Fobiosofía: creada en la escuela, establecida en la sociedad y sufrida en la humanidad

En mi última entrada “Docencia, la última preocupación de los profesores universitarios” trataba sobre los motivos y las consecuencias de que la docencia se encuentre a la cola de las motivaciones de los profesores. En ella discutía sobre los universitarios, en esta me voy a referir a la gran mayoría de los docentes, y digo la gran mayoría porque muchos de ellos sí que ponen por delante la enseñanza, y no es sobre ellos esta entrada.

Como decía finalizando la anterior reflexión en este blog, que la docencia figure en la última posición de las prioridades docentes trae consecuencias para los estudiantes que transitan hasta la ciudadanía, la que vamos a tratar aquí es la fobiosofía. Aclaremos etimológicamente la palabra, Fobia (aversión a) y Sofía (sabiduría), por tanto, podríamos entenderla como la aversión a la sabiduría. Y muchos podrán pensar… “¿Fobiosofía en el sistema educativo? ¡Pero si es el lugar donde se aprende a amar al conocimiento!” Nada más alejado de la realidad queridos lectores. Y si no me creen, pregúntenles a hijos, sobrinos o conocidos que asisten a la escuela (incluyendo la universidad). El sistema educativo es ni más ni menos que un sistema donde pasar pruebas para poder continuar; apreciar el saber poco tiene que ver con la educación escolar.

Y esto que afirmo tan categóricamente se basa en varios axiomas fundamentales de la educación. Son los siguientes:

  1. Toda persona es única, inigualable e irrepetible, por tanto, su estilo de aprendizaje difiere del de otros estudiantes. Sin embargo, la forma de aprender es impuesta para todos por igual, y curiosamente por el único que no va directamente a aprender, el profesor.
  2. Los aprendizajes deben acercarse a la realidad de los estudiantes. Otra dosis de palabrería bonita que se queda en papel mojado ya que los aprendizajes vienen estructurados por libros didácticos producidos muy lejos de la realidad estudiantil y donde, obviamente, nadie preguntó a los estudiantes.
  3. La autonomía y las actitudes democráticas deben ser aprendizajes transversales en el sistema educativo. Lamentablemente, ni autonomía ni actitudes democráticas podemos encontrar en los procesos educativos. Tanto una como otra implican la posibilidad, al menos, de toma de decisiones, y los estudiantes no gozan de ella. Los educandos no deciden nada, ni aprendizajes ni horarios ni estrategias de aprendizaje ni la forma de ser evaluados, nada. Para poder decidir deberían ser sujetos de los procesos educativos, sin embargo son tratados como objetos, están cosificados en forma de número de aprobados o suspendidos, o de ratio profesor/alumnos. La democracia no se encuentra en las salas de aula, unos deciden (profesorado y libros de texto) y otros obedecen (estudiantes) siendo más cercano a las oligarquías que a las democracias.

Estas 3 máximas incumplidas de la educación son las que me llevan a afirmar que el sistema educativo produce la fobiosofía de la que adolece la sociedad.

Los psicólogos nos muestran que existen diferentes formas de padecer una fobia, pero todos coinciden en una de las causas, el haber vivido una experiencia traumática. Es esta causa la que considero que provoca la fobiosofía.

Pongámonos en situación:

Los primeros 18 años de vida (los más importantes para la formación de la persona) pasando un mínimo de 6 horas diarias en una institución donde se nos obliga a estudiar de forma concienzuda para constantemente pasar pruebas sobre saberes donde no tuvimos opción de decidir nada. Con contenidos totalmente ajenos a nuestra realidad. Aprendidos forzadamente con estrategias más parecidas a la producción en cadena que a la formación de personas. Con la presión de que no aprobar supondrá repetir un año de nuestra vida. Donde nuestra única función es obedecer y no cuestionar lo que dicen los seres superiores, profesor y libro. Donde vivimos en una constante incoherencia entre lo que nos dicen que es (democracia) y lo que vivimos (dominados por las oligarquías). Donde nuestras oportunidades de descubrir qué nos apasiona en la vida se reducen a lo que otros decidieron por nosotros sobre qué debíamos conocer.

Por si fuera poco, todo esto es para los estudiantes que forman parte de la cultura hegemónica de cada nación. Para los que están en los márgenes de ella las consecuencias se agravan, pero no entraré en ello ahora porque sería alargarnos en demasía.

Y todo lo comentado, acontece en la institución suprema del saber, el sistema educativo. Querido lector, ¿cree que puede suponer una experiencia traumática con el saber? Para mí desde luego que sí. Una experiencia traumática íntimamente relacionada al saber que provoca que sean pocas las personas que tomen gusto por la profundización teórica o por la lectura más allá de los best-sellers con los que nos bombardean publicitariamente.

FRATO Sin odiar lo que estudiamos

Esta aversión por el saber, criada y alimentada en el seno del sistema educativo por el que pasamos todos, se establece como consecuencia en la sociedad. Una sociedad donde abundan los saberes superfluos, fugaces y faltos de reflexión ofrecidos por los mass media, convirtiéndonos en ignorantes con piel de intelectuales. Todo el mundo discute y debate pero sin ningún tipo de fundamentación, simplemente porque nunca se profundizó sobre ello. Debatir a partir de tópicos, estereotipos y “lo que dijo la televisión”, discúlpenme, pero es de ignorantes, y como dijo José Martí “un pueblo de ignorantes es un pueblo de esclavos”. Sin profundizar en los saberes, sin relacionarlos entre ellos y con la realidad, sin reflexionar sobre ellos, somos títeres en manos ajenas.

Con todo esto no quiero decir que exista un único saber válido, soy consciente de que los saberes son múltiples, todo en la vida son saberes e iguales de válidos. Desde atarse los zapatos hasta construir una aeronave, pero creo que hay un evidente ataque al desarrollo de la capacidad de profundizar sobre los saberes. ¿Casualidad? Permítanme ser malpensado pero creo que más bien es fríamente calculada para que nuestro sistema educativo nos proporcione, como dijo Noam Chomsky, des-educación.

Una des-educación que permite que sigamos viviendo en un mundo donde trabajamos más horas que en 1886 (cuando se lograron las 40 horas por los Mártires de Chicago) a pesar del hiper-desarrollo tecnológico que debería ayudarnos a vivir mejor (no solo a los capitalistas). Un mundo donde 783 millones de personas no pueden acceder a agua potable y 2200 millones de personas viven bajo la pobreza.

La profundización en el saber no es solo cuestión de intelectuales, sino cuestión de política y, en este caso, de una política que nos deja en la miseria.

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Autor

Licenciado en Pedagogía por la Universidad de Sevilla.

Doctorando en Difusión de Conocimiento por la Universidad Federal de Bahía, Brasil.