Docencia, la última preocupación de los profesores universitarios

Parecería obvio que la principal función del docente debería ser la que da nombre a su profesión, la docencia. Sin embargo no siempre es esta la realidad. Desde luego no pretendo encuadrar de forma completa sobre esta entrada a un sector tan heterogéneo como el docente, pero sí que me refiero a la gran mayoría del colectivo. Vamos a hacer un breve análisis de las funciones que estos realizan en el ámbito universitario y ver la incidencia que tiene en los procesos educativos que acontecen en las universidades.

Antes de hablar sobre las funciones de los docentes, tenemos que explicar una de las lógicas del sistema en que vivimos, la obsesión por lo mensurable. Hoy día todo tiene que ser medible, nos dicen que en favor de la eficiencia es necesario que toda tarea sea cuantificada, convertida a números para poder ser analizada y, finalmente y muy importante, evaluada. Comparto la idea de que cuantificar determinados elementos es positivo para tareas concretas, pero discrepo por completo de esa obsesión en la que todo tiene que ser medido, ya que esto deja fuera muchos componentes que son imposibles de ser medidos, o que su medida es sesgada debido a la inconmensurabilidad de la que ya nos habló Paul Karl Feyerabend, en la que nos mostraba que como al no controlar la totalidad de un algo determinado, la medición de ello se convierte en un absurdo. En este caso podría situarse la docencia. Pero lo veremos un poco más adelante, ahora vamos con las principales tareas del docente universitario.

Las funciones del docente universitario pueden encuadrarse en 3 principalmente: la docencia, la investigación y la gestión. No es mi intención hacer un profundo análisis sobre cada una de ellas, sino colocar las principales tareas dentro de cada una de las funciones para establecer la relación entre la mensurabilidad de ellas, las prioridades del docente a la hora de desarrollarlas y la influencia de esto en los procesos de enseñanza-aprendizaje.

  • La función investigadora envuelve las tareas de producción científica, tanto individual (publicaciones, comunicaciones, patentes, etc.) como grupal (organización congresos, grupos de investigación, etc.). Estas tareas de producción científica, están formadas por sub-tareas como serían la constante lectura bibliográfica, análisis de contenidos, la práctica investigadora, producción escrita, reuniones de los grupos de investigación, etc. La función investigadora es medida a través de la producción de cada docente para ser evaluada por las instituciones superiores de evaluación de la calidad educativa de cada país. Esta evaluación es determinante para la consecución de ayudas y becas por ejemplo, pero también para evaluar una posible ineficiencia productiva del docente que podría desembocar en su expulsión del cuerpo docente.
  • Por otro lado, la función de gestión serían las tareas dedicadas al buen funcionamiento tanto del centro educativo como de los departamentos a los que pertenece el docente a través de los órganos colegiados. En esta función se encuadrarían las reuniones para perfilar el currículo del centro, la organización departamental, la organización de las disciplinas impartidas así como las reuniones de curso. Todas estas reuniones tienen un trabajo de preparación y burocrático (de generación y tramitación de documentos) que absorben mucho tiempo del docente. Esta función es medida y evaluada por el centro, y a su vez será medida y evaluada por el Ministerio de Educación Nacional para comprobar el buen funcionamiento del centro.
  • Por último tenemos la función docente. Es decir, las competencias del profesor en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Aquí tenemos la planificación de la disciplina y la docencia como práctica dentro del aula que incluye las metodologías empleadas, la didáctica, la creación y enseñanza de contenidos y la evaluación. Esta función también es medida y evaluada tanto por el centro como por el Ministerio de Educación en última instancia. Pero es en esta función (en las otras también aunque no incidiendo en el aprendizaje del alumnado tanto como en esta) donde la inconmensurabilidad se hace más patente. La medición se basa en el número de disciplinas y el cómputo global de horas que el profesor ejerce, en el número de discentes con el que trabaja, el número de aprobados y suspensos, y la calificación de estos. Es decir, datos numéricos ajenos a la calidad de los aprendizajes de los estudiantes. Esta obsesión por la eficiencia basada en números, proveniente de la lógica mercantilista, deja fuera elementos fundamentales dentro de los procesos educativos como son la adaptación de los contenidos al alumnado o el trabajo de valores como respeto, libertad, democracia o autonomía, debido a la dificultad que entraña su medición para ser evaluado.

Como hemos podido ver, las funciones de los docentes no se reducen tan solo a las horas de aula como percibe la sociedad. A la docencia, se le suman las tareas de gestión e investigación, que consumen un gran número de horas dentro de la jornada laboral docente.

Estas tres funciones (docencia, investigación y gestión) se convierten en inabarcables dentro de la jornada laboral docente de 40-45 horas semanales. Al sobrepasar las posibilidades temporales del docente, este tiene que establecer un orden de prioridades. ¿Y cuál será este orden? Evidentemente el de realizar primero las funciones que podrían poner en juego su puesto de trabajo, que no por ello pasan a ser las más importantes. ¿Y cuáles son estas? Pues son las de gestión y evaluación que están sometidas a una constante medición y evaluación en base a parámetros preestablecidos. Y se podría pensar: “Bueno, pero la docencia en sí, también es medida y evaluada”. Sí, claro, es medida y evaluada como dije a través del número de disciplinas y horas que las conforman, los aprobados y suspensos, etc. Todos elementos contables que olvidan que la educación es un proceso en el que sus elementos más importantes no son medibles a través de los ítems que son evaluados sobre la docencia, ¿O alguien mide el grado de actitud democrática enseñada en las aulas? ¿O quizá alguien puede contar el grado de aprendizajes hechos más allá de la memorización? ¿O acaso es medida la autonomía lograda en y para los aprendizajes?

La ausencia de estos elementos en la evaluación de la docencia nos lleva a la simplicidad en los procesos docentes dentro del aula. La cantidad vence a la calidad por un simple motivo. Es fácil adaptarse a esos parámetros de evaluación de la docencia. Con un único programa de disciplina cualquier docente puede atender a los grupos de estudiantes venideros durante años sin ningún tipo de preocupación, sin modificar su programa, por tanto, sin adaptarlo a las necesidades específicas de ese grupo, y que la evaluación de su docencia sea positiva.

Por tanto, la docencia se convierte en una tarea mecánica. Crear la programación de una disciplina para ejecutarla eternamente con los grupos de estudiantes que vayan llegando a la sala de aula. ¿Esto lo hacen por placer los docentes? No. Lo hacen porque de las tres funciones que relatamos, esta es la única a la que pueden acomodarse para convertirla en algo mecánico.

La investigación tiene que ser siempre inédita y por tanto no puede mecanizarse.

La gestión envuelve a otros colegas y diferentes momentos históricos del centro educativo en el que se trabaja, por lo que siempre son precisas las reuniones periódicas.

Sin embargo, para la función docente, desde la visión autoritaria que prevalece hoy día en nuestras aulas, el docente es el centro del proceso enseñanza-aprendizaje, por lo que lo importante es atender a sus obligaciones que serán evaluadas y no las necesidades educativas que tienen sus estudiantes. Craso error cometido, no olvidemos que los estudiantes deben ser el centro de la educación, y por tanto la docencia la principal función del educador.

Para aclarar la importancia de que los alumnos sean el centro del proceso educativo, y al mismo tiempo recordar (o hacer ver), tanto a educadores como a personas de fuera del mundo educativo, la necesidad de una adaptación de la docencia a las necesidades estudiantiles, vamos a recordar el principio capital de la psicología del aprendizaje. Cada individuo es único, singular e irrepetible. ¿Qué significa esto dentro de los procesos educativos? Que las personas tenemos diferentes formas de aprender y esta a su vez, es cambiante dependiendo del momento de nuestra vida y del grupo que nos rodee. Por tanto, carece de sentido que dentro de los procesos educativos imponga el método de aprender justamente la persona que menos va a aprender, el profesor. Y esto es debido a lo que dijimos antes de las programaciones preestablecidas que se repiten año tras año. Una programación preestablecida y cerrada es obvio que no está contemplando las características y necesidades educativas del alumnado con el que trabajaremos.

Se convierte en una necesidad fundamental que la función docente ocupe el protagonismo de la profesión. Posibilitar el espacio y tiempo para que los docentes puedan programar (y reprogramar) la disciplina en base a las características y necesidades del alumnado. Este elemento es capital para ofrecer aprendizajes significativos a los estudiantes que le motiven a aprender a aprender. Es decir, establecer un diálogo multidireccional entre alumnos y docentes que permitan programar de forma conjunta.  Lo contrario sitúa al docente en un monologo didáctico, imponiendo (imponer siempre es violento) un proceso educativo que parte de sus necesidades (la comodidad de programar solo una vez) y olvidando la principal finalidad de la educación, el aprendizaje del alumnado.

Esto trae consecuencias negativas para los procesos educativos y, por tanto, para el desarrollo individual del alumnado que acabará incidiendo también en el progreso de la sociedad. Esto lo dejaremos para nuestra próxima entrada, solo para abrir boca, el tema que será central en estas consecuencias, la fobiosofía.

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Autor

Licenciado en Pedagogía por la Universidad de Sevilla.

Doctorando en Difusión de Conocimiento por la Universidad Federal de Bahía, Brasil.