La desgracia de ser indígena

Más allá de leyendas negras o rosas, de verdades a medias o lecturas entre líneas, los pueblos indígenas de América han sido un pueblo (o pueblos agrupados, alienados y subyugados hasta por la mismísima gramática) muy desgraciado.

 Siempre defendí que no se puede juzgar desde la perspectiva actual acontecimientos que pasaron tantos años atrás. Sobre todo en la época de la conquista y primeros siglos de la colonia, donde la mentalidad era otra y por supuestos los valores. Todo esto siempre entra en crisis cuando lo sometemos a la presión de las figuras discordantes que siempre hubo sobre la calidad y moral de estos acontecimientos.

 La verdad que las prácticas de exterminio, diezmo, usurpación y expulsión no sólo fueron cosa de la conquista (donde puede ser hasta cierto punto defendible desde la perspectiva barbárica de la guerra), sino toda una praxis normalizada que se ha perpetuado hasta nuestros días. Hasta hoy mismo, donde en estos mismos momentos se siguen masacrando a esos “molestos” indios que ocupan tierras vacías y sin aprovechar (vaciando esos “vacíos” para poder ser ocupados por la explotación capitalista).

 Es una “raza”, “pueblo” o “gentes” muy desgraciadas. Desde el primer momento la modernidad les quiso esclavo o muerto. En los primeros compases de la conquista fueron literalmente barridos de las Antillas siendo hoy vestigial la presencia indígena en las islas del Caribe. Lo mismo en el litoral Brasileño o en las costas de Norteamérica ¿Cómo podían esos pueblos explicar tanta masacre? ¿Cómo explicar tal azote que viene de allende los mares sólo para matarlos o esclavizarlos? Siempre intento ponerme de su parte e intentar imaginarme solo por un minuto como puede ser su visión de estos acontecimientos. Soy español entiendo la mecánica de la época, puedo comprender y sé la situación política y económica de los pueblos europeos. Sé de sus anhelos y sus ambiciones. Y las comprendo. Pero hablo de la otra parte, de ese “otro” que habitaba aquellas tierras por miles de pueblos y que hoy quedan solo unos cuantos cientos.

No puedo por un minuto entender ese infierno continuo que vivieron y viven los pueblos indígenas y puede ser esa una de las razones por las que me fascina no solo su forma de entender o interpretar el mundo, lo que les diferencia… si no gran parte de mi interés radica en comprender como estas gentes a pesar de ser perseguidos y exterminados, explotados y humillados tras tantos siglos, continúan hoy resistiendo con fuerza infinita.

 La gente cree que tras la conquista las cosas se regularon, pero no fue así. Durante la colonia la labor de aculturación liderada por la Iglesia Católica presionaba a los indígenas para dejar de ser Aimaras, Quechuas, Waoranis, Tupis, Guaraníes, Tukanos, Misquitos, Muiscas, Purepechas, Collas, etc… para integrarlos al genérico de indios. Para que dejaran de ser quienes son para ser simplemente indios, que significaba comportarse como los europeos esperaban que se comportaran, como un indio cualquiera. Dejar sus prácticas, dejar de vivir en comunidad, todos juntos, de sentir, de ver desde su perspectiva única como pueblo, para ser simplemente un indio civilizado.

 Nunca seré totalmente consciente de todo este proceso monumental de asimilación civilizadora contra la barbarie de los pueblos indígenas que arrollaba toda diferencia persiguiendo la homogeneización modernizante. Este proceso nunca, jamás estuvo exento de violencia. La violencia física siempre persiguió eso, porque los indios que no se prestaban a la aculturación eran susceptibles de ser diezmados, esclavizados o directamente exterminados. Aparte, nunca debemos olvidar que la violencia no es solo física, la violencia cultural de imposición de la cultura hegemónica es igual de destructora. Los pueblos dejaban sus prácticas para adaptarse a las nuevas, muriendo por el camino. En la novela de William Ospina sobre Úrsua habla de cómo los españoles se sorprendían de la muerte de los indígenas, de lo fácilmente que morían, que parecía que podían elegir morir, así como dejarse llevar por el universo. Y creo que jamás podré saber del todo, como es perder tu mundo y ser obligado a vivir en el mundo del otro, donde no eres absolutamente nadie. Creo que esa tristeza se interioriza hasta tal punto que te mata o te hace vivir para siempre como un muerto viviente sin voluntad, virus que se transmitirá a los hijos y ellos a su vez a los suyos.

 Nunca seré totalmente consciente, por mucha fuerza que le ponga a mi empatía, el cómo tiene que ser vivir con vergüenza de ser. Para explicarme, los pueblos indígenas aculturados o en proceso de aculturación realmente sienten vergüenza de ser indígenas (proceso que por suerte están cortando de raíz en tantos lugares de Latinoamérica desde hace varias décadas). Los indios se sienten fuera de un sistema que se les ha impuesto. Pero ellos terminan olvidando que viven en un sistema impuesto desde fuera y terminan sintiendo que ese sistema ha sido así siempre, y que ellos están fuera de él ¿No es ya suficientemente triste vivir en un sistema que no te quiere como para que encima tu interiorices ese sentimientos y sientas asco de ti mismo? Pues esta situación que como digo está cambiando desde hace algunas décadas en ciertos lugares de América, ha sido lo habitual por los últimos quinientos años. A mí personalmente indígenas me han dicho que soy muy guapo por ser simplemente blanco, que ojalá tuvieran los ojos como yo o el pelo, que ellos son feos porque son indios. Esto es consecuencia directa de la conquista y la colonia.

Por otro lado los pueblos que resistieron en territorios fronterizos con el avance de la tecnología y con el nacimiento de las repúblicas independientes que necesitaban consolidar sus fronteras, la masacre no solo continuó si no que se acentuó. Durante el siglo XIX y principios del XX han desaparecido tal cantidad de pueblos en tan alta mortandad que sólo se puede comparar con los primeros tiempos de la conquista. La “conquista del desierto” en Argentina donde la cabeza de los indios tenían precio, la Guerra de la Araucania en Chile donde el ejército chileno bombardeaba con cañones modernos los poblados mapuches, en México los patrones no les decían a los indios que México ya no era más parte de España y les seguían cobrando los tributos imperiales más los de la nueva república, las guerras civiles en Colombia usando como carne de cañón a los indios, pero mi favorito es la locura del caucho en la cuenca Amazónica donde el capitalismo absurdo tiene su mayor expresión.

 Durante el ciclo del caucho millones de personas pobres se mudaron a la Amazonía para conseguir el caucho que crecía en los árboles nativos de esa exuberante región. Estos pobres diablos malvivían, malnutridos, con enfermedades, los caucheros no vivían más de cinco años. Un cauchero pasaba el día recolectando caucho y preparándolo para poder enviarlo, sin vida, sin futuro, por una limosna a cambio de una mercancía que hacía ricos a hombres que vivían lejos y confortables. Estos mismos hombres cazaban indios para esclavizarlos y hacerlos trabajar, prostituir a sus mujeres y hacer de sus hijos futuros capataces que a su vez cacen otros indios. Un sistema que se sostenía en un pudridero de muerte sobre muerte, donde los miserables esclavos del sistema cazaban a los que vivían fuera de él, para unirlos al pudridero de muerte ¿Y todo eso para qué?

Aún a pesar de ser los grandes perdedores de la historia, de seguir siendo considerados atrasados, salvajes, estúpidos, ignorantes e incapaces, ahí están.

Cacería de indios en Argentina, finales del siglo XIX

Y entre todas las historias de indios que he leído os dejo una de las que más me han conmovido por su romanticismo e inocencia. En ella se puede apreciar todo el dolor y desesperación que han tenido que soportar estos pueblos, para llegar a materializar en su cultura un miedo, que forma ya parte inherente de su psique, al mundo donde les ha tocado vivir.  Es del libro Os indios e a Civilização escrito por Darcy Ribero, el mayor antropólogo brasileiro de la historia, en 1970. La traducción es mía, así que me he permitido algunas licencias.

Aún hoy los Xerente [pronunciado Cherenchi en español] recuerdan a los vecinos sertanejos [del sertão, región de Brasil] los “Decretos del Emperador” como su titulo indiscutible al territorio tribal, cada vez más reducido. La figura del emperador Don Pedro II [que vivió de 1825 a 1891, lo que lleva a pensar lo tierno e increíble de esta historia] asumió tamaña importancia para nuestros contemporáneos Xerentes que ellos lo incluyeron en su mitología, identificándolo como el ancestro tribal mítico. En esos textos, el emperador es la propia personificación de los derechos de la tribu a la tierra en que siempre han vivido, cuya posesión es condición básica para su supervivencia. Él es el héroe que garantiza, a sus ojos, la validez de la justicia tan desmoralizada de los hombres blancos. En algunos textos el emperador es apuntado como inmortal; otros anuncian su muerte próxima que será marcada por un cataclismo que destruirá todo el mundo; un tercero ya lo da por muerto y explica a través de la profanación de sus huesos sagrados la epidemia de gripe española que asoló las aldeas Xerente. En las evidentes contradicciones formales de estos textos es donde se afirma su consistencia psicológica. No puede morir el héroe que es la única garantía de su supervivencia, por eso es inmortal. Pero la propia tribu se extingue lentamente y con ella el héroe morirá dentro de poco y con él todo el mundo, por eso el héroe va a morir y con él perecerán todas las cosas; el mundo de este pueblo es él [el emperador] mismo. El emperador mítico no garantiza solamente las tierras, sino todo lo que él representa; él es el guardián de la tribu contra todos los males que llegarán después de su muerte, así, por extensión, solo de él pueden venir las grandes desgracias. Por eso, cuando están enfermos, sufren y mueren, es el héroe mismo que está muerto y desde la tumba condena el destino de su pueblo.

En otro momento hablaremos de las estrategias de supervivencia que muchos optaron para poder sobrevivir en este destino cruel que el universo les impuso a los pueblos indígenas. Y es ahí donde intentaré explicar como nunca han sido una sola entidad (como indio), algo que les quiso imponer Occidente para invisibilizarlo y que hoy en día ellos mismos usan como arma y unidad.

Por cierto el pueblo Xavante del que habla Darcy Ribeiro (recordad que fue escrito en 1970, en plena dictadura brasileira) pasó de estar a punto de desaparecer a liderar los movimientos indígenas que lucharon y conquistaron sus derechos en la constitución brasileira de la transición hacia la democracia en 1988. Al parecer el emperador cumplió su palabra después de todo.

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Autor

Máster en Estudios Americanos por la Universidad de Sevilla.

Doctor por la Universidad Federal de Bahía en Brasil y la Universidad Pablo de Olavide en España.

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