El contrato

Un día como cualquier otro, mientras revisaba su cuenta de Facebook, vio que le había llegado un anuncio  de una especie de empresa de modelaje.

El contrato

Con sus escasos 16 años Amalia una muchacha como cualquiera, había desaparecido de su casa.

Nacida en un hogar como cualquier otro, siempre gozó de los privilegios de la vida en una ciudad metropolitana. Todos los días iba al colegio y le faltaba poco más de un año para lograr el bachillerato. Desde su punto de vista, asistir al colegio era simple pérdida de tiempo y si estudiaba era por que a plan de garrote moral sus padres prácticamente le obligaban a asistir a la secundaria.

Pero en realidad lo que a ella le gustaba era salir con las amigas, irse de pindonga los fines de semana y si se podía echar algunos tragos encima, pues lo hacía, claro, los suficientes para que los viejos no se dieran cuenta de su fechoría. Le gustaba vestirse a la moda y para lograr este su cometido pedía sin contemplaciones el respectivo cash/money a sus padres, y estos a veces para satisfacerla debían de  sacar los dineros hasta de donde no tenían. De ayudar en la casa poco se podía comentar, pues Amalia casi nunca paraba en ella, su agenda estaba llena de visitas a las amigas, o de encuentros con algún pretendiente de turno, porque ella se había dado cuenta que no era una mujer despreciable, sino todo lo contrario, sus formas se habían desarrollado prominentemente y no parecía una jovenzuela de 16 años, más bien parecía una mujer en todo su esplendor, y ella sabiendo lo que tenía, se aprovechaba de cuanto gavilán le rondara, porque estos le llenaban de regalos a cambio de unos cuantos besos que Amalía obsequiaba luego de días y más días de ruegos de aquellos inocentes.

Así con cada día que pasaba Amalia se ponía más despampanante, y ella lo sabía. Comenzó a dejar los estudios y poco le importaban los regaños de mamá y papa, fue distanciándose de su familia y más le importaba estar en la calle o con las amigas, de fiesta en fiesta, de trago y paseo Amalia fue conociendo y frecuentando a otras personas, a muchas de ellas nunca las había conocido, pero le encantaba la forma de vida que tenían, pues en ese mundo no había preocupaciones y todo era alegría y felicidad.

Los padres de Amalia testigos de lo que estaba sucediendo, intentaron hacer lo que cualquier padre medianamente cuerdo podría hacer, primero; trataron de darle algunos castigos, luego; quisieron obligarle hacer su voluntad, pero ya era tarde,  la oveja ya había abandonado el redil. Amalia con sus 16 años se sentía una mujer completa, hecha y derecha en el sentido total. En el corto tiempo había vivido más experiencias de las que otras solo se podrían imaginar, y eso le hacía sentir bien. Pues no hay nada mejor que un alma con la confianza desbocada y con las ínfulas de sentirse superior.

Amalia sentía un tedio extremo por los reclamos de los viejos, todos los días le martillaban y querían ponerle límites, y ella envalentonada se decía siempre que límites no tenía.

Un día como cualquier otro, mientras revisaba su cuenta de Facebook, vio que le había llegado un anuncio  de una especie de empresa de modelaje. Amalia sintió que esa podía ser la solución a sus problemas familiares, ya que si ella generaba sus propios recursos pues sus padres no podrían ya reclamarle, porque ella sería dueña de su vida.

Emocionada hizo un touch en el anuncio y al segundo se abrió una especie de revista digital con colores vivos que impactarían a cualquiera, mientras de forma seguida se cambiaban fotos de hermosas mujeres que al parecer eran  modelos de aquella empresa. El anuncio decía: Quieres ser una “TOP MODEL”, envíanos tu foto y regístrate en nuestra página, llena los datos que corresponden y a la brevedad posible nos contactaremos contigo. Amalia se llenó de emoción al sentir que se le abrían las puertas para una vida llena de lujos y glamour. Sabía por los noticieros, las novelas y los comentarios, que el mundo del modelaje era un mundo privilegiado. Se paró frente al espejo, miro su silueta, hizo un par de poses de modelo, se miró de adelante y se miró por atrás diciéndose para sus adentros: “Soy perfecta para ser modelo”.

Al día siguiente Amalia se despertó temprano, era un sábado diferente, caminó hasta el comedor donde desayunaban madre y padre, los saludo de forma agradable y se sirvió una taza de té con limón y dos panes con mantequilla, media hora después retorno a su habitación, y con una cierta desesperación habilitó el internet en su Smartphone, cinco segundos después le llego un anuncio al celular avisándole de una notificación pendiente.  Con cierto nerviosismo ingreso a su página de Facebook para poder ver el anuncio y respiro con un gran alivio cuando vio que el mensaje decía: “Su solicitud ha sido recibida. Usted ha sido seleccionada para el casting de modelaje que se realizara en la fecha a las 17:00 pm”. Y más abajo le mandaban la imagen de un mapa con unas direcciones y donde estaba enmarcada la esquina exacta de un hotel. Amalia no lo pensó dos veces, era su gran oportunidad, no debía decirle a nadie, sería su secreto, además, todavía no tenía nada confirmado, pero en cuanto ya fuera contratada como modelo y sabiendo a cuanto ascenderían sus ganancias, pues recién les diría a sus padres, demostrándoles que ella si podía hacer más cosas que aquellas de las que siempre le reclamaban.

Todo aquel día transcurrió largo, Amalia no veía la hora de su entrevista. Ahora sería Amalia… la modelo. Así llegaron las 4 de la tarde, se colocó un vestido corto y entallado, de un color vino intenso, y de esa manera sin pensarlo más, prácticamente salió a hurtadillas de aquella casa, y como de rayo se dirigió a un taxi que le llevo a la dirección que todavía estaba descrita en su celular.

Eran las 16:40 de la tarde  Amalia había llegado temprano a la cita. Pensó primero en esperar, pero luego llego a la conclusión de que una presentación temprana era señal de compromiso con su nuevo empleo. Se acercó a la ventanilla de recepción del hotel y preguntó cómo llegaba al departamento 107 donde tenía una entrevista de trabajo. Le dijeron que subiera al ascensor hasta el tercer piso y que allí siguiera el pasillo a la derecha hasta la puerta del fondo, Amalia así lo hizo, paso por su garganta una bocana de saliva que tenía atorada y a paso firme entro al ascensor, llego al tercer piso, el ascensor se detuvo y se abrieron sus puertas, salió al pasillo y vio que a la derecha se podía divisar una fila de puertas, todas cerradas, y en un ambiente de silencio bastante desconcertante. Había un olor especial en el lugar, un olor que ya ella había sentido antes, era un olor que impregnaba todo pero que no era desagradable para ella, así mientras caminaba lentamente diviso en el fondo una puerta grande forrada con cueros cafés y adornada con unos puntos de metal que mostraban la importancia de aquella. Amalia comprendió que había llegado, ya estaba allí, no quedaba otra más que dar el salto. Sus manos le sudaban y disimuladamente se las seco en aquel vestido vino tinto, toco el timbre que se encontraba a un costado de la puerta, unos segundos después la puerta se abrió y del interior salió una mujer delgada y rubia –de porte elegante se podría decir–, con un cigarro en la mano izquierda y viéndola fijamente se dirigió a ella diciéndole: ¿Vienes por el casting para modelos? mientras la miraba de pies a cabeza como el carnicero que va desmenuzando la carne. Amalía respondió diciendo un sí en voz baja y moviendo la cabeza de arriba hacia abajo. La mujer traspasó la puerta por completo y se paró a un costado de Amalia, la puerta se abrió lentamente y de allí salieron los olores que Amalia había reconocido al salir del ascensor, se le vinieron a la cabeza los recuerdos de sus juergas con trago y fumadero. Allí adentro estaba un tanto oscuro y se escuchaban risas de mujeres y voces de hombres, acompañados por una música que no sonando fuerte tenía algo de agradable.

Amalia miró nuevamente a la mujer y un silencio se apoderó de ella. Quiso moverse, salir de allí y gritar, pero no pudo. Sus fuerzas se habían ido. La mujer la miraba fijamente y le echaba una sonrisa endemoniada. Mientras, por detrás de Amalia casi de la nada apareció una silueta entre las sombras, era un  hombre vestido a tres prendas en tono azul marino, calvo, con una barba de candado en el mentón y con una sonrisa burlesca colocó su tremenda mano sobre el hombro derecho de Amalia. Mientras ella recordaba el placer que había sentido al desayunar en la mañana.

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Autor

Licenciado en Sociología por la Universidad Mayor de San Simón de Bolivia.

Postgrados en Gestión e innovación educativa y Educación Superior por la Universidad de Ciencias Adminitrativas y Tecnológicas UCATEC