La (des) humanización del espacio

“Lo humano” tiene que ver con la conciencia de sí, con la capacidad de relacionarnos con el espacio. El proceso de urbanización capitalista ha fracturado este binomio y nos ha convencido de que somo “humanos” por el sólo hecho de nacer. Sin embargo, parafraseando a Simone De Beauvoir, podemos afirmar que no nacemos humanos sino que nos hacemos humanos en la medida en que vamos significando y transformando el espacio.

(des)humanización del espacio
(des)humanización del espacio

Solemos pensar, más como una herencia ideológica que como un producto del análisis consciente, que la existencia de la ciudad es por regla general una especie de cúspide sociobiológica que nos separa del mundo natural y que se vuelve hacia nosotros mismos para demostrarnos cuán superiores somos. La vida urbana representa -desde esta narrativa- el triunfo del artificio humano sobre nuestra condición biológica que nos permite crer que podemos ser lo que queramos ser.

Desde luego esto no siempre fue así. Con el paso hacia la modernidad, la ciudad por sí misma se fue volviendo un espejo en el que hemos podido constatar el avance técnico que respalda esta narrativa de superioridad evolutiva. La ciudad es la metáfora perfecta de la frontera que trazamos con lo natural, con ese mundo que constantemente nos acecha pero que curiosamente nos define: somos “humanos” en la medida en que no somos o hemos dejado de ser seres exclusivamente biológicos. La “línea de lo humano” se trazó así sobre la ciudad y sus bordes, creando la ficción de sabernos entes externos a un mundo que transcurre sin nosotros; por lo tanto, pudimos convertirnos en observadores de lo que pasa allá “afuera”.

Desde la atalaya del raciocinio que consagramos con la creación de la ciudad, decidimos que conoceríamos el mundo como si no fuéramos parte de él o bien, como si estuviéramos en algún otro lado, lejos del “caos” de la vida salvaje. Miramos las estrellas pensando en regresar a ellas en lugar de intuir que están aquí, con nosotros, siendo parte de este mundo, y nos convencimos que el artificio urbano, el mundo que inventamos para nosotros mismos, es lo único que verdaderamente importa. En consecuencia, el estrecho vínculo entre el relato del animal “superior” y el dominio del espacio, nos lleva a pensar que gran parte del proceso de humanización se ha desarrollado paralelamente al proceso de urbanización. Más aún, creemos que uno se encuentra sosteniendo al otro, dotándolo de sentido y de posibilidad. En esta dirección podemos concluir que ser humano implica por fuerza domesticar el espacio, significarlo e incorporarlo; saber que éste no es sólo un soporte sobre el que transita el cuerpo y la materia que lo rodea, sino que es una extensión física y simbólica de aquel.

Entonces, si la ciudad es causa y consecuencia de esto ¿por qué hoy la vida urbana parece deshumanizarnos tanto? ¿Por qué la vida en la ciudad nos hace tan insensibles al cuidado y respeto del mundo natural? ¿Por qué ser urbano significa vivir inmerso en el artificio que ofrecen los productos de la fantasía humana olvidando lo que existe más allá de la “línea de lo humano”? ¿Por qué esta frontera nos separa incluso de nosotrxs mismxs? Tal parece que la ciudad capitalista ha invertido el proceso porque hoy, en la medida en que nos urbanizamos nos deshumanizamos, sumergiéndonos en una ficción antropocéntrica que paradójicamente nos está conduciendo a nuestra propia extinción.

Para resolver la ecuación, es importante poner en tensión dos conceptos: lo humano y lo urbano, que si bien como ya expusimos, yacen completamente interrelacionados, podemos escindirlos para sustraer aquello que los vuelve tan tóxicos al combinarse.

Empecemos por lo urbano que es un poco más sencillo. Arriba expusimos que la “línea de lo humano”, esto es, aquello que separa a lo humano de lo no humano, se dibujó sobre la ciudad, pero sería más exacto decir que ésta última es la línea en sí misma. El ser urbano yace tácitamente separado del mundo natural y se reproduce bajo un esquema que poco tiene que ver con él. La ciudad materializa el sueño humano de ser un animal distinto, un animal enfermo como lo pensaría Nietzsche, pero sin llegar a conceptuarlo como un animal dotado de una característica especial -la razón-, porque en ese caso, habría otras especies que también tendrían cualidades específicas; la ciudad nos devuelve el sueño de ser un animal cualitativamente distinto. El desarrollo del cerebro y por ende, el nivel de razonamiento, no se nos aparece sencillamente como una propiedad sui generis, sino que a partir de esta construimos el relato de una superioridad biológica que nos coloca en la cima de la evolución orgánica. Al menos, este es el cuento cientificista con el que los seres urbanos crecemos y nos miramos, el tremendo antropocentrismo con el que hemos decidido narrar la historia de la evolución. Por supuesto, la ciudad es una de las pruebas que ratifican dicha narrativa, la cual se irá trenzando con el desarrollo de la modernidad capitalista. A su paso, la dicotomía campo-ciudad se convertirá en una opresión totalmente vinculada con la clasificación colonial que se mantiene vigente: el ser citadino “civilizado” que se sobrepone a la naturaleza “salvaje” de la gente del campo. Ello se consolida con la expansión de la urbe, la cual se abre paso a diestra y siniestra devorando todo lo que encuentra, así que en lugar de entenderse como parte del proceso de humanización, la urbanización hoy no puede ser otra cosa más que la destrucción tácita del mundo natural y de todas las formas de vida que en este se desarrollan.

Como puede intuirse, la ciudad capitalista no tiene como fin consolidar un ser urbano que debiera ser ante todo un ser humano, por el contrario, la lógica urbana contemporánea implica absorber dichas formas de vida para espacializar su degradación y normalizar la asimetría de la dicotomía campo-ciudad. La distribución en el territorio de los cuerpos previamente absorbidos y clasificados según el orden colonial, permite que el sistema pueda reproducirse con total normalidad, pues las zonas que De Sousa Santos ha llamado del no-ser, sostienen por oposición a todo el mundo del ser. Los códigos impresos en este último  normalizan esta distribución y el sistema se justifica desde el sentido común.

La mayoría de las megalópolis en el mundo son estructuras que espacializan la desigualdad distribuyéndola en su territorio; la miseria y la opulencia, le legalidad y la alegalidad, lo humano y lo no humano, todo está zonificado, marcado y asignado dentro del espacio urbano. Por lo tanto las bardas, las calles, las cercas, las banquetas, los jardines y las plazas son fronteras donde se puede palpar y aprehender esa línea que tiene como objetivo no ya trazar las diferencias con el mundo natural, sino la de separar a los cuerpos entre sí. En la ciudad capitalista todas las personas que habitan en las zonas degradadas, en las llamadas “villas miseria”, yacen por debajo del umbral de “la línea de lo humano” siendo en consecuencia  negados en su propia humanidad:

(des)humanización del espacio

“Las personas que están por encima de la línea de lo humano son reconocidos socialmente en su humanidad como seres humanos con derecho y acceso a subjetividad, derechos humanos/ciudadanos/civiles/laborales. Las personas por debajo de la línea de lo humano son consideradas subhumanos o no-humanos, es decir, su humanidad está cuestionada y, por lo tanto, negada.” (Fanon en Grosfoguel, 2011, p.2)

El lógico resquebrajamiento de la idea según la cual el ser urbano forma parte del proceso de ser humano, tiene implicaciones serias para el concepto de “lo humano”, el cual en la actualidad goza de buena salud y navega por las aguas tranquilas del paradigma incuestionable. Pero “lo humano” sucumbe de igual modo ante la barbarie producida por la ciudad de la modernidad capitalista, porque si lo urbano ya no lo implica, entonces el proceso de humanización es sustituído por un esencialismo paralizante. Veamos.

Líneas más arriba partimos de la idea según la cual la urbanización es una especie de domesticación espacial que define nuestra humanidad, una forma de configurar y cifrar el espacio con el fin de hacerlo “nuestro” y en consecuencia de crear nuestro propio sentido. Así, en la medida en que nos vamos apropiando de él, los seres humanos nos convertimos en tales porque ningún otro organismo vivo transforma el medio codificando un mensaje1“Observemos que la reproducción de la vida humana es un proceso en el que la sociedad cuando trabaja, es decir, cuando da al mismo tiempo a las materias primas la forma de un producto, cifra un mensaje. Ese mensaje no es otra cosa que la forma misma de ese producto que será descifrado cuando la sociedad disfrute o consuma esa forma. Al re-conformar la naturaleza de acuerdo a una técnica de transformación, la sociedad que trabaja atrapa a lo Otro -el referente o contexto- dentro del código inherente a esa técnica, y lo entrega, con-formado adecuadamente, para que la sociedad que disfruta o consume saque provecho o, lo que es lo mismo, se “informe” de él.” (Echeverría, 2011, pg. 133-134) . Por lo anterior, ser humano es un proceso más que un estado fijo que, aunque parezca increíble, únicamente puede conseguirse a través de la urbanización. Por supuesto esta afirmación es compleja porque por un lado, concebimos “lo humano” como una entidad autónoma que nada tiene que ver con el entorno construido, y por el otro, porque este último nos parece que es el que justamente nos deshumaniza; pero entiéndase que en este punto no nos referimos a la ciudad que fundó la modernidad capitalista, sino al proceso de transformación y significación del espacio presente en muchas tradiciones culturales.

(des)humanización del espacio - 2Justamente, lo que hizo la modernidad capitalista fue aislar el concepto de “lo humano” de su relación intrínseca con “lo urbano” para convertirlo en sustancia permanente, es decir, en un estado fijo relacionado con la principal característica del ser: su inmutabilidad. En consecuencia, solemos pensar que ser humano significa nacer con las potencias y capacidades heredados mediante el mecanismo biológico independientemente de lo que el contexto cultural haga con cada uno. Pero visto así, “lo humano” queda esencializado y escindido de la idea de “proceso”, que desde mi perspectiva, es lo que puede llevarnos a ser conscientes de nuestra existencia. En este sentido, “lo humano” tiene que ver con esta conciencia, con la capacidad de entender que existimos por un tiempo relativamente corto, y no con la idea de encarnar un relato que construimos para sentirnos evolutivamente superiores; somos seres que dependemos del mundo que nos rodea, seres que podemos ser empáticos y solidarios pero que no lo somos por el sólo hecho de nacer. En suma, bien podemos parafrasear a Simone De Beauvoir y afirmar que no nacemos humanos sino que nos hacemos humanos.

Ahora bien, este nos hacemos es justamente lo que liga “lo humano” con su dimensión espacial, con su constante significación, transformación y apropiación, porque en la medida en que vamos modificando nuestro entorno también nos vamos fundiendo con él, con lo que pensamos y sabemos de nosotros mismos. Actualmente, la humanización del espacio nada tiene que ver con esta idea y más bien se refiere al hecho de dominarlo y colonizarlo para ponerlo a nuestra disposición y deseo; justamente de eso se trata la arquitectura y el diseño urbano de nuestro tiempo.

Sin embargo, han existido otras formas de humanizar el territorio en concordancia con esta integración y conciencia de la que hablamos. Un ejemplo interesante de ello es lo que el artista inglés Edward James realizó en la selva potosina, aquí en México, con el único fin de crear y recrear sus sueños: una serie de estructuras que posibilitan la comprensión de un fenómeno hasta entonces inexplorado en occidente y que hará inestable la definición de arquitectura que hasta ahora se ha decantando por la pura funcionalidad que le exige el espacio que requiere la reproducción del capital.

El artista llegará a Xilitla, en el estado de San Luis Potosí, en 1945, adquiriendo el predio de Las Pozas en 1947 y sobre el cual comenzará a construir su “Jardín Escultórico”. Tras una helada que acabará con su colección de orquídeas, James decide que podría ayudar a la naturaleza levantando una estructuras fantásticas que por un lado fueran una exploración de sí mismo, y simultáneamente un acto de vinculación con el entorno. Las edificaciones no son esculturas, pero tampoco son objetos espaciales con finalidad alguna -algo que en la arquitectura moderna es característica imprescindible y que obligaría a preguntar: ¿para qué sirve este espacio?-. Se trata más bien de producciones que podríamos llamar performativas, justo porque no surgen de un plan preconcebido, sino que se enuncian al ser construidas.

La arquitectura y el espacio urbano capitalista son producciones espaciales que se realizan casi siempre desde un plan, desde un proyecto, por lo que podemos decir que toda la arquitectura moderna es una representación o la “puesta en escena” de una idea, de una necesidad o de un deseo. Pero a diferencia de esta noción, las producciones espaciales performativas son significadas en la medida en que van emergiendo, así que no representan nada, sino que son ellas mismas en la medida en que avanza su proceso de existencia. Y en esta realización aparece “lo humano”, porque la enunciación sólo puede venir del acto consciente de ser y estar en el momento de construir y habitar.

Es en este punto que nos encontramos con el proceso de humanización-urbanización al que nos hemos referido en el presente texto, pues en este caso el artista además de “humanizarse” a través de la producción del espacio -de ser consciente de su finitud y de su inexorable vínculo con la naturaleza-, expande el proceso hacia lxs otrxs que lo actualizan y lo resignifican cuando lo visitan, cuando están ahí existiendo y habitando junto a las estructuras. El “Jardín Escultórico” de James es un espacio que nos habita cuando lo recorremos, que nos envuelve y que nos hace comprender nuestra estrecha relación con la naturaleza y con nosotrxs mismxs. Desde ahí, es importante convencernos que sí es posible configurar el territorio bajo otras lógicas y poder ser humano a partir del ser urbano. En esta tesitura, la arquitectura que aquí llamamos performativa, algún día erradicará la (des) humanización del espacio urbano capitalista que nos mantiene sumergidos en un esencialismo humano que ha sido otra cosa que el motor de la destrucción del único espacio que podemos habitar.

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Referencias:

Echeverría, Bolívar (2011) La modernidad de lo barroco. México: Ediciones ERA

Grosfoguel, Ramón (2011) La descolonización del conocimiento. Diálogo crítico entre Frantz Fanon y Boaventura de Sousa Santos. El Correo. Recuperado de https://bit.ly/2vhrtDi

Notas   [ + ]

1.“Observemos que la reproducción de la vida humana es un proceso en el que la sociedad cuando trabaja, es decir, cuando da al mismo tiempo a las materias primas la forma de un producto, cifra un mensaje. Ese mensaje no es otra cosa que la forma misma de ese producto que será descifrado cuando la sociedad disfrute o consuma esa forma. Al re-conformar la naturaleza de acuerdo a una técnica de transformación, la sociedad que trabaja atrapa a lo Otro -el referente o contexto- dentro del código inherente a esa técnica, y lo entrega, con-formado adecuadamente, para que la sociedad que disfruta o consume saque provecho o, lo que es lo mismo, se “informe” de él.” (Echeverría, 2011, pg. 133-134)
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Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

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