer que se equivoquen de nuevo.

 

Bibliografía

Barlow, J.P. (1996). Declaración de independecia del ciberespacio. Recuperado de: https://es.wikisource.org/wiki/Declaraci%C3%B3n_de_independencia_del_ciberespacio

 

Para citar este artículo: Escaño, C. (2018). La (no) disolución de (ciber) fronteras. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales IX, pp. 20 – 22. Recuperado en https://iberoamericasocial.com/la-no-disolucion-ciberfronteras

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Autor

Doctor por la Universidad de Sevilla (Bellas Artes) y Doctor por la UNED (Comunicación y Educación en entornos Digitales).

Docente en la Universidad de Sevilla y vinculado a la investigación sobre artes, cultural digital y educación por el desarrollo.