La estética del vacío

Rara vez ponemos en duda lo que vemos o lo que hacemos con ello, y eso es justamente el axioma del que parte la fetichización de la imagen o de lo que bien podemos llamar la estética del vacío.

La estética del vacío
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estética del vacío

La imagen que se observa junto al texto, es la típica imagen que nos vende un bien inmueble. Una imagen generada por computadora de algo que aún no existe y que no está construido, pero que es capaz de mostrarnos las cualidades formales de lo que será el edificio. Desde luego, lo que cada persona ve en ella es independiente del código que se se pretende transmitir, porque si miramos con atención, lo importante no se encuentra en la apariencia del edificio -aunque supuestamente ese sea su objetivo- sino en la narración de vida que hay detrás de ella. El diseño arquitectónico se ha especializado tanto en la venta de ambientes, que ha hecho de estos verdaderas ficciones que hoy se diseñan mejor que los edificios que las contienen.

No puedo dejar de preguntarme -al mirar estas imágenes- si no fueron ellas las que crearon el mundo-ficción que hoy habitamos, o si por el contrario, fue el mundo del consumo el que decidió instrumentalizar el escenario espacial que la publicidad nos ofrece. Podríamos con facilidad inclinarnos por esta segunda opción, pero la idea de responsabilizar a la imagen arquitectónica del desarrollo del capitalismo en el siglo XX no es del todo descabellada. Baste comprender para ello, que el habitar -esa conexión de la subjetividad con un determinado orden espacial que sustenta la existencia simbólica- es la única acción que nos hace verdaderamente humanos, y que en este, se construyen todas las demás dimensiones de la vida social. Luego entonces es posible establecer una relación directa entre el discurso del habitar de la modernidad capitalista y el desarrollo de las condiciones materiales de vida para posibilitarlo.

Las narraciones del habitar, que comenzaron a venderse como “posibilidades” dentro del desarrollo industrial en ciernes, llevó a lxs arquitectxs occidentales a creer que la esencia de la arquitectura se encontraba más en la imagen misma que en la solución de un orden espacial colectivo. Una creencia que los llevó a desarrollar la idea de que una imagen no debía -ni podía- limitarse únicamente a la representación, sino que tenía la potencia suficiente para generar y proyectar la realidad misma. Este paradigma que el Movimiento Moderno llevó al extremo, condujo a crear una arquitectura de “papel” que ha servido como una enorme escenografía que fondea las narrativas de la vida social que promueve ahora el capitalismo tardío.

Quienes nos dedicamos a diseñar edificios sabemos bien que hoy dependemos cien por ciento de la imagen para venderlos, y que al final esta lo que vende es un estilo de vida. En consecuencia, la forma se diseña como un recipiente que contiene la narrativa de esta ficción, dejando de lado el valor de uso que se aloja en el concepto mismo del habitar. La imagen entonces, proyecta la realidad y la construye, ya no la representa y la deconstruye. Desde luego la cosa no termina ahí, porque la ficción se expande más allá de la imagen y de la narración misma, llegando incluso hasta el sitio mismo en el que se realiza. Nuestros edificios, nuestra ciudad, es una enorme maqueta en la que se reproduce la ficción comprada, aunque sólo sea eso, una ilusión, y aunque lo sepamos no importa, porque de alguna manera intuimos que más allá de la imagen que habitamos lo que se extiende es el vacío.

estética del vacío -2
Habitación bajo la escalera.
Obra de Peter Fischli y David Weiss.

Hace unos días entré por error a una cafetería que es en realidad un lugar que representa la idea de una cafetería. Me vino a la cabeza sin pensarlo mucho la obra de Peter Fischli y David Weiss denominada “Habitación bajo la escalera” (Imagen 2), en la que los artistas fabricaron objetos de poliuretano idénticos en apariencia y escala a los que se hallan en los cuartos de utilería de un museo. De hecho, si no fuera por el letrero que se asoma tímido en una de sus paredes, la gente no se enteraría de que se trata de una pieza artística.  En el mismo sentido, la cafetería-imagen se despliega sin decirnos que se trata de una representación, y al no hacerlo, asumimos instantáneamente que se trata en realidad de una cafetería (parece increíble que la realidad quede definida por una sentencia al margen; quizás ese haya sido el mensaje contundente de la obra de Fischli y Weiss).

Este local, en el que se construyó la escenografía de “cafetería”, el día de mañana será una tienda de conveniencia, una barbería o un restaurante de comida china, todo depende de lo que se quiera vender. La gente lo cree porque la apariencia del lugar -la estética- le dice que no hay engaño, que lo que ve es “real”. Pero ¿realmente lo es? Podemos definirlo como una ficción que se reproduce ahí mismo, en los materiales de construcción que nos envuelven, en el diseño del menú, de los letreros, de los productos que se venden e incluso, del acto mismo ya sea de beber café, de comprar algún producto o de sentarse a comer chow fun. Al final, se trata de una imagen holística que se realiza a través del café, del platillo chino o de cualquiera de los componentes que lo integran. Rara vez ponemos en duda lo que vemos o lo que hacemos con ello, y eso es justamente el axioma del que parte la fetichización de la imagen o de lo que bien podemos llamar la estética del vacío.

Este proceso de estetización, en el que la imagen es la valor fundamental del orden social occidental, es ya parte del sentido común de los habitantes urbanos de cualquier parte del mundo. Destruir la vida y suplantarla por su representación, es un axioma del mundo arquitectónico que hoy se enseña en todas las universidades del planeta, y que parte desde luego, de no poner en duda la escenografía de lo “real”. Este paradigma nos ha hecho creer que la ciudad es la única espacialidad en la que el ser humano puede vivir, y el que ha logrado substituir la fetichización de la mercancía que caracterizó el capitalismo industrial, por la fetichización de la imagen, que caracteriza al capitalismo tardío. Todo depende de la imagen, de la forma en que esta decida definir la realidad, así que la mercancía ya no sólo oculta las relaciones sociales que la hicieron posible, sino que ha quedado velada por su propia apariencia, por su propia imagen. Una autorreferencialidad que pone en crisis el concepto mismo del arte.

Este último punto, fue identificado por Walter Benjamin y desarrollado en su célebre ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica,  en el que estudia la autonomía de lo estético contenida en el arte por el arte. El filósofo alemán pensaba que esta autonomía no era más que una concepción distorsionada de la representación que apostaba por un orden simbólico en el que la belleza se alzaba como el único valor relevante en la creación artística. Así, no importaba si lo representado reproducía la muerte, la guerra o el abuso, siempre y cuando la imagen creada fuera bella. En consecuencia, la estética arquitectónica pudo desprenderse de su contenido volviéndose una imagen abstracta que emula a la perfección las imágenes que vemos en Facebook o en Instagram; imágenes que no poseen materialidad pero que conforman la narrativa de lo “real”; aquello que se menciona en el filme The Matrix denominado “el desierto de lo real”, que no representa otra cosa que el vacío producido por la sociedad posmoderna. Los lugares y los edificios que diseñamos y que constituyen la ficción del habitar coadyuvan a desertificar esa “realidad” que por donde se le vea, es una verdadera distopía.

Pero además de ello, la estetización del espacio arquitectónico ha servido como instrumento del continuo proceso de colonización. Esto es, se trata de una forma de imponer una manera de estar el mundo para configurar nuestro ser en él. Estetizar no es precisamente embellecer, sino dotar de una apariencia desprendida de la narrativa desplegada por las clases dominantes que permite distribuir materialmente (espacialmente) la posición social de los actores. Como si se tratara de una colonización ontológica. Por ejemplo, las cafeterías-ficción que se esparcen por todas las ciudades del mundo, poseen una apariencia que no sólo nos convence de la ilusión de ir a beber café o del estilo de vida que tendremos si asistimos regularmente a ella, sino que enuncia lo que este es y la forma sensible en que este debe consumirse. En efecto, lo que en el mundo del diseño arquitectónico llamamos “concepto”, no es otra cosa que la reproducción de este código de la estética eurocéntrica que utilizan las clases medias urbanas para situarse como clase dominante, como grupo cuyas costumbres son el modelo del comportamiento general. Desde ahí, se distribuye la estética que identificará a cada una de las espacialidades con su respectiva clase social, comunidad e individuo. Por ello no se reduce a lo “estético” el trabajo creativo que desarrollamos lxs profesionales del diseño urbano-arquitectónico, porque lo que engendramos y reproducimos es el apartheid clasista que domina el territorio de las ciudades contemporáneas.

La estética del vacío es pues un régimen en el que la ficción que se narra se convierte en la evidencia unívoca del orden de las cosas; el régimen estético de la clase dominante que se difunde como verdadero y que es aceptado y asumido como tal. Así que entre la imagen mostrada al principio del texto y la de cierto “político” o mercenario auto proclamándose presidente, no hay mayor diferencia porque ambas son imágenes ficticias que pretenden crear una realidad específica. El sistema moderno/colonial depende completamente de ello, y desde luego, que las poblaciones dominadas sean incapaces de crear o producir sus propias imágenes, sus propios espacios y su propia concepción y materialización estética.

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Autor

Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

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