Especulaciones trasnochadas del encierro pandémico

Todas las certezas entre paréntesis y algunas tímidas propuestas de cambio.

Especulaciones trasnochadas del encierro pandémico
Especulaciones trasnochadas del encierro pandémico

Ha pasado tiempo desde mi último posteo, y no es que no tuviese ganas, o un poco si, ni que no hubiese material sobre lo cual escribir y opinar, muy al contrario, mis ganas fueron rebasadas por una marea informativa polifónica   mayormente interesada, como suele ser, que en lugar de contribuir a aclarar la o las situaciones que la pandemia nos ha puesto en el menú cotidiano, solo contribuyeron a revolver más los ríos de la incertidumbre, como suele ser. Por ello opte por llamarme a silencio y desensillar hasta que aclare antes de agregar una irrelevante y subjetiva opinión más a la coyuntura informativa expandida y magnificada por el encierro.

No obstante reconozco haber hecho varios intentos y en uno de ellos, bastante   tiempo hace, me parecía que salvo las voces disonantes pero no novedosas provenientes de intelectuales largamente críticos del sistema, algunos grupos científicos, cierta izquierda ecoagiornada y desde luego sectores como la Vía Campesina y los nuevos jóvenes por el clima, en el mundo de la política, la economía y la educación, sobre todo este, parece lejana la comprensión de la magnitud prospectiva de la crisis que representa la pandemia, en tanto emergente de la crisis civilizatoria; en esos tres ámbitos del pensamiento y la acción institucional se mantienen por horizonte respectivamente recomponer la democracia representativa, restaurar el sistema productivista/consumista y garantizar saberes para adaptarse al “mundo que se viene”, del postrabajo, el empleo virtual y las supertecnologías, con algunos cambios, claro está, pero que no dejan de ser más adaptativos que transformadores, he ahí el problema. Todo indica, por ahora, que las transformaciones profundas o estructurales como gustan decir, tendrán que esperar, esperar al menos a que la pandemia pase. Una mirada inevitable y comprensiblemente coyuntural, pero sin el espíritu critico necesario para lograr obtener de esta experiencia el único éxito posible que es evitar nuevas pandemias. La sociedad del riesgo llegó para quedarse y mientras no podamos expulsarla de nuestro destino como especie, nada es muy novedoso bajo un sol que, aunque los animales se recreen en los espacios vaciados de humanos y los cielos recobren cierta transitoria pristinidad, fríe el planeta, la existencia humana y la vida toda, catalizado por la pandemia autogenerada.

Permanecemos en la etapa en que cada uno intenta preservar la “normalidad” que tenía, incluidos los más pobres y vulnerados, que hoy están peor. Los posicionamientos prepandemia solo se han reforzado. La perplejidad es el estado generalizado y los mecanismos puestos en juego por los estados para salir del momento son los conocidos, no son inéditos y por ello mismo el horizonte de transformación es limitado. No creo que vayamos a ver cambios profundos en la política, ni en los mecanismos económicos, ni en las subjetividades como se pretende, sobre todo a partir de los obligados hábitos de distanciamiento y teleeducación, teletrabajo y teleconsumo. Los cambios forzados no tienen arraigo y aquellos que distancian las corporalidades son, felizmente todavía, percibidos contra natura, y en este caso ocultan nuevas formas de injusticia y control social. La pandemia es visualizada por el conjunto social de modo más parecido a una guerra o catástrofe que como un el trágico final de época y de modelo civilizatorio.

En este contexto qué decir de las actitudes de los dos bandos que han polarizado los posicionamientos, la derecha más extrema y los pendulares progresismos centristas pero extractivistas. Unos priorizando los mercados otros priorizando la salud.

De los energúmenos urltraneoliberales o neofascistas y evangelistas alienados ni vale la pena hablar, su cínica perplejidad e hipocresía, su ignorancia supina los lleva frente al caos a promover más caos aprovechando su enorme poder acumulado para salir con el río revuelto a ganar más aun, sin reparar en las consecuencias y sin escrúpulos. Realmente son la parte de la humanidad que merece extinguirse. Pero del otro lado, entre quienes aún conservan un grado de razón y humanidad preocupa su imposibilidad de reconocer en el orden capitalista, especialmente el de las ultimas 5 décadas, el origen de una crisis de la cual la pandemia es apenas un epifenómeno, anticipado además y por cierto no el único.

Sobre el mundo de la política solo cabe decir que es evidente la caducidad de la democracia representativa y que solo un sistema democrático participativo y plebiscitario, que es perfectamente posible crear, apoyado por un orden internacional correlativo, pero no necesario a priori y con un Estado nacional refortalecido en ese esquema, servirán para tomar las decisiones más adecuadas y justas para todos. La clave tal vez sea saber elaborar las preguntas adecuadas.

En cuanto a la economía,  parece ser la hora de reconcebirla por completo para comprenderla como lo que es, un subuniverso de la ecología, y entender que, y descartar, la tan fantástica como equívoca y caduca idea de que es posible crecer indefinidamente en un sistema (planeta) finito. Y desde luego descartar su complemento, la creencia en que la competencia y la desigualdad son esencias del comportamiento humano y no la igualdad y la colaboración.

Ha dicho Teresa Rivera Ministra de Ambiente de España e impulsora de un nuevo orden verde que “El COVID-19 lo que hace es reafirmar la necesidad de una economía mucho más cuidada y congruente como la que requiere un escenario de lucha contra el cambio climático; no una economía que vuelva al pasado, en la que los factores ambientales, la contaminación o los problemas que representa la economía fósil pudiera ser vista como una tentación a corto plazo. Por eso el Green Deal es fundamental. Una economía baja en carbono, circular, respetuosa con los ecosistemas, que pone de manifiesto que las soluciones basadas en la naturaleza son buenas también para las personas y para la generación de resiliencia frente al cambio climático. Es una economía mucho más sólida, mucho más segura y mucho más estable en el tiempo”.

Esta visión reformista sostenida tímidamente en la cumbre por el clima, ahora toma fuerza por la fuerza, abonada retrospectivamente por la célebre Encíclica Laudato Sí del papa Francisco.

Una iniciativa en línea con los intentos fracasados de la cumbre de París, convengamos, una expresión de lo que se ha llamado sustentabilidad débil, cuyos ecos alcanzan convenientemente las opciones en América latina. Pero convengamos también que, aunque siga siendo una opción funcional a la economía capitalista, para empezar, este es un camino posible para la transición.

Porque lo que tenemos que asumir y enfatizar teórica y prácticamente, es decir políticamente, es que la “nueva normalidad” es un estado transicional, ese momento bisagra del cambio de paradigma que no sabemos cuánto durará, ni sabemos que costos traerá aparejados. Esa parece ser la única certeza reconocible entre tanta especulación trasnochada en las interminables jornadas de encierro pandémico.

Sirvan estas líneas para contextuar lo que nos preocupa especialmente: la cultura y dentro de ella la educación. Pero de ello nos ocuparemos en la próxima entrada.

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Educador ambiental.

Especialista en Políticas Publicas ambientales INAP_Mexico. Especialista en Auditoría Ambiental Empresarial - IIE - UICN - Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Málaga. Especialista en gestión ambiental Metroplitana -FADU-UBA. Diplomado en Transformación educativa - Multiversidad Edgar Morín.

Coordino la Catedra Libre Virtual de Educación Ambiental y Ecología Politica, en facebook.

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