Educados para (no) pensar No vivimos para pensar, sino que pensamos para vivir. No vivimos para argumentar, argumentamos para vivir.

Educar para no pensar

“Maldigo el pensamiento concebido como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden”.

Gabriel Celaya. La poesía es un arma cargada de futuro.

 

Educar no solamente significa transmitir conocimientos, es sobre todo generar las condiciones para que el otro, a partir de dichos conocimientos pueda expresar lo mejor que tiene. Eso se llama crear, y crear significa generar algo nuevo pertinente a la vida. El cual requiere previamente capacidad para pensar. Sin capacidad para pensar no hay creación. Por lo que educar es enseñar a pensar a partir de lo ya pensado.

Concebimos el pensar no como un fin en sí mismo, no como un lujo cultural, no como un pasatiempo, sino como un arma de defensa, de debate y rebate contra todas las fuerzas que niegan la vida humana y las condiciones que la posibilitan. Tarea que en rigor requiere criterios de evaluación de nuestros juicios acerca del contenido de lo que pensamos, sino ¿qué sentido tiene educar para pensar?

Una de las ciencias más avanzadas actualmente, la neurociencia, nos dice que pensar es trabajar mentalmente con información para conseguir una meta o resolver un problema de acuerdo con criterios de valor (Cfr. Marina & De la Valgona, 2007). Son criterios de valor aquellas normas valiosas para el ser humano, como por ejemplo, la justicia, la solidaridad, la libertad, etc. Todas estas normas valen para el ser humano y no admiten discusión alguna.

Pero ¿por qué valen? Estos valen no por sí mismas, sino por referencia al criterio de verdad práctica universal, la vida humana (Dussel, 2001: 119). Es decir, todo cuanto el ser humano toma como valioso es porque contribuye a afirmar, a prolongar su vida y no fenecer prematuramente en el camino. La vida es el fundamento de todo valor. Todo lo que conocemos como valores valen en tanto contribuyen a la afirmación de la vida humana.

En efecto, pensar no es un fin en sí mismo, sino un medio en vista en última instancia de un fin: la afirmación de la vida. De aquí que algunos neurocientíficos señalen que el cerebro, y en consecuencia, su actividad más preciada, el pensar, no tenga otro objetivo más que el mantenernos vivos (Mora, 2017). Si educar es enseñar a pensar, y el pensar es la actividad que nos forja, en el sentido de que produce y reproduce nuestras vidas. Entonces, siguiendo a Mora, un ser humano, un país es lo que la educación hace de él.

Contra la pedagogía socrática que sostiene que una vida no pensada no merece la pena ser vivida, podemos sostener que un pensar que no esté al servicio de la vida humana no merece la pena ser llevado a cabo. Porque no vivimos para pensar, sino que pensamos para vivir. No vivimos para argumentar, argumentamos para vivir. A la comunidad de argumentantes, de pensantes le presupone la comunidad de vivientes. Si la vida del pensador, del que educa para pensar no es asegurada, el pensar no es posible.

El pensador que piensa para vivir parte de lo fáctico, es decir, de su realidad problemática histórica, social y cultural. No piensa libros ni autores como fines en sí mismos, si lo hace, como enseña el filósofo Enrique Dussel, es solamente como mediación para comprender de mejor modo los problemas de su realidad. Porque son los problemas de nuestra realidad histórica los que nos deben interpelar e indicar a qué textos y autores acudir para pensar y entender de mejor manera los problemas que ponen en cuestión la vida y no al revés.

En otras palabras, ejercer el pensar en el sentido del pensar para vivir, que es el sentido sugerido por la neurociencia, requiere previamente haber leído el contexto e identificado los problemas de la realidad en la cual tenemos la vida puesta, y a partir de la toma de conciencia de ella, apoyarnos en la lectura de textos de otros pensadores que nos sean pertinentes para entender del mejor modo posible los problemas que nos interpelan.

Ahora bien, si hacemos este ejercicio de lectura de nuestra realidad, vemos que en nuestro país se pretende producir conocimiento, pero no se educa para producirlo, es decir, no se educa para pensar. En algunos casos se educa literalmente para repetir y para evitar pensar. La gran cantidad de literatura científica y filosófica producida no es pertinentes al desarrollo de la vida de los que habitamos en este país que llamamos Perú.  Porque lo que se pretende, para decirlo parafraseando a Nussbaum (2010) es tener personas obedientes con capacitación técnica que lleve a la práctica los planes de las élites dominantes.

Finalmente, frente a este hecho, vale preguntarnos parodiando a Sartre, cuando decía, “ante un chico que se muere de hambre, La náusea no tiene peso” (Lonardi, 2005: 95). ¿Qué peso tiene lo que producimos como conocimiento científico y/o filosófico frente a un niño que muere de hambre o de frío en el sur de nuestro país? ¿Qué peso tiene lo que enseñamos a nuestros alumnos frente a aquellos niños que todos los días ven que las mascotas de su compatriota comen mejor que ellos? ¿La educación que impartimos se centra en las urgencias de nuestro presente y de nuestro futuro? ¿Contribuye a disminuir el sufrimiento de la gente?

 

Referencias bibliográficas

Dussel, E. (2001). Hacia una filosofía política crítica. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Sudamericana.

Lonardi, O. (2005). La altura del silencio. Buenos Aires: Dunken

Marina, A. y De la Valgona, M. (2007). La magia de escribir. Barcelona: Plaza & Janés.

Mora, F. (2017, agosto 25). Neuroeducación. [Video] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=MMNQMwVb4SE.

Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Buenos Aires: Katz.