Educación 2020: los migrantes forzados

La migración global más formidable de Occidente, en tiempo record: más de 1560,2 millones de humanos desplazados hacia el mismo sitio en el menor tiempo.

Educación 2020
Educación 2020

Mariana Chendo.
Licenciada en Filosofía. Directora de la Licenciatura en Educación USAL.

 

“[…] el hábito de disimular es agotador y destroza los nervios […] El exilio es la vida sacada de su orden habitual. Es nómada, descentrada, contrapuntística.” (Edward Said. Reflexiones sobre el exilio)

 

Hospital, cárcel, Estado, el futuro es moderno. ¿Y la escuela? El marketing del liderazgo nos había repetido hasta la banalidad de sus males que la educación haría futuro en la sociedad del conocimiento. Pero no, el derrame de la globalización nos trajo de urgencia la figura del enfermo, el preso y una sociedad en riesgo. Post-normalidad con las astillas modernas: encierro, seguridad, disciplina de los cuerpos. La medición de la acumulación del conocimiento -criterio de legitimación del sistema educativo- se reveló absurda frente a las prácticas urgentes del cuidado de los cuerpos.

El 11 de marzo la OMS declara “pandemia” al covid-19. Inmediatamente, la UNESCO arroja una población de más de 1500 millones de estudiantes y 60,2 millones de docentes “migrantes” alrededor de 138 países.  Más de 1560,2 millones de humanos migrando a la virtualidad en un tiempo inferior a 30 días. La migración global más formidable de Occidente, en tiempo record: más de 1560,2 millones de humanos desplazados hacia el mismo sitio en el menor tiempo. ¿Qué es la virtualidad, qué son esas tierras? Migrantes digitales a fuerza de pandemia. Agarrar nuestros útiles y llevarlos a otras tierras, ¿qué continuidad puede exigírsele a un migrante forzado? ¿qué continuidad es posible en la discontinuidad del espacio y del tiempo? ¿qué son esas tierras?

El 31 de enero China lazó la política educativa de “suspensión sin suspensión” de las clases. En la globalidad de la peste, todos seguimos el mandato del imperio: continuidad sin continuidad, conjurando cualquier posible interrupción al vínculo pedagógico en la conversión de emergencia. UNICEF lanza todos los lineamientos de rigor: recomendaciones de fortalecimiento del clima escolar, adaptaciones a contexto, foco en la comunidad educativa, adecuación de la comunicación de crisis y todos los ribetes del buen sentido común de forma y de superficie. La UNESCO laza todos los listados de rigor: herramientas tecnológicas y plataformas con sistemas de gestión de aprendizaje digital, sistemas para teléfonos móviles, sistemas de funcionalidad fuera de línea, contenidos curados para el aprendizaje autónomo, para el aprendizaje colaborativo, aplicaciones, videos, tutoriales, instructivos. Se crea a la World Coalition for Education que incluye el gigantismo del dominio del nuevo cálculo: GSMA, Microsoft, Weidoing, Google, Facebook, Amazon, Coursera, Zoom. Liberan cursos de las universidades más prestigiosas, sólo pago certificado, cortos, al pie de la pandemia para suspender sin suspender el prestigio de la academia. ¿Quién será el dueño de nuestros dueños?

La industria del entretenimiento ha comprendido los artefactos de la virtualidad, pero también sus espacios y sus tiempos. La educación no, la pandemia evidenció que el futuro educativo es retro y la virtualidad se usa con igual sentido que un viejo teléfono. Las voces se pierden metálicas, incomodan los silencios, se cierran los micrófonos, todo para que festejemos la selfie estanca de la digitalización de los cuerpos. Y nos aferramos a una continuidad burócrata, replicando la sincronía de la presencialidad para sostener la rutina rota, tomando asistencia a base de conectividad, acompañando por las vías e, app, online sincrónico, online asincrónico, aterrorizados por el copy-paste en la evaluación mientras nosotros hacemos copy de la lógica presencial para el paste en la tierra virtual. ¿Adónde estamos migrando?, ¿cómo habitar esas tierras?

De la migración forzada surge una evidencia de doble trazo: los defensores de la implementación de plataformas en educación comprenden la virtualidad como un recurso, un útil-a-la-mano, una herramienta; mientras, tensando los extremos de la lógica Estado-mercado, los defensores de la presencialidad argumentamos por afección ideológica en defensa de un espacio público que no estamos dispuestos a ceder, porque estamos convencidos de que aula y gestos son los últimos refugios de una humanidad en riesgo. Este doble trazo nos condena a un encierro testarudo en alguno de los extremos: o la ficción de la implementación de realidad aumentada en las aulas argentinas, o la pizarra como objeto de guerra, la pizarra haciendo de muletas de guerra, haciendo de muralla contra las balas en la frontera, los maestros como exiliados de guerra (Takhté siah/Blackboards: 2000, dirigida por Samira Makhmalbaf). ¿Se puede pensar un justo término medio?

Leer a estudiantes y educadores del siglo XXI en la figura de la migración, del desplazamiento, el aislamiento y el destierro, es comprender que la virtualidad no es sólo una herramienta, es una lengua y es una tierra. Edward Said, en sus Reflexiones sobre el exilio, habla desde la mirada del desarraigo: “contemplar las experiencias como si estuvieran a punto de desaparecer. ¿Qué es lo que las ancla a la realidad? ¿Qué salvaría uno de ellas? ¿Qué abandonaría?”. Aunque volvamos a nuestras tierras natales de las presencias, no volveremos siendo los mismos, ¿qué habremos salvado? ¿qué habremos abandonado? ¿qué son estas tierras?

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