¿Es posible que la inclusión triunfe en una educación de mercado?

En este contexto, considerar que TODOS los estudiantes tienen asegurado el derecho a la educación es casi una fantasía.

exclusión de estudiantes
exclusión de estudiantes

Cuando la predisposición de las políticas de un país está puesta en la exclusión de estudiantes, las posibilidades de que todos los alumnos tengan el legítimo derecho y la posibilidad de optar a una educación de calidad, integral y sustantiva, es casi inexistente.

Nuestro país, Chile, ha legitimado y ha promovido por décadas políticas educativas orientadas por la racionalidad de mercado, las que se han internalizado en cada uno de nosotros, pasando a ser parte del sentido común del sistema escolar o de la gramática educativa actual. Una educación de mercado, asume como premisas: un Estado subsidiario y supervisor (sancionador), la libertad de enseñanza, la libertad de elección de las familias, la selección de estudiantes por parte de las escuelas, la subvención escolar por alumno (vouchers), la competencia entre colegios para captar educandos, la medición de la calidad por medio de una evaluación estandarizada (SIMCE) y un Sistema de Aseguramiento de la Calidad de ésta (el que actualmente se encuentra en discusión).

En este escenario en el que la educación pasa a convertirse en un bien de mercado, la que posee un precio que está vinculado a la presunta “calidad” que ofrece un establecimiento, quienes se ven favorecidos son aquellos estudiantes y familias que pueden optar por medio de su poder adquisitivo a “comprar” una educación que se adecúe a sus expectativas. Además, esta transacción por sí sola no basta, ya que aún los establecimientos pueden seleccionar a las “familias” y a sus educandos, a través de sus meritos académicos o características socioeconómicas, religiosas u otras marcas de clase social que se acoplan al proyecto educativo del colegio – empresa.

En este contexto, considerar que TODOS los estudiantes tienen asegurado el derecho a la educación es casi una fantasía. Los alumnos que han sido etiquetados como “diversos” o “fuera de la norma” (niños vulnerables, con alguna discapacidad, de otras etnias o de distintas nacionalidades, con Necesidades Educativas Especiales (NEE), con alguna enfermedad crónica, entre otras condiciones e intersecciones de estas), pasan a ser una carga para las escuelas, las que no están diseñadas ni pensadas para proveer de educación a estos “clientes problemáticos”.

Pensar en la inclusión, en un sistema educativo que conceptualiza a todos los estudiantes “diversos” como problemáticos, costosos de educar y además poco solventes y productivos en términos de puntajes en pruebas estandarizadas (SIMCE), resulta poco realista, ya que son estos educandos los que resultan excluidos de los colegios de mayor prestigio y marginados a la educación pública, la que a su vez no cuenta con los recursos económicos y humanos para ofrecer a este alumnado las condiciones y las oportunidades que necesitan para progresar dentro del sistema escolar y para insertarse en una sociedad que también discrimina a quien resulta fuera de la “norma” ficticia del trabajador productivo.

Regresando al argumento inicial de esta escrito, considerar que “todos los niños están primero”, tal y como el presente gobierno lo ha sostenido, resulta en el plano concreto una retórica poco realista, ya que en sistema de mercado, los más fuertes (con mayor capital económico, social y simbólico) serán los beneficiaros de una educación “de calidad”, quedando el resto del alumnado relegado a la exclusión, instalados en un sistema público de educación pauperizado y denostado, con familias que todos los años con total incertidumbre, deben buscar colegios “de inclusión” que acepten a sus hijos o que por lo menos tengan la disposición a realizar el esfuerzo de entregarles la mejor educación posible.

Por ahora, solo nos resta considerar que la inclusión es solo parte de una consigna, que se encuentra en las últimas prioridades dentro de la agenda gubernamental y que en algún momento de la historia de nuestro país, será protagonista de uno de los cambios educativos, culturales y sociales más profundos, en el que el “otro diverso” sea portador de uno de los derechos más sagrados de una nación: recibir una educación que le ofrezca todo lo necesario para cumplir sus sueños y para ser un ciudadano digno, participativo, crítico y emancipado, y no un sujeto del “eterno asistencialismo” o de los “bingos”, mecanismo por el cual, este gobierno o por lo menos el ministro de educación anterior, considera que se resuelven las desigualdades estructurales.

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Profesor de educación primaria, Magíster en educación mención dificultades del aprendizaje, Doctor (c) en Educación.

Temáticas de interés: Políticas educativas, Sociología de la educación, inclusión escolar, justicia social, derechos y desarrollo del profesorado.

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