Despolitización e indiferencia: la arquitectura de nuestros días

En apariencia, la estética arquitectónica y la política no tienen nada que ver, sin embargo, nos encontramos ante una falsa escisión que es más una estrategia de control y regulación social, que una animadversión tácita. Su banalización posmoderna a través de la “estetización” del espacio, profundizará una fractura que naturaliza el orden social contemporáneo.

Despolitización e indiferencia: la arquitectura de nuestros días
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Despolitización e indiferencia

El presente artículo, descompuesto esta vez en cuatro partes, pretende inscribirse en la serie de reflexiones de lo que Walter Mignolo ha denominado estética decolonial. Nuestra idea es concentrarnos en el ámbito arquitectónico para ir descubriendo cómo se formó su paradigma estético, y de qué forma, en la ciudad contemporánea, opera como transmisor de la hegemonía cultural eurocéntrica. Desde luego, pretendemos hacer énfasis en la resiliencia de las que denominaremos colonias liminares, es decir, los espacios urbanos marginales donde las formas de vida no terminan por incorporarse a la lógica de la ciudad como espacio de consumo. Estas, han resistido a este proceso desde su origen a través de lo que Foucault llamó heterotopías, y que de alguna manera han conformado -y continúan haciéndolo- la estructura de la vida social en estos espacios de exclusión. En la última parte analizaremos las re-existencias espaciales, que suponemos también pueden ser fundamentales en la constitución de la estética decolonial.

Pensamos que, a través de estas ideas -las cuales son en realidad hipótesis más que afirmaciones categóricas- podamos contribuir a forjar una verdadera teoría arquitectónica pluriversal y transcultural, alejándonos de la enorme pretensión dominante de excluir, negar y reconocer sólo en la línea de “lo vernáculo”, a todas las producciones espaciales que no se ajustan a los cánones que siguen enseñándose en las universidades del mundo occidental. Por lo tanto, el llamado es a desactivar esta matriz de dominio epistemológico que impide a la mayoría de las personas y comunidades reconocer su espacialidad como una estructura identitaria fundamental para su desarrollo y como una fuente de empoderamiento colectivo.

Cada parte lleva un título específico, pero pretendemos que todas se incluyan bajo el nombre: “Hacia una estética arquitectónica decolonial: heterotopías y re-existencias espaciales”.


La forma en que entendemos hoy lo que a través de los siglos se ha llamado arquitectura, no es sino reflejo fiel del pensamiento hegemónico de las clases medias urbanas que respondieron a la crisis del metalenguaje unificado que significó el Estilo Internacional1El llamado Estilo Internacional, es una corriente del pensamiento arquitectónico que se exportó desde Europa al resto del mundo. Su base consistía en concebir un tipo de arquitectura que pudiera prescindir de todo rasgo cultural y que se adaptara a cualquier lugar. La función fue su paradigma y contó con fachadas carentes de ornamento, moduladas y supeditadas a los materiales constructivos que la industria capitalista había exaltado: el acero y el cristal. Su estética pretendía paradójicamente ser neutral para hacer de la arquitectura un campo decididamente tecnocientífico. Entre sus expositores más relevantes figuran Le Corbusier, Mies van der Rohe y Walter Gropius; este último encabezó la escuela de diseño industrial en los años previos a la Segunda Guerra: la Bauhaus.. Desde los años setenta, la “(…) heterogeneidad de comunidades urbanas y culturas del gusto” (Harvey, 2012:102) exigieron un lenguaje diferenciado para contrarrestar la estandarización que en el mundo occidental proporcionaba el Estado benefactor. La diferencia que propugnaban, y que nada tendría que ver con la descaracterización que se imponía en las sociedades periféricas, era aquella que podía garantizarles el capital simbólico necesario para detentar el estatus, el confort y la capacidad de consumo que tanto difundía y demandaba la clase dominante.

Lxs arquitectxs y diseñadorxs urbanos llamados posmodernxs, rápidamente acudieron al llamado que la industria cultural hacía, y comenzaron a diseñar edificios y espacios que evidenciaran las ambiciones personalizadas de sus consumidores. Este proceso -es importante enfatizarlo- fue acompañado y soportado por la implementación de las políticas neoliberales que retiraron al Estado de la construcción de vivienda y de obra pública, lo cual dio oportunidad a que los desarrolladores inmobiliarios pudieran especular con el valor de la tierra y del uso del suelo. Lo que hoy se conoce como gentrificación no es más que parte de este cambio profundo que indirectamente le permitió al sistema capitalista no sólo mantener su hegemonía, sino curiosamente su propia existencia.

Despolitización e indiferencia

La consecuente invasión urbana hecha por un tipo de arquitectura que bien podríamos definir como escenográfica, no sólo generó la “estetización” de la forma de vida urbana, sino que motivó la despolitización del arte, del diseño urbano y fundamentalmente de la arquitectura. Si durante las primeras décadas posteriores a la Revolución Mexicana los arquitectos mexicanos se volcaron hacia la producción de una arquitectura de vocación social, a principios del siglo XXI el interés se centraría en cultivar el estilo y la personalidad, la subjetividad y la abstracción como referentes artísticos unívocos y completamente indiferentes al conflicto social. Esta actitud que David Harvey (2012) explicará como parte de la condición posmoderna, producirá una esquizofrenia edilicia2“Los ambientes construidos posmodernos suelen ensayar y reproducir los temas que Raban tanto destacó en Soft City: un emporio de estilos, una enciclopedia, <<un cuaderno de notas maníaco lleno de coloridas entradas>>. El carácter multivalente de la arquitectura resultante genera a su vez una tensión que la vuelve por fuerza radicalemente esquizofrénica.” (Harvey, 2012:103) que terminará por develar el apartheid urbano que hoy transitamos.

Los códigos y símbolos de la distinción social, que finalmente fueron los impulsores de este proceso de “estetización”, irán pronunciando una fractura socioespacial que el posmodernismo arquitectónico se ha negado a reconocer; una escisión que también el diseño urbano intentará soslayar y mantener al margen apelando a la influencia política diferenciada y al poder del mercado (Harvey, 2012):

“Jencks reconoce, por ejemplo, que el posmodernismo en la arquitectura y el diseño urbano tiende a estar descaradamente orientado hacia el mercado porque ese es el lenguaje primordial de comunicación en nuestra sociedad. Pese a que la integración al mercado implica claramente el peligro de servir más a los ricos y al consumidor privado que a los pobres y a las necesidades públicas, en definitiva se trata de una situación -sostiene Jencks- que no está al alcance del arquitecto modificar.” (pg. 96)

Desde nuestra perspectiva, la obsesión por la decoración, el embellecimiento y la creación de “ambientes” tiene la intención política de naturalizar la desigualdad, de dejar claro qué tipo de personas tienen acceso a los lugares y espacios diseñados, y quiénes tienen que desarrollarse en ambientes degradados e invalidados desde el canon hegemónico. La repetición extrema de tal diferenciación, desde luego ha naturalizado la estructura de clases capitalista e invisibilizado el segregacionismo espacial que habitamos.

Despolitización e indeferencia - 2Así que tan sólo en apariencia, la estética arquitectónica y la política no tienen nada que ver, e incluso se les trata como si fueran campos disciplinares tan bien diferenciados y tan diferentes entre sí, que no existiera posibilidad alguna de aproximarlos. Desde luego no podemos dejar al margen la razón académica, según la cual, la estética arquitectónica pertenece a una esfera metafísica para la que la realidad material es tan sólo un reflejo, sin querer percatarse que los procesos materiales son los que finalmente la determinan; en cambio lo político opera siempre en sentido inverso: parte de las practicas sociales para convertirse posteriormente en material epistémico.

Pero ¿qué tan real es esta escisión? ¿Qué tan cierto es que estos campos sean indiferentes el uno del otro? Desde nuestro análisis, ambas se hallan inexorablemente imbricadas, y aunque parezca que no tienen correlación, su interdependencia es total. La estética arquitectónica se inscribe por fuerza como parte sustantiva de las producciones culturales occidentales que fueron impuestas a través del proceso de modernidad/colonialidad, y, de hecho, es justo a través de la estética arquitectónica que la colonialidad del poder pudo en parte ser realizada. Con ello inferimos que las producciones espaciales hechas durante los siglos XVI y XVII en la Nueva España, fueron la materialidad donde se marcaron los códigos de la clasificación social que posteriormente estructurarían gran parte de la matriz colonial que traza y organiza el mundo contemporáneo.

En este sentido creemos que tal desvinculación ha sido más una estrategia de la colonialidad del poder que un proceso contingente; romper la relación entre la estética arquitectónica y las relaciones de poder, le ha permitido a la primera consolidarse como una episteme inocua que se realiza por encima de sus componentes materiales, y que incluso, preexiste al espacio arquitectónico. De esta manera logra naturalizarse, esto es, hacerse percibir como natural, como fundamento o evidencia de las condiciones materiales de vida, que la hace no susceptible de ser cuestionada (Quijano, 2007).

En efecto, la estética arquitectónica se convertirá en un instrumento muy potente de la modernidad/colonialidad, pues no sólo transmitirá la axiología de la clase dominante, sino que la reproducirá hasta hacerla habitual dentro de la estructura de la vida cotidiana. Para el antropólogo Adolfo Colombres (2014), esta forma de dominio cultural ha sido la forma más eficaz de someter a un pueblo a la hegemonía de otro, pues los “(…) valores que conforman la cultura, la religión y el arte juegan un papel de punta de diamante, porque, para ahorrar sangre, no hay nada más efectivo que desactivar toda matriz capaz de reproducir y potenciar una diferencia.” (pg.450).

La condición de fundirse con la estética artística, y negar en consecuencia cualquier vínculo con lo político, hará de la estética arquitectónica una parte fundamental del proceso de modernización, o, en otras palabras, un dispositivo clave en la imposición del paradigma eurocéntrico. Por supuesto que esto se desarrolló paulatinamente, en dos instancias que analizaremos en la próxima entrega: un primer momento que podríamos llamar una proto-estética arquitectónica que tendrá como base la idea de la contemplación artística; y posteriormente, aunque siempre imbricada con aquella, la conformación de la Estética como la disciplina que indirectamente bordeará las fronteras de la arquitectura. Dos instancias que terminarán por construir, el que, desde nuestro análisis, será el instrumento más potente de la modernidad y, en consecuencia, de la pervivencia del pensamiento colonial: el diseño del espacio.

Referencias:

Colombres, Adolfo (2014), Teoría transcultural del arte. Hacia un pensamiento visual independiente. México: Conaculta

Harvey, David (2012), La condición posmoderna. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Quijano, Aníbal (2007), Colonialidad del poder y clasificación social. En Castro-Gómez, Santiago & Grosfoguel, Ramón (2007), El giro decolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global. Bogotá: Universidad Central.

Notas   [ + ]

1.El llamado Estilo Internacional, es una corriente del pensamiento arquitectónico que se exportó desde Europa al resto del mundo. Su base consistía en concebir un tipo de arquitectura que pudiera prescindir de todo rasgo cultural y que se adaptara a cualquier lugar. La función fue su paradigma y contó con fachadas carentes de ornamento, moduladas y supeditadas a los materiales constructivos que la industria capitalista había exaltado: el acero y el cristal. Su estética pretendía paradójicamente ser neutral para hacer de la arquitectura un campo decididamente tecnocientífico. Entre sus expositores más relevantes figuran Le Corbusier, Mies van der Rohe y Walter Gropius; este último encabezó la escuela de diseño industrial en los años previos a la Segunda Guerra: la Bauhaus.
2.“Los ambientes construidos posmodernos suelen ensayar y reproducir los temas que Raban tanto destacó en Soft City: un emporio de estilos, una enciclopedia, <<un cuaderno de notas maníaco lleno de coloridas entradas>>. El carácter multivalente de la arquitectura resultante genera a su vez una tensión que la vuelve por fuerza radicalemente esquizofrénica.” (Harvey, 2012:103