El desarrollo sostenible y el gobierno brasileño. De Río 92 a Río +20

Brasil tiene la mayor biodiversidad del planeta dentro de un país de ocho millones y medio de kilómetros cuadrados (diecisiete veces España) y doscientos cinco millones de personas. En las últimas décadas el desarrollo sostenible ha sido parte activa de las políticas medioambientales de los distintos gobiernos brasileños y una fuente constante de lucha de las organizaciones medioambientales y de los pueblos indígenas brasileños por preservar su modo de vida en constante peligro debido al continuo avance del desarrollo económico mundial y por el intento de las grandes multinacionales por expropiar la selva amazónica para su beneficio económico.

Brasil ha sido sede probablemente de las dos conferencias internacionales sobre sostenibilidad más importantes de la historia: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo ( conocida como Río-92) y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (conocida como Río 2012 o Río+20).

La primera conferencia se desarrolló en Río de Janeiro entre el tres y el catorce de junio de 1992 organizada por la Organización de Naciones Unidas y el gobierno brasileño. Participaron ciento setenta y ocho países y aproximadamente cuatrocientos representantes de organizaciones no gubernamentales, mientras que más de diecisiete mil personas asistieron al Foro de ONG celebrando paralelamente a la Cumbre.

La principal aportación de esa cumbre fue el acuerdo alcanzado denominado Programa 21 (Agenda 21 en inglés). Este programa tenía en cuenta una serie de cuestiones relativas al Medio Ambiente, como la contaminación del aire, la gestión de los mares, bosques y montañas, la desertificación, la gestión de los recursos hídricos y el saneamiento, la gestión de la agricultura, la gestión de residuos, aparte de cuestiones relacionadas con la salud y la vivienda.

Además, en la Conferencia de Río se aprobó el Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que afirmaba en su momento la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Este Convenio fue la base de la firma en el año 1997 del famoso Protocolo de Kioto (un acuerdo internacional que tiene por objetivo reducir las emisiones de varios gases de efecto invernadero y que no ha terminado de ser eficaz).

En el siguiente enlace se pueden leer los 27 Principios acordados por las Naciones Unidas y los diferentes gobiernos en esta Conferencia.

Dos décadas después se realizó la Cumbre de la Tierra Río+20, llamada oficialmente Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable y que fue organizada del veinte al veintidós de junio de 2012 en Río de Janeiro coincidiendo con el vigésimo aniversario de la anterior Cumbre sobre el desarrollo sostenible, en la que participaron ciento noventa y tres países. El objetivo principal de la Cumbre fue, por una parte, analizar cuanto de profunda es la brecha existente entre los objetivos marcados en diversos puntos de la Cumbre de 1992 y la realidad existente en el momento de celebrarse esta nueva Cumbre. Por otra parte, se buscaba renovar un consenso mundial con la práctica totalidad de los países reconocidos como tal por la ONU que estaban en Río de desarrollar políticas económicas sustentables con el medio ambiente en los próximos años. El acuerdo fue titulado “El futuro que queremos”. Las organizaciones ecologistas y ambientales calificaron el texto de “decepcionante” o de “fracaso colosal”.

Pero a pesar de estos esfuerzos de los diversos gobiernos brasileños en las últimas tres décadas para aparentar en la Comunidad Internacional un liderazgo en las políticas de desarrollo sostenible, siendo anfitrión de las dos Cumbres ambientales más importantes que han existido y siendo voz activa en los acuerdos que se alcanzaban en ellas, hay que preguntarse si realmente es la preservación de su biodiversidad y de las diversas culturas indígenas la principal preocupación del gobierno brasileño o si por el contrario el desarrollo económico de una economía en crecimiento como la brasileña, en un país que se visualiza como la gran potencia económica latinoamericana de los próximos años, se impone finalmente a la preservación del Medio Ambiente. Dicho de otra manera ¿Es el desarrollo sostenible de Brasil realmente sostenible? Veamos algunas consideraciones al respecto:

Dos son las industrias que sobresalen en Brasil en cuanto a la polémica de si son sostenibles o no y en cuanto al terrible daño que pueden hacerle al medio ambiente brasileño y a la selva amazónica en particular. Son las hidroeléctricas y el sector maderero. Ambas industrias están en muchas ocasiones íntimamente relacionadas en la destrucción del ecosistema existente en la Amazonía.

Aún hoy en día la hidroelectricidad proporciona el ochenta por ciento de la energía que genera Brasil. Hay diversos sectores que abogan a favor de algunas políticas medioambientales del gobierno brasileño en relación a las hidroeléctricas. Brasil se ha esforzado durante muchos años para generar electricidad de manera innovadora, en vez de fiarse del uso de combustibles fósiles. Así mismo, las empresas se inscriben voluntariamente y participan en el programa Protocolo de Gases de Efecto Invernadero de Brasil (Greenhouse Gas Protocol) con el fin de reducir las emisiones de gas carbono y a su vez grandes y pequeñas empresas lideran prácticas de sostenibilidad.

Pero todo ello queda claramente ensombrecido debido a la construcción de varias centrales hidroeléctricas que han causado un terrible impacto medioambiental en la Selva Amazónica. Entre 1985 y 1989 el gobierno brasileño construyó la represa de Balbina en el curso del río Uatuma en el Estado de Amazonas. Esta construcción inundó dos mil cuatrocientos kilómetros cuadrados de selva tropical cuando se terminó provocando un desplazamiento masivo de tribus indígenas de sus territorios. Solo durante sus tres primeros años la presa de Balbina emitió casi veinte cuatro millones de toneladas de dióxido de carbono y ciento cuarenta mil toneladas de metano, niveles de contaminación y de impacto en la selva que no concuerdan en absoluto con lo que se considera como un país con políticas de desarrollo sostenible.

Por otra parte, tenemos la represa de Belo Monte, una central hidroeléctrica que se está construyendo en estos momentos en el río Xingú, en el Estado de Pará (uno de los mayores afluentes del amazonas en la región norte brasileña). Una vez que esta presa esté construida definitivamente y a pleno rendimiento será la segunda mayor central eléctrica del país (representando el once por ciento de la potencia instalada de Brasil) y la tercera del mundo, con una capacidad de once mil vatios de potencia.

Las tribus indígenas, así como organizaciones ambientalistas y de derechos humanos, han protestado enérgicamente contra este proyecto durante más de treinta años. La represa de Belo Monte amenaza con destruir la selva, ya que se calcula que inundaría seiscientos sesenta y ocho kilómetros cuadrados, empujaría a más de veinte mil personas a abandonar sus hogares y reduciría el flujo del Xingú de un gran río caudaloso a un río casi seco durante partes del año, reduciendo las reservas de peces imprescindibles para la supervivencia de distintos pueblos indígenas de la zona. Además, la represa de Belo Monte necesitaría de otra represa más arriba en el curso del mismo río para garantizar un año de flujo circulante de agua, lo que significaría la inundación de más bosques.

Belo Monte no les dará otra opción a los pueblos que lo habitan de sobrevivir que unirse a las empresas de tala de árboles de la Amazonía, ya que no podrán obtener ingresos de la pesca o sus medios de vida tradicionales como la caza, que contribuirán a la deforestación devastadora aún más a gran escala. Y aparte, esta construcción traería a decenas de miles de occidentales que al contactar con los indígenas los pondrían en grave peligro ya que muchos de ellos no están inmunizados contra las enfermedades que padecen los occidentales.

El activista principal contra la construcción de las represas hidroeléctricas en el río Xingú es Raoni Matuktire (nacido alrededor de 1930 aproximadamente), uno de los grandes jefes del pueblo Kayapó (http://raoni.com/) , el cual junto a otros Caciques indígenas brasileños lleva décadas en la lucha por preservar su estilo de vida y la Selva del Amazonas de la invasión del hombre occidental.

Ya en 1978 Raoni y su tribu fue seleccionada para hablar de la preocupación por la masiva deforestación sin ningún control y sin sentido de la selva en un documental narrado por Jacques Perrin en la que el actor Marlon Brando acepta ser filmado para la secuencia de apertura y en la película Raoni – The Fight for the Amazon, dirigida por Jean-Pierre Dutilleux, que fue nominada a los premios Oscar. La aparición de este documental y esta película dieron gran fama a Raoni y pusieron su lucha en el primer plano de la opinión pública brasileña.

Sin embargo, no fue hasta la visita que Raoni recibe en Xingú del cantante Sting en 1987 y la participación de ambos en São Paulo en una conferencia de prensa de la Gira Human Rights Now! de Amnistía Internacional, cuando el tema llega a la prensa internacional y muchas personas comienzan a tener conciencia de la importancia de preservar los espacios verdes del planeta, conciencia que seguramente faltaba en gran medida a final de los ochenta y principio de los noventa del siglo pasado.

Ambos realizan una gira durante varios meses del año 1989 alrededor del mundo para difundir su mensaje y finalmente consiguen que el proyecto de creación de la Central eléctrica en el río Xingú se abandonara durante la década de los noventa. Pero los distintos gobiernos brasileños nunca abandonaron definitivamente el proyecto y la realización de la presa parece a día de hoy toda una realidad.

El pueblo Kayapó sigue su lucha contra el gobierno brasileño y las hidroeléctricas. En una carta dirigida al presidente Lula da Silva, los kayapó declaraban lo siguiente:

No queremos que esta presa destruya los ecosistemas y la biodiversidad que nosotros hemos cuidado durante milenios, y que aún podemos preservar”. Y el propio líder Raoni decía lo siguiente el verano de 2011 “Yo no lloré a causa de la autorización de construcción y del comienzo de los trabajos en Belo Monte. Mientras yo viva, continuaré a luchar contra esta construcción (…) La que llorará es la Presidenta Dilma, no yo “La Presidenta Dilma deberá matarme frente al Palacio del Planalto. Y en ese momento solamente se podrá construir la represa de Belo Monte.

En el siguiente enlace se puede firmar de manera rápida a favor de la detención de la construcción de la presa de Belo Monte.

En resumen podemos ver claramente al analizar casos concretos de deforestación de la selva amazónica y de construcción de hidroeléctricas y su perjuicio al medio ambiente que hay que separar claramente lo que son las intenciones de los diversos gobiernos brasileños de demostrar al mundo su compromiso con el desarrollo sostenible y la cruda realidad. Y es que por organizar una Conferencia Internacional sobre Medio Ambiente y desarrollo sostenible cada veinte años, sentarse junto con otros líderes mundiales unos días a hacer el paripé delante de las cámaras de todo el mundo y firmar unos acuerdos que se convierten generalmente en papel mojado el día después de la finalización de la Conferencia de turno no se está realmente comprometido con políticas de desarrollo sostenible. Son los hechos y no las posturas las que determinan la tendencia en esta materia a la que se acogen los distintos gobiernos mundiales en general; y en el caso del gobierno brasileño está claro que el desarrollo económico de su enorme población está por encima de la preservación de los ecosistemas de la selva del Amazonas y de los modos de vida de las personas que viven en él.

 

Para citar este artículo: Córdoba, J. (2017). El desarrollo sostenible y el gobierno brasileño. De Río 92 a Río + 20. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales VII, pp. 26 – 30. Recuperado en http://iberoamericasocial.com/ eldesarrollo-sostenible-y-el-gobierno-brasileno-de-rio-92-a-rio-20/