En blanco y negro

Mientras la burguesía académica mexicana celebra a Alfonso Cuarón en Los Ángeles y acude a la fiesta del capital con su nuevo gobierno, los pueblos originarios continúan resistiendo como el corazón: abajo y a la izquierda.

“(…) pero ya entendía que el mundo se componía
de dos reinos, el visible y el invisible,
y que las cosas que no podían verse eran
con frecuencia más reales que las que se veían.”

Paul Auster

Ireri llegó a la ciudad porque su prima le había conseguido trabajo en un pequeño cine en el centro. Le había dicho que le pagarían bien y que acá aprendería un montón de cosas, que la ciudad era muy grande y que había muchas posibilidades de crecer. Al final, tenía que dejar el pueblo, hacer su vida y dejar de depender de esa familia que era tan conflictiva. Así que sin pensarlo mucho Ireri se animó, y bajó del autobús un domingo de marzo para acudir a su cita de empleo al día siguiente. Como Ireri era una joven sencilla y con mucho carisma, no dudaron en contratarla inmediatamente. Así que para festejarlo, esa tarde invitó a la prima Laura a comer helado. Todo marchaba muy bien, hasta que aprendió que en la ciudad las imágenes son eso, imágenes, y que si son en blanco y negro, se deshacen con mucha facilidad.

El cine al que Ireri entró a trabajar, no era muy grande. Anteriormente había sido una casona que había visto nacer el siglo XX y que imitaba a la perfección el estilo Decó que se importaba desde París y Nueva York. Se componía de dos cuerpos bien diferenciados: el inferior, con un amplio pórtico que se curvaba en la esquina marcando el acceso, y el superior, que remataba con una cresta perimetral boleada con varias hiladas de vitroblock. Tenía además un volado en la cara opuesta del pórtico -en lo que anteriormente era el garaje- sostenido por una columna exageradamente delgada; justo donde esta se incrustaba, el volado sufría un redondeo que era en realidad una pauta que se repetiría en las esquinas del cuerpo superior. El redondeo además, aparecería en los plafones y en casi todas las esquinas de los cuartos interiores. En cambio, las ventanas, eran rectángulos perfectos con un repisón en la parte inferior y con las esquinas achaflanadas, como si el arquitecto hubiera querido advertirnos que se trataba de un estilo cuyo sistema se organizaba con referencia a sí mismo, tal y como lo hacía la burguesía dominante consigo misma duarante aquellos años.

Ahora, esa casona Decó había sido transformada en un cine; pero desde luego no en un cine común, sino en uno con un concepto completamente diferente. Tenía una cafetería-bar, sala de exhibición, salón de usos múltiples y una idea decorativa que mezclaba la madera, la iluminación indirecta y la vegetación. Si bien se habían rescatado algunos motivos del diseño original, en general, el concepto interior había sido renovado. Por lo tanto era un cine exclusivo, que si bien no tenía precios desorbitantes, se daba el lujo de  seleccionar a su público a través de las películas de “arte” que exhibía. Como el racismo, el clasismo y el sexismo aquí no tenían lugar, la forma de exclusión tenía que ser mucho más elaborada, mucho más sutil.

Ireri trabajaba de ocho a cinco y tenía un salario seguro. Rara vez se quedaba horas extras. Y a pesar de no tener un contrato fijo, su pago siempre llegaba puntual. Tenía también una semana de vacaciones al año y sus empleadores casi nunca la requerían para tareas extraordinarias. Limpiaba con esmero y dedicación el recinto entero, y tenía un trato cordial con los demás empleados. Sobre todo con Isabella, la joven que atendía el bar, y que era una simpática estudiante de antropología que trabajaba a medio tiempo. A Ireri le parecía muy divertida, pues la insolencia y el cinísmo con los que concebía el mundo siempre le sacaban una carcajada, así que cuando su escoba danzaba por la barra, nunca dudaba en intercambiar con ella algunas palabras. Pensaba que Isabella era una mujer de confianza y por lo general le contaba lo que pensaba. Como aquella vez que le confesó que el trabajo de limpieza no le parecía en absoluto monótono, por el contrario, ella organizaba lo que tenía que hacer y después de elaborar mentalmente un riguroso plan, procedía a acomodar, a lavar, a recoger o a sacudir, según lo que hubiera ocurrido la tarde anterior. Isabella asentía tratando de comprender la lógica desde la que partía y le parecía que Ireri tenía que ser escuchada. Con el tiempo, su amistad creció aunque nunca llegaron a ser del todo amigas.

De hecho, Isabella la había invitado a que vieran juntas alguna de las películas que el cine exhibía, las del tour francés que siempre parecían una buena opción, pero Ireri se negaba. Nunca se quedaba, y aunque su jefa le había dicho que podía hacerlo de manera gratuita, ella prefería irse a descansar. Además, enfrente del cine había un parque bastante grande lleno de árboles y de veredas serpenteantes, y le parecía mejor idea la de irse a caminar por ahí y abrazar a los árboles que la miraban pasar, que quedarse a mirar las extrañas películas que ahí se exhibían. Además, pensaba Ireri, los subtítulos pasan muy rápido y no me da tiempo de leerlos.

Pero llegó el día, en que la hicieron quedarse. Le dijeron que proyectarían una cinta que tenía que ver con ella y que tal vez podría gustarle. Además, y eso era importante, estaba en español. Como se trataba de una función especial, Ireri trabajó ese día hasta las cuatro. Después salió a comer una torta de pierna en un local cercano y regresó a la función que comenzaba a las cinco y media. Al llegar, tomó una esquina del vestíbulo y desde ahí, se puso a mirar a la gente que llegaba. Sabía de antemano que ese ambiente no le pertenecía, pero había sido difícil decirle que no a su jefa y a Isabella, que hacía ya tiempo le insistía. No tenía nada que perder, y sabía de antemano que algunos de sus compañeros lo habían hecho y en realidad no pasaba nada. Así que resuelta a quedarse y a sacar provecho de la oportunidad, no dejó de mirar a la gente. No dudó que fueran buenas personas, se les veía entusiasmadas, amables y muy animadas, pero tenía la certeza de que pertenecían a otro mundo. Algunas le sonrieron, aunque ella identificó la sonrisa que se le dirige a los niños y a las niñas, con ternura y de amabilidad. Lo había visto en el parque, y no supo interpretar si aquello estaba bien.

Después de un rato Ireri decidió meterse a la sala, y por alguna razón que desconocía, sintió que siendo espectadora la sala se veía completamente diferente. Las butacas de piel, que eran alrededor de ochenta -sin duda un cine pequeño-, se veían impecables y mantenían la apariencia del estilo original. Tenía candiles que colgaban, arbotantes de varios anillos, asientos de piel, molduras de latón y de aluminio dorado y algunos posters de las películas que se exhibieron en aquel tiempo. Ireri se quedó observando todo aquello como si fuera nuevo, y maravillada ante esta sala multicolor se detuvo enfrente del póster de Metrópolis que -a pesar de haberlo sacudido cientos de veces- en realidad nunca lo había visto. El rostro del robot le llamó mucho la atención y se preguntó de qué podía tratar una película que mostraba en primer plano, un rostro tan extraño.

La gente entraba a sus espaldas y podía escuchar cómo el murmullo iba creciendo. Cuando sintió que se había elevado lo suficiente, eligió su lugar y decidió sentarse a esperar. Todo parecía estar en su punto. El ambiente sin duda era de celebración, y podía sentir que después de todo no estaba tan mal estar ahí. Aunque se encontraba sola, le gustó ver la sonrisa de la gente, las cosas que se decían, el brillo en sus miradas. Sin saber por qué, se le vino a la mente el río que pasaba por su pueblo y el árbol majestuoso que se inclinaba suave para beber de él. Una imagen que llegaba siempre que se sentía esperanzada, feliz.

Regresó de su ensoñación cuando pasó frente a ella su jefa, que primero le dirigió una mirada extraña, como si no la hubiera reconocido o como si se preguntara qué hacía ella sentada ahí, y que después rectificó con una sonrisa. Pero eso fue todo, ni le extendió la mano, ni le dirigió la palabra, ni nada más. Entonces Ireri interpretó que estaba sentada en el lugar correcto.

Después de un rato en el que las imágenes saturaban las conversaciones y las animaba, las luces se fueron extinguiendo. Las voces lo hicieron casi al mismo tiempo e Ireri pensó que tal vez lo habían ensayado porque tal sincronía pocas veces lo había visto. La pantalla se iluminó y comenzaron a aparecer algunos letreros. La primera imagen era un entramado de baldosas dispares colocados en cartabón y acompañados del sonido de pisadas lejanas; al fondo, como marco sonoro, el gorjeo de algunas aves y ocasionales ladridos. Más letreros en color blanco seguían apareciendo sobre las baldosas y después, el sonido del agua, la cual apareció esparciéndose sobre estas. Una avión se reflejó en el charco que formaba. Y después jabón, mucha agua y jabón.

Ireri no sabía qué esperar. Así que sin prejuicio por delante, se acomodó, y vio pasar ante ella un montón de imágenes en blanco y negro que no le dijeron nada. De hecho, al final, ni siquiera supo de qué se trató. Es que no había historia, o muy poca, y pues así ¿cómo se puede entender una película? Y después de dos horas de imágenes casi congeladas, todos se levantaron y aplaudieron, y algunas mujeres -y uno que otro hombre con barba no lo podemos omitir- tenían lágrimas en los ojos. Se abrazaron y lloraron, y no dejaron de vitorear la obra maestra de un cineasta consolidado, convertido a partir de ese momento -ahí lo decidieron- en el artista del nuevo siglo. Desde luego este no se encontraba ahí, pero a Ireri le pareció que había algunos enviados especiales encargados de recibir la aclamación unánime. El ambiente de euforia era sin duda contagioso, y por un momento sintió que en verdad había estado frente a una revelación divina. El vino y los canapés comenzaron a distribuirse para celebrar al nuevo ungido, que con esa ficción, sellaba su compromiso con el pueblo empobrecido.

La jefa pasó al lado de Ireri una vez más, y enjugándose los ojos la abrazó y le preguntó qué le había parecido, a lo que Ireri respondió que no le había entendido y que le había parecido como un cuento de hadas, de esos que pasaban en el Canal de las Estrellas nomás que en una versión mucho más aburrida y sosa. Y el rostro de la jefa se endureció y la mirada se volvió afilada y perturbadora. Ireri miró el piso mientras se limpiaba la boca con una servilleta. ¿Qué dijiste? Disculpa, pero ¿sabes algo de cine? ¿No te das cuenta que estás ante la obra maestra de un genio sin igual? Pero Ireri no se dejó intimidar tan fácil y le replicó que no entendía nada pero que le parecía una secuencia (aunque esa palabra no la dijo) de imágenes vacías que en realidad no decían nada. De hecho se atrevió a decir que el punto de vista era el de un burgués que nada sabía de las personas que padecían discriminación social, y eso sí fue el colmo, porque la jefa llamó a Isabella furiosa para decirle que esta tonta (así lo dijo) osaba atacar una expresión sublime del cine contemporáneo, y que además, y eso era lo más importante, denunciaba el maltrato que las trabajadoras de limpieza sufrían. Pero Isabella no dijo nada, ni siquiera fue capaz de contradecirla. Tan solo miró a Ireri en silencio y se agachó.

La cosa debió haber quedado así, pero la jefa decidió que tenía que ir más allá y decidió callar a todos los asistentes para anunciarles, solemnemente, que Ireri había dicho que la maravilla de película que acababan de presenciar, la poesía visual que habían atestiguado, era una pila de imágenes vacías, sin sentido y completamente absurdas (algo que nunca dijo Ireri, pero que volvía la acusación mucho más dramática). La gente la miró muy enojada y ahí sí, Ireri sintió miedo por primera vez. De cualquier modo se mantuvo de pie, firme, y no salió de la sala, aunque todos esperaban que lo hiciera o que dijera algo, pues estaba siendo enjuiciada por la Santa Inquisición posmoderna.

Ireri mordió su canapé de hojaldre relleno con mole negro -aquella era una función que apelaba a los valores tradicionales de nuestras culturas originarias- y después dijo que ella venía de Santa Clara del Cobre, y que allá las cosas se veían diferentes, pero que de cualquier modo -podía apostar a que su gente la apoyaría- le parecía que eso no era una película sino una sarta de imágenes vacías que nada tenían que ver con la realidad; las trabajadoras domésticas no tienen una vida así de apacible, y ni que me lo digan, porque tengo familiares que han sufrido un maltrato terrible. Y pues como era de esperarse la exclamación fue brutal, un soplido al unísono que era la exhalación misma de un dragón, y la gente comenzó a gritarle que se fuera, que dejara de decir sandeces. Incluso hubo quién le lanzó sobras de canapé y del fondo se vieron volar algunos vasos de plástico hacia ella. Cerraron la puerta y la jefa decidió que no tenían por qué echar a perder la fiesta por una ignorante (así lo dijo) que no sabía apreciar el cine ni la poesía, ni la fotografía, ni la iluminación, ni la composición, en pocas palabras el “arte”.. Así que decidió que lo mejor era amarrarla a la butaca y tenerla así para que aprendiera a respetar. Ireri recordó que eso lo había escuchado en algún lugar.

Isabella veía aquel linchamiento horrorizada, pero no fue capaz de defenderla. Sintió que siendo la que atendía el bar, la intelectual que conocía el nombre de todos los directores importantes y la duración de todas las películas de culto, podía ganarse muchas animadversiones. Nada más observó como la amarraban y le ponían un pañuelo alrededor del rostro. Un pañuelo rojo que a Isabella le recordó a la comandanta Ramona. Después de ello, la fiesta continuó y las alabanzas y aclamaciones se extendieron por el resto de la noche. Ireri miraba todo aquello y pensaba en el río, en el árbol que se doblaba para beber, en las estrellas que de ahí brotaban. Sólo así podía resistir el ataque y tal vez, pensar en una salida. De cualquier modo, en ese momento cruel, pensó en su gente, en su pueblo, porque sabía que no pocos sufrían lo que ella en ese momento. Ahora que lo pensaba, tal vez por eso la protagonista de la película hablaba tan poco.

Ireri pasó toda la noche así, humillada y ultrajada. Algunos se acercaban para seguirla sojuzgando moralmente; ¿Y ahora qué sientes? ¿Verdad que no tiene gracia andar hablando por hablar? Ahora sí, a aguantar, para que empiezas a ofender, tú te lo buscaste. Y en el colmo de la agresión verbal, hubo quién dijo que ella era una infiltrada y que estaba pagada por los enemigos del director para echar a perder la celebración. Ireri se arrepintió de haber aceptado la invitación, de haber ido a trabajar ahí y de haber creído que su jefa y sus compañeros, incluyendo a Isabella, eran sus amigos.

Al cabo de las horas, Ireri fue siendo olvidada. Su silencio aliviaba y su presencia cada vez importaba menos. La orgía intelectual en la que estaban sumidos los asistentes -después del vino vinieron las pláticas sobre emancipación, resistencia y rebeldías-, les impedía hacer conciencia que ella estaba ahí y que los miraba. Así que en un descuido por parte de la jefa, que se reía a carcajada abierta cuando le contaban que la derecha mexicana estaba muy enojada porque había perdido las elecciones de julio, Isabella logró llegar hasta Ireri para liberarla. Corre, le dijo, vete lejos porque aquí te sepultarán viva. Ireri la miró, triste, decepcionada, pero no corrió. Corre niña tonta, corre; pero Ireri no se movió. La pañoleta le cubría la cara y así decidió salir caminando por la puerta principal, a pesar de que las miradas inquisidoras quisieron apuñalarle el alma. Nadie dijo nada, porque de hecho ya nada importaba. La celebración podía continuar mientras tuviera la boca y el rostro cubierto.

Al salir, Ireri cruzó la calle hasta el parque y lo primero que hizo fue abrazar al primer árbol que encontró. Se quedó un rato sintiendo su aspereza, su textura. Con los ojos cerrados, recordó lo importante que era estar cerca de ellos. Su silencio y su sombra lo eran todo, nunca lo olvides Ireri, aunque te digan que lo mejor es estar en una sala Art Decó. Después lo soltó y miró hacia el cine que altivo la miraba desde el otro lado de la calle. Aún se escuchaba el rumor de las voces interiores, de la celebración sin fin. Después Ireri aprendió que el Art Decó nunca se tomó en serio del todo porque el recurso ornamental que la burguesía dominante había sometido al lujo y a la extravagancia, era en realidad la imagen -en blanco y negro- de un mundo indispuesto a reconstituirse.

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Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

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