La comunicación en la posmodernidad: influencia en el sujeto, campo y medio

El femicidio, la masacre cotidiana en Iberoamérica. Iberoamérica Social XIV - artículos
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DescargarRaúl Olmedo Neri.
Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F., México.
raulanthonyn@yahoo.com.mx

Recibido: 24/03/2020 – Aceptado: 12/05/2020

 

Resumen: La comunicación (como ciencia) ha sido objeto de dos transformaciones generadas por la sociedad global. Por un lado, el contexto posmoderno que centra al sujeto como eje directriz, ha encontrado un desarrollo prolífico con el advenimiento de Internet y las redes sociodigitales; por otro lado, estos cambios han dado paso a modificaciones sobre el propio proceso de comunicación, específicamente el medio en el espacio virtual. Por lo tanto, los efectos de estos dos factores generan cambios particulares sobre el campo de la comunicación, haciéndose necesario identificar y reflexionar sobre dichas consecuencias en los propios procesos de generación de conocimiento desde esta ciencia. En este sentido, el presente trabajo aborda la vinculación de la comunicación (como acto) con el sujeto posmoderno y los efectos que se generan en sus bases epistémicas a partir de las innovaciones centradas en el medio. Este ejercicio reflexivo pretende afrontar los nuevos horizontes que se generan en este campo disciplinar ‘reciente’ a partir de los cambios socioculturales y técnicos de la sociedad del siglo XXI.

Palabras Clave: Perspectiva comunicacional; Posmodernidad; Internet; núcleo epistémico; redes sociodigitales.

 

Communication in postmodernity: influence on the subject, field and medium

Abstract: Communication (as a science) has undergone two transformations generated in global society. On the one hand, the postmodern context that centers the subject as the guiding axis has found a prolific development with the advent of the Internet and socio-digital networks; on the other hand, these changes have given way to modifications on the communication process itself, specifically the medium in virtual space. Therefore, the effects of these two factors generate particular changes in the field of Communication, making it necessary to identify and reflect on these consequences in the knowledge generation processes themselves. In this sense, the present work addresses the link between communication (as an act) with the postmodern subject and the effects that are generated in its epistemic bases from innovations centered on the medium. This reflective exercise intends to face the new horizons that are generated in this ‘recent’ disciplinary field from the sociocultural and technical changes of the society of the 21st century.

Keywords: Communication perspective; Postmodernity; Internet; epistemic nucleus; social media.

 

Introducción

Los cambios que se han desarrollado dentro de la sociedad en el siglo XXI hacen cada vez más apremiante repensar los cuerpos teóricos en los que las ciencias sociales se fundamentan, ya que la claridad de sus estructuras se ven modificadas por la realidad que intentan abordar analíticamente, por lo que sin esta revisión del nuevo contexto las interpretaciones realizadas pueden quedar sobrepasadas debido a la práctica de los sujetos en el mundo de la vida.

La noción de mundo de la vida es aprehendida en este trabajo desde la perspectiva habermasiana, es decir “el lugar trascendental en que hablante y oyente se salen al encuentro; en que pueden plantearse recíprocamente la pretensión de que sus emisiones concuerdan con el mundo” (Habermas, 1988b: 179); es el espacio donde al menos dos sujetos establecen actos comunicativos a partir de un elemento que puede fundarse en alguno de los tres mundos identificados por Habermas, a saber: el mundo subjetivo (en donde el individuo tiene un acceso único y se constituye por el cúmulo de vivencias del miso) el mundo social (que se construye a partir de las relaciones interpersonales reguladas por su legitimidad) y el mundo objetivo (constituido por todas aquellas entidades de las que puede derivar potenciales enunciados verdaderos).

El concepto de mundo de la vida, por tanto, permite poner en la mesa de debate el papel del sujeto y sus actos comunicativos, particularmente aquellos que se generan en las redes sociodigitales; estas plataformas eminentemente representan modificaciones en diferentes prácticas culturales, algunas forman parte de tradiciones que se transforman por la incorporación de estas innovaciones tecnológicas en el seno de la comunicación, por ende, su relevancia no sólo se acentúa como reproductoras/perturbadoras de dicho mundo, sino como espacios donde la acción comunicativa se reproduce, de allí que su investigación obliga a repensar los efectos en el campo teórico de la comunicación.

Bajo esta premisa, el presente trabajo aborda el caso particular de la comunicación como ciencia social dentro de este nuevo contexto. Para ello, se analizan tres elementos inmanentes a dicha ciencia: en primera instancia se aborda la influencia del nuevo contexto posmoderno sobre la forma de comunicar del sujeto, ya que tiene la capacidad de hacer comunicación mediante las relaciones sociales que entabla el individuo con otros sujetos en diversos ámbitos de acción como el mundo digital.

En segundo término, se retoma el campo teórico de la comunicación en tanto complejidad contingente de conocimiento en el ámbito social, el cual ante este nuevo contexto difumina las líneas entre disciplinas y objetos de estudio, reabriendo un debate sobre su constitución o en su caso la conformación de una nueva ciencia social integradora y transdisciplinar.

Finalmente, el tercer elemento a evaluación es aquel que refiere la modificación tecnológica del medio dentro de la comunicación; parece que es inmanente y con el paso del tiempo se ha convertido en la base propia de la acción comunicativa del sujeto. Ante esto, es menester establecer su función y delimitarla con la finalidad de evitar el determinismo tecnológico que en los últimos años ha dado paso a la creencia donde la propia tecnología puede resolver los problemas comunicativos en primera instancia y en las del mundo de la vida en general.

Así, la presente reflexión teórico-práctica pone en la mesa de debate los efectos de la posmodernidad sobre las ciencias sociales y con ello, la forma de abordar una realidad que se transforma cada vez más rápido, incluso para los propios sujetos que la viven día a día.

El sujeto posmoderno y comunicación

El sujeto dentro de las ciencias sociales ha tenido un papel relevante en tanto creador, modificador y actor en el mundo de la vida. En este sentido, la condición posmoderna establece un cambio radical y coyuntural en el desarrollo de las formas de producción y reproducción de la sociedad. Este cambio sustancial se da en gran medida por la ruptura entre las generaciones que vivían con los grandes relatos que desde la segunda mitad del siglo XX han entrado en un proceso constante de desmantelamiento ante el desgaste de su propia eficacia, lo que ha dejado sin certezas y estabilidad a los sujetos que se desarrollaban de manera plena y segura.

Autores como Lefèbvre (1972), Lipovetsky (1990), Inglehart (2001) y Harvey (2008), enmarquen el momento histórico de este proceso en 1968 por las movilizaciones internacionales en Francia, México y Praga, entre otros. No es que dicha localización temporal sea como tal el inicio, sino más bien el momento en que las consecuencias propias del falso mito del progreso y desarrollo alcanzaron su punto de inflexión, por lo que allí se hace expresa una modificación coyuntural que se venía desarrollando desde mucho antes.

Convocar a estos autores permite retomar las discusiones generadas a finales del siglo XX alrededor de la posmodernidad; algunas de las críticas a sus postulados adquirieron una afirmación temporal, en tanto que con las redes sociodigitales se han reconsiderado algunos presupuestos, como el arquetipo explicativo que se centra en la liberación del sujeto ante el mito del progreso implementado desde la Modernidad (y la modernización) y fundado en una relación creación-destrucción (Berman, 2011).

Allí reside la relevancia de la posmodernidad, es enaltecer al sujeto y con ello el cuestionamiento del statu quo como un contexto estático que produce las condiciones para su propia reproducción. En las nuevas generaciones ese estilo de vida les es ajeno a su proyecto personal, por lo que la incertidumbre y cuestionamiento a las prácticas, cánones y creencias serán una constante que derivará en procesos de reconfiguración en el plano social y cultural.

La ciencia se consolida como parte de los pilares de aquellas metanarrativas (Lefèbvre, 1972) o grandes relatos (Inglehart, 2001) que establecían una base común para el desarrollo de los sujetos, sin embargo, sabido es que ella misma se encuentra en una crisis no sólo en el ámbito de lo social, sino en su propia esencia (Prigogine, 1994), debido a que la incertidumbre propia del conocimiento desplaza en el largo plazo las leyes que hace siglos se consideraban inmutables. Por lo tanto, el nuevo contexto posmoderno no sólo desestabiliza la ciencia, sino todo el conjunto de elementos que se entraman en la vida social. De esta manera:

… lo fractal, la relación de incertidumbre, [y] el caos no son privilegio de la esfera científica. Se encuentran activos aquí y ahora por todas partes, en el orden de las costumbres y de los acontecimientos, sin que tengan prioridad el uno sobre el otro (Baudrillard, 2000, p. 62).

En este sentido, tanto Prigogine como Baudrillard identifican que estos cambios en la sociedad están en todas las esferas, incluso en las instituciones como el Estado, el que como afirma Carmen Millé (2017, p. 29) “… parece haberse aliviado de la obligación de dar cuenta de la indefensión de amplios, cada vez más amplios, sectores de la población”. Lo anterior debe analizarse a través de las relaciones que tienen la esfera política y económica, por lo que en la propia dinámica del capitalismo y la globalización (Beck, 1998), el Estado sufre una reducción en el ámbito económico, forzándolo a un papel de tipo administrativo, dejando que el mercado se autorregule y el capital circule sin obstáculos.

A escala mundial, esta aparente liberación del sujeto identificada en los presupuestos de la posmodernidad, se concatena con la materialización de la globalización y la consecuente construcción y reificación del sujeto mediante la consolidación de nuevos mitos, mismos que han sido emanados de las nuevas expresiones de (auto)explotación del siglo XXI, como lo es la fetichización del emprendedor (Marwick, 2018), es decir, como el sujeto de la actual sociedad global que asume sus propias necesidades para prescindir de las garantías otorgadas por el Estado-Nación, con un amplio espíritu de superación económica y que puede ser potencialmente exitoso mientras sus formas de creación de riqueza se instalen en procesos derivados del sometimiento de la creatividad e innovación a la lógica capitalista.

De esta manera, si el sujeto cambia la perspectiva para ser y estar en el mundo, consecuentemente también lo hará en las formas de socializar y comunicarse, ya que el cuestionamiento no sólo se da a las instituciones, sino a los procesos ya establecidos como la forma en que se produce, reproduce y distribuye la información y con ella la comunicación. Un ejemplo de estos procesos de reconfiguración se da en el ejercicio periodístico, donde tanto periodistas como líderes de opinión son desmantelados simbólicamente para formar parte de los individuos que se encuentran en el espacio público; entonces, la crítica posmoderna emanada del sujeto cuestiona el privilegio de comunicar y lo redimensiona a partir de las capacidades (affordances) y usos que le dan a Internet y las redes sociodigitales.

El cuestionamiento sobre el privilegio de comunicar reside en que la producción y reproducción de la información y la comunicación en la esfera pública ya no se restringe a los medios masivos análogos ni a estos sujetos que forman parte de los filtros en el proceso de comunicación, sino que existe la posibilidad de generar contenido alternativo en el espacio digital, por lo que se da una descentralización en el abastecimiento informativo de la opinión pública como resultado de la arquitectura reticular, oblicua, multidireccional y redundante de la red. En otras palabras, “las redes sociodigitales operan como un espacio externo a las estructuras institucionales y jerárquicas de la publicación en el periodismo” (Hermida, 2018, p. 507).

Si antes existía un solo canal y por tanto una sola voz, actualmente el individuo reafirma su condición y posibilidad de comunicar a través de la apertura mediática que se da por la revolución tecnológica sobre la comunicación. Es allí donde reside en primera instancia la ruptura/apertura en la esfera comunicativa; es ruptura del paradigma comunicativo basado en la dicotomía emisor/receptor, por un lado, y apertura por la transformación del medio ya no como vehículo del mensaje, sino como ambiente en el que se generan nuevas formas de socialización, producción y distribución del conocimiento.

Todos los individuos dentro del espacio virtual se encuentran ante una multiplicidad de posibilidades de presentación y representación en espacios-no-físicos que deriva de la parcelación de Internet generada por plataformas como Facebook, Twitter, Instagram, WeChat, RenRen; esta parcelación arbitraria y enajenante sobre el individuo resulta por un lado, de la latente fascinación por formar parte de las comunidades virtuales que interactúan mediante la producción, reproducción y flujo de información, y por otro, de la necesidad de extraer la mayor cantidad de datos personales mediante estas diversas formas de presentarse y representarse de acuerdo con sus intereses y finalidades. Esto tiene sentido a partir de la transformación que deviene con los desarrollos tecnológicos en el seno de la comunicación porque “ya no pertenecemos a una única comunidad: la vida está repartida entre una pluralidad de redes y ninguna de ellas puede tener la exclusividad” (Innerarity, 2011, p. 238).

En este sentido, los individuos tienen el mismo derecho a informar y comunicar (independientemente de su condición educativa, política, ideológica, cultural o económica), por lo que no pensarán dos veces en usar las redes sociodigitales para incrementar su visibilidad, con la finalidad de posicionarse estratégicamente en la red subyacente al flujo de información en el espacio digital, lo que dará paso a un mundo caóticamente plural, con más ruido y menos contenido, con más forma, pero menos sentido, llegando a lo que Baudrillard (1988, p. 194) entiende como el éxtasis en la comunicación, donde “en el fondo el mensaje ya no existe; es el medio el que se impone en su pura circulación”.

Esa circulación se da en el seno de la mercantilización de la cultura y la información, en donde la comunicación, vista como acto y acción, se reduce a un nivel de intercambio y evita el nivel de satisfacción de las necesidades (comunicativas). Esto es, si en un inicio lo importante era el contenido que tenía una función en el contexto, ahora se configura un valor al medio que se desarrolla en dicho contexto; ya no más un debate entre las partes que confluyen dialécticamente en la realidad social concreta, sino una retroalimentación vacía de sentido mediante la redundancia de información entre quienes poseen similitudes ideológicas, políticas, sociales, culturales y económicas.

Entonces, la comunicación en el espacio virtual se vuelve vacía, se intercambia como mercancía y aun así se desvaloriza; de allí que la información “se asume como un conjunto de variables que al conocerlas en su interacción podrán dinamizar el capitalismo en su proceso de producción/consumo” (García Calderón y Olmedo Neri, 2019, p. 91). Su única ganancia es económica y de acumulación, dejando de lado la expresión de reflexión y sentido, lo que deriva en una delimitación de la posibilidad de comunicar; ante la saturación de información se genera una obstrucción en la comunicación y su entendimiento.

Y si la dinámica de la comunicación se establece en este contexto, ya no sólo se habla de su vacío de contenido, sino del desplazamiento de la producción por la reproducción, la cual en el capitalismo tiene una dirección dinámica hacia el infinito, reduciendo los insumos para su producción y monopolizando su distribución y reproducción. El producto original se difumina ante las reproducciones idénticas que fluyen en un espacio en permanente crecimiento e interconexión, lo que dificulta, por ejemplo, identificar a quienes generan fake new; es ese gran espacio virtual el que también permite el desvanecimiento de responsabilidades informativas, ya que la premura por publicar información reduce la capacidad y relevancia de verificar las fuentes que sustenten el hecho social mercantilizado en información.

Ante este panorama resulta apremiante reflexionar sobre el caso de la comunicación ya no en la práctica, sino en la teoría que la determina como campo de conocimiento y objeto de estudio para comprender desde allí la realidad, lo que la dota de autonomía; una estabilidad que con la posmodernidad se cuestiona y en algunos casos la disuelve en lo que diversos autores mencionan como la nueva ciencia social, libre de parcelaciones y ataduras, porque la propia realidad ha resaltado su más grande característica: la complejidad.

La comunicación y su constitución

El advenimiento de los desarrollos tecnológicos en el seno de la comunicación ha dado paso a revivir el debate sobre la constitución del campo de esta ciencia, así como la relevancia de su perspectiva para entender los nuevos fenómenos sociales que convergen mediáticamente entre lo offline y lo online. Es la complejidad de los fenómenos abordados desde esta ciencia lo que implica retomar elementos de otros campos, renovarlos e innovarlos para atender las interrelaciones del objeto de estudio.

Internet y particularmente las redes sociodigitales se presentan como un claro ejemplo de este proceso complejo, ya que han abierto un amplio abanico de posibilidades en donde se puede dar la inter y transdisciplinariedad y donde la comunicación juega un papel central y a la vez trasversal, debido a la innovación en métodos y técnicas para abordar los hechos sociales en el plano digital (Rogers, 2018; Couldry y Kallinikos, 2018).

Edgar Morin (1994, p. 421) menciona que “se puede decir que hay complejidad dondequiera se produzca un enmarañamiento de acciones, de interacciones, de retroacciones” y es justamente la comunicación, vista como ciencia, el mejor ejemplo de la complejidad existente en el conjunto de relaciones sociales, no sólo por su constitución histórica, la cual le ha permitido recibir aportaciones de la sociología y la psicología, sino por su propio objeto de estudio en el que se articula todo un conjunto de relaciones, interacciones y medios que se entrelazan a otras ciencias.

Así, lo complejo de la comunicación emana de los elementos transversales que confluyen en su concreción; sea el individuo y los procesos de comunicación que realiza, los medios de comunicación que se instalan en procesos de regulación estatal o explotación económica, o las articulaciones potenciales de redes sociodigitales para que movimientos sociales concreten sus demandas en el espacio público, el campo de la comunicación puede, y de hecho lo hace, ampliar el análisis de sus objetos de estudio haciendo incorporaciones críticas de otras ciencias, métodos y técnicas. Su complejidad, por tanto, deriva de su capacidad de integración teórico-conceptual sobre los hechos sociales donde la comunicación se presenta.

Con esta complejidad se conjuga un problema en dicho campo, ya que su potencial amplitud y flexibilidad puede difuminar el carácter propio de la comunicación, es decir aquello que lo hace un análisis desde esta ciencia social, por lo que esta capacidad reabre un viejo debate sobre el campo teórico autónomo de este saber científio, del cual se destacan dos visiones generales. La primera visión está sustentada por autores como Vizer (2016) y Sfez (1995) que buscan una delimitación teórica y conceptual a través de la identificación del campo ontológico, un núcleo epistémico propio y en algunos casos, hasta el establecimiento de una “perspectiva comunicacional” desde la cual se pueden entender y explicar las relaciones y acciones sociales como lo propone Craig (1999).

Mientras que Sfez (1995) establece las revoluciones de las “tecnologías del espíritu” como uno de los elementos más importantes que distinguen a la comunicación como ciencia, Vizer hace énfasis en que la complejidad de los temas a abordar desde este campo de conocimiento reside en que “las fronteras entre el adentro y el afuera, lo físico y lo psíquico, el mundo personal y el colectivo, el mundo material y el cultural se funden, construyendo un ‘mundo de la vida emergente’, con sentido ontológico nuevo” (2016: 28), por ende, es necesario establecer limitaciones a partir de los objetos, los enfoques y las categorías que se emplean para determinar el entendimiento del propio fenómeno.

Es así como Craig (1999) convoca a una perspectiva comunicacional de la cual se pueda derivar el análisis de la comunicación (como acción) desde la propia comunicación (como ciencia). De acuerdo con este autor, la falta de esta perspectiva ha hecho que existan teorías para explicar la comunicación, pero no existe un campo firme, delimitado y autónomo desde el cual se pueda iniciar el análisis. Por ello no sólo aboga por la perspectiva comunicacional, sino en la constitución de un metamodelo comunicativo donde se vaya más allá de lo convencionalmente analizado (bases y alcances), en donde “el modelo constitutivo ofrece a la disciplina de la comunicación un eje, un rol intelectual central y una misión cultural” (Craig, 1999, p. 125).

Así, estas visiones dan por sentada la necesidad de tener un marco teórico autónomo y legitimado ante la generación de conocimiento, que permitirá establecer un verdadero campo de acción desde el ámbito de la investigación social. El problema radica en que la comunicación no sólo tiene presente esta crisis de inexistencia y delimitación, sino que otras ciencias ‘consolidadas’ como la sociología, la economía y la ciencia política están sufriendo cambios específicos en los que sus bases les implican repensar la ciencia y la forma de abordar la realidad (Habermas, 1988a).

En oposición a esta búsqueda de certeza ontológica y epistémica, existen autores como Giménez (2011) y Fuentes Navarro (2016), quienes vislumbran que esta aparente crisis teórica y de desvanecimiento de autonomías y fronteras entre las ciencias sociales no es más que el inicio de la conformación de una nueva ciencia social abarcadora, compleja y plural.

De esta manera, esta falta de autonomía es un proceso de integración para una nueva ciencia social. Giménez (2011, p. 110) precisa y a la vez dificulta el campo teórico de la comunicación al sostener que“… la sociedad, en cualquiera de sus escalas y en cualquiera de sus instancias, es simplemente impensable sin la comunicación”, lo que en términos prácticos señala la relevancia innata del acto comunicativo, el cual se encuentra en todas las esferas de acción del mundo de la vida.

A partir de esto, se explica de qué manera otras ciencias tuvieron incidencia en conceptos, teorías e incluso líneas en las que la comunicación se desarrolló. No obstante, esta aparente disolución es vista como un signo de vitalidad de la propia ciencia y no como otros que lo describen como un intento de experimentación teórica y práctica en un campo que estaba presente pero no constituido.

De hecho, actualmente se está dando un proceso en el que las ciencias sociales convergen en una amalgama, la cual es definida como “… la fusión, recombinación o cruzamiento de las especialidades o de sectores de disciplinas vecinas, que tienen por efecto principal la circulación de conceptos, teorías y métodos de una disciplina a otra, sin importar las fronteras” (Giménez, 2011, p. 116).

Esta circulación de conceptos, métodos y técnicas son parte de la propia dinámica de las ciencias sociales, por un lado, y la realidad cambiante, fluida y compleja, por otro. Sus fronteras, por ende, se mueven y en algunos casos se disuelve no por el sesgo del investigador, sino porque el propio fenómeno a estudiar se lo impone; es parte de la relación sujeto-objeto en el que la interacción entre los dos elementos se vuelve dialógica-dialéctica (Craig, 1999), en tanto el que observa identifica las implicaciones y necesidades que el propio objeto requiere para ser entendido desde la perspectiva que el sujeto determina  a priori.

En estas dos explicaciones, el debate no se centra en un campo delimitado dentro del presente, sino en lo que se convertirá la ciencia en un futuro próximo, donde la realidad imponga la necesidad de esos cambios, los cuales pueden ser más rápidos en unas ciencias que en otras. Por tanto, las discrepancias de las posturas no radican en el objeto de estudio de la comunicación porque en él existe un consenso sobre lo que puede abordar desde este campo, sino en la forma en que se debe teorizar al respecto: desde el pasado y como se ha venido haciendo en las ciencias ya consolidadas, o hacia el futuro, donde la incertidumbre y la convergencia juegan un papel determinante para el análisis de los diversos fenómenos que acontecen en la vida, resultado de los procesos de apropiación del mundo digital en la vida material.

Desde el estudio realizado, se infiere que el análisis del espacio virtual que actualmente reside en la comunicación como ciencia, está determinado por una amalgama del conocimiento, donde se presenta la convergencia de hechos sociales que son analizados desde diferentes campos teóricos, sin desplazar el papel y contexto coyuntural que supone la comunicación.

En este debate entre la búsqueda de la diferenciación y el entendimiento de la complejidad, es importante destacar que estos autores analizados presentan un consenso sobre una variable que, con el paso del tiempo, se ha vuelto inexorable de la propia comunicación tanto en teoría como en la práctica: el medio. Fuentes Navarro (2016, p. 119) concuerda en los tres problemas fundamentales de esta ciencia: “la comunicación como concepto; los medios como soportes materiales, como instancias significativas y como instituciones sociohistóricas; y la investigación de la comunicación como práctica social”; de ellos, el medio es el que posee mayor importancia, no sólo por la apertura mediática que trae consigo, sino por su inserción en el mundo de la vida donde ha servido como dinamizador y en otros casos ruptura de las formas de interacción social históricamente constituidas.

El medio en lo cotidiano

El medio se ha vuelto tan importante en los últimos años, especialmente derivado de las revoluciones tecnológicas, que ha dado paso a un análisis sobre su papel y función dentro de comunicación en tanto teoría, así como la práctica comunicativa en la vida cotidiana de los sujetos. Su conformación no sólo se da a partir de la técnica, sino de la incorporación paralela de procesos humanos a espacios programáticos y computacionales; destaca particularmente el campo lingüístico, el cual posee un amplio abanico de interconexiones con el mundo virtual que derivan en términos como ‘tecnologías del lenguaje’ o ‘tecnologías lingüísticas’, mediante las cuales es posible tanto la creación de aplicaciones web, como el desarrollo de “herramientas pensadas para ayudarnos a utilizar los ordenadores sin renunciar por ello a nuestro uso habitual del lenguaje como medio de interacción y de intercambio de información” (Llisterri, 2003, p. 9).

De esta manera, la creciente incorporación de estas redes sociodigitales al mundo de la vida se debe en gran parte a los procesos convergentes para integrar capacidades humanes y posibilidades de interacción en dichas plataformas. De hecho, “la actividad de las máquinas y de sus herramientas informáticas es lingüística, implica la manipulación de lenguajes técnicos a la vez complejos y superpuestos” (Mathias, 2012, p. 145), por lo que el campo lingüístico ha sido clave para construir el medio en la sociedad del siglo XXI. Sumado a lo anterior, desde esta área de conocimiento se han establecido marcos teóricos y analíticos que se enfocan en las formas de apropiación tecnológica y sus efectos en la lengua y el lenguaje por parte del hablante (Thurlow, 2018), lo que permite comprender que los objetos de estudio entran en un proceso de interconexión entre lo virtual y lo real, que analizados aún desde un mismo punto de vista pueden generar resultados particulares.

La importancia que ha adquirido el medio, entonces, no sólo se remonta al dinamismo de las relaciones sociales y el flujo de la información, sino también a las modificaciones sustanciales que se dan en el mundo de la vida. Por tanto, el medio se vuelve el articulador de nuevos contextos socioculturales en el espacio digital que permiten que los individuos interaccionen.

Sfez (1995, p. 36) utiliza a Frankenstein como metáfora de las revoluciones tecnológicas; la comunicación propiamente dicha ha sido desplazada por la técnica, “… esa que invade hasta los más pequeños rincones de la vida cotidiana, está ligada a la visión global, simbólica, de las relaciones hombre/mundo”. Pareciera ser que la tecnología ha sobrepasado la función instrumental con la que fue creada en su momento; ya no es más una herramienta por la cual se desenvuelven los individuos, sino un ambiente en el que interactúan.

Este contexto permite, sin embargo, caer en pretensiones exageradas que han hecho eco en teorías donde “ha seguido la dependencia de lo social respecto de lo técnico (Innerarity, 2011, p. 210). Se está así ante una nueva forma de alienación en tanto el sujeto es desplazado por su continente; el medio lo absorbe y lo condiciona a las reglas del sistema que reproduce, por lo que este contexto de interacción-comunicación se vuelve estratégico, ya que “el contexto en que nos encontramos prefigura cómo debemos actuar” (Pearce, 1994, p. 278).

Por lo tanto, en este panorama, el sujeto se encuentra presente, pero sigue siendo invisible ante la magnitud de posibilidades comunicativas y de todos aquellos que pretenden realizar lo mismo en el plano de la comunicación. El individuo entonces se desarrolla en un mundo caóticamente plural.

Además del impacto en la teoría, el medio incursiona en el mundo de la vida de tal manera que refuerza la alienación ya que permite distorsionar el tiempo y el espacio, así como la propia información del sujeto, por lo que “en lugar de la trascendencia reflexiva del espejo y la escena, hay una superficie no reflexiva, una superficie inmanente donde se despliegan operaciones, la suave superficie operativa de la comunicación” (Baudrillard, 1988, p. 188). Es allí donde el sujeto juega y resurge; ya no se refleja ni es expuesto, se expone de propia voluntad y bajo los criterios en los que puede filtrar su decisión, derivado de la circunscripción realizada previamente por los contextos generados por los medios de comunicación sociodigitales.

Es esta auto-exposición una transparencia opaca, un cristal que simula y a la vez deforma lo que en él se mira, así son los medios sociodigitales. Como afirma Byung-Chul Han (2013, p. 78) “allí no se aspira al poder, sino a la atención”, la cual en cierta medida es controlada por quien se deja mirar; enseña realmente lo que quiere que los demás vean, por ello “… la red digital como medio de transparencia no está sometido a ningún imperativo moral (…) la transparencia digital no es cardiográfica, sino pornográfica” (Han, 2013, p. 86) y esto último se da en tanto se reproduce al infinito y bajo los deseos de quien lo produce.

Si como afirma Peirone (2012, p. 55):

Históricamente, los seres humanos hemos utilizado la tecnología para remediar buena parte de nuestras insuficiencias, pero también es cierto que, cebado por los logros alcanzados, fuimos generando una escalada tecnológica que ha condicionado nuestras vidas y determinado nuestros vínculos con el mundo

Entonces, esta conversión entre el sujeto y el objeto ha sido en gran medida por la propia dinámica que la sociedad se ha impuesto a través de la posmodernidad. Así, el medio se vuelve la parte integradora entre el sujeto y el objeto, formando no sólo el contexto, sino la acción y, por tanto, un elemento a estudiar.

Lo anterior es particularmente complejo debido a que se desplaza el fenómeno social y se reduce a una capacidad tecnológica y de acceso por parte de los individuos hacia el nuevo mundo digital, que en última instancia posee una base en las relaciones sociales. Ser pobre ya no es aquel que no posee los ingresos suficientes para reproducir su propia fuerza de trabajo, sino aquél que no posee un dispositivo que le permita estar en el nuevo mundo; la muerte ya no sólo es biológica, también puede ser tecnológica y comunicativa.

Conclusión

La comunicación como ciencia ha tenido cambios sustantivos en los últimos años; dichas modificaciones responden, por un lado, a la dinámica que se lleva en el mundo de la vida a través del reposicionamiento del sujeto, y a la complejidad del campo de estudio de dicha ciencia, por otro.

De lo expuesto a lo largo del presente trabajo, se puede observar que la posmodernidad es el resultado de la convergencia de un contexto económico y social donde el sujeto retoma la parte dinámica y directriz del mundo de la vida. En este panorama, la certeza es cambiada por incertidumbre, lo cual trae consigo “una sociedad cada vez más diversa, tanto en términos de cultura de origen como en los estilos de vida que hemos elegido desarrollar” (Young, 2012, p. 235).

Esta incertidumbre, como se ha expuesto, no sólo se desarrolla sobre el sujeto, también se hace presente en la ciencia y la forma de generación de conocimiento, ya que la autonomía de las disciplinas se ve cuestionada por la realidad en tanto la complejidad del objeto remite a la combinación de diversos campos teóricos, para que comiencen a trabajar en conjunto hasta llegar a borrar sus contrastes ontológicos y fronteras epistémicas con la finalidad de dar paso a un análisis holístico.

Sea derivado de la amalgama o como parte del proceso hacia la transdisciplinariedad, estos cambios afectan tanto a ciencias ‘consolidadas’ como aquellas ciencias que debido a su complejo campo de estudio se vuelven transversales, lo que les permite convocar de manera recurrente y necesaria, posturas, conceptos, métodos y técnicas para dar respuesta a un entramado de acciones, reacción e interacciones.

Por lo tanto, la búsqueda de una diferenciación teórica y práctica de las ciencias ya no debería considerarse una prioridad apremiante, debido a que el objeto a estudiar impone las necesidades para su propia explicación; existirán aquellos que sólo requieran una perspectiva, pero a medida que su complejidad se hace evidente, el uso de otras posturas o perspectivas teóricas permitirán entenderlo y comprehenderlo de mejor manera.

Finalmente, las revoluciones tecnológicas no son más que la implementación de la técnica sobre sí misma, lo cual parece reafirmar que el Frankenstein (el medio) no sólo está tomando el poder, sino que está aprendiendo a reproducirse. Y ante esta vorágine propia de los cambios cada vez más rápidos e imperceptibles, la tecnología se vuelve una constante no sólo en las interacciones entre los individuos, sino en los campos de investigación de la comunicación.

Así, la tecnología no debe ser entendida como aquella que determina el desarrollo social, ya que las revoluciones tecnológicas están condicionadas a partir de los objetivos y los intereses de quienes la utilizan para materializar sus intereses (individuales o colectivos), es decir, los sujetos que se apropian de la tecnología. Es así como estos tres elementos se relacionan de tal manera que su propia explicación parte de la complejidad que los determina.

Referencias

Baudrillard, J. (1988). El éxtasis de la comunicación. En H. Foster, La Posmodernidad (pp. 187-197). Barcelona: Kairos.

Baudrillard, J. (2000). ¿Quién piensa a quién? El mundo es quien nos piensa. En E. Portella, Caminos del pensamiento: hacia nuevos lenguajes (pp. 61-69). París: UNESCO.

Beck, U. (1998). ¿Qué es la globalización? Barcelona: Paidós.

Berman, M. (2011). Todo lo sólido se desvanece en el aire. México: Siglo XXI.

Couldry, N., y Kallinikos, J. (2018). Ontology. En J. Burgess, A. Marwick, y T. Poell, The SAGE Handbook of Social Media (pp. 146-159). Londres: SAGE Publications.

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Estudiante en Maestría en Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Formado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e Ingeniería Agrónoma, Especialización en Sociología Rural en la Universidad Autónoma Chapingo (UACh).

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