De la judeofobia histórica a la colonialidad israelí sobre el pueblo palestino (71 años de la Nakba)

Se puede decir que el estado de Israel es el hijo menor de occidente, ya que con la formación de un estado fuerte militarmente, terminó replicando sus lógicas racistas con otras poblaciones, como lo es la palestina. La frase sionista un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo ilustra la colonialidad subyacente en ella.

Nakba
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El estado de Israel fue una vez más el país más condenado por la ONU durante el 2018, luego que la Asamblea General aprobara más de 20 resoluciones específicas el año pasado en donde destacan la persistencia de construcción de asentamientos ilegales en Cisjordania, la reapropiación de la ciudad de Jerusalén y violaciones sistemáticas de los derechos humanos hacia comunidades palestinas en todo su territorio, las cuales luego de sufrir 70 años de ocupación y limpieza étnica, siguen viviendo dentro de un sistema de apartheid. Esto acompañado del reconocimiento y traslado de las embajadas de los gobiernos de Estados Unidos y Brasil a Jerusalén como capital de Israel, no es solamente una provocación de estos países, sino también la profundización de un proceso colonial, que se ha ampliado con el paso de las décadas y que puede ser fácilmente ilustrado comparando el mapa actual de la zona en relación a lo que fue la partición original territorial de la ONU de 1947, entre judíos y palestinos.

Asimismo, se puede mencionar como practica colonial, la apropiación sionista de un bien común tan importante para nuestros tiempos como lo es el agua, el cual tiene al pueblo palestino en una total dependencia de lo que haga o no con algo tan vital para la reproducción de la vida. Es así como según un informe de Amnistía Internacional, un organismo que no podría ser acusado de judeofóbico, salvo por grupos fanáticos nacionalistas, ha descrito como luego que en 1967 el estado de Israel ocupara militarmente Cisjordania, Jerusalén Oriental y la Franja de Gaza, ha controlado el Valle del Jordán y el Mar Muerto. Lo mismo ocurre con toda la infraestructura relacionada con el agua, haciendo que el consumo de este bien por parte de la población palestina sea completamente restringido y desigual con respecto a los colonos sionistas, quienes pueden hacer uso de ella para explotaciones agrícolas, grandes cultivos, parques, piscinas, etc.

Ciertamente, estamos en presencia de un drama socioambiental palestino no muy distinto a lo que han experimentando múltiples comunidades indígenas en Abya Yala por más de 500 años, en donde el despojo de agua es un drama de carácter plurinacional. En otras palabras, las coincidencias entre estos dos procesos de colonización –en Latinoamérica y Palestina– son múltiples, ya que ambos son el resultado de lo que Aníbal Quijano llamó como colonialidad desde nuestra región, la cual va mucho más allá del colonialismo, entendiendo este último proceso como una experiencia de ocupación territorial- militar o control político de parte de una potencia extranjera como ha hecho tanto el estado de Israel como los distintos estados- nación latinoamericanos. En cambio, la idea de colonialidad apela al  control de todas las formas de la existencia humana y no humana a través de la raza, que es la categoría central de la modernidad. Desde este enfoque, se desprende que se ejerza el ejercicio de la autoridad sobre el trabajo, sexualidad, subjetividad, espiritualidad y la madre tierra, cobrando el agua hoy una importancia fundamental en la era del Antropoceno.

Una colonialidad que se expande mundialmente con la invención de América  en 1492 y que tiene la separación entre cultura y naturaleza como uno de sus fundamentos dualistas más efectivo para racializar pueblos enteros, ya que de esa forma ha podido justificar genocidios y ecocidios sin ningún tipo de problema, al animalizar lo que no es blanco-hombre-sano-cristiano-heterosexual y seguir así saqueando territorios.  Lo paradójico en el caso del estado de Israel, es que representa a un pueblo que ha sido justamente víctima histórica de esa colonialidad en Europa, la cual tiene sus raíces en la aparición de la Cristiandad. Es decir, en el momento en que el cristianismo pasó a ser la ideología oficial del Imperio Romano con la asunción de Constantino y el judío por ende pasó a ser el culpable de la muerte de Cristo.

En consecuencia, desde ahí en adelante se instalaron la judeofobia occidental  y sus múltiples persecuciones, como con la Iglesia Ortodoxa en el Imperio Ruso o con la Iglesia Católica en el Imperio Español, por ejemplo. En este último, durante la Inquisición, tanto judíos como musulmanes fueron perseguidos o convertidos en marranos y moriscos, respectivamente. Se puede señalar, que la islamofobia actual hacia los palestinos, de parte de las elites del mundo occidental, funciona de manera similar a como sucedió con la judeofobia previa al nacimiento del estado de Israel.

No obstante, no es sino finalizado el horror del holocausto judío de manos del estado nacionalsocialista y su plan de exterminio hacia comunidades enteras en Europa, que se buscó en 1947 una salida moderna a un problema moderno, como lo es la judeofobia, a través del fortalecimiento del nacionalismo judío a nivel mundial a través del sionismo, el cual generó las bases ideológicas para la creación del estado de Israel luego de un plan de partición de la ONU de Palestina. En adelante, el judaísmo terminó siendo la ideología oficial del estado de Israel, así como pasó con el cristianismo con el Imperio Romano. Se puede decir, que tanto la cristiandad como el sionismo son ambos proyectos constantinianos, enemigos de la pluriversalidad del mundo. El caso judío es un claro ejemplo de aquello, ya que la riqueza judía histórica de los miembros de sus distintas comunidades, como sefarditas, mizrajíes, yemenitas, falashas, askenazis, etc., se vio limitada con el sionismo, ya que éste forzó una identidad nacional, la israelí, negando a otra, la palestina.

Lo paradójico en todo esto, es que la salida para acabar con la judeofobia fue justamente sacar a los judíos de Europa, así como la cristiandad lo quiso siempre, en vez de pensar de manera plurinacional y cuestionar las bases mismas de la colonial modernidad que puso a los judíos como un grupo de seres racialmente inferiores, impuros y culpables de la muerte de Cristo. Más sorprende que los grupos católicos y protestantes más fanáticos e islamofóbicos de países como Estados Unidos y Brasil, representados por Donald Trump y Jair Bolsonaro en la actualidad, sean ahora aliados incondicionales del estado de Israel.

En el mismo sentido, el problema se puede atribuir a que aquel estado de Israel no fue otra cosa que la continuación del colonialismo europeo, por lo que no hizo más que cambiar con el paso del tiempo al enemigo interno para occidente (de judíos a musulmanes). Consiguientemente, se puede decir que el estado de Israel es el hijo menor de occidente,  ya que con la formación de un estado fuerte militarmente, terminó replicando sus lógicas racistas con otras poblaciones, como lo es la palestina. La frase sionista “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo” ilustra la colonialidad subyacente en ella.

Sin embargo, afortunadamente dentro del pueblo judío han existido históricamente miradas críticas del sionismo, como han sido las de Albert Einstein, Hannah Arendt, Martin Buber, Edgard Morin, como también de una larga lista de personas contrarias a su racismo estatal. Es el caso de Noam Chomsky, Yakov M. Rabkin, Norman Finkelstein, Ilán Pappe, Gilad Admon, Liliana Córdova-Kaczerginski, David Comedi, Naomi Klein, Judith Butler y Silvana Rabinovich. Lo mismo con respecto a múltiples organizaciones judías críticas del estado colonial de Israel, como son Los otros judíos, Jewish voices por peace, Red de Judíos Antisionistas, Boycott from Within, Coalition of Women for Peace, South African Jews for a Free Palestine, International Jewish Anti-Zionist Network, Jews of Color & Sephardi and Mizrahi Jews in Solidarity w/ Palestine, etc.

Por último, se hace necesario resaltar los planteamientos descolonizadores y en búsqueda de alternativas al sionismo mismo, planteadas tanto por Marc Ellis en la teología judía de la liberación como por Santiago Slabodsky en el  judaísmo decolonial, las cuales son propuestas que están repensando desde otro lugar las identidades, más cercanas a propuestas provenientes de Abya Yala. Dichas miradas, se presentan más conectadas con otros pueblos y territorios, y alejadas de esa concepción nacionalista del mundo, que solo ve divisiones en vez de articulaciones, en tiempos no solo de guerra entre humanos sino de guerra contra la vida en el planeta.

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Sociólogo, Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable, Magister en Comunicación y Cultura Contemporánea y con cursos de Doctorado en Estudios Sociales de América Latina.

Editor del Observatorio Plurinacional de Aguas.

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