El dilema de Notre Dame

Ser mercancía o desaparecer, parece ser el dilema al que se enfrentan los edificios clasificados como patrimonio cultural. Las alternativas para rescatar una de las catedrales más fetichizadas de nuestra civilización, se desvanecen mientras el valor de cambio continúe rigiendo la lógica de la conservación de la memoria edificada.

Posible renovación Notre-Dame
Posible renovación Notre-Dame

El pasado mes de abril, el mundo contempló impotente la incineración de uno de los ejemplares arquitectónicos más preciados de la civilización occidental. La catedral de Notre Dame sufrió un incendio colosal que terminó por derribar parte del techo de la nave central, y la aguja que al arquitecto Viollet-Le-Duc había proyectado hacia 1846 como parte de un amplia empresa de renovación. Se trata indiscutiblemente de un documento histórico que no sólo atestigua la historia del Estado Francés, sino que se levanta como una de la joyas espaciales con las que inicia el propio proyecto de la modernidad.

De hecho, el dilema ontológico que hoy padece -y que detallaremos en el presente artículo- parte de ello, pues la reconciliación entre la fe cristiana y la lógica clásica lograda en la baja Edad Media -materializada en la construcción de catedrales- será puesta en tensión a partir de que el concepto constitutivo de la modernidad -la “verdad”- deje de relacionarse con el de “verdad revelada” que involucraba forzosamente a la fe. En la filosofía escolástica, habían logrado armonizarse sin mayor problema pero hubo condiciones específicas que las desvincularon y que abrieron el camino para que la modernidad únicamente tomara la racionalidad matemática como la única racionalidad posible. En efecto, el mundo se hizo cuantificable y su materia se hizo fragmentaria y desmenuzable. La “verdad” se convertiría en sinónimo de esta razón y de todo aquello que pudiera demostrarse bajo un procedimiento en específico (el método científico). En este sentido, la “verdad”, dejaría de ser subjetiva para volverse únicamente objetiva y de validez universal.

Ello desde luego, tuvo consecuencias en la forma en que comenzó a considerarse el espacio y la arquitectura. Como ya mencionamos, las catedrales góticas eran resultado de una concepción espacial que equilibraba racionalidades diferentes. Así, por ejemplo, los arbotantes fueron una solución técnica para sostener los muros que en lugar de soportar la carga del techo, se abrían a los enormes vitrales en los que se representaban escenas de  las sagradas escrituras; una combinación en la que la física y la tecnología se usaron para convertir la luz filtrada por el vidrio emplomado, en metáfora de Dios. Así que a manera de presagio, esta mezcla conceptual vertida en la piedra se volvería contradicción, porque la modernidad no aceptará racionalidades mezcladas; lo “verdadero” no podrá ser lo híbrido, lo que es y lo que no es simultáneamente, sino que sólo admitirá a uno de los opuestos.

La inmutabilidad del ser, conservada por la escolástica como cualidad de Dios, se extenderá en la modernidad y se convertirá en “verdad” científica, haciendo inviable la posibilidad de concebir un ser mutante que sólo a veces conserva lo que es. En este sentido, la modernidad dicotomizará y estabilizará las categorías con las que el mundo occidental entenderá el universo por los siguientes quinientos años, y desde luego, desde donde construirá los paradigmas que actualmente la regulan.

Notre-DameEn arquitectura, esta “verdad” se irá consolidando conforme el objeto espacial se fue fetichizando, esto es, cuando comienza a verse en él una entidad con existencia propia completamente escindida de las relaciones sociales que lo posibilitan. La fetichización del objeto hará que su “verdad” se deposite en su materialidad, en su forma final, en aquello que es perceptible y verificable. Atrás queda el trabajo que lo realiza, las condiciones sociales, políticas y económicas que lo envuelven, o bien, la memoria y la tradición arquitectónica que lo significa. Se le trata como un objeto “vivo” con una esencia inmutable, que es justamente lo que hace problemática cualquier alternativa de intervención que pretenda mantener a Notre Dame dentro de un devenir unívoco.

Desde nuestra perspectiva, y en consonancia con el trabajo desarrollado por González-Varas (2014), tres son las vías que se tienen para intentar rescatar esta obra del mal llamado “patrimonio arquitectónico de la humanidad”1La categoría “Patrimonio de la humanidad”, ha sido utilizada como una forma de certificado internacional que avala a una producción determinada como digna representante de “lo humano”. Lo cierto es que se trata de un “sello” que deslocaliza la obra haciéndola impenetrable para los que la experimentan en la estructura de la vida cotidiana. De la noche a la mañana, se vuelve un objeto extraño que deja de pertenecer a la localidad para volverse “universal”, esto es, de todos y de nadie. En el fondo, se ha tratado una forma de colonización y de apropiación cultural, con la que la élite del mundo occidental consigue darle cauce a sus inversiones turísticas. Los objetos así catalogados, funcionan en esta nomenclatura como mera mercancía. El “patrimonio de la humanidad” es entonces, al final, patrimonio de las clases dominantes europeas.: la de sustitución, renovación y conservación. Sin embargo, antes de analizarlas por separado, es importante aclarar que todas sucumben al interés mercantilista que impone el consumismo global y que produce sin remedio un dilema aparentemente irresoluble, pues la conservación del patrimonio material está cada vez más enganchado con el turismo y con la ganancia de las empresas vinculadas directa o indirectamente a él. Los gobiernos no invierten dinero para “conservar” la memoria -aunque es cierto que el Estado depende del patrimonio material para poder legitimarse- sino que lo hacen por la derrama económica implicada, y desde luego, por el impacto que el discurso de la conservación tiene en el gran público. En efecto, lo que ha de hacerse con la catedral de Notre Dame -y casi con cualquier restauración- siempre tiene como telón de fondo el relato romántico que lo vende y que lo sintoniza con la realidad consumista del mundo occidentalizado. La idea de un París testigo de grandes hazañas históricas y de un lugar sui generis en donde la vida adquiere una consistencia mágica, es el relato que se busca y por el que pagan millones de turistas que anualmente la visitan; en este sentido, la catedral “deberá” ser lo que se ha vendido de ella, lo que los medios masivos de difusión han dicho que es. Así que bajo esta condición, analicemos las tres opciones:

a) Sustitución. Se trata de la idea más inmediata, aquella que nos llegó a todos a la mente cuando vimos caer la aguja central: sustituirla por otra exactamente igual. De hecho, Viollet-Le-Duc dejó planos y bocetos con los que él mismo la construyó, así que no representa mayor problema. El asunto es si el público parisino y el turista promedio validan la reconstrucción de algo que de alguna manera dejó de ser o que bien, ya no “es”. Se trata de un elemento que ya no existe y que aunque se tenga a la vista, este no dejará de ser mera escenografía. Desde luego, la prueba se superará si se logra que el público olvide que se trata de una aguja sustituta, algo que en realidad se ve complejo. Sin embargo, y pese a todas las consideraciones en contra, sería algo que el propio arquitecto francés hubiera hecho. Le-Duc, que bien podría ser considerado el primer posmoderno (González-Varas, 2014), aún estando en la vorágine positivista del XIX, defendía una “verdad” arquitectónica que no reposaba en la materia, sino en la “idea”. Ello significaba que cualquier edificio podía ser alterado materialmente y no perder por ello su “autenticidad”. Según Le-Duc, podían sustituirse todas las piedras o elementos que conformaban un objeto arquitectónico y seguir siendo el mismo. Es el caso por ejemplo del santuario de Ise en Japón, cuyos edificios se han reconstruido desde 692 d.c. cada 20 años de la misma manera. Pero en occidente, la sustitución de la materia se ha traducido como falsificación y ha impedido que la conservación se realice por sustitución. Viollet-Le-Duc aún en pleno siglo XXI podría ser cuestionado por su intención escenográfica que le quitaría “realidad” a la misma realidad. No obstante, hoy en día nos desenvolvemos sin mayor problema dentro de la llamada “disneylandización”, la cual consiste justamente en eso, en crear escenografías espaciales de mundos oníricos. La ciudad de Dubai o Las Vegas son ejemplos interesantes de ello, espacios urbanos “reales” completamente “artificiales” cuyo objetivo es desplegar el escenario de una vida que se suspende en la ficción. También ocurre lo mismo con muchos enclaves de vivienda, los cuales se construyen de manera temática para explotar comercialmente un estilo histórico determinado.

b) Renovación. Esta segunda alternativa estará representada tanto por el historiador de arte John Ruskin, como por el filósofo alemán Walter Benjamin, los cuales pensaban que la materia era la depositaria del tiempo y por tanto, de la autenticidad de una obra; en la materia se imprimía el “aquí y el ahora” que la volvía única e irremplazable. El culto a la obra de arte era al final, una consecuencia directa de la consolidación del sujeto burgués, el cual exigía a todo el que se sumergiera en el mundo de arte, una devoción sumisa al objeto a partir de una actitud contemplativa. La sublimación de la materia -la fetichización argumentaremos nosotros- será la piedra angular de la teoría con la que hoy se valora, se mantiene y se comprende al patrimonio cultural. Nos dice John Ruskin:

“(…) en la pátina dorada de los años es donde hemos de buscar la verdadera luz, el color y el mérito de la arquitectura; sólo cuando un edificio ha revestido este carácter, cuando se ha visto confiar a la fama de los hombres y santificar sus hazañas, cuando sus muros han sido testigos de sufrimientos y sus pilares han surgido de la sombra de la muerte, su existencia, más duradera que los objetos naturales del mundo que les rodea, se ve por completo dotada de lenguaje y de vida.” (Ruskin en González-Varas, 2014, pg. 127)

Bajo esta perspectiva hegemónica, reconstruir exactamente igual la aguja de Notre Dame es sencillamente una falsificación y una forma de desvirtuar al objeto. En consecuencia, se pretenderá renovarla, esto es, hacer una que represente a nuestro tiempo, con la técnica constructiva y los materiales que actualmente se utilizan. Un ejemplo de este devenir arquitectónico bien puede estar representado por el Monumento a la Revolución en la Ciudad de México (https://bit.ly/2DHdmfy), el cual ha sido intervenido en dos ocasiones, cada una con una técnica y materiales correspondientes a su temporalidad. Desde luego, en el caso de Notre Dame, esta propuesta parecerá bastante impopular, pero es sin lugar a dudas la más congruente con la teoría del patrimonio que domina los criterios internacionales. Dejamos este link en el cual se presentan algunas propuestas afines a esta opción. (https://bit.ly/2vZ13GT)

Posible renovación Notre-Dame

c) Conservación. Finalmente, la tercera vía -a la cual nos sumamos completamente- es aquella que implica no renovar ni reconstruir la aguja, sino respetar su historia y conservar la herida infringida por el descuido humano. Se trata de aceptar la pérdida como algo constitutivo de la historia del objeto reconociendo que este, muchas veces, puede resignificarse a partir de su nueva condición. El conflicto radica en que es muy complejo definir hasta qué punto los componentes de una obra pueden ser eliminados sin que esta deje de ser ella. Dada la tradición filosófica que domina en occidente y que nos indica que la inmutabilidad del ser lo dota de “verdad”, los cambios son difíciles de aceptar y se opta casi siempre por remendar. Tal vez, pensamos, ha llegado el tiempo en que debamos aceptar que la realidad es mucho más compleja que lo que plantea el tradicional reduccionismo dicotómico desarrollado por la modernidad.

Para concluir, queda una pregunta en el aire que es pertinente responder: ¿por qué la restauración de Notre Dame debe importarnos a nosotros como latinoamericanxs? Más allá del enorme eurocentrismo de ciertos sectores que vieron en el accidente una tragedia cultural inigualable (algo que a veces se niegan a reconocer cuando se deteriora o destruye el patrimonio propio) nos importa enfatizar que el dilema que enfrenta un objeto arquitectónico que ha sido fetichizado y explotado comercialmente, no puede ser resuelto porque cualquier opción quedará subordinada a la regla del lucro económico. En consecuencia, la disyuntiva entre ser mercancía o morir, no es algo que se reduzca al universo urbano arquitectónico, sino que se trata de un fenómeno que se extiende a cualquier producción humana en ya casi cualquier lugar del mundo. Debatir entonces cuál es la mejor opción de rescatar la memoria y el legado de Notre Dame carece de sentido si antes no cuestionamos que detrás de la materia, de la idea o de la memoria se encuentra un sistema rapaz que impide que la reflexión se haga en términos que no sean únicamente de valor de cambio.

En América Latina, tenemos un patrimonio cultural invaluable que hace ya tiempo se concibe como mercancía y como una vil escenografía que alienta y detona el turismo. De hecho, son los propios gobiernos los que alientan esta mirada, obliterando así la posibilidad de ser memoria resignificada por los pueblos o por toda una región que muchas veces reconstruye el territorio desde órdenes simbólicos híbridos. Notre Dame, por el momento, ya no tiene posibilidad de salir de su fetichización, pero puede servirnos como referente para impedir que nuestra memoria caiga en manos de esta concepción capitalista del patrimonio.

Referencias

González-Varas, Ignacio (2014) Las ruinas de la memoria. Ideas y conceptos para una (im)posible teoría del patrimonio cultural. México: Siglo XXI Editores.

Notas   [ + ]

1.La categoría “Patrimonio de la humanidad”, ha sido utilizada como una forma de certificado internacional que avala a una producción determinada como digna representante de “lo humano”. Lo cierto es que se trata de un “sello” que deslocaliza la obra haciéndola impenetrable para los que la experimentan en la estructura de la vida cotidiana. De la noche a la mañana, se vuelve un objeto extraño que deja de pertenecer a la localidad para volverse “universal”, esto es, de todos y de nadie. En el fondo, se ha tratado una forma de colonización y de apropiación cultural, con la que la élite del mundo occidental consigue darle cauce a sus inversiones turísticas. Los objetos así catalogados, funcionan en esta nomenclatura como mera mercancía. El “patrimonio de la humanidad” es entonces, al final, patrimonio de las clases dominantes europeas.
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Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

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