El giro decolonial en la producción del espacio urbano-arquitectónico

El espacio es mucho más potente de lo que creemos y sabemos; los estudios antropológicos y arqueológicos nos proveen de muchos ejemplos que nos permiten concluir que tanto la arquitectura como la ciudad no sólo han sido estructuras en las que se reproduce la vida, sino que son los vehículos que hacen posible las relaciones sociales.

Habitamos un planeta lleno de ciudades, y tal vez, en la más distópica de las prospectivas, pronto habitaremos una ciudad planetaria. Las cifras del crecimiento urbano son totalmente escandalosas. Para 2015, había ya más de 550 ciudades con más de un millón de habitantes y se piensa que éstas absorberán todo el crecimiento demográfico para el 2050 (Davis, 2006). Hoy podemos afirmar con o sin orgullo, que, por primera vez en la historia de la civilización, más de la mitad de la humanidad vive en ciudades.

Esto significa que la mayoría de nosotrxs yace rodeado de aquello que decidimos llamar arquitectura y que -querámoslo o no- forma parte de lo que somos y hacemos. Introducir el giro decolonial en este contexto me parece algo fundamental, pues el espacio urbano no puede reducirse a un mero hábitat; se trata más bien, de un territorio que muta con la interacción social y con la dinámica de la densa trama de significaciones que los grupos humanos espacializan por fuerza. Un territorio en disputa perenne que reproduce las relaciones de poder que simultáneamente lo realizan. En este sentido, la resistencia a la imposición espacial que ha desarrollado la modernidad capitalista/patriarcal, nos obliga a cuestionar el sentido y razón de lo que significa habitar el espacio urbano. Develar pues, los mecanismos de colonialidad implícitos en el espacio, es una tarea pendiente que debe comenzar revisando las categorías de análisis urbano-arquitectónico que por el momento forman parte de la imposición epistémica moderna.

El giro decolonial - arquitectura

Como ejemplo de ello, pensemos en los pueblos originarios sudamericanos, los cuales a través de la reutilización del nombre Abya Yala -nominación que los Kuna utilizaban para referirse a la extensión territorial que los colonizadores denominaron América- deciden nombrarse y reafirmarse desde su propia especificidad, es decir, atribuirse existencia sin pasar por las formas de auto-significación impuestas. Esta afirmación existencial construida desde la nominación del territorio me parece trascendental, justo porque se trata de un proceso identitario de ratificación existencial vinculado al espacio; algo que el mismo colonialismo europeo intuyó cuando decidió aniquilar las formas de vida que consideró “salvajes” porque formaban parte de la mismidad que les legitimaba “civilizarlos” (Dussel, 2000).

La resistencia espacial planteada por estos pueblos me parece una prueba irrefutable de la pertinencia de revisar bajo la lupa de la decolonialidad, todo el andamiaje teórico que ha sustentado la producción arquitectónica desde el Renacimiento italiano. Este ensayo dividido en cinco partes pretende contribuir con ello.

Parte I: El espacio primero

Para la mayoría de nosotros, la arquitectura y la ciudad son materialidades inocuas que sirven únicamente como escenario de la vida; estructuras que sostienen y manifiestan la riqueza de nuestro universo material, pero que no intervienen directamente en nuestras vidas. De hecho, las entendemos como expresiones fijas que están ahí para darle forma al mapa mental que todxs tenemos -tanto de la espacialidad compartida como de la propia- y que utilizamos para desplazarnos, encontrarnos y sabernos.

Como sabemos, el objeto arquitectónico hace tiempo que está fetichizado, es decir, que tanto para lxs especialistas como para lxs usuarixs lo relevante es el objeto, no lo que esta materialidad significa, produce o detona. Las revistas, publicaciones e investigaciones académicas se concentran exclusivamente en éste soslayando su complejidad trialéctica1La trialéctica espacial, es un concepto expandido de la tríada de Lefebvre desarrollado por Edward W. Soja. Para éste, existen tres espacios interrelacionados desde lo cuales se produce la espacialidad urbana: el primer espacio, que se refiere a la percepción física y empírica de la ciudad como forma y proceso; el segundo espacio, que se define como un plano mental o ideal en dónde se generan las representaciones simbólicas del espacio urbano; y finalmente, el tercer espacio, que es la experimentación de la relación entre los dos primeros. Para el presente ensayo, lo importante radica en el circuito dinámico que conforman las tres espacialidades, es decir, el proceso trialéctico que produce y reproduce el espacio como la única vía de realizar la vida social., y, por tanto, atendiendo únicamente a sus propiedades materiales y a sus características técnicas. En ocasiones, esta fetichización se combate a través de la contextualización, es decir, tomando en cuenta el entorno político, social y económico que domina una época y una geografía dentro del análisis socio-espacial. Sin embargo, tanto la primera como la segunda forma de análisis mantienen al objeto arquitectónico suspendido en la unidireccionalidad de la expresión, esto es, como si se tratara de un producto exclusivo del ingenio y la creatividad personal; como una materialización producto del pensamiento social. Pero en ningún caso, la arquitectura logra entenderse como la realización de la vida social o como una estructura espacial que produce significados. A cambio, tenemos un modelo abstracto con innumerables variantes al que sólo tienen acceso las minorías enriquecidas a partir de la extracción del trabajo ajeno, y que configuran un régimen de poder que invisibiliza e inferioriza la producción espacial de las mayorías.

A partir de ello, es relativamente sencillo pensar que tanto la arquitectura como el urbanismo son saberes coloniales que tienen como objetivo ratificar el poder de ciertos grupos y validar sus valores, pensamientos y comportamientos. No lo negaremos e incluso lo reafirmaremos, pero es importante observar que en este enunciado vuelve a hacerse presente la unidireccionalidad que suspende la trialéctica espacial. En todo caso, habremos de añadir, que esta materialidad produce o genera la axiología de la clase dominante, desarticulando la visión tradicional -colonial- de los estudios y análisis arquitectónicos.

El espacio es mucho más potente de lo que creemos y sabemos; los estudios antropológicos y arqueológicos nos proveen de muchos ejemplos que nos permiten concluir que tanto la arquitectura como la ciudad no sólo han sido estructuras en las que se reproduce la vida, sino que son los vehículos que hacen posible las relaciones sociales. Esto significa que la forma del espacio no es una representación o metáfora del modo en que decidimos organizar y dotar de sentido al mundo, sino que es la forma en que lo realizamos; en otras palabras, el espacio no espejea las significaciones culturales, sino que las ejecuta y las materializa. Así que, tomando prestada de Bourdieu la definición de habitus, afirmaremos que el espacio y sus producciones son estructuras estructuradas estructurantes que conforman el hecho y la acción humana.

¿Por qué entonces pensamos la arquitectura como materia estática? ¿Qué es lo que hizo que el circuito de la trialéctica espacial se detuviera, y que el objeto arquitectónico y la ciudad, dejaran de entenderse como parte intrínseca de las relaciones sociales? Bien podemos estar de acuerdo en que los estudios de antropología o de sociología urbana -incluyendo desde luego al urbanismo- han centrado sus análisis en la dinámica social dentro de contextos espaciales específicos, pero en su mayoría, dichas investigaciones mantienen la espacialidad congelada o la tratan como mero escenario que poco tiene que ver con la reproducción social.

Así que una respuesta parcial a estas interrogantes nos lleva a pensar que gran parte de la intrascendencia, fetichización e inocuidad en la concepción, percepción y experimentación de las producciones espaciales, forman parte de una estrategia política que tendrá su comienzo con el proyecto colonial de la modernidad capitalista. Y ello tiene fuerza porque desde el Renacimiento, podemos observar este radical cambio de discurso: una vez que el arte del espacio fue extirpado de la acción colectiva y sintetizado en la mente de un artista capaz de imaginar por sí mismo todos los componentes de un edificio, pronto se comenzó a justificar que las edificaciones eran una producción exclusiva de éste, una creación material producto de su racionalidad individual. En efecto, la unidireccionalidad productiva, esto es, el hecho que señala que el/la artista es el único responsable de la existencia material de su propia producción, quedará cerrada sin la posibilidad de comprender la configuración espacial como un circuito de reproducción social.

Esto nos desvía hacia un aparente dilema conceptual: ¿es entonces la arquitectura un producto del proyecto moderno, o se trata de un saber que adquirirá la consistencia de éste a partir de su devenir histórico? El pensamiento arquitectónico dominante, definitivamente se ubica en la segunda posición, pues piensa que la arquitectura es inherente a la humanidad y concibe al ser humano como un animal constructor que transforma la naturaleza para habitar. Así, la modernidad sólo le dará una nueva forma y un nuevo significado, pero siempre manteniendo su objetivo original, esto es, formar parte de la reproducción de la vida. Ello supone entonces, que tanto la arquitectura como el urbanismo, se convirtieron en saberes colonizados, en conocimientos que existían antes de la modernidad y que adquirieron su consistencia a partir de los paradigmas epistémicos que ésta impuso. En efecto, el objeto arquitectónico devino expresión artística de un sujeto que comenzaba a escindirse de la naturaleza, y “reflejo” o producto de la forma de la organización social. Un punto sin retorno que suspendió la dinámica de la trialéctica espacial.

Con todo, la primera posición será sin atisbo de duda, una forma mucho más completa de entender la producción del espacio, pues afirmar que la arquitectura nace con la modernidad, implica tener que reconocer que todas las producciones espaciales anteriores a ésta poseen marcos epistémicos distintos; implica cuestionar la idea generalizada que concibe a la arquitectura como un saber de alcance universal que siempre ha tenido la misma consistencia, los mismo objetivos, los mismos paradigmas y las mismas búsquedas. Desde mi perspectiva, esto es sólo un producto de la imaginación colonial que encubrió de mismidad la diferencia cultural; un mecanismo típico de la historicidad que la modernidad ha utilizado para legitimarse.

En consecuencia, podemos afirmar que la arquitectura nacerá en 1419 en Florencia cuando Filippo Brunelleschi diseña y construye el primer edificio que deja de estar inmerso en la esfera del pensamiento religioso y es presentado como producto de un marco racionalista. A partir de entonces, el objeto arquitectónico será una estructura espacial fija, inmutable, valorada por la fuerza expresiva de su estética, y localizada en el proceso de fragmentación de la vida social europea.

Sin embargo, esta visión tiene también un problema, pues colocar la estructura espaciotemporal como un subproducto del pensamiento moderno/colonial -el objeto como producto del artista-, es continuar inserto en el marco de sentido que ésta estableció, a saber, el que mantiene intacto el estatuto de poder que la asigna como productora de los sentidos que dominan el espacio y el tiempo. Ello significa que seguimos reproduciendo la lógica colonial que fija el espacio y que lo reproduce como algo neutro. Pero ¿qué pasa si invertimos los términos, es decir, si ponemos el espacio primero? ¿Si en lugar de concebir la arquitectura como un subproducto moderno, la pensamos como lo que finalmente terminó produciendo la modernidad/colonialidad capitalista patriarcal? ¿Podría ser esta una forma de cerrar el circuito y comenzar a comprender que la producción del espacio es inherente al nacimiento y desarrollo de la colonialidad del ser, del poder y del saber?

Catal huyuk
Catal Huyuk fue una ciudad pre-agrícola fundada a partir del intercambio comercial con la red de aldeas que la rodeaban. El asentamiento permitió posteriormente desarrollar el cultivo extensivo.

Pienso en ello a partir del revolucionario planteamiento que Edward Soja introduce en su célebre Postmetrópolis (2008), según el cual, la ciudad es un fenómeno anterior al surgimiento de la agricultura, y que en realidad la primera fue la que puso las condiciones materiales para que pudiera gestarse la segunda. Desde esta perspectiva, la agricultura bien podría definirse como un producto urbano, algo que no debería soslayarse debido a la enorme cantidad de estudios que parten de lo contrario para explicar el origen del fenómeno urbano a través de una dicotomía que nunca existió. Las consecuencias de esta perspectiva son múltiples, así que únicamente quisiera concentrarme en el aspecto de la espacialidad.

Lo interesante del planteamiento del geógrafo estadunidense, es entonces que el espacio se reivindica como un componente fundamental de la sociedad urbana, del desarrollo histórico de las culturas y de las transformaciones técnicas que hoy dominan el horizonte político y económico. El espacio, deja de ser, como lo pensaba Foucault, lo muerto o lo políticamente inútil, y se vuelve en producto-productor de la dinámica social. Desde esta óptica es que vislumbro la enorme probabilidad de que la modernidad haya sido en realidad un producto espacial; un proceso de imposición civilizatoria consecuencia del modo específico en que se desarrolló la trialéctica espacial en la Europa medieval, aunque sin duda, otra cosa será el discurso construido para minimizar su interrupción.

Pruebas de ello nos las ofrece David Harvey (2012), para quien la objetivación del tiempo en los cronómetros y la exactitud espacial representada en los mapas permitió controlar prácticas que anteriormente eras difusas o ambiguas: la navegación, los derechos de propiedad de la tierra, las fronteras territoriales o los dominios de la administración y del control social. También hay pruebas, nos dice el geógrafo inglés, que permiten establecer relaciones entre la narrativa espaciotemporal renacentista con “las prácticas racionalizadoras que surgen en el comercio, la banca, la teneduría de libros, la industria y la producción agrícola bajo administración centralizada” (Kostof en Harvey, 2012: 272)

En efecto, el espacio y el tiempo, de ser nociones difusas utilizadas como parte integral de la vida cotidiana y de las creencias metafísicas, pasarán a convertirse en magnitudes cognoscibles y mensurables; un cambio en la narrativa epistemológica que permitirá desarrollar la colonialidad y el colonialismo de los mundos que el sujeto universal se creía con derecho a poseer.

A mi entender, cuatro son los cambios en la trialéctica espacial que paradójicamente la cercenaron: la concepción de la utopía, el desarrollo de la perspectiva cónica, la idea de la linealidad histórica y la “geografía de la imaginación”, aspectos en los que profundizaremos en las siguientes entregas.

 

Referencias

Davis, Mike (2006), Planeta de ciudades miseria. Madrid: Ediciones Akal, S.A.

Dussel, Enrique (2000), Europa, modernidad y eurocentrismo. En Lander, Edgardo (ed.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Buenos Aires: CLACSO

Harvey, David (2012), La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires: Amorrortu Editores

Soja, Edward W. (2008), Posmetrópolis. Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones. Madrid: Traficantes de sueño

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Autor

Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

Notas   [ + ]

1.La trialéctica espacial, es un concepto expandido de la tríada de Lefebvre desarrollado por Edward W. Soja. Para éste, existen tres espacios interrelacionados desde lo cuales se produce la espacialidad urbana: el primer espacio, que se refiere a la percepción física y empírica de la ciudad como forma y proceso; el segundo espacio, que se define como un plano mental o ideal en dónde se generan las representaciones simbólicas del espacio urbano; y finalmente, el tercer espacio, que es la experimentación de la relación entre los dos primeros. Para el presente ensayo, lo importante radica en el circuito dinámico que conforman las tres espacialidades, es decir, el proceso trialéctico que produce y reproduce el espacio como la única vía de realizar la vida social.