El espacio arquitectónico como espacio de la acción política

Cuando este grupo de mujeres decide modificar la forma estética de un monumento histórico, produce una onda que mueve completamente la trama de relaciones sociales para transformarlas en su conjunto.

espacio arquitectónico como espacio de la acción política
espacio arquitectónico como espacio de la acción política

Observar un monumento histórico intervenido -como puede apreciarse en la imagen- además de estupefacción, puede llegar a causarnos confusión. ¿Estamos ante un acto vandálico que pretende destruirlo todo; violencia ciega que define a la lucha social porque esta pasa necesariamente por encima de los derechos y la vida de los demás? ¿No será más bien que nos encontramos ante un acto de dimensión política que nos obliga a reflexionar, no sólo sobre las causas de la intervención del espacio, sino también, lo que éste significa?

Para muchxs -como puede constatarse en las redes sociales- el asunto giró en torno a la pregunta: “¿Es justo que la lucha política desconozca el legado histórico de una nación?”, la cual, de alguna manera, insinúa que no se trata de un acto político sino de una acción delictiva. Los más perspicaces fueron capaces de contestar con una pregunta: ¿La causa de una lucha social debe subordinarse a los símbolos que con su sacralidad característica impone el Estado o el grupo en el poder?”.

Desde luego los puntos de vista suelen ser diversos y muchos de ellos se trenzan en un conflicto irresoluble, pero de ello podemos concluir que la disputa política es automática cuando se trata de la radical intervención del espacio. Y por supuesto, cuando hablamos de espacio hablamos casi directamente de arquitectura, la cual debemos alejar del usual reduccionismo que la encierra en el diseño y la tratemos como lo que es, un campo sobre el que se realiza lo que Hannah Arendt denominó, la acción política.

Analicemos con detalle los hechos: se trató de una marcha feminista que reclamaba los recientes casos de violación perpetrados por la policía; pero, además, se suma el hartazgo de una violencia sin fin contra el cuerpo de las mujeres, contra su derecho a decidir y contra su innegable derecho a la vida. El enojo no es menor, y cansadas de la sordera social que suele además mirarlas con desdén, produjo una ira inusual en un movimiento político que en sus más de trescientos años de existencia no ha requerido de un sólo disparo para hacer la revolución de pensamiento que ha hecho.

En segundo lugar, la forma de la marcha, la cual fue realizada en su mayoría por mujeres acompañadas de un mínimo de hombres solidarios. A estos, se les suele cuestionar -no sin razón- el porqué de su presencia en una marcha que trata de visibilizar la voz femenina en el espacio público; en teoría deberían conocer que su solidaridad se requiere en la vida cotidiana y no necesariamente en el protagonismo de la protesta social. La forma de la marcha será trascendente porque fue justo esta la que ocasionó la sorpresa; si las pintas al Ángel las hubiera hecho cualquier movimiento sindical o campesino, si hubieran sido hombre anarquistas o mercenarios al servicio de alguna organización social, el asunto hubiera sido más sencillo de zanjar. De hecho, hubo quien argumentó que la violencia provino de los hombres que las acompañaban. Sin embargo, sin minimizar el hecho de que fueron mujeres urbanas -en su mayoría de clases medias- las que decidieron intervenir el monumento, puso en alerta a una población que le teme en general al empoderamiento femenino.

Y, en tercer lugar, la afrenta al Estado. Ello tiene dos lecturas. Por un lado, la de haber osado atacar al mayor símbolo de la identidad nacional -el Ángel de la Independencia- y por el otro, provocar a un gobierno de izquierda institucional para demostrar con ello su inconsistencia e incongruencia discursiva. A este respecto se sumaron muchas voces que sin desperdiciar la coyuntura arremetieron contra el gobierno de la ciudad y contra el gobierno federal, tratando de exhibir su responsabilidad en los hechos y su debilidad e ineficacia para detener el “acto vandálico”.

Un elemento final; el concepto de monumento histórico que subyace a toda la problemática y que se mantiene en el imaginario social una postura esencialista heredada del romanticismo nacionalista alemán. Recordemos que, para este, el relato mítico es la base la identidad cultural y sobre la cual se levanta el “espíritu” de la nación. Nos dice al respecto González-Varas Ibañez (2014):

“Los poderes públicos se han empeñado en definir la identidad de la cultura como elemento consustancial al discurso político de constitución de la “nación”, tratando de imponer desde determinados grupos hegemónicos unos rasgos simbólicos y un patrimonio como propios e identificadores de cada cultura, discurso que ha determinado una definición de la cultura y del patrimonio cultural como algo único y esencial, estable y fijo en el tiempo.” (p. 74)

En consecuencia, los monumentos en el Estado moderno han sido una forma de materializar la legitimidad de los regímenes políticos de cualquier signo: los utilizó la Alemania nazi, la Rusia socialista, la China comunista y todos los gobiernos de inclinación “democrática” inmersos en el más salvaje capitalismo. Incluso la Roma antigua utilizaba el Arco del Triunfo para rememorar las victorias militares. Se trata entonces de un recurso usado por el poder para imponer su ideología, su forma de entender el mundo y su estancia en el poder de la comunidad política. Sin embargo, los monumentos históricos no necesariamente representan a ésta última, y en muchas ocasiones su mera presencia es un recordatorio de profunda invisibilidad. Es por esto que muchos de los hitos colocados en las ciudades del país no significan nada para los que los habitan y para los que los experimentan en su realidad cotidiana; por el contrario, terminan por resignificarlos y por cambiarles el sentido.

En México, la mayoría de los monumentos ensalzan la gloria de la creación nacional; la Independencia, la Revolución o la Reforma son normalmente los eventos que suelen estar representados. Pero hemos de ser conscientes que estos hechos históricos son en realidad las victorias y la historia de las clases medias, de la burguesía, no del mundo indígena o de las clases populares. Ello los hace vulnerables ante su conciencia emergente y ante los arranques de furia social, que en un país tan desigual como este, suceden con regularidad.

El Ángel de la Independencia es sin duda un buen ejemplo de ello, pues más que un símbolo de la autonomía política -la cual es completamente ficticia-, se ha convertido en un símbolo de turístico y en un centro de congregación festiva; ahí se festejan las victorias deportivas y se concentran numerosos eventos que poco o nada tienen que ver con la autonomía discursiva hecha monumento. El Ángel es ahora un fetiche, y la afrenta hecha por la marcha feminista le devuelve temporalmente su realidad política.

Con este panorama, podemos comenzar a comprender que la intervención del espacio, esto es, la dinámica de reconfigurar el espacio de una manera distinta a como lo ha planificado ya sea el Estado o el gran capital, detona una confrontación política de gran calado.

Es aquí donde nos es de gran utilidad la definición de acción política que la pensadora alemana Hannah Arendt desarrolló en “La condición humana”. Según nuestra autora, la acción política es la actividad humana por excelencia que le permite al sujeto y su trama de relaciones transformar la vida social. Pero de ello se desprende un problema: ¿dónde se realiza esta actividad? esto es ¿en qué campo o ámbito se produce esta acción? Arendt propondrá que es en el “espacio público” donde la intersubjetividad se lleva a cabo, tomando para ello el concepto griego de la polis: un espacio donde se dialoga y dónde se discuten los asuntos de la comunidad política; un espacio, hemos de enfatizar, que tradicionalmente ha estado reservado para lo masculino y que desde luego ocasiona conflicto cuando lo femenino decide involucrarse con él.

Por lo tanto, este espacio que Arendt llama “público”, no es para nosotros un espacio abstracto ni metafórico, sino un espacio físico significado que se da como producto de esa intersubjetividad. En otras palabras, la arquitectura, más que un objeto fijo vertido en un espacio cuantificable es un conductor indispensable de la acción política, el cual, además, sólo puede realizarse cuando la trama de interacciones se activa. No hay pues, arquitectura sin acción política y viceversa.

Es por ello que la intervención en un monumento construido y significado por el Estado es una actividad de transformación y una reafirmación de la vida, la cual le devuelve al artefacto arquitectónico su razón de ser. Al respecto surge una pregunta casi natural: ¿pasa esto con cualquier objeto arquitectónico o sólo con aquellos que representan al Estado? Desde luego, la trama de relaciones sociales cubre todo el espectro espacial, así que, si las pintas o la transformación del lugar se hubiera hecho en una casa, por ejemplo, no dejaría por ello de ser una acción política y en consecuencia una reafirmación ontológica del objeto arquitectónico. Lo mismo ocurre si la acción no es necesariamente producida por una protesta social; las personas en la vida cotidiana interactúan en y a través del espacio por lo que se trata igualmente de otra forma de lo político. ¿Cuál es entonces la diferencia entre una acción política realizada en un espacio público y otra en una estructura espacial común? Nosotros creemos que la diferencia radica en la “escala” (Arendt la encontrará en la dicotomía público-privado1Esta dicotomía que ha caracterizado a la modernidad, pensamos que es una frontera imposible de trazar. De hecho, en las producciones espaciales, dividir con una verja o un muro el espacio público del privado, no implica que en automático la separación se reproduzca; por el contrario, muy a pesar de que sigue siendo uno de los ejes de configuración imprescindibles en la ciudad capitalista, el margen es poroso; la filtración, natural. Creemos entonces que se trata de una división ficticia -aunque no por ello irreal-, que causa más problemas mantener que desvanecer. Por ello nos inclinamos más a construir el concepto de “Escala” el cual nos permite hacer un análisis vertical incluyendo las modalidades de la intersubjetividad..), lo cual no implica necesariamente un aumento en el número de miembros de la comunidad política-, sino que se refiere al salto cualitativo que aumenta la dimensión de lo político a una mayor grado de reverberación. Por ejemplo, en este caso, cuando este grupo de mujeres decide modificar la forma estética de un monumento histórico, produce una onda que mueve completamente la trama de relaciones sociales para transformarlas en su conjunto. Por supuesto, también se transforma el objeto, y ello es una prueba tangible de su vínculo constitutivo con la acción política.

Con todo esto, sólo pretendemos develar un ingrediente que subyace a la tan acalorada discusión: lo importante no es si se pintó o se “vandalizó” el Ángel, sino que se observe que el espacio urbano-arquitectónico es el único dispositivo mediante el cual es posible realizar la acción política.

Referencias

Arendt, Hannah (2009), La condición humana. Buenos Aires: Editorial Paidos

González-Varas Ibañez, Ignacio (2014), Las ruinas de la memoria. Ideas y conceptos para una (im)posible teoría del patrimonio cultural. México: Siglo XXI Editores

Notas   [ + ]

1.Esta dicotomía que ha caracterizado a la modernidad, pensamos que es una frontera imposible de trazar. De hecho, en las producciones espaciales, dividir con una verja o un muro el espacio público del privado, no implica que en automático la separación se reproduzca; por el contrario, muy a pesar de que sigue siendo uno de los ejes de configuración imprescindibles en la ciudad capitalista, el margen es poroso; la filtración, natural. Creemos entonces que se trata de una división ficticia -aunque no por ello irreal-, que causa más problemas mantener que desvanecer. Por ello nos inclinamos más a construir el concepto de “Escala” el cual nos permite hacer un análisis vertical incluyendo las modalidades de la intersubjetividad.
mm

Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

¿Qué te ha parecido?

(0 votos - Media: 0)