Hacia la descolonización y desnaturalización de la Naturaleza

Asumir que tanto colectividades humanas como no humanas (animales, plantas, minerales) poseen sus propios horizontes de acción.

desnaturalización de la Naturaleza
desnaturalización de la Naturaleza

Quizás uno de los mayores desafíos que nos encontramos diversas defensoras de los territorios y de las aguas es sostener nuestra lucha sin caer en la naturalización de la Naturaleza.

Con naturalización me refiero a la estandarización e imposición de un esencialismo respecto de qué es lo natural, lo que contiene un fuerte sesgo colonial, ya que ese proceso ha tendido a minimizar la Naturaleza como un lugar de descanso, goce, pero también como entidad a ser explotada de manera ilimitada, para perpetuar las ganancias de las y los poderosos mediante el despojo y la contaminación de los ecosistemas. Refiere a la imposición de un orden social y un sistema sexo-genérico, donde sigue primando el capitalismo y la heteronormatividad como deber ser de lo natural, como un único camino posible a transitar.

Cabe señalar que el uso que aquí hago de desnaturalización no hace referencia al exterminio y las políticas de saqueo contra la Naturaleza (lo que otros escritos sí relacionan), sino más bien a evidenciar la condición histórica de homogenización que han tendido las modernidades hegemónicas, de entender y delimitar lo natural como algo prefijado.

desnaturalización de la NaturalezaHablar de desnaturalizar es asumir una visión plural, diversa y dispersa, de agenciamiento y condición política de lo que llamamos por Naturaleza, asumiendo que ya la propia categoría es impuesta por un sistema-mundo, y por lo mismo sería más pertinente hablar de Pacha Mama, por ejemplo para los pueblos andinos, u otras formas del nombrar ese todo articulado en unicidad desde la pluralidad. Sólo con el fin de dar cuenta de diversas realidades seguiré usando la palabra Naturaleza, asumiendo la propia limitación del término.

La agroecología, así como también diversas prácticas ancestrales, nos enseña que uno de los elementos constitutivos de lo que llamamos Naturaleza es la diversidad y su carácter performativo, cambiante, y que justamente ahí radica su principal enseñanza para las comunidades y pueblos.

Históricamente la Naturaleza ha sido concebida desde su (de)limitación como objeto, siendo homologada al sistema político/social/económico imperante y a los estereotipos de género en que lo femenino es asociado al orden de lo natural por ser una identidad caótica, salvaje, exótica, sensible, desprovista de racionalidad, y lo masculino al mundo de la racionalidad, de los pensamientos, de lo civilizado.

Es aquí donde podemos observar claramente la impronta colonial de esta clasificación, que sigue operando tanto desde el quehacer científico pero también, aunque en menor grado, por organizaciones que se movilizan por la defensa de los territorios. Por ello la necesidad urgente de problematizar esta dimensión de nuestras luchas y romper con la dicotomía clásica de Naturaleza versus cultura.

Como señalara Cristina Vega: “los movimientos ecologistas necesitan considerar todo esto y hacer una deconstrucción de la heteronormatividad que está muy presente dentro del concepto mismo de naturaleza (Foro, Ecologismos Queer, naturaleza y alianzas subversivas, Quito, 2019)”.

Acercarnos a un feminismo de los pueblos, un feminismo territorial, comunitario, socioambiental, requiere posicionarnos  ante la defensa de los ecosistemas desde una visión que critique tanto al esencialismo como al extractivismo, ya que ambos operan de igual manera desde un antropocentrismo, mediante la imposición de un “deber ser natural” establecido por la supremacía colonial.

Asumir que tanto colectividades humanas como no humanas (animales, plantas, minerales) poseen sus propios horizontes de acción. Es reconocer al binarismo esencialista (femenino v/s masculino) como un relato coercitivo, que condiciona, reduce y perpetúa la explotación de cuerpos y territorios. Si bien muchos pueblos históricamente han asociado cerros, piedras y fuentes de agua con ámbitos femeninos y/o masculinos, estas relaciones no necesariamente han actuado como imposición, dando cabida también a transiciones e interacciones más allá de esas dos condiciones.

La Naturaleza ha sido producida desde la interacción histórica y milenaria de diversas corporalidades, siendo una, de varias, la humana. Pensarla como tejido, articulación, y no como algo dado, nos sitúa en una defensa desde su reconocimiento como sujeto político, desde una gama de lecturas y vivencias, en que sí sea posible un horizonte común de estos cuerpos, en la búsqueda de la defensa, de la restauración de los ecosistemas y por buenos vivires de quienes habitamos esas territorialidades.

Reconocer la Naturaleza como comunidad plural, construida desde diversos flujos de encuentro entre organismos, es también asumir una lucha antiextractivista desde las memorias de resistencia tanto humanas como no humanas. Es sostener que un glaciar, un salar, un río, poseen memorias y  trayectorias propias de vida, y que es posible restaurar formas de relacionarnos con lo que nos rodea entendiéndonos como Naturaleza y como cuerpos de agua.

 

Fuentes de inspiración (colectivas e individuales): Colectivo de Geografía Crítica Ecuador, Comité Socioambiental CF8M, Feminismo Comunitario Antipatriarcal, Movimiento por el Agua y los Territorios – MAT, OLCA, Cristina Vega, Donna Haraway, Estefanía Vega, Maristella Svampa,  Yayo Herrera, y tantas más.

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Doctora en Estudios Americanos.

Antropóloga con Magíster en Psicología Social.

Investigadora del Programa de Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.

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