Género, etnia, nacionalidad… ¿Qué produce mayor desigualdad social?

La pobreza se reproduce con la informalidad laboral, lo que se incrementa cuando se trata de migrantes, indígenas y extranjeros, entre quienes se agrava la vulnerabilidad social.

desigualdad social
desigualdad social

Conforme se produjeron los procesos de desarrollo, los mercados aumentaron su expansión y la demanda de trabajo se diversifico, al mismo tiempo que las estructuras tradicionales de género se debilitaron (Boserup, 1970). En el marco de nuevos puestos de trabajo, los avances tecnológicos han permitido a las mujeres dedicar menos tiempo a las tareas del hogar, elevar sus niveles educativos e incrementar la competitividad femenina en el mercado de trabajo (Goldin, 2006).1Agradecimiento especial a la Dra. María Gabriela Rolón por la corrección ortotipográfica

Desde hace cuatro décadas en la región el empleo formal perdió la centralidad, y predominan tendencias laborales excluyentes, siendo sus expresiones principales: declive del empleo público, precarización salarial, desempleo de carácter estructural, migración laboral internacional y persistencia de economía de la pobreza (Pérez Sáinz, 2003).

Se reconoce el género como una categoría relacional, dinámica y socialmente construida (Szasz, 1999). A nivel macro, el género determina la división sexual del trabajo2La división sexual del trabajo influye en la reproducción y la producción, a partir de dos principios: el de la separación, según el cual existen trabajos de hombres y trabajos de mujeres; y el de la jerarquización, el cual asigna mayor valor a los trabajos de hombres que a los de las mujeres (Kergoat, 2003:847).  Desde las últimas dos décadas del siglo pasado en América Latina, se enfatiza la multidimensionalidad y el reconocimiento del trabajo productivo remunerado y del trabajo doméstico no-remunerado de las mujeres (Benería, 1979; 1992; Benería et al., 1987; García et al., 1994; Chant et al., 2003; Ariza et al., 2003). y las prácticas de instituciones sociales y económicas tales como la familia, los mercados de trabajo, la religión, la ley, entre otros, otorgándoles valores, prestigio, actividades y remuneraciones diferenciados a varones y mujeres. La introducción del género, impulsó la relevancia analítica de considerar las diferencias sociales, demográficas, económicas y culturales entre mujeres (Chant et al., 2003). El requerimiento de flexibilidad en el empleo producto de la globalización, genera por un lado que ocupaciones tradicionalmente realizadas por varones se “femenizan”3Lo que ha sido llamado la “feminización del trabajo”. Esta se define como la expansión de aquellas tareas afectivas, relacionales y emocionales que son realizadas tradicionalmente por mujeres, siendo expandidas a lo largo de la fuerza de trabajo  (Hardt y Negri, 2011)., pasando a recibir una menor valorización social y económica4Varios autores destacan que el incremento de la demanda de mano de obra de las mujeres en América Latina está vinculado a una situación generalizada de explotación y mala remuneración (Benería, 2001; Weller, 1998; Dell, 2005; Gómez-Galvarriato et al., 2005; Gómez Galvarriato et al., 2011). La incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo cambió totalmente el sistema de relaciones sociales y, en el fondo, de la sociedad. En los países capitalistas más avanzados, la tasa de actividad de las mujeres entre 25 y 50 años, es la misma que en los varones (Castells, 2002). (Daeren, 2001) y por otro, que estas inferiores condiciones del trabajo femenino se generalice a todos los empleos. De esta manera la segregación horizontal tiende a reducirse –excepto en los países musulmanes–, por el acceso de mujeres a empleos tradicionalmente masculinos. No obstante la segregación vertical se mantiene –incluso en los países desarrollados–, al igual que las diferencias salariales de género (Collado, 2002).

La emigración de fuerza laboral opera como uno de los principales mecanismos de ajuste del mercado de trabajo5El excedente laboral  estructural estaría compuesto por tres tipos de trabajadores, además de los migrantes internacionales: los autoempleados, sumergidos en la economía de la pobreza; los desocupados estructurales y los asalariados en extrema precariedad. A diferencia del modelo de acumulación basado en la  sustitución de importaciones, el excedente laboral es tan funcional. Muy por el contrario, suele especularse respecto al contingente del excedente laboral como innecesario y, por tanto, prescindible (Pérez Sáinz, 2003). con diferente intensidad entre los países latinoamericanos, y representa la única alternativa para los trabajadores cuando los mercados laborales de origen carecen de oportunidades de empleo (Funkhouser, 1992). Sin embargo, las desigualdades en la sociedad de destino suelen ser mucho más elevadas basada en la diferencia nacional (Pérez Sáinz y Salas, 2004).

En América Latina, la población indígena constituye una proporción importante, se estima que existen alrededor de 38 millones de personas con características étnicas; países como Bolivia, Ecuador, Guatemala, México y Perú concentran una gran parte de su población con dichas características (Contreras, y  Galván, 2003). En particular, las desigualdades raciales y étnicas6Los conceptos de etnia y de etnicidad se utilizan para reemplazar al  desprestigiado concepto de raza, si bien  no son sinónimos. Los primeros hacen referencia a los pueblos indígenas mientras que el concepto de raza sigue empleándose para el tratamiento de los afrodescendientes  (Valenzuela y Rangel, 2004). tienen profundas raíces históricas que se remontan a los períodos coloniales7Siempre pueden encontrarse antecedentes más antiguos de los procesos productores de desigualdades. Las variantes contemporáneas parten de la dominación “colonial” española en América a fines del siglo XV–utilizan términos como colonialismo, colonialidad, decolonialidad, postcolonialidad, etc.–, y continuando posteriormente con la dominación portuguesa, holandesa, francesa o inglesa en función del lugar y la época. No obstante,  se ha prestado mucha menor atención a la dominación en las sociedades  preexistentes (Jelin, 2014)., cuando la demanda de mano de obra de los colonizadores europeos se satisfacía mediante la opresión de la población o la importación en gran escala de esclavos africanos (De Ferranti et al., 2003). En relación con esto, en muchos países de la región la etnicidad8Varios autores afirman la presencia de un costo considerable asociado al hecho de ser indígena en términos de ingresos, pobreza y desarrollo social o de manera similar un costo significativo de no ser blanco (Patrinos 1999; Birdsall y Sabot 1992). está íntimamente asociada a pobreza, analfabetismo, concentración en ocupaciones de baja calificación, productividad y bajos salarios, elevada disparidad de ingresos con relación a los no indígenas. Prueba de ello, es la concentración étnica de la pobreza o la sobrerrepresentación de indígenas entre los más pobres (Patrinos, 1999; Wood y Psacharopoulos 1999). Adicionalmente padecen la desigualdad de oportunidades asociada a raza y etnicidad, lo que limita el desarrollo humano de estos grupos poblacionales (Loury, 2000).

Se puede estar en menor o mayor grado de acuerdo respecto a los elementos generadores de asimetrías sociales mencionadas anteriormente, si bien denotan aspectos generales, pero si resulta problemático lograr consenso respecto a su jerarquización. En virtud de esto, los debates de comienzos del siglo XXI de las ciencias sociales latinoamericanas toman en consideración las “múltiples desigualdades” –múltiples dimensiones de estratificación y categorización social, no limitándose a una lista predeterminada– (Jelin, 2014). Se alude a la necesidad de analizar una dimensión de desigualdad juntos a las otras –no se trata de efectos aditivos, sino de una articulación compleja–, priorizando el contexto de las situaciones concretas (Roth, 2013). A modo de ejemplificar la complejidad y la multiplicidad de las dimensiones de desigualdad social – el género, nacionalidad, etnicidad, etc.–, se presenta a continuación una breve reseña de las particularidades de la agricultura latinoamericana

El proceso de globalización de las agriculturas latinoamericanas vincula a los territorios rurales del sur con los mercados de consumo en los países del norte. Este mercado laboral se sustenta mayoritariamente en mano de obra precaria temporal, en la que forman parte adolescentes y niños de ambos sexos, que se desplazan de zonas pobres a zonas de cultivos intensivos (Valdés, 2014).

La pobreza se reproduce con la informalidad laboral, lo que se incrementa cuando se trata de migrantes, indígenas y extranjeros, entre quienes se agrava la vulnerabilidad social, en el marco de políticas sociales9La contradicción de los Estados que abandonan el principio de bienestar y permiten el avance de la flexibilidad laboral, se expresa mediante las políticas sociales antipobreza dirigidas a la población laboral precarizada –fuertemente marcados por su condición de género, etnia y nacionalidad–(Subercaseaux, 2015). que acompañan la desregulación laboral de estas áreas de la agricultura intensiva volcada a los mercados externos. A modo de cierre se exponen algunos datos empíricos vinculadas a estas discriminaciones relacionadas:

  • En la fruticultura chilena el 19,7% de los varones y el 24,2% de las mujeres ganaron un salario inferior al legal en 2009, asimismo el 4,1% y 5,8% de varones y mujeres, respectivamente, trabajaron más de cincuenta y siete horas semanales;
  • En la horticultura desarrollada en el estado de Sinaloa (México), el 9,8% son niños y adolescentes menores de dieciocho años y el 12,4% son niñas entre los jornaleros agrícolas, esta participación se incrementa entre los migrantes indígenas, alcanzando 14,3% los varones y 25% las mujeres para el grupo etario mencionado (Subercaseaux, 2015); y
  • Los recolectores de café en Los Santos (Costa Rica) –varones, mujeres y niños–, poseen una  remuneración en relación a las cajuelas recogidas (Fernández, 2012). Los migrantes indígenas que desempañan esta tarea en Panamá, se encuentran en las situaciones más precarias dentro del mercado laboral –el 71% de las mujeres y el 83% de los hombres ngöbe y buglé se dedican a esta actividad–.

En síntesis para estas poblaciones existe un universo de posibilidades limitadas (Subercaseaux, 2015), donde “no es el trabajador quién elige su trabajo, sino el trabajo el que elige al trabajador” (Bourdieu, 2006: 73).

Bibliografía

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Valdes, Ximena. 2010. “Contra el desperdício de la experiência social: las temporeras y su acción colectiva”. En: Mujeres. Historias chilenas del siglo XX. Santiago de Chile: LOM. pp. 117-140

Valenzuela, M. E., y Rangel, M. (2004). Desigualdades entrecruzadas. Pobreza, género, etnia y raza en América Latina.

Wood, B. y Psacharopoulos, G. (1999): Zonas urbanas de Bolivia. En: Las poblaciones indígenas y la pobreza en América Latina. Eds: G. Psacharopoulos y H.A.Patrinos. Banco Mundial. Washington, D.C.

Notas   [ + ]

1.Agradecimiento especial a la Dra. María Gabriela Rolón por la corrección ortotipográfica
2.La división sexual del trabajo influye en la reproducción y la producción, a partir de dos principios: el de la separación, según el cual existen trabajos de hombres y trabajos de mujeres; y el de la jerarquización, el cual asigna mayor valor a los trabajos de hombres que a los de las mujeres (Kergoat, 2003:847).  Desde las últimas dos décadas del siglo pasado en América Latina, se enfatiza la multidimensionalidad y el reconocimiento del trabajo productivo remunerado y del trabajo doméstico no-remunerado de las mujeres (Benería, 1979; 1992; Benería et al., 1987; García et al., 1994; Chant et al., 2003; Ariza et al., 2003).
3.Lo que ha sido llamado la “feminización del trabajo”. Esta se define como la expansión de aquellas tareas afectivas, relacionales y emocionales que son realizadas tradicionalmente por mujeres, siendo expandidas a lo largo de la fuerza de trabajo  (Hardt y Negri, 2011).
4.Varios autores destacan que el incremento de la demanda de mano de obra de las mujeres en América Latina está vinculado a una situación generalizada de explotación y mala remuneración (Benería, 2001; Weller, 1998; Dell, 2005; Gómez-Galvarriato et al., 2005; Gómez Galvarriato et al., 2011). La incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo cambió totalmente el sistema de relaciones sociales y, en el fondo, de la sociedad. En los países capitalistas más avanzados, la tasa de actividad de las mujeres entre 25 y 50 años, es la misma que en los varones (Castells, 2002).
5.El excedente laboral  estructural estaría compuesto por tres tipos de trabajadores, además de los migrantes internacionales: los autoempleados, sumergidos en la economía de la pobreza; los desocupados estructurales y los asalariados en extrema precariedad. A diferencia del modelo de acumulación basado en la  sustitución de importaciones, el excedente laboral es tan funcional. Muy por el contrario, suele especularse respecto al contingente del excedente laboral como innecesario y, por tanto, prescindible (Pérez Sáinz, 2003).
6.Los conceptos de etnia y de etnicidad se utilizan para reemplazar al  desprestigiado concepto de raza, si bien  no son sinónimos. Los primeros hacen referencia a los pueblos indígenas mientras que el concepto de raza sigue empleándose para el tratamiento de los afrodescendientes  (Valenzuela y Rangel, 2004).
7.Siempre pueden encontrarse antecedentes más antiguos de los procesos productores de desigualdades. Las variantes contemporáneas parten de la dominación “colonial” española en América a fines del siglo XV–utilizan términos como colonialismo, colonialidad, decolonialidad, postcolonialidad, etc.–, y continuando posteriormente con la dominación portuguesa, holandesa, francesa o inglesa en función del lugar y la época. No obstante,  se ha prestado mucha menor atención a la dominación en las sociedades  preexistentes (Jelin, 2014).
8.Varios autores afirman la presencia de un costo considerable asociado al hecho de ser indígena en términos de ingresos, pobreza y desarrollo social o de manera similar un costo significativo de no ser blanco (Patrinos 1999; Birdsall y Sabot 1992).
9.La contradicción de los Estados que abandonan el principio de bienestar y permiten el avance de la flexibilidad laboral, se expresa mediante las políticas sociales antipobreza dirigidas a la población laboral precarizada –fuertemente marcados por su condición de género, etnia y nacionalidad–(Subercaseaux, 2015).
mm

Doctor en Demografía por la Universidad Nacional de Córdoba.

Licenciado en Sociología y Licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires.

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