La dimensión ética de la praxis arquitectónica

Al parecer, nuestro mundo tecnificado es incapaz de cuestionar una praxis arquitectónica en la que la vida no ocupa un lugar relevante. La dicotomía sujeto-objeto, base de la modernidad capitalista, impide que lxs arquitectxs seamos conscientes de la responsabilidad que tenemos sobre los objetos y estructuras que edificamos. En consecuencia, la ética deja de formar parte de una actividad que debería, antes que nada, conservar la vida.

La dimensión ética de la praxis arquitectónica
ética de la praxis arquitectónica

Por praxis arquitectónica queremos referirnos no sólo el plano más pragmático del oficio, esto es, al proceso que se localiza entre la idea proyectual y el objeto construido, sino principalmente a la conjunción o intersección siempre presente entre la dimensión abstracta -el sentido y la significación de los objetos espaciales- y su materialización. Si bien la práctica de la actividad edilicia se encuentra dominada por esta última, pensamos que es importante incluir a las primeras como columna vertebral o eje articulador de esta praxis, ya que al soslayarlas ha sido posible exentarla de una crítica radical que pueda resignificarla dentro de una perspectiva mucho más humana.

Durante todo el siglo XX, las obras arquitectónicas, en pequeña o gran escala, se han mantenido como una metáfora importante del avance del desarrollo capitalista. Los adalides del Estilo Internacional y sus apologetas, se encargaron de darles un cariz cientificista que las fue despojando de su profundidad política y social, haciendo de la praxis un destilado que sólo contempla la correspondencia con la práctica capitalista y con la creación de objetos de consumo sin relación con el desarrollo de la subjetividad. Así que cuando el capitalismo se estabiliza en la etapa de la postguerra europea, la industria de la construcción está ya preparada para convertirse en la estructura principal de todo el sistema. Se volvió incuestionable, “necesaria”, y en nuestros días pocos son capaces de poner en duda su valía y pertinencia.

Bajo este efecto, su sentido ha sido preservado como una inevitable mejoría en la calidad de vida de las personas, como un fin último irremediable capaz de generar el bienestar general; lamentablemente, esta quimera ha sido pertinentemente develada y ha quedado demostrado que, en la actualidad, los mayores índices de pobreza y violencia se concentran en la periferia de las grandes ciudades.

Con todo, las metrópolis crecen exponencialmente iterando un modo de vida que se pretende análogo en todas partes del mundo, y desde luego, lo hacen amplificando la infraestructura que las sostiene; así, se inundan valles para hacer presas, se arrasan pueblos, culturas y ecosistemas para crear carreteras, aeropuertos, refinerías, plantas eléctricas y vertederos, todo para satisfacer las necesidades cada vez más voraces de las urbes y del ansias de progreso que las justifica.

Sabemos desde luego que ello no es casual y que forma parte del proyecto político de la modernidad instaurada con la expansión colonial europea. Sabemos que bajo la batuta del “progreso” como estandarte y camino -no importando si la posmodernidad ya lo había desterrado-, se siguen constituyendo nuestros horizontes, nuestra memoria, nuestros deseos, ilusiones y proyectos. Su dirección y velocidad -siempre lineal y ascendente- no permite el tiempo de la reflexión y de la crítica, de la ponderación y el balance, y es capaz de despojar de la dimensión ética y política a cualquier análisis o investigación que se haga de la realidad social. Lo único que importa es que la eficiencia, la optimización, la innovación o el desarrollo dobleguen la capacidad humana de autoafirmarse como tal, de hacerse consciente de sí y de crear un mundo incluyente y diverso. Es por ello muy complejo cuestionar el concepto “madre” de la modernidad, justo porque al cabo del tiempo se ha vuelto sentido común y forma parte de las evidencias y seguridades con las que las personas contamos para darle dirección a nuestra propia existencia. Crear consciencia sobre su inviabilidad, es un reto aún pendiente a pesar de los esfuerzos de esta posmodernidad líquida. Digamos entonces que el “progreso”, en la actualidad, goza de muy buena salud y sigue siendo bandera de todas las ideologías políticas.

En México, esta obsesión ha justificado la aniquilación de las formas de vida no urbanas, de los pueblos y ecosistemas que se han mantenido -hasta donde pueden- al margen del sistema. Ni si quiera la revolución social de 1910 puso en cuestión el paradigma del “avance” tecnocientífico, sino que más bien cuestionó, por qué la mayoría de las personas no participaban en éste, o bien, por qué se excluía a la mayoría de la sociedad de un sistema que provee tantos “beneficios” y comodidades. Así que la idea dominante en la izquierda progresista, fue -y sigue siendo- incorporar a más y más personas a este estilo de vida que niega a mirarse como destructor de la vida. Entonces nos preguntamos: ¿es justificable que la vida siga quedando en segundo término? ¿No es esta la que debiera mantenerse por arriba de ese paradigma llamado “Progreso”? ¿No es un contrasentido de la modernidad llenar el mundo de acero y concreto para “mejorar” la vida humana a costa de la aniquilación de la vida no-humana?

Cuestionar la validez del “progreso” es trascendental porque como señala Arturo Escobar en su libro La invención del Tercer Mundo (2007):

“Basta una mirada superficial a los paisajes biofísicos, económicos y culturales de la mayor parte del Tercer Mundo para darse cuenta de que el desarrollo está en crisis, y que la violencia, pobreza y deterioro social y ambiental crecientes son el resultado de cincuenta años de recetas de crecimiento económico, “ajustes estructurales”, macroproyectos sin evaluación de impacto, endeudamiento perpetuo, y marginamiento de la mayoría de la población de los procesos de pensamiento y decisión sobre la práctica social.” (p.11)

En efecto, habremos de estipular un piso crítico para resolver parte del debate que la actual sociedad mexicana tiene sobre la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) en el lago de Texcoco. Al ponerlo a consulta popular, las voces adheridas a los intereses del capital trasnacional y al ansia de “progreso” -incluyendo a académicos y técnicos “expertos” (bit.ly/2OMBeVx)- manifiestan que las decisiones relativas a proyectos de esta envergadura deben ser tomadas por especialistas y no por un pueblo “ignorante”. Por lo tanto, la devastación del ecosistema y del entorno cultural -que según lxs “especialistas” puede ser paliado con tecnología sustentable-, es un asunto más técnico que ético, más “científico” que político o social. La viabilidad, desde la perspectiva ingenieril, radica en pensar y resolver cómo construir un edificio de esas dimensiones en un suelo lleno de agua; cómo suministrarle la infraestructura y el equipamiento necesario para que funcione; cómo paliar el impacto medioambiental y social que producirá este megaproyecto; pero ¿y la vida? ¿Qué pasa con la vida de los pueblos, de los animales y las plantas que ahí habitan? ¿Ello no requiere consideraciones porque es menos importante? ¿De eso tampoco sabemos las personas de a pie?

Y es justo en esta línea de pensamiento que la praxis arquitectónica se ha deshecho de su dimensión ética, prescindiendo de la reflexión acerca de lo que se construye y para qué se construye. El sentido común auspiciado por el “progreso”, saca lo humano del mundo arquitectónico; la solidaridad, la empatía y el aprecio por la vida son relegados del acto de construir. Los objetos -materiales y espaciales- parecieran elevarse por encima de lo humano sin entender que son éstos el vehículo por el que transita y se objetiva esto último. Acudimos entonces al pensamiento del joven Marx, que preocupado por la vida humana y no humana, pensaba en reventar esta dicotomía sujeto/objeto que la modernidad había establecido como base epistémica: reafirmar el sentido último de lo humano a través de lo que produce el trabajo.

ética de la praxis arquitectónica

Desde los Manuscritos filosófico-económicos de 1844, Marx pensaba que el sujeto era tal, en la medida en que transformaba el medio para su sobrevivencia, esto es, en tanto que realizaba la transformación de un mundo no humano en uno humano. Pero este trabajo ejercido sobre la naturaleza no podía ser tal si no obtenía una representación material, objetiva. El sujeto sólo es posible -pensaba- si su subjetividad era objetivada, si esta se ponía en la materia. En efecto, si el sujeto se objetiva, se extiende o se expande en esta para ser y para vivir. Así que la vida no puede ni debe reducirse -como lo intenta hacer la sociedad capitalista- a su estatuto biofísico, sino que se despliega desde este hacia el mundo de lo humano a través de los objetos.

En este sentido, podemos afirmar que el objeto arquitectónico, como producto del trabajo, es una extensión de los seres humanos que no termina con su materialización, sino que a partir de esta es posible expandir el universo de lo humano para crear sujetos interconectados, conscientes de sí y de su entorno. Escribe Adolfo Sánchez Vázquez:

“El hombre, pues, no solamente se objetiva, crea un mundo de objetos, y en este sentido su actividad es objetiva, sino que por su propia estructura es un ser objetivo que sólo existe en la relación de reciprocidad sujeto-objeto” (Sánchez Vázquez, 2010, p.27)

Separarse entonces del objeto, como lo hace la ciencia dura o como lo hace la técnica, hace que la naturaleza y al trabajo humano sean meros recursos de producción. Por lo tanto, bajo esa concepción, es posible justificar que lxs arquitectxs dejemos de ser responsables de nuestras producciones, de los daños colaterales que causamos y de la deshumanización que experimentamos todxs; hemos creado una disciplina no consecuente con la vida, sin conciencia y sin moral. ¿Hasta dónde interviene entonces la dimensión ética de la profesión? ¿Son Norman Foster y Fernando Romero -encargados directos del proyecto arquitectónico del NAICM- profesionistas inocentes de la intervención devastadora del lago de Texcoco? ¿Debemos tolerar su irresponsabilidad, bajo el argumento que explica que no fueron ellos los que tomaron la decisión de hacer el aeropuerto ahí, y que ellos son únicamente los diseñadores? ¿Hasta dónde, como profesionistas que supuestamente son, deberían estar del lado de la vida, de los pueblos y de la cultura, y denunciar por esa razón los planes ecocidas del capital trasnacional?

Nuestra inquietud se centra pues, en querer develar o desnudar a un profesionista cuya lógica se basa únicamente en el reconocimiento personal y en la obtención de recursos financieros, y que, hasta el momento, ello no ha sido cuestionado ni en las universidades ni en la práctica profesional, quizás porque se sabe -como hemos insistido en este espacio- que la arquitectura ha sido un instrumento muy poderoso para el dominio y el control social, para la reproducción del capital y desde luego, para la realización o materialización de un mundo excluyente.

Resulta por ello necesario, hoy más que nunca, poner la vida en el centro: su cuidado y su conservación. No importa si ello contraviene al axioma que le da sentido a una profesión. Es momento de poner las bases para desarrollar una praxis arquitectónica que preserve, en primer lugar, la vida.

Referencias:

Escobar, Arturo (2007), La invención del Tercer Mundo. Construcción y deconstrucción del desarrollo. Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana.

Sánchez Vázquez, Adolfo (2010), Las ideas estéticas de Marx. México: Siglo XXI