El papel y los desafíos de las Humanidades en el siglo XXI

Conferencia magistral del catedrático de historia de América, Juan Marchena Fernández

A continuación les reproduzco (con permiso del autor) la conferencia magistral realizada en el marco del III Encuentro de Postgrado Humaniora: “Chile en el horizonte de las Artes, Humanidades y Ciencias Sociales” el 20 de octubre de 2016; por el catedrático de historia de América por la Universidad Pablo de Olavide, Juan Marchena Fernández, a quién he tenido la suerte de tener como director de tesis. Aunque el texto es algo largo, merece, muchísimo, una buena lectura. En los tiempos actuales que vivimos de desasosiego generalizado, con la precarización de la ciencia y la minusvalorización de las humanidades; las palabras de Juan son un bálsamo de quien se sabe veterano en esta lucha, para las nuevas generaciones que afrontan un dificil futuro.

Sin más os dejo con sus palabras.

 


Una cuestión personal.

Como saben soy físico e historiador. Parto de esta premisa para poder dar una conferencia como esta y arribar al final sano y salvo al puerto al que quiero llegar. Debo reconocer que desde muy joven supe apreciar, supongo que por designios de la madre naturaleza, no hay otra explicación, la belleza de los algoritmos. Unos se emboban cuando niños por otras cosas, yo por los algoritmos. Di muestras de rareza desde muy chiquito. Algo más mayorcito sentí fascinación por el razonamiento ajustado y una atracción irrefrenable por la deducción. Y ya de adolescente el discurso del método, en su aplicación práctica, me sedujo totalmente. Y la medida de las variables. Pero enseguida también quise adentrarme en los caminos de lo micro y lo macro. La física y sus leyes me deslumbraron: poder pasar de tratar de entender las partículas elementales a las galaxias más alejadas. Dejarme llevar por la obsesión de medir, medir para conocer: del peso atómico al peso del universo. De la energía contenida en un quarks a la de un agujero negro.

Pienso ahora en Humboldt, un personaje asombroso, un hibrido también. Por cierto no se pierdan el libro que acaba de salir, de Andrea Wolf, La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander Von Humboldt. La obsesión de medir: llevaba consigo 40 aparatos de medición. Todo lo media.

Humboldt apreciaba y practicaba el método Newtoniano: él fue el que estableció que el método científico tiene dos fases: Análisis y síntesis.

Análisis: La observación. La medición precisa. Los instrumentos. La ordenación de los datos.

Síntesis: el gran observador se transforma en el gran pensador, el creador de la conclusión, que debe tener la mayor amplitud posible.

Así, observar es atender a la diferencia entre cosas similares. De ahí la necesidad de medir. Pero comprender es atender a lo común entre cosas diferentes, que ya han sido medidas.

Sus amigos eran Schiller y Goethe. Entre tabernas, cenas, gritos y alaridos, muchas veces. Humboldt hizo avanzar la ciencia, metió al continente americano en el mundo de la ciencia. Aún lo seguimos citando. Pero Schiller y Goethe crearon el romanticismo. Y eran inseparables los tres! Para ellos todo era un todo. Inseparable. En el mundo, la naturaleza y la vida, y la naturaleza social, el individuo en su conjunto y en conjunto, no podían tomarse como cosas distintas, diferentes.

Ahora, inmerso en el proyecto amazonas que dirijo, me acuerdo de otro contemporáneo suyo… Alexandre Rodrigues Ferreira. Diario da Viagem Filosofica.  (qué título!) Recorrió el Amazonas en 1783-1792.  Todo lo midió, todo lo dibujó, en láminas, grabados, dibujos, acuarelas, y las llevó a Lisboa…. Una joya de la ciencia, tanto que por el Tratado de Sintra de 1808, por el cual los franceses napoleónicos vencidos por Wellington se retiraban de Portugal, una de los presentes principales que llevaron al emperador fueron parte de los cuadernos de Rodrigues Ferreira.

Midiendo, hallamos mundos sin fin. Hemos seguido midiendo y midiendo. Descendemos a la materia o ascendemos a la materia. Incluso manejamos la antimateria. Pero, y con todo eso, desprendido de sentido y rumbo ¿adonde vamos?

La agencia estatal europea acaba de publicar el mapa de la Vía Láctea, con 1000 millones de estrellas. Pero hay al menos 400.000 millones de galaxias detectadas.  Es decir, hemos medido la punta de un alfiler.

Y viene la primera reflexión: si con base en medir y medir solo hemos conseguido medir la punta de un alfiler, mientras aquí, en la vida de lo cotidiano, las cuestiones terrenas nos parecen lo más de lo más, y la gente se mata por ellas, uno se pregunta ¿la humanidad es consciente de su lugar en el universo?  Entonces, ¿qué estamos midiendo? Las medidas a veces no tienen sentido si no las situamos a escala humana. O al revés, si no situamos la escala humana en el contexto del universo.

Una de nuestras herencias educativas más dañinas ha sido la de establecer una frontera bélica entre ciencias y letras. Y enfrentadas entre sí, como escribió Manuel Rivas, como huestes medievales.

En realidad, las ciencias y las letras son diferentes modos de ver una misma cosa. En realidad, una misma agudeza crítica debe atravesar a todas estas disciplinas. Comprender, de eso se trata, y “cargarse de razón” para explicarlas.

Nos asalta la pregunta de Leibniz ¿Por qué hay  algo en lugar de nada? Y descubrimos que el universo es dialéctico. Que la nueva ciencia y la nueva filosofía nos dicen que el universo es espacio y materia la vez. Que se curva, como el pensamiento.

Surge así el contacto de las ciencias con la filosofía. La búsqueda del hombre, que forzosamente debe hacerse en sus medidas, su medio, que son su sociedad y su cultura (ampliando el concepto a su sentido más abarcador). Era lo que a mí, en ese momento de mi formación, me faltaba. Al mismo tiempo que resolvía ecuaciones, leía con pasión la biblioteca de mi abuelo que pronto fue mía. Allí habitaba otro universo: surgía otra llamada, la de la no-medida. La medida de la persona en humanidad.

La facultad de física (de Ciencias en aquellos años de finales de la dictadura de Franco)  y la facultad de Filosofía y Letras estaban separadas por una verja de hierro. Para evitar, suponían las autoridades rectorales de la época, las concentraciones estudiantiles demasiado numerosas. Pero se me antoja que era también un símbolo de la separación entre las disciplinas. Cada una en su lugar, cada una en su sitio, tomando medidas. La lucha contra la dictadura de Franco inundaba las aulas, de modo que nos movíamos entre dos laboratorios: el mesón de ejercicios o la biblioteca de letras, y la calle. Y en medio, como un formidable catalizador positivo, y por cuestiones familiares, se hallaba mi inserción en América Latina, mi contacto personal, intimo, permanente, epidérmico, con los exilios latinoamericanos de los setenta, argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños. La lucha por la libertad del continente fue una inoculación fatal.

Si sumamos todo esto al descubrimiento de mis maestros (pocos en la universidad, casi todos en el marco de ese exilio, los grandes intelectuales de cuatro países fundamentales, y mis primeros viajes a América Latina, en procura también de esos maestros) provocaron en mí una reacción de envergadura hasta hacerme un híbrido cultural, familiar, sentimental, continental, identitario, lingüísitico, por naturaleza desnacional, por decisión comprometido, por voluntad mestizo. No solo las humanidades y la física convivían en dialéctica armonía en mí, sino yo mismo habitaba mundos diferentes que en mi se conectaban.

Tuve maestros formidables desde la Historia (qué grandes conversaciones con aquellos profesores llegados con el exilio del otro lado del mar –vinos de por medio- en las que se saltaba de los merovingios a la reforma agraria del Perú promovida por Velasco Alvarado) desde la literatura (¿qué tal tutear a algunos de los autores que constituyeron el famoso “boom”?) a la música (los y las cantautores de la nueva canción, del llamado al otro lado del océano Folclore latinoamericano o Rock Nacional, que me enseñaron codo con codo a guitarrear…) convivir con poetas, luchadores sociales, economistas de la CEPAL… Pero a la vez tuve entonces, y los conservé en el tiempo felizmente, maestros de la facultad de Ciencias, procedentes del campo de la física, de la neurociencia, de la termodinámica, de la mecánica estadística, de la biología del comportamiento, y quiero citarlos aquí, Valeriano Ruiz, José María Delgado, Antonio Pascual, José Luis Pino, por lo que pasé a verme envuelto en preguntas como ¿por qué mover los ojos si podemos mover la cabeza?  o cómo desarrollar energías limpias a partir de la radiación solar cerca del Chimborazo, o las aplicaciones en la historia serial de la teoría de colas, o aún como se organizan las aves en migración… Bueno, ¿qué me enseñaron, en síntesis?: que todo sirve para comprendernos, en la física y las humanidades y las Ciencias Sociales.

Porque la realidad es una red de relaciones que rigen el comportamiento de cada vector de cada nudo que la componen; una red que conforma el conocimiento; una red que debe manejarse en el espacio y en el tiempo en los que esta red existe y evoluciona. Así, hacer ciencia es un incesante ir y venir entre la observación y la comprensión. Y en ese pasaje se crea el pensamiento en continuo cambio, en continua critica. No hay diferencia en este sentido entre las disciplinas científicas.

Y un querido maestro chileno-venezolano, geógrafo integral, otra especie de Humboldt del S. XX, Pedro Cunil, me hizo caer en la cuenta de que en la historia de la humanidad y del paisaje humano, no podíamos desprendernos de la física: En el paleolítico, me  decía, se le cambió la forma  a la materia. En el neolítico, se transformó la materia. Y ahora, concluía, estamos creando la materia.

En la misma dirección, otro querido maestro, Manuel Moreno Fraginals, un cubano más cubano y más grande que el Morro de La Habana, me recomendaba siempre no abandonar jamás el pensamiento científico, por más humanista que pudiera ser; precisamente por eso, decía. La humanidad es el corazón de la ciencia, y la ciencia el principal logro de la humanidad. Matemática, física, ingeniería e historia: Por eso casi gritaba (y lo tiene escrito):

“Quien no maneje e interprete las cifras, quien sea inepto para las matemáticas, jamás será historiador. Quien sea incapaz de comprender la belleza extraordinaria y el fabuloso mundo intelectual que hay detrás de un híbrido del maíz, una maquinaria o un nuevo alimento para el ganado, jamás será historiador. Pero quien no sienta la alegría infinita de estar aquí en este mundo revuelto y cambiante, peligroso y bello, doloroso y sangriento como un parto, pero como él creador de nueva vida, está incapacitado para escribir historia. Y quien en esta hora no sienta el deber de crear; quien no sienta el deber de estar aquí aunque sea simplemente quemándose como leña en este fuego; quienes no estén más allá de tu libro y el mío, de te-escribo-la-nota-de-tu-libro para que luego tú-me-escribas-la-nota-de-mi-libro, jamás podrán ser historiadores”.

Una pelea en la frontera. Lucha de algoritmos.

Pensamos (o los ministerios piensan) en la ciencia solo en su parcela de desarrolladora de aplicaciones prácticas. Pero nos olvidamos de la ciencia teórica. La ciencia teórica es la raíz. Sin ella no hay ciencia. Ninguna. Después ésta vendrán las otras. Y la ciencia teórica sufre la misma discriminación que las humanidades. Es decir, el pensamiento es el que está discriminado, qué interesante!. Por los dos extremos: pensar en la materia o en la antimateria, o pensar en la infinitud de la creación humana, y ahí nos tachan de improductivos. ¿Será que es el pensamiento lo que es tachado de improductivo?

Pero es una afirmación que no se sostiene: La física cuántica fue descubierta hace más de un siglo, y siempre fue relegada por su inutilidad. Un señor llamado Max Planck desarrolló la teoría cuántica en 1900, cuando explicaba que la luz es emitida por medio de energías “cuánticas”, múltiplos exactos de cierta cantidad mínima, o “cuanto”, pequeños paquetes de energía, luego llamados fotones por Albert Einstein. Hablamos de una cantidad de energía muy pequeña, pero muy importante. Aún el tenue y oscilante brillo de una vela produce un torrente de fotones (trillones por segundo), que son irradiados como arena derramándose cuando uno vuelca un cubo; parece ser una corriente continua, pero en realidad es una multitud de diminutos granos perdidos dentro del flujo mayor ¿y eso para qué servía?

Solo ahora, cuando  esta teoría se ha aplicado a la mecánica cuántica que rige nuestras vidas, se ha tornado en ciencia imprescindible: y así es la base del funcionamiento de los ordenadores, de los teléfonos móviles, de los televisores, de la fibra óptica, de internet… sin ella no funcionaría Uber, Amazon, Google, WhatsApp…

Los científicos de verdad, sean de la disciplina que sean, por supuesto incluidos los de las ciencias sociales, los de las humanidades, los de la comunicación o aún los que miran la realidad desde las artes, pertenecen esa parte de la  población que sirven a la humanidad, que están ahí por la alegría del descubrimiento, de la construcción, de la creación del pensamiento.

A veces hay progresos tecnológicos mas allá de los cuales no se puede ir. Como decía Umberto Eco, no se puede inventar una cuchara mecánica cuando la de hace dos mil años sigue funcionando tan bien. Pero resulta que la propia inercia del desarrollo sin progreso conduce a esta incongruencia.

Unas palabras sobre mis queridos algoritmos. Tan de moda como si fuesen personajes de Juego de Tronos (bueno, igual lo son y no los sabemos). Sin embargo, como decía un admirado maestro citando a un clásico, son utilizados hoy para construir un mundo con muchas reglas y ninguna misericordia. Los algoritmos regulan nuestras vidas hasta límites insospechados o no revelados. Tanto que puede demostrarse que existe una relación directa entre los algoritmos y el aumento del paro. Los patrones numéricos se han convertido en el mundo empresarial e industrial en un instrumento de primera necesidad, y en arma muy competitiva. La robotización (los sindicatos españoles piden que los robots paguen impuestos como los trabajadores) se extiende por la industria, y todos son manejados por algoritmos. Transforman los datos en acciones. Y a coste cero! Hay en ellos una limpieza mecanicista que asusta.

Los algoritmos parecen hacer las cosas mejor que nosotros, incluso decidir por nosotros, porque –aseveran- deciden mejor que nosotros. Cedemos el control de nuestras vidas en demasiadas parcelas a favor de los algoritmos, sobre nuestra cotidianidad por ejemplo, si no directamente las más de las veces a través de nuestros datos. Continuamente estamos soltando, cediendo datos, que van a parar a manos de compañías con las que alimentan sus algoritmos y por tanto aumentando el poder sobre nuestras decisiones. El horizonte del fin del libre albedrio no está muy lejos en nuestro futuro. Los sensores que nos rodean en la vida cotidiana (en el trabajo, en el coche, inclusive los corporales, cada vez más extendidos, si que es nuestros móviles y celulares no lo son ya) permiten monitorearnos continuamente, generando una enorme cantidad de información sobre nosotros (data), para, con esos datos y mediante algoritmos sofisticados, saber exactamente quién, qué y cómo somos, e influir sobre nosotros tanto con sutileza como con la rotundidad de lo irremediable.

En muchas empresas ya se apuesta por empleados conectados con sensores inteligentes y asistencia digital para ganar en productividad. Y veces trabajando 24 sobre 24 desde la propia casa!!  Y marchando en otra dirección pero con el mismo objetivo, hallamos el llamado “internet de las cosas”, o las cosas conectadas entre sí, que parecen ser más fiables que cuando se produce en ellas la intervención humana. O cuando las empresas buscan en el ámbito de la innovación el regtech, es decir, los algoritmos que permiten a las maquinas interpretar la legislación sobre cada materia y mejorar el cumplimiento empresarial; si es que no acaban por redactar o trazar la propia legislación.

Por todo ello es necesario controlar los algoritmos, y reutilizarlos al servicio del progreso, no del desarrollo sin control.

Porque los algoritmos surgen del pensamiento matemático. El talento es lo que los produce. Es pensamiento. (Abro otro paréntesis: el talento matemático está en el aire. Es democrático, y distributivo, igual se da en una niña de una comuna de Pudahuel que  en un muchacho de las Condes. Pero hace falta colocarlo en plataforma. Ahí, en la  plataforma, está la clave. Eso lo saben muy bien en los ministerios de educación. Cierro paréntesis)

Y ojo, también esos algoritmos están preñados de la humanidad de quienes los construyen, porque proyectan en ellos lo mejor o lo peor de su naturaleza. Normalmente, como sus constructores reconocen, no están sujetos a ningún código ético. En palabras de una de las principales expertas en algoritmos para empresas, Sira Ferradans, “La informática es un poco el salvaje oeste”. En la mayor parte de las grandes empresas que actúan como bancos privados y fondos de inversión, ya no hay un solo economista. Solo matemáticos. Pero eso sí, ya es una cencia sin alma. La dejó en el camino. En el fondo y en la forma, ellos aplican el siguiente aforismo: si el algoritmo de Google no te encuentra, es que no existes.

En los últimos años y en muchas parcelas, incluyendo lo que se dicta en nuestras universidades, porque es lo que “se vende”, nos hemos quedado con una parte del pensamiento científico, la que nos conviene: los pitagóricos decían que la realidad se componía de números, y las leyes de la naturaleza eran formulaciones matemáticas de los comportamientos físicos. Y nosotros ahora queremos imitarlos y dar con la clave del algoritmo total. Claro está, no existe el algoritmo perfecto, ni aún en los algoritmos maestros que pueden enseñarse a sí mismos, porque estos encadenamientos de variables viven de los datos. Y los datos son finitos. Hay que descubrirlos. O sea, que al final, volvemos al punto inicial. La ciencia es investigación, preguntas, descubrimientos… La economía digital basada en series matemáticas no puede transformarse en otro factor de desigualdad como lo está haciendo. De nuevo el pensamiento científico, amparado en las líneas matrices del pensamiento humanista, tiene que emplearse a fondo para corregir estas desviaciones.

Humanidades relegadas/humanidades valoradas.

A pesar de que las humanidades no han sido consideradas –generalmente- a la hora de realizar diagnósticos y propuestas de desarrollo científico en la mayor parte de las instancias gubernamentales y planificadoras de la educación superior en casi todo el mundo, estas disciplinas, y esto es una verdad de Perogrullo, siempre han tenido una muy importante participación en el desarrollo científico, en la innovación y en la creación de pensamiento.

Un papel que recién en los últimos años está comenzando a ser advertido en los principales y más avanzados institutos tecnológicos y universidades, incorporando sus miradas  o propuestas de análisis a los pensum obligatorios.

Desde luego no es aconsejable, ni aún admisible, fijar en la proyección industrial ni en la producción tecnológica el criterio central para priorizar cuando no exclusivizar -o desarmar- proyectos, programas y líneas y áreas de investigación. Hay necesidades científicas que están por encima de estos criterios. Por ejemplo, sobre nuestra contemporaneidad.

Fortalecer la investigación sobre las realidades de la contemporaneidad de nuestras sociedades requiere el diálogo de las humanidades, de las ciencias sociales y naturales, de las ciencias básicas, de las ingenierías y las disciplinas tecnológicas, así como de las ciencias de la comunicación e información; pero tiene que ser un diálogo realizado de una manera sistémica multidisciplinaria y colaborativa, señalando los interrogantes y las variables a analizar, manteniendo y desarrollando nuestra capacidad de reflexión crítica, y aportando desde las respectivas miradas que ofrecen estas disciplinas soluciones complejas a problemas complejos, inasumibles por una o por pocas  ramas del conocimiento por separado.

Y ello con el fin de aportar respuestas válidas, innovadoras, sostenibles e incluyentes a las preguntas que se nos hacen desde nuestra realidad, desde nuestras sociedades, y mostrarnos los caminos más favorables por donde alcanzar un futuro no ya sustentable sino perfectible. En ese sentido, las humanidades deben ser parte fundamental de cualquier proyecto que pretenda incrementar las capacidades científicas y tecnológicas en los centros de enseñanza.

Al hablar de Ciencia o de Ciencia-para-el-desarrollo y tratar sobre  la naturaleza y los desafíos de las disciplinas científicas, no es extraño por tanto que en las más lúcidas interpretaciones sobre el futuro de las mismas, se haya incluido a las humanidades en la definición de “ciencia”. Es innegable, por una cuestión de conocimientos básicos, que estas disciplinas han participado muy activamente en el proceso de la creación científica, y de la innovación. Pero sin embargo y a pesar de todo lo anterior, a la hora de formar parte de los pensum académicos o de generar propuestas de estudios en educación superior, las humanidades son eliminadas del plantel. Nos sacan del aula.

Un asunto de evidencias.

La evidencia indica, y así se ha expuesto repetidas veces, que los seres humanos asignamos sentido a los elementos que componen la realidad  con independencia de que sean objeto de estudio de las ciencias naturales. Es decir, aparte de por la observación empírica, los objetos –objetivos- de las ciencias, y la propia ciencia como objeto, adquieren significaciones en función de concepciones complejas que se construyen en el seno de una cultura. Y estas concepciones no se pueden someter a procesos demostrativos. Las ideas, los conceptos, por ejemplo como desarrollo, paz, libertad, podemos medirlos sí -por ejemplo, a través de encuestas o de indicadores – pero eso significa simplificación y por tanto acarrea pérdida de significados.

Las humanidades, la filosofía, la historia, etc… someten a crítica y ayudan a preguntar cuestiones básicas que pertenecen al mundo de lo conceptual, y además tienen un desarrollo propio en el espacio y en el tiempo (lo digo como historiador)

Así, cuestiones como la globalización, el cambio climático, las crisis económicas, las migraciones masivas, el papel de las religiones, las nuevas pandemias, la extensión de la pobreza y los cambios de este concepto de pobreza, el cambio cultural, y tantas y tantas cuestiones, deben manejarse más allá del propio presente, estando sujetos a ideas en continuo cambio y transformación. Y son realidades humanas que se desarrollan en un contexto cultural que no puede ser obviado.

Estas ideas, estas construcciones de pensamiento, constituyen el aporte principal que las humanidades realizan a la comprensión de la humanidad.

Las preguntas que se hagan de cara a una programación educativa hacia el futuro, necesitan del manejo de los instrumentos y de las habilidades que las humanidades aportan. En ningún caso las reemplazan desde el punto de vista de la práctica, pero construyen un evidente y  fundamental campo de reflexión.

Un camino errado y una trampa.

Así, por ejemplo, no es posible ni aconsejable asumir solo la proyección industrial o empresarial o de integración en el mundo o mercado laboral, como criterios para desarrollar y priorizar programas y áreas de investigación en nuestras universidades u organismos públicos creados para su fomento. Ya lo hemos dicho antes. O mantener el criterio de que las humanidades no contribuyen al crecimiento de la economía y, por ello, los ciudadanos no tienen por qué pagar esa formación con sus impuestos.

Existe una especie de trampa, en la cual se nos dice que nos abocamos a la eliminación progresiva de las humanidades en nuestros países a fin de alinearnos con las definiciones compartidas en el mundo más desarrollado.

No es cierto. Primero porque tal vía conduce al uso de la educación como nueva forma de extensión de la desigualdad, o de un “capitalismo académico”, en cuanto solo los dotados de mayores recursos accederán a estas “disciplinas tecnológicas de futuro”. La eliminación de las humanidades establece que toda la inversión se dedicará a la creación de herramientas de futuro para los mejores, y éstos no necesitan nada más sino estar a la vanguardia de la técnica. Todos los demás quedan excluidos o sometidos a niveles terciarios de aprendizaje para trabajos terciarios también. Así, bajo el precepto de mejorar “la utilidad económica del conocimiento” (en el fondo, del “gasto educativo”) se opta por un utilitarismo de corto alcance, que no considera que el conocimiento debe tener sobre todo utilidad social (“inversión educativa”) al entender la educación como un derecho social, que tiende a lograr la igualación social mediante la concesión de una autentica igualdad de oportunidades para todas y todos. Y en el caso de las  humanidades, para fomentar la creación de “capital humano”, sustentando la educación en valores y fomentando los derechos humanos, restituyendo su valía a lo colectivo, y remplazando las competencias entre las disciplinas por cooperación.

Pero segundo, no es cierta la afirmación de que debemos eliminar, reducir o acogotar  progresivamente a las humanidades para alinearnos con el mundo más desarrollado, porque ésta no es una opinión compartida universalmente.

Claro que las humanidades contribuyen al crecimiento! Porque precisamente lo que nos plantean las humanidades es trazar el camino desde donde venimos al adonde debemos ir, y a enfrentar la complejidad de los desafíos de los tiempos actuales. Y en estos desafíos, en este escenario de mayor complejidad que compartimos con el resto del mundo, las ciencias y las humanidades, en su acción conjunta y compartida, tienen que ser las disciplinas que nos ayuden a ser capaces -como sociedad- de mejorar el modo de pensar acerca del futuro que queremos construir.

Relegadas pero necesarias

La cruzada contra las humanidades en Europa no ha llegado a ese punto, pero hace tiempo que se les asigna un papel secundario. Han sido relegadas al fondo de la clase. Pero al mismo tiempo, en los diagnósticos realizados sobre carreras tecnológicas, muchas de ellas altamente especializadas -y con éxito en cuanto a alcanzar altas cotas de inserción laboral en las empresas- se denota un fracaso final en sus proyectos de investigación y más aún de innovación, por falta de la suficiente preparación creativa de sus egresados. Muchos de los proyectos de ingeniería fallan en la práctica porque no han tenido en cuenta lo suficiente el contexto cultural donde deben desarrollarse y desenvolverse.

La semana pasada la comisaria belga de empleo, Marianne Thyssen, denunciaba que en un continente con más de 20 millones de parados no es admisible que el 40% de las empresas no encuentren trabajadores con habilidades para innovar; y que esta falta de innovación es la causa del lento despegue económico. El profesional de futuro ha de realizar un análisis del mundo social y de las condiciones en las cuales vive el ser humano para aplicar sus proyectos tecnológicos, que deben ir a favor de este objetivo. Pero se necesita la intuición para lograr una imaginación creativa, no solo la rígida disciplina que aporta la tecnología.

Y todas estas aptitudes o herramientas o aportes o “virtudes necesarias”, las ofrecen las humanidades. Fernando Savater escribía: Ante todo “la educación humanista consiste en fomentar e ilustrar el uso de la razón, esa capacidad que absorbe, abstrae, deduce, argumenta y concluye lógicamente” (Savater, Fernando, El valor de educar, Ariel, Barcelona, 1997).

Juntarnos.

Profundizar y fortalecer nuestra convivencia intercultural en el futuro, y nuestra calidad de vida, en el sentido más amplio del término, desde el cuidado de lo medioambiental, la salud, la nutrición, la habitabilidad, etc., requiere de     un diálogo donde las  ingenierías tecnológicas, las ciencias naturales, las humanidades, y las ciencias sociales, de forma interdisciplinaria, deben aportar miradas, ideas, conceptos, de una manera integral e integradora. Y ello para ampliar nuestra capacidad de explorar y reflexionar críticamente sobre nuestra realidad a partir de la experiencia colectiva acumulada. La innovación no debe ser solo una innovación de carácter tecnológico, sino también y fundamentalmente, una innovación en la creación de pensamiento. Ambas constituyen la médula de nuestra actividad científica.

Por tanto, el financiamiento de la investigación en materia de humanidades debe incorporarse en el diseño de  los planes de desarrollo científico, integrándose en los mismos con la fuerza de lo necesario.

Porque a la pregunta de si sirven la humanidades para innovar, la respuesta es que sí, desde luego y principalmente.

Experiencias.

Diferentes organismos advierten desde hace años de la necesidad de formar a más estudiantes en las especialidades integradas (graduados en ciencias, tecnología, matemáticas y humanidades). Y es una demanda creciente en las empresas de futuro.

La decana de la escuela de humanidades del MIT, Instituto Tecnológico de Massachusetts, explicaba que todos los retos que debe resolver la ingeniería, desde el cambio climático a las enfermedades o la pobreza, están ligados a realidades humanas. Los alumnos deben estar obligados a dedicar el 25% de sus horas de clase a asignaturas como literatura, historia, geografía, idiomas, economía, arte o música.

En España hay universidades que han fusionado las ciencias y las humanidades en una carrera de cuatro años. La idea es formar a profesionales que puedan responder a los retos tecnológicos sin descuidar la base “humana de los problemas”. Entender al ser humano, sus culturas, hábitos, modos de vivir,  conociéndolos y respetándolos, como clave para “diseñar nuevos productos y servicios, aplicando la tecnología con sentido humanístico”. Se trata de grados y postgrados dictados en varias lenguas en los que se emplea una pedagogía encaminada a entrenar la creatividad y la capacidad de innovar, de participar en el “diseño de las ideas”, con un aprendizaje basado en experiencias reales y no en modelos ya construidos a repetir copiando. Los alumnos aprenden a manejar tecnologías con el prisma del estudio y la comprensión de las necesidades humanas. En todo caso, ellos pueden explicar a los técnicos puros cómo desarrollar y aplicar las nuevas tecnologías con  éxito. Preparar a los egresados para liderar el mundo tecnológico

En algunas universidades públicas españolas reconocen que la tarea no fue fácil, y que incluso fueron laboriosas las negociaciones con la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación, porque costó mucho que entendieran la esencia de estos grados. A veces –si no siempre- la burocracia frena la innovación.

Una nueva variable.

Es necesario Introducir la variable “condición humana”, que no evoluciona ni lineal ni homogéneamente, sino que posee otras oscilaciones. Las humanidades permiten el necesario cimbreo de las ideas. Enseñan a lo que algunos autores han denominado “vivir en tensión sin romperse”. El pensamiento soporta, a diferencia de otras respuestas de la ciencia, diferentes puntos de vista, sin ser excluyentes ni dogmáticos. El pensamiento puede organizar de manera lógica y convincente un conjunto de conocimientos que permite entendernos por encima de diferencias de etnia, idioma o religión.

Además, hay que incorporar, para conocer el presente, a la cultura histórica, que integra el análisis del pasado colectivo y la historia de los saberes; y a la cultura geográfica, situándonos así en el tiempo y el espacio, que son esenciales para apreciar las raíces individuales y colectivas, la identidad, y a la vez el conocimiento y la comprensión de los demás, de la otredad. Existe una tendencia en nuestros días a extender una amnesia histórica o a realizar una historia plastificada, que en mucho recuerda el propósito de los regímenes dictatoriales, para hacernos perder las referencias y los puntos de orientación comunes (y estoy casi leyendo parte del informe de la Comisión Europea sobre las humanidades…)

Es decir, como Jacques Derrida afirmó a propósito de este desafío igualitario que siempre propondrán las humanidades, que existe un “derecho a la filosofía”, podríamos decir,  un derecho igualitario a los saberes críticos. Un derecho a permitir pensar en la oscilación entre idealismo y trascendentalismo por una parte, y realismo, por la otra. Un pensamiento altamente innovador.

Fomentar el juicio crítico y aplicarlo al análisis de los principios económicos o sobre la justicia social; fomentar el respeto por la diversidad cultural a partir de su conocimiento; entender la relación biunívoca entre cultura y medioambiente; entre multiculturaldad y biodiversidad; entre desarrollo humano y desarrollo económico; abandonar las ideas sobre desarrollo sustentable porque no lo es; e innovar un nuevo concepto de progreso.

Y así se inscriben los cursos sobre hambre y hambrunas, y los de tantos y tantas especialistas cada vez más multidisciplinares sobre cuerpo y cultura, sobre mundos globales, sobre las complejidades de las principales religiones, sobre el derecho alternativo, sobre los saberes étnicos, tan importantes y fundamentales en nuestro continente, sobre la utilización tradicional de los recursos…

Martha Nussbaum escribía que un “graduado de una universidad o de una escuela superior tiene que ser el tipo de ciudadano capaz de actuar como un participante inteligente en los debates que involucran las diferencias (que se producen en un mundo crecientemente multicultural y multinacional) ya sea como profesional o simplemente como ciudadano”

Y potenciar la “imaginación narrativa”, escribe: “Esto significa la capacidad de pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona; ser un lector inteligente de la historia de esa persona, y comprender las emociones, deseos y anhelos que alguien así pudiera experimentar… La tercera capacidad que nuestros estudiantes deben alcanzar es la de descifrar los significados de la acción de los demás mediante la imaginación”. Recomiendo la lectura de Marta Nussbaum, El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal, Paidos, Barcelona, 2005.

Nuevas metas. La democracia.

Impulsar el desarrollo humano integral; cultivar el pensamiento crítico; conducir hacia una ciudadanía global: son tareas propias de las humanidades para esta educación más poliédrica e integrada.

Además, las humanidades resultan vitales para la formación en las sociedades democráticas. ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades? Si se permite que en muchas naciones, para mantenerse en la órbita de las fórmulas impuestas por el modelo de desarrollo a fin de insertarse en la actual globalización económica capitalista, se decida desechar la formación en otras aptitudes o capacidades propias de los ciudadanos/as que la separen de este modelo, estaremos ante un sistema educativo que propugna una formación antidemocrática. Es la erosión de las cualidades esenciales para la vida misma de la democracia, como señala Marta Nussbaum. (Marta Nussbaum Sin Fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, Katz Ed., Buenos Aires, 2010)

Si se permite, como antes señalamos, que por la no existencia de pensamiento libre y sólidamente basado en conceptos humanísticos, que las decisiones de la tecnología restrinjan el libre albedrio, la libertad de elección, y la toma de decisiones políticas  inherentes a la condición humana, la democracia y los derechos colectivos serán severamente acometidos y derrotados.

Cabe señalar, como algunos autores han hecho, que la tecnología está en camino acelerado de constituirse en una poderosa arma antidemocrática, manejada por algunos pocos, superando la tradicional división de pobres y ricos o la estructura de clases: los sectores dominantes de la tecnología, incluso de la biotecnología aplicada a la constitución biológica de los cuerpos y a su salud, pueden acabar constituyendo un Olimpo que regule vidas y cuerpos mediante la salud, la nutrición, los microclimas o el manejo de los recursos básicos como el aire respirable o el agua potable.

El pensamiento humanístico inclusivo y universalizador será una de las pocas herramientas que tendremos para enfrentarnos a este horizonte devastador.

Hay que rescatar los valores de la vida en sociedad, de la propia palabra “política”, y de liberar de sus ataduras el propio concepto de democracia, recuperando la capacidad de vivir juntos, de decidir juntos hombres y mujeres, de expandir la tolerancia, el conocimiento y la aceptación del otro, para evitar juntos un futuro mezquino de fanatismo e infortunio.

Hasta en el G20 y en el FMI.

En el G20 se confió para que se atendieran problemas apenas intuidos por el poco representativo G7, de las principales economías avanzadas. Pero en la reunión que recién finalizó en Hangzhou de este G-20, la conclusión final ha sido algo así como “por aquí no se va a ningún lado”. Las economías emergentes, que en su conjunto son enormes, reclamaron un poco de reflexión. Las conclusiones operativas de la reunión han sido escasas, como ya sabemos, pero el enunciado ha sido claro: la frase más repetida ha sido “civilizar el capitalismo”. Civilizar para crecer. Cómo estarán las cosas y a qué extremos se habrá llegado que el propio capitalismo acepta que tiene que civilizarse.

En realidad, con esta expresión se pretende detener la extensión del descontento social, que cada día es más evidente, ruidoso e indiscutible, derivado de una pésima gestión de la crisis que ha producido un menor crecimiento y una mayor desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza. Y aunque nadie en el G20 ha puesto sobre la mesa decisiones concretas, la directora del FMI ha sintetizado más el diagnóstico al subrayar que “el crecimiento está siendo demasiado reducido, durante demasiado tiempo, y para muy pocos”.

Que haya aparecido en el comunicado final una referencia a la necesidad de controlar más eficazmente la fiscalidad de las grandes multinacionales, sugerida por el presidente de la Comisión Europea, es significativo. Con los estándares actuales no se logrará la pretendida “normalización” de la economía mundial. Y, concluyen, la condición necesaria es que la globalización encuentre menos rechazo social, y aplicar de forma inmediata políticas que garanticen la restauración del potencial humano de las sociedades. Civilizar la crisis para poder crecer. Y deduzco que las claves para la formulación de estas políticas no las dictarán los técnicos de las grandes empresas sino los pensadores de la economía y de las ciencias sociales en general que, estudiando y conociendo la realidad, propongan patrones de modificación; patrones que serán mucho más “humanos” que técnicos.

“El crecimiento solo ha beneficiado a unos pocos”, concluyó Christine Lagarde, la directora-gerente del FMI esta semana, como dije. Y añade: “La globalización en adelante debe ser diferente; no puede ser ese impulso por el comercio como hemos visto históricamente, sino que debe tener en cuenta la inclusión, la determinación de que funcione para todos; debe prestarse atención a aquellos en riesgo de quedarse atrás”.

Lo realizado hasta ahora suena algo así como a la aplicación del principio de San Mateo: “Porque al que tiene mucho se le dará más y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, aún lo poco que tiene le será arrebatado”. Mateo 13:12 y 25:29. Se supone que se refiere al que más tiene en méritos y virtud, pero me temo que los economistas lo han aplicado en un sentido bien diferente: cuando más tengas, más ganarás, hasta hacerse un paradigma de las relaciones comerciales internacionales. Si hasta ahora se usaba especialmente referido al enriquecimiento de los países avanzados frente al empobrecimiento de los más subdesarrollados, ahora, con la globalización, el principio se aplica a toda la población del planeta.

No hace falta ser un fino analista para percibir que la erosión de las clases medias en los países desarrollados se ha agravado con la gran recesión actual, pero que se ha venido produciendo a lo largo de las últimas décadas, y el Fondo no ha sido ajeno a este proceso con sus políticas, como sabíamos hace años en América Latina y ahora están descubriendo en Europa (Por cierto, abro paréntesis: la estadística de ayer hizo erizar los cabellos a los europeos: uno de cada cuatro europeos se halla en riesgo de exclusión social, 123 millones, y son los niños los que en mayor riesgo están, con una tasa de desnutrición infantil que asusta, debido fundamentalmente a la alta tasa de desempleo de sus padres. Un empleo que no va a crecer lo suficiente: eso es la exclusión. Lo que sucede es que, siendo cada vez más y sin solución a la vista, los excluidos pueden llegar a ser mayoría. Y sus efectos políticos y sociales, una bomba. Cierro paréntesis)

Durante años, el FMI ha sido el principal bastión del neoliberalismo, como sabemos muy bien, pero ahora se comienzan a medir cada vez más los efectos de la disciplina fiscal en el crecimiento, y sobre todo, las repercusiones sociales y económicas de la desigualdad. Se está pidiendo a las grandes economías y a sus gobiernos que gasten más, que suban el salario mínimo y tomen medidas para combatir la desigualdad, y a la bolsa de pobreza que arrastra a los países más ricos del mundo. Si comparamos sus recetas de los 90 y principios del 2000, cuando la globalización era la panacea sin hallársele efecto perverso alguno, con las de ahora, el cambio no puede ser más sorprendente. Llegó la gerente Lagarde y mandó a parar.

Ahora, con el auge de los populismos, el giro del Fondo se acentúa, y se asustan cuando estos discursos los oyen incluso en el corazón del sistema. Han llegado a la brillante conclusión de que se tienen que poner, de prisa y corriendo, a  elaborar un nuevo pensamiento económico, una nueva doctrina. Y dicen: “Las herramientas con las que los economistas trabajan han tendido a centrarse en el crecimiento del PIB, que es bueno, pero el problema es que si ese crecimiento solo va al 2% de la población y el 98% pierde, tienes un grave problema político”. La viejísima idea del lessez faire, lessez passe, que le monde va de lui memme, sobre la no intervención del estado sino para potenciar los crecimientos de los países, porque esa riqueza que se genera se iría repartiendo por sí misma, goteando a todas las capas sociales, definitivamente no funciona. Como ha escrito el Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, “los ideólogos de la economía olvidaron la distribución”. Porque la desigualdad, concluyen ahora muchos, es un riesgo económico y social, ya que la desigualdad, en sí misma, lastra el crecimiento, afirman. Así, el informe anual del FMI de 2016 convierte la desigualdad en un área prioritaria de trabajo para el próximo año, y el asunto de los desequilibrios sociales ha entrado de lleno y con urgencia en el ámbito de la investigación, incorporándolo en nueve de los exámenes anuales que hace el FMI de la situación económica de los países.

En fin, como ha escrito el mismo Stiglitz, “si los líderes europeos no toman decisiones, los votantes lo harán por ellos; y puede que no les guste”. Puede que no nos guste a ninguno de nosotros. La extensión de la extrema derecha por la mayor parte de Europa ha dejado de ser una preocupación para acabar siendo un enorme problema para la democracia.

Así que vean si es importante o no comenzar a meter a las humanidades y a las ciencias sociales en las escuelas de Bussiness Administration.

Casi finalizando con Colombia.

Quizás el mejor ejemplo de todo lo anterior, de la necesidad de la implementación de las humanidades en los planteles universitarios y académicos, lo hallemos en Colombia, y en nuestros días. No quiero dejar pasar la ocasión sin felicitar públicamente a todos los colombianos y colombianas por el más hermoso de los procesos sociales y políticos en el que sociedad alguna puede empeñarse: la construcción de la paz. Un tarea muy difícil, como estamos viendo, llena de obstáculos; tarea casi imposible hace apenas unos meses. Ahora, a pesar de todas las dificultades, está casi, casi, al alcance de la mano.

Quienes pensaban que eso del pensamiento político pertenecía al guardarropa de nuestros abuelos, se quedan sorprendidos con el presente colombiano. Más allá de la batalla de personalismos, ajena al grito de la calle, desde donde se insiste en que la paz no puede depender de los despechos de alguno, surge con fuerza la voluntad de las víctimas en la búsqueda y reclamo de su dignidad. Una vez más, la grandeza de estos hombres y mujeres traspasados por la violencia, y su grito de paz, reconciliación y justicia, genera toda una nueva filosofía de la convivencia: evitar las víctimas del futuro.

Es la clave. Los líderes deben entender que la paz no es solo un tema jurídico, sino un difícil ejercicio de equilibrios. De consensos. Y hay que saber manejarse en ellos. Y para ello no sirven las fórmulas existentes o aprendidas en manuales o escuelas de vieja politología. Como ha escrito el profesor Medófilo Medina, de la Universidad Nacional de Colombia en una carta dirigida al presidente Santos, el consenso es la vía de construcción de un sistema político y social auténticamente democrático, para la construcción de un país más humano y socialmente más justo y políticamente más moderno y democrático.

Hay que crear algo nuevo. Las víctimas del conflicto, las principales afectados en el mismo, lo entendieron así con su voto Sí a la Paz que masivamente dieron en el referendum del pasado domingo. Había que cumplir con la generación siguiente, dijo alguien. Y en palabras de otra víctima de la violencia: “Hemos de reconciliarnos con la humanidad y ofrecer eso a las generaciones futuras”. Como Gabo escribió en sus cien años de soledad, hay que hallar entre todos “una nueva oportunidad sobre la tierra”.

Bueno, pues en esta escritura del mejor tratado de teoría política contemporánea latinoamericana que el pueblo colombiano está escribiendo, una realpolitik que sí genera filosofía política, alguien tan poco sospechoso de divagueos como el presidente del grupo Prisa de comunicación, pronunciaba antesdeayer una frase muy significativa al respecto de este proceso: construir la paz depende del “entusiasmo social”. Según él, un desafío mucho mayor que el de la negociación como es el postconflicto como reto, se basa en el necesario “entusiasmo social”. Y la pregunta del millón es cómo se mide, como se consolida, se amplía, se maneja “el entusiasmo social”.

Hay que saber mucho de la humanidad colombiana, sus sociedades y sus culturas, su historia, su geografía, sus condiciones  socioeconómicas, su diversidad étnica, para poder aprehender en su integridad ese concepto de “entusiasmo social”.

Ni en los másters en bussines administration ni en las escuelas de negocios de las más exquisitas caras y exclusivas universidades colombianas, se enseñó nunca eso. Principalmente copiaron y reprodujeron todo los patrones norteamericanos de manejo de empresas o de manejos políticos de la economía. Inclusive en las universidades de los Estados Unidos donde se forjaron los principales líderes empresariales y economistas colombianos,  tampoco se enseñó nada de eso, ni siquiera geografía de Colombia, ni sociología de Colombia, menos aún historia de Colombia, o cultura colombiana, de modo que la desconexión con la realidad de estas personas al regresar a su país a hacerse cargo de una empresa o de una parcela del gobierno tecnocrático de turno ha llegado a ser mayúscula, conociendo mejor cualquier sociedad norteamericana o europea que la propia colombiana donde debían actuar; o, en todo caso, obligando a la sociedad colombiana a adoptar modelos anglosajones para que sus teorías pudiesen aplicarse.

Bueno, pues ese factor, el entusiasmo social, que ahora es el fundamental, nunca lo estudiaron, nunca lo tuvieron en cuenta, nunca lo consideraron. Vinieron a descubrir que la nación, de pronto, no podía ser manejada como una empresa. No era una empresa. Era otra cosa que ellos desconocían.

De pronto las brechas de desigualdad y el desempleo que ellos habían considerado  como elementos cíclicos coyunturales propios de cualquier economía, ahora tenían una extraordinaria importancia en la solución de los problemas, y funcionaban en otra dimensión. Eran la clave de una nueva economía, la de la oportunidad de futuro, la de la paz para Colombia. La sociedad colombiana ya no era una oportunidad de negocio, era mucho más que eso, pero no sabían ni saben cómo manejarla. La sociedad colombiana ha comenzado a tomar conciencia de que ser testigos y actores de la historia es un privilegio. Tener la oportunidad de construirla, de darle forma, es una suerte formidable, una fortuna y a la vez una enorme responsabilidad. Ese es el entusiasmo social.

De pronto se dan cuenta estos economistas o ingenieros financieros de las escuelas de negocio de que a la pregunta de ¿qué es la paz? se puede responder, en su terreno, que la paz es más inversión, más empleo, más infraestructura, más bienestar, más democracia. También mayor inversión extranjera directa, más turismo, más empresas estableciéndose en Colombia.

Y para terminar de ajustar, caen en la cuenta de que construir la paz, lejos de ser un costo, es una inversión. Porque los colombianos y las colombianas no están dispuestos a seguir pagando el precio de la guerra; no quieren más jóvenes cargando un fusil; no quieren más madres llorando a sus hijos muertos, ni más familias desplazadas. De pronto estos economistas, estos tecnólogos, estos tecnócratas, comienzan a descubrir que la paz es una gran oportunidad de soltar el lastre que impide al país crecer y desarrollarse a su máximo potencial. Pero para eso hay que saber qué es, como se maneja, el entusiasmo social. Y ahí de nuevo aparecen las humanidades.

Muy bien, dicen las humanidades, que si entienden y manejan perfectamente ese concepto: crecer, sí, pero con pensamiento crítico. Crecer, sí, pero ¿qué es crecer, para quien, para quienes, por qué, hacia donde, de qué manera, cómo crecer, cómo pensar ese crecer colectivamente, igualitariamente, con justicia y equidad, hombres y mujeres? Los economistas y tecnócratas no tienen respuestas para todo esto.

Y de pronto se dan cuenta de que en muchas facultades de humanidades, en las universidades públicas, las despreciadas, las rebajadas, las que para nada sirven, allí sí saben, sí tienen estas respuestas. A buena hora lo descubren.

Me acuerdo de la universidad de Cartagena, en la costa Caribe colombiana, me acuerdo de la facultad de Ciencias Humanas que colaboré en levantar con mis hermanos Winston Caballero y Alfonso Múnera, allá, hace más de 20 años. La facultad se llenó, como estaba previsto para horror de la élite blanca cartagenera, de muchachitos y muchachitas (pelaítos decimos nosotros)  de los barrios, muchos de ellos desplazados por la violencia, de estrato menos cinco, como yo decía, que apenas si alcanzaban a tener para el boleto de la buseta. Ellos SÍ tenían claro para que servía crecer, hacia dónde crecer, cómo, por qué crecer. Y desde luego, eran los campeones mundiales en eso de innovar: todo el día innovando en el aprendizaje de sobrevivir. Ellos sí que cultivaban el entusiasmo social, en el aula, cada día, estudiado, trabajando, leyendo, conociendo, pensando. Ellos sí que me enseñaron para qué demonios sirven las humanidades.

Y ahora, como en todo concierto, la coda, o parte final de una pieza musical.

Termino. Quiero decirles que no me arrepiento de ser un físico, y que me alegro infinitamente de ser un humanista, un historiador de este continente que es el mío por adopción desde hace más de cuarenta años, y lo sigue siendo más que nunca, como decía mi maestro Manuel  Moreno: un continente revuelto y cambiante, peligroso y bello, doloroso y sangriento como un parto, pero como él creador de nueva vida. Ser testigos de su historia es un privilegio. Tener la oportunidad de construirla, de darle forma, compartidamente, con mis estudiantes, con ustedes, con mis maestros, siempre aprendiendo, es una gran fortuna y una enorme responsabilidad. Hacer historia es una tarea ciudadana, democrática, libre, compartida, como he dicho. Pensar históricamente nos hace más activos en nuestro presente. Cargados de razón sobre nuestro pasado, abordaremos mejor la construcción cotidiana del presente para manejar con mayor certeza las llaves del futuro.

 

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Autor

Máster en Estudios Americanos por la Universidad de Sevilla.

Doctor por la Universidad Federal de Bahía en Brasil y la Universidad Pablo de Olavide en España.

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